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27 de noviembre de 8 AC
Quinto Horacio Flaco. Poeta lírico y satírico romano, autor de obras maestras de la edad de oro de la literatura latina. Nació en diciembre del año 65 a.C., hijo de un liberto, en Venusia (hoy Venosa Apulia, Italia). Estudió en Roma y Atenas filosofía griega y poesía en la Academia. Fue nombrado tribuno militar por Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de Julio César. Luchó en el lado del ejército republicano que cayó derrotado por Marco Antonio y Octavio (después Augusto) en Filipos. Gracias a una amnistía general volvió a Roma y rechazó el cargo de secretario personal de Augusto para dedicarse a escribir poesía. Cuando el poeta laureado Virgilio conoció sus poemas, hacia el año 38 a.C., le presentó al estadista Cayo Mecenas, un patrocinador de las artes y amigo de Octavio, que le introdujo en los círculos literarios y políticos de Roma, y en 33 a.C. le entregó una propiedad en las colinas de Sabina donde se retiró a escribir y pensar. Murió el 27 de noviembre de 8 a de C.
Nuevas olas, ¡oh nave!, te llevarán por los mares.
¡Ay! ;Qué haces? Ampárate resueltamente en el puerto.
¿No ves cómo tus costados están desguarnecidos de remos
y tu mástil herido por el raudo Abrego y cómo tus antenas gimen?
¿Cómo, privada de cordajes, tu quilla puede apenas resistir
los caprichos demasiado imperiosos del oleaje?
No tienes tus velas intactas ni dioses que invocar
si la desventura te acosa.
Aunque seas, pino del Ponto, hijo de una selva ilustre,
no puedes vanagloriarte de un nacimiento y de un nombre inútiles.
Ninguna confianza, cuando el marino tiene miedo, le inspira una popa pintada.
¡Oh tú, antes m¡ inquietud y mi enojo,
ahora objeto de mi amor y de mi preocupación no ligera!
Evita las olas embravecidas que rodean las Cícladas brillantes.

Ayuda
Iván Darío Muñoz Uribe
Desde el almacén de repuestos se ven los múltiples talleres automotrices vecinos, es martes por la tarde y hace calor, algunos mecánicos descansan acostados en las aceras después de almorzar . Un muchacho se para a la entrada del almacén.
- ¡Alex, mira qué es lo que quiere ese tipo! – le dice el dueño del almacén a su hijo que está sentado leyendo un libro que trata el tema de la alquimia.
- ¿Qué necesita? – le dice Alex al joven que está parado a la entrada.
- Cómpreme unas bolsitas para la basura, por favor – dice el otro enseñando su mercancía.
- No, ahora no me hacen falta.
- Usted tiene pinta de estudiante universitario – le dice el vendedor de bolsas para la basura -. Yo soy médico, pero la droga me tiró a la calle.
Alex está terminando su carrera de economía y ya trabaja medio tiempo en la bolsa de valores. Siente lástima por el médico caído en desgracia y le promete ayuda.
- Necesito que admitan un paciente – dice Alex al día siguiente en una casa de recuperación de drogadictos. Es médico, se llama Apolo Sánchez.
Todo queda arreglado, Apolo Sánchez es trasladado a una finca donde se le aplica un tratamiento que incluye terapias, labores útiles a la comunidad interna y desarrollo de habilidades. En pocos días el médico se acopla a su nuevo hogar.
Un sábado antes de amanecer Alex viaja con su novia al hogar de Apolo. El aroma del campo y el rocío mañanero tienen un encanto especial, la verdadera vida se da en parajes como aquél, donde la naturaleza despliega toda su fertilidad y un concierto de pajaritos ameniza cada amanecer.
Apolo Sánchez los recibe con alborozo, caminan por la finca y ven salir el sol por detrás de las montañas. Alex siente un romántico regocijo al comparar el nacimiento del sol con el resurgir de aquel hombre que gracias a su ayuda ya no está en la calle. Piensa que mientras la vida sigue igual para el resto del mundo, aquel desgraciado y anónimo ser humano está experimentando casi un milagro, vuelve a sentirse persona y alguien desea ayudarle. Después de desayunar, Apolo les enseña unas escobas que ha aprendido a hacer. Dice orgulloso que lo han felicitado por su habilidad y capacidad de aprendizaje.
- Apolo es un tipo estupendo que se la lleva bien con todos sus compañeros. Además nos está enseñando a todos primeros auxilios y algo de medicina un poco más avanzada – les dice el director de la institución al despedirse.
Alex se va pensando en la inteligencia y el saber desperdiciados por un hombre como Apolo Sánchez. Sobrecogedoras ansias de darle un verdadero resurgimiento inundan el alma de Alex. El joven se dice que si Dios existe y verdaderamente el hombre es hijo suyo, cada ser humano está llamado a hacer una obra de rescate definitivo de otra persona, y Dios debe acompañarlo en el logro de tan magnánimo objetivo. Desde aquel momento busca la manera de lograr ese cambio radical, esa transformación definitiva de Apolo Sánchez en un hombre útil a la sociedad, una persona exitosa y brillante, acorde con sus grandes capacidades intelectuales y sus nobles sentimientos humanos.
Un domingo en la mañana Alex está leyendo el periódico y en los clasificados ve un anuncio requiriendo un médico legista para un pueblo. Entabla contacto con el director del hospital y envía la hoja de vida de Apolo. Su alegría es inmensa cuando le conceden el puesto a quien ya considera su gran amigo, casi su hijo aunque sea seis años mayor que él.
Alex ve alejarse el bus en el que viaja su amigo rumbo al pueblo donde ejercerá como médico legista, le ha regalado ropa suya para que llegue bien presentado a su nueva vida. El joven está junto a su novia y ella se siente orgullosa de él, piensa que tendrá un buen marido cuando se casen.
- Usted tiene que manejarme la plata – le dice por teléfono Apolo a Alex unos días después de haberse posesionado en su nuevo empleo -, hace mucho que no manejo tanto dinero.
- Cuente con eso – responde Alex.
El médico vuelve a llamar a Alex siete días más tarde y dice:
- Renuncié. Cuando llegue allá hablamos.
Alex llama al director del hospital y le pregunta lo que ha pasado con su amigo.
- Le adelantamos un millón de pesos y se perdió tres días – dice decepcionado el director -. Descubrimos que estaba en la zona de tolerancia con las putas, invitando a los vagabundos a beber y consumiendo droga. Tuvimos que echarlo.
El padre de Alex lo llama y le dice que Apolo Sánchez lo está esperando en el almacén.
- Lárguese – le dice Alex al médico al llegar al almacén -. Ya no creo en la alquimia, los metales viles no pueden ser transformados en oro.
Gracias.
Si tienen comentarios, me los pueden enviar a ivanwiseold@hotmail.com
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