EVOLUCIÓN Y NATURALEZA
EVOLUCIÓN Y NATURALEZA
En el último medio siglo, se han efectuado profundas trasformaciones en las interpretaciones filosóficas de la naturaleza, bajo el influjo del desarrollo de las ciencias naturales.
Aún recuerdo mis años en la universidad (allá por los 60), en los que todavía se cuestionaba la expansión del universo, por algunos representantes del materialismo dialéctico, considerándola como una manifestación del idealismo, en la física y radioastronomía.
Entre los autores que aceptaban la teoría de la expansión, pero que deseaban evitar la embarazosa pregunta acerca del origen absoluto del universo, antes del big bang, gozaba de gran popularidad, la teoría del estado estacionario formulada por F. Hoyle y H. Bondi, en 1948. Estos autores, sugerían que el proceso de la creación de la materia, es un proceso físico normal que se realiza constantemente. La teoría del estado estacionario, quedó descalificada en la practica, en el año 1965, cuando se descubrió la radiación de fondo, que constituye el residuo del primitivo big bang,
Independientemente de las dificultades científicas que aparecen en las descripciones físicas del mecanismo de la creación, las principales controversias surgen a la hora de las interpretaciones filosóficas de dichos mecanismos. En todas las formulaciones propuestas se supone, por lo menos implícitamente, que el estadio inicial de la evolución del universo se puede describir mediante fórmulas matemáticas. Empleamos para este estadio las reglas de la lógica, conocidas por nosotros. Suponemos la vigencia de las leyes universales de la cosmología cuántica. Ninguno de estos supuestos tiene un carácter trivial. Suponen que, junto con la emergencia de las partículas físicas, existe ya la realidad abstracta de las relaciones estables, estructuras ordenadas y referencias mutuas. A esta última realidad se le podría otorgar brevemente el nombre de logos.
Su existencia es tal que sin el reconocimiento de su carácter real, no podríamos explicar racionalmente la génesis de los procesos naturales concretos y la aparición de las partículas físicas accesibles a la observación.
Así pues, la realidad de los condicionamientos abstractos aparece como antológicamente primaria, de la cual, después de determinar las condiciones específicas, surge el mundo de los objetos físicos; esta última expresión hay que entenderla en el sentido tradicional. Puede ser que con el desarrollo de las ciencias experimentales también el "vacío físico", que ahora se describe en los términos abstractos de la matemática, se acerque más a nuestras categorías cognoscitivas, como ha sucedido para nuestra generación con el "átomo divisible", cuya naturaleza despertó tantas controversias a finales del siglo XIX. En cambio, actualmente, a esa realidad fundamental del logos abstracto, en los comentarios filosóficos acerca de la creación original, se la compara con las ideas platónicas, se le otorgan nombres como "mente de Dios", "Logos cósmico", "campo de racionalidad" o "campo formal".
Llama la atención el desplazamiento de los acentos en la interpretación filosófica del cosmos evolutivo.
Hace aún 20 años, al demostrar el importante teorema de Hawking y Penrose, se acentuaba principalmente el estadio de la singularidad inicial, intentando identificarlo con el momento de la creación del universo y buscar mecanismos físicos de la creación.
Si la naturaleza evolucionara de una manera totalmente irracional y sus procesos siguieran las mismas reglas lógicas que aparecen en nuestros sueños, entonces no sería posible cultivar las ciencias naturales en su forma actual.
Podríamos solamente mirar a la naturaleza como si fuera una obra de arte dadaísta; pero no sería posible formular leyes universales de la naturaleza ni tampoco utilizarlas en el ámbito de la técnica.
Por tanto, la existencia misma de la ciencia moderna tiene implicaciones profundas, tanto metafísicas como teológicas.
En este contexto, aparece particularmente importante la opinión de Michal Heller, quien afirma que necesitamos una disciplina llamada teología de la ciencia. Acentos cualitativamente nuevos aparecen en su reflexión teológica acerca de la concepción cuántica de la creación del universo propuesta por Hartle y Hawking.
Al comentar el modelo que, en la intención de Hawking, iba a eliminar a Dios del proceso de la creación del universo, Chris J. Isham escribe que precisamente esta concepción nos muestra a Dios como el fundamento del ser. Dios aquí no rellena de una manera espectacular los huecos de la imagen física del mundo, como lo hacía en la cosmología que se vincula con el nombre de Clarke, sino que se halla omnipresente en los procesos que poseen rasgos de orden y regularidad. No es un dios que revele su presencia en el hundimiento de las leyes físicas conocidas, sino que es la razón de ser de estas leyes, que hace posible una reflexión racional acerca de interrelaciones de dependencia que tienen carácter universal y no solamente local. En este contexto, Isham vincula la concepción de la creación ex nihilo con la versión clásica de la creatio continua. Muestra metafóricamente al Creador que abarca todo el mundo con su mano divina, y lo hace de tal manera que no se encuentren huecos interpretativos como los buscados por los simpatizantes de Clarke (Ch. J. Isham, "Creation as a Quantum Process": Russell – Stoeger – Coyne, Physics, Philosophy and Theology, 405).
El desarrollo de las ciencias naturales ha causado también profundas transformaciones en la interpretación filosófica de la antropogénesis. Con el progreso en las investigaciones científicas, es imposible hoy en día tratar la concepción de la evolución de las especies únicamente como una hipótesis. En cambio, lo que continúa son las discusiones que intentan determinar los mecanismos de la evolución. Esas discusiones se encuentran liberadas de las contradicciones metafísicas que en el pasado los críticos fundamentalistas de la teoría de la selección natural intentaban vincular con esta última. Independientemente de cómo evoluciona la naturaleza –de acuerdo con la concepción de Niles Eldredge o de Motoo Kimura y Tomoko Ohta– el proceso de las transformaciones evolutivas no es únicamente para un filósofo teísta un juego del azar ciego. La razón óntica que condiciona el desarrollo racional de los procesos evolutivos está formada por el Logos Cósmico. Él es para el cristiano el Dios escondido en los procesos cósmicos, y la realidad trascendental no reducible a ningún conjunto de los procesos físico-biológicos observados.
A nuestro entender, de la naturaleza en evolución, en lugar de los misterios pretéritos aparecen otros nuevos. Surge como algo enormemente intrigante la pregunta acerca de las grandes desproporciones entre el tiempo de la evolución del cosmos y el tiempo de existencia de la especie humana. La cosmología relativista nos muestra los procesos cósmicos de hace veinte mil millones de años. La paleontología muestra los restos de nuestros antepasados de hace apenas veinte mil años. Esta desproporción despierta la asombrosa pregunta: ¿por qué el universo, cuando pasaba en su evolución por las fases leptónica o hadrónica, carecía en esos estadios del observador humano? ¿Por qué la reflexión racional, propia de la especie homo sapiens, apareció tan tarde? Los intentos de responder a estas preguntas se encuentran en el denominado "principio antrópico", el cual, en su formulación débil, indica que para que pudiera formarse la vida basada en los compuestos del carbono, era necesario un cosmos viejo y extenso. La existencia de la reflexión humana exige condiciones específicas; el hombre no es de ninguna manera el resultado necesario de una evolución que se ha desarrollado en condiciones arbitrarias.
Los descubrimientos de las ciencias naturales han cambiado radicalmente el horizonte de esta reflexión. Todavía en el siglo XVII, el arzobispo anglicano James Ussher, intentaba demostrar que Dios creó el universo en octubre del año 4004 a. C.. Nuestra generación ha tenido que multiplicar este valor por cinco millones. El cambio de perspectiva hubiera podido causar perturbaciones intelectuales, sobre todo cuando, bajo el influjo del positivismo, las relaciones entre física y teología se intentaban formular en las categorías de la lucha de clases marxista. En la actualidad, en el campo de la visión cristiana del diálogo entre ciencia y fe, percibimos propuestas concretas de una integración intelectual, en la cual el cosmos en evolución revela la presencia del Logos divino, tanto en los procesos de la cosmogénesis como en los de la antropogénesis.

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