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cuento Dioscuros
Dioscuros
Él tenía ojos oscuros y apagados. Corría por las calles a altas horas de la noche, con la gorra de béisbol sobre esos ojos, parecía que desea evitar la visión de sus propios crímenes nocturnos, aquellos en las horas diurnas le pagaban el vino, el paco y la leche de sus nenas, pequeñas muñecas morenas danzando al borde de la vía muerta, corriendo entre risas y perros flacos a buscar los brazos de su pálida madre con brazos tatuados.
Era hijos de varios padres, alumno de la escuela nocturna, ladrón de caminantes solitarios, casas vacías, amas de casa distraídas y obrero de la construcción cuando la cosa en la calle se ponía fea.
No conocía a sus hermanos pero sabía que eran muchos, sólo los vio alguna vez en su vida cuando su madre volvió del Chaco fue una; cuando mataron al hijo mayor de la madre en un procedimiento policial fue otra. Y cuando la Carina dio a luz gemelos fue otra. Al ver los dos rostros fruncidos y rojizos de los recién nacidos, sintió extrañeza: eran iguales, copias de la misma persona, piezas de la misma alma, se le ocurrió y no supo porqué lo conmovieron. De allí en adelante se presentó ante los demás como su padrino, aunque nunca los bautizaron y una vez al entrar por la ventana en de la casa de una doctora encontró tanta ropita apilada en un rincón, lista para tirar o llevar a Caritas, que se sintió acreedor de un regalo del cielo y se alzó con ese único botín para llevarle a los gemelos: Hernán y Felipe.
Ahora los mellizos se retrataban con celular que él le arrebató a un pendejo de primaria que se asustó tanto que casi se desmaya. Tranquilo, pibe, que no pasa nada, le dijo pero el chico gritó fuerte, él lo empujó y el pibe cayó sobre el borde de un cantero de flores y se cortó una ceja. Ahora con el corazón lleno de angustia corre calle abajo y se abre la puerta de calle de la casa. Se roba una bicicleta y se pierde en las calles del barrio vacío.
Los mellizos van al jardín. Él, su padrino, le compró zapatillas con la guita que hizo trabajando de obrero de la construcción durante dos meses en Rosario y volvió a su barriada al costado de la ciudad con regalos para su hermana y los chicos. Esta noche saldrá de recorrida, hay una viejita que vive sola y cobró la jubilación. La casa está no lejos de aquí y no tiene perro.
Vuelve sangrante a la casilla, con doscientos pesos que la vieja aterrada le entregó ante el primer cachetazo, un nieto estaba de visita y sacó un revolver. El nieto era tan parecido a él, tan igual sus ojos oscuros y apagados a los suyos que no pudo creerlo y ante el asombro sonó el tiro. Y se quebró su cuerpo en mil centellas de sangre.
Corrió, corrió, ya no puede más. Llama a la puerta de doña Amelia, y le pide que traiga a la Carina. Tengo algo para ella, para mis ahijados. Vaya doña Amelia. Vaya , por favor.
Se fue apagando la luz sobre sus ojos y se alegró de que en algún lugar del mundo alguien pareciera ser la mitad de su destino.

Hola Lili, tu cuento es muy bueno, sin embargo debes procurar compactar más una temática cuando sea necesario. Recuerda que en el cuento no hay lugar a las confusiones; las palabras deben ser precisas, elocuentes.
Dioscuros puede ubicarse más en el tiempo y la claridad del tema.
Quizá no sea yo la persona indicada para esta observación; ya que mi intervención podría parecer el de un intruso, toda vez que no solicitas opiniones. Sin saber nada de ti, he tenido este atrevimiento, pero sólo así podemos mejorar nuestro trabajo.
Quedo de ti
Sabino Pérez Ramírez
Siempre son bienvenidas las críticas bienintencionadas y por supuesto, eres libre de opinar ya que todos cuando publicamos, esperamos ansiosos las opiniones de nuestros eventuales lectores. Saludos cordiales
Lily
Te invito que leas mi cuento, necesito tu opinión. Lo vas a identificar por mi nombre.
Un saludo cariñoso
Sabino Pérez
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