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Burbujas Purpuras!
Comenzó con un sol ardiendo como las llamas del fuego, en el que él tropezó con un piedra, al caer miro a los pies de una dama, miro por sus talones - porque llevaba sandalias - subió por sus tobillos, y en los que estaban tatuados unas burbujas purpuras, le seguían sus rodillas y una falda de volados; se sintió apenado cuando la bella dama se arrodillo y con su mano levanto la quijada para que viera a sus ojos.
Le saludo, él se levanto y le hablo. La mujer con cara angelical lo llevo a su apartamento para curarle el raspón de las manos. Le invito un vino tinto, el mismo que los llevaría en un rápido idilio, sin palabra por parte de ambos, se sumergieron tibiamente el uno en el otro, al caer en nuevamente en sus tobillo, - curiosamente donde todo había comenzado-, noto nuevamente las burbujas purpuras que le hicieron pararse de la cama, para dirigirse al baño, al lavar su cara en el lavamanos y mirarla en el espejo, le dieron ganas de abrazar a la chica, no sabían nada el uno del otro.
La cerámica del baño era azul, se veía muy lindo, con cortinas que hacían juego, se notaba que vivía sola pues todo lo indicaba: un solo cepillo para dientes, perfume para dama, una sola esponja, en fin, se sentó en el inodoro y se puso a pensar un poco en lo ocurrido, a su mente legaban imágenes, confusas imágenes, se sentía un poco cansado por la actividad que había tenido y por los pensamientos que le aterraban.
Decidió marcharse de allí, le agradeció todo, sus atenciones y la disposición que tuvo para atenderlo, no olvidaría el punto de partida y el de llegada con facilidad. Le dio un beso en la mejilla resbalándose sigilosamente hacia la esquina del labio inferior y se marcho.
Mientras caminaba, por la calle vio una casa de puerta azul, azul intenso como las baldosas del baño de la chica de burbujas purpuras en los tobillos. Decidió tocar no sabía porque, pero lo hizo. Una dulce anciana abrió la puerta y lo abrazo, como si lo conociera, el por pena le regreso el abrazo y entro. La viejecita saco un álbum de fotografía – como lo suelen hacer la mayoría de los ancianos con frecuencia, probablemente para aferrarse a sus recuerdos con temor a un Alzheimer. El reconocía las caras de las personas de las fotografías pero no sabía quiénes eran, con exactitud. Al finalizar el álbum la viejita le tomo de las manos y le dijo una frase que lo confundiría más de lo que estaba: -¡Mi pequeño de de nubes color naranja! Él la miro a los ojos y se quedo pensando en lo que dijo; pero no pudo evitar desviar su mirada a la esquina de la pared, tras una maceta, donde vería un dibujo de nubes color naranja, pasto purpura y personas azules.
Fue en ese momento en el que reacciono, abrazo a la viejita y la llamo ¡abuela! Ella le dijo: ¡Mi pequeño de hombrecitos color azul!
Resulta que el joven, de pequeño, le gustaba hacer esos dibujos en las paredes blancas de la casa de la abuela, siempre el mismo, lo único que cambiaba eran los creyones al acabarse. Pero en unas vacaciones a las que fue con sus padres, ocurrió un accidente, el cual le haría quedarse en un hogar de cuidado, pues sus padres no habían quedado en una buena condición mental para cuidar de su hijo, pues ni sus nombres recordaban y al poco tiempo acabaron uno con el otro y nunca dieron con el resto de sus familiares.
El día que el joven se marcho del que fue por ocho años sus hogar, tomo el autobús a una ciudad cuyo nombre se le hacía muy familia, dicho autobús lo había dejado en un parque donde las nubes se veían naranjas, habían letreros de personas azules, con letras pequeñitas color purpura, que fue donde tropezó con la piedra que le haría ver burbujas.
La abuela le explico, que se canso e buscarlo, pero nunca dieron con él, así que lo único que hiso fue pintar su puerta de azul, esperando que se le hiciera familiar. El le conto de la chica de las burbujas y la abuela le respondió con gran asombro;
-¡Ella era tu vecina, tu mejor amiga en ese entonces!
-¿Cómo sabes eso?, le dijo a su abuela, y ella le explica:
- De niños siempre le pintabas en sus tobillos burbujas purpuras, cada vez que ella se quedaba a dormir en tu casa, pues ambos dormían en la misma cama, solo que uno para abajo y otro para arriba y sus tobillos era lo primero que veías al despertar, así que ella se hizo unas de esas cosas que no se quitan con agua y que no salen en los chicles, para que si algún día se las vieras, la reconocieras, porque hasta que sus padres le dieron permiso de hacerse eso, siempre se las pintaba.
Y así fue como esos tres colores que siempre tuvo en su cabeza, lo llevaron de vuelta donde siempre debió haber estado.

QUE BIEN ESTA CONTADA LA HISTORIA ESCRIBES MUY BIEN SIGUE ASI, UN SALUDO DESDE ESPAÑA SIGUE ESCRIBIENDO HASTA PRONTO
Me gustó la historia, pero me confundieron un poco las imágenes del primer párrafo
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