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EL AMOR A DIOS.
EL AMOR A DIOS.
(La otra vida)
Ante la vida, la muerte tantas veces incomprendida y rechazada, siempre espera.
Ella prefiere callar, mientras la vida la evita, la ofende y la llama condenada.
Vive, en la región del silencio, pues siempre calla, para que nosotros digamos la última palabra.
Oculta su rostro, para que nosotros seamos los únicos protagonistas, de la vida.
Y la vida nos mira y nos ofrece todo, a veces risas, a veces llantos que acompañan al que muere.
Y la muerte sólo mira y espera oportuna, sin ningún apuro, porque sabe que la existencia misma, le entregará su más preciado tesoro, que ya no quiere más: Su último aliento.
¿Pero….por que condenar a este ángel tan cruelmente incomprendido?
Aquel que prueba la muerte, deja atrás el todo y la nada, la bulla, y el silencio.
Los amores y los desamores, los grandes logros y las terribles pérdidas.
El que ya no es, ingresa desnudo, tal como si volviese a nacer, en un vacío de razones, de sueños, e ideales.
El que se va, renace a la libertad total y plena, donde ya nada se siente, ni se es consciente.
¡El morir resalta el ser y trasciende el no ser!
Porque en la vida, todo es pasajero, y nada es permanente.
El hombre normal o común, que transita por sobre la vida cotidiana, ahora es pasajero de la eternidad, gracias a la muerte.
Para aquel que vive más allá, las fronteras han terminado, los colores se han unificado, y el saber y el amor, son ahora cristalinos, diáfanos, sencillos y puros, como el agua pura de un manantial.
El que muere ya no sueña, ya no duerme.
Para siempre ya está despierto, para siempre en su camino.
Un camino que conduce hacia la totalidad del ser.
Y sin embargo, ya no viaja a ningún lugar, mora ya en la eternidad, ni retrocede ni avanza.
Tan sólo es lo que queda, y después de todo, su rostro es original, es el principio del todo.
Y su morada final es también el principio de sí mismo, saber que no oculta, saber que no calla.
Está frente a sí mismo, está en la región innombrable.
La vida después de la muerte no tiene ni parangón ni parecidos.
Es más que un lugar de premios y castigos,
Es el refugio incondicional de la sabiduría.
Todo llega en el día, en que la luz se hace oscuridad, y la oscuridad pare a la luz (pare, de parir).
El más allá, es un cristal que se ha roto y ya no se puede pegar.
Ya no hay ilusiones, ni hay desesperanzas, es la consecuencia sin raíces, es el aroma sin flor, es la luz sin el sol, es el campo en semillas, es la mirada sin visión, es la nieve que se derrite, es la caída de la tarde, es el corazón que no late, es el suspiro que nunca llegará, es el abrazo que no se dará, es la justicia eterna, es el reloj del tiempo que ha parado, es el mar que ya no se mueve.
Aquel ya no escucha, ya no ve, ya no siente, ya no se alegra, ya no se duele.
El que muere, lleva la antorcha de la paz, que sin embargo, por no poder iluminar nos dice, que ha dado todo.
Y la experiencia de la vida más allá de la muerte, es el misterio insondable, cuya respuesta no está en los libros, ni en las cámaras ocultas, ni en los cofres de los más grandes tesoros, ni en los templos, ni en las calles.
Sin embargo, aquel que muere está aquí, allá, y más allá, en todo lugar y en ninguna parte.
La concepción de la vida después de la muerte parecería contradecir a la misma muerte, porque el hombre no puede más que ser y no ser… El hombre.
Sí bien la muerte implica una transformación total de la existencia, lo es así y a plenitud, tan sólo en la disolución espiritual, vale decir, cuando el hombre retorna a su Creador.
Pero el hombre es un hombre entre cientos de hombres, es el universo entre el universo, el hombre es magia, realidad e ilusión, fantasía y sueño, esperanza y desesperanza, ¡el hombre es único!
El hombre al morir deja tras de sí, la preciada vestidura, la imagen material que le enseña a sentir el corazón, en el que guarda tantas cosas y que también tantas cosas brotaron de él, deja esa mente orgánica, una mente en ocasiones visceral, química, que muchas veces le mintió y ocultó, una absoluta realidad.
La muerte da paso a una vida que continua, un tanto por supuesto diferente, allá, se vive de lo que se sembró del corazón, y si no se siembra nada, la muerte es el final, ya nada se puede tomar, ya nada se puede dar, es un río seco, es una noche oscura, aquí la luz no tiene gloria, por que no hay el fulgurante resplandor.
La vida más allá de la muerte, es la misma vida que el marinero llevó en la mar, pero no hay más, ni mar ni arena, toda frontera desapareció, se mueve en su barco por la hondura de la obra de sus manos.
Y volverá a navegar, sólo aquel que de la vida aprendió, la esencia fundamental de aquello que la muerte no se puede llevar, por que su espíritu es inmortal y la muerte no lo toca y la vida se inclina ante él: ¡El amor espiritual! ¡El amor al prójimo! “EL AMOR A DIOS”.

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