You are hereForums / Prosa / Taller Literario y de Escritura Creativa / EL REFUGIO DE LOS MALDITOS (LA MARCA DE LA BESTIA)--> DA TU OPINIÓN AL RESPECTO
EL REFUGIO DE LOS MALDITOS (LA MARCA DE LA BESTIA)--> DA TU OPINIÓN AL RESPECTO
Quizá el único vislumbre de eternidad que se nos permite sea el amor. (EDNA FERBER)
PRÓLOGO
El odio que engendramos les destruye. La ambición que mostramos les debilita.
La pasión que sentimos les atormenta. El amor que proferimos les consume...
El peor de los sentimientos que sufrimos es el miedo. Él nos descubre, nos ensombrece.
El miedo oscurece nuestro corazón.
Nos ha perseguido durante años, décadas, siglos...
Por él hemos matado, torturado y humillado. Por él, somos lo que somos.
Por él nos abandonaron. Por él ahora no somos más que simples mortales...
Hubo un tiempo en el que convivimos sin guerras, sin matanzas. Hubo un tiempo en el que los humanos les amamos. Hubo un tiempo en el que ellos nos protegieron.
Desde las sombras nos vigilan, nos contemplan, nos añoran.
Desean nuestro amor y anhelan nuestra muerte.
Nosotros, simples humanos, les infectamos con nuestra presencia.
Nosotros, sencillos mortales, les destruimos.


Aquella mañana desperté más tarde de lo habitual.
Me dolían terriblemente los ojos y la cabeza me daba vueltas. No estaba acostumbrada a beber en exceso, cosa que la pasada noche había hecho.
Apenas recordaba nada de lo ocurrido, lo que no era de extrañar teniendo en cuenta las copas de más que había tomado. Creía recordar haber vomitado unas tres veces, aunque no estaba completamente segura de ello.
Resacosa, aparté el pesado edredón que cubría parte de mi cuerpo mientras me libraba costosamente de los ceñidos pantalones vaqueros que vestía. Poco después, todavía agobiada por el calor que sentía, me deshice de la prieta camisa manchada de vomito que tanto me comprimía. Estaba ardiendo.
Jamás había cogido tal borrachera, por lo que no podía garantizar que el exceso de temperatura que mi cuerpo estaba experimentando se debiese por completo a la bebida, aunque estaba casi convencida de ello.
Intenté ponerme en pie tras algunos instantes de vacilación. No estaba segura de poder caminar más de medio metro sin acabar desplomada en el suelo.
Haciendo uso de toda la fuerza de voluntad de la que disponía, apoyé mi temblorosa mano sobre la mesita de noche ubicada junto a la cama y respiré profundamente segundos antes de ponerme en pie.
Al principio me temblaron levemente las piernas, por lo que permanecí en aquella inestable pose durante algunos pocos minutos antes de atreverme a dar el primer paso.
Caminé despacio esquivando cada uno de los objetos que abarrotaban el piso; en su gran mayoría libros, papeles y restos de comida.
Sentí unas repulsivas ganas de vomitar cuando un fuerte aroma a pizza caduca se introdujo por mis despejadas fosas nasales, por lo que me abalancé en una rápida carrera hacia el pequeño cuarto de baño dispuesto junto a la habitación.
Tras expulsar la comida que permanecía mezclada en mi estomago junto con el vodka y el whisky que pocas horas antes había tomado y ensuciar parte del inodoro y del piso, me sentí livianamente mejor. Al menos ahora ya no me quedaba nada más que poder echar.
Permanecí algunos instantes arrodillada en el suelo aferrando mi adolorida barriga con mis convulsas manos hasta acabar tumbada sobre el frío piso.
-Así está mejor…-rumié con voz ronca a la vez que cerraba los ojos en un vano intento por apaciguar el dolor de cabeza que padecía.
Respiré costosamente en seguidas ocasiones temiendo no poder hacerlo más adelante. El corazón palpitaba con fuerza bajo mi seno izquierdo, jamás lo había sentido con tanta vivacidad. Luchaba afanosamente por seguir bombeando la cálida sangre que recorría mi fogoso organismo.
Fue en aquel instante cuando me juré que nunca más volvería a beber para intentar olvidar mis problemas.
Me mantuve largos minutos en completo silencio tendida sobre el helado piso. Era agradable sentir como se refrescaban mis acaloradas mejillas, como se enfriaba mi tórrido cuerpo, como se entibiaba mi punzante frente. Por primera vez desde que había despertado empezaba a creer que aquella tortura podría llegar a tener un final.
Estaba empezando a adormecerme cuando los insistentes pitidos surgidos del teléfono me sacaron de mi fugaz ensimismamiento. No tenía intención alguna de cogerlo. De hecho, de haberlo deseado, tampoco creo que hubiese podido hacerlo.
Esperé con impaciencia a que saltase el contestador automático para que aquellos dolorosos martillazos que mi cabeza estaba experimentando se desvaneciesen junto con los molestos y agudos pitidos provenientes del aparato.
-Bianca, sé que estás ahí-aseguró una conocida voz femenina proveniente del contestador-Coge el teléfono, por favor.
Gruñí por lo bajo todavía con los ojos cerrados. No tenía intención alguna de mover ni un solo músculo de mi agarrotado cuerpo. La verdad es que me hallaba de maravilla tumbada sobre el gélido piso. Se trataba de una sensación muy reconfortante.
-Bueno, como quieras-se resignó tras proferir un sonoro bufido-Sé que no estás pasando por tu mejor momento…
-Y que lo digas-mustié por lo bajo.
-¿De verdad crees que ésta es la mejor manera de afrontarlo? Llevas días sin aparecer por la universidad y Marvin ha amenazado con despedirte si no apareces mañana-informó con cierto tono de reproche en su voz-No puedes perder el trabajo-recordó segundos antes de dejar paso al silencio durante lo que a mí me pareció una eternidad-Parker te envía recuerdos. Ambos te echamos de menos.
Suspiré agotada. Sabía que no podía permitirme el lujo de perder mi empleo, en realidad ni siquiera podía consentirme faltar a una sola clase. Para mi gran horror debería acudir sin falta al día siguiente tanto al trabajo como a la facultad.
Extenuada, oculté el rostro entre mis cálidas rodillas. Permanecí en aquella misma postura hasta que pasados algunos segundos, minutos, o quizá horas, poco importa, logré quedarme profundamente dormida.
---------------------------------------------------------
Muerta de frío palpé el aire en busca del edredón. Me encontraba tan desconcertada que hasta pasados algunos segundos no reparé en el hecho de que me hallaba tendida sobre el frío suelo del cuarto de baño. Me dolían terriblemente las costillas y los muslos.
Todavía amodorrada, me asenté sobre el gélido pavimento mientras me frotaba frenéticamente la frente. La buena noticia era que ya no me dolían ni la barriga ni la cabeza, la mala que mi convulso cuerpo se encontraba dolorosamente agarrotado y que estaba congelada.
Analicé con cuidado la sucia sala antes de emprender una minuciosa inspección de mi figura. Jamás me había asqueado tanto como en aquel entonces.
Mi largo y enmarañado pelo castaño se hallaba repleto de pequeños pedazos de comida, los cuales estaba segura de haber despedido por mi boca horas antes, al igual que el resto de mi semidesnudo cuerpo.
Avisté con languidez tras la fina capa de vomito que recubría gran parte de mis mugrientas piernas pequeñas manchas amoratadas que adornaban fragmentos de mi blanquecina piel. Suspiré con amargura pasando la yema del dedo índice por cada uno de los moratones dispuestos sobre mi muslo izquierdo.
El simple hecho de rememorar los sucesos acaecidos la pasada tarde me atemorizaba. Me mortificaba pensar que no era digna de mirarme en el espejo, que no era merecedora del respeto de nadie, que era débil y sumisa, que no era más que una mísera cobarde.
Al fin y al cabo eso era lo que era, una simple cobarde incapaz de hacerle frente a un hombre cuyo único fin en la vida era destrozar mi existencia.
Me mordí con fuerza el labio al recordar cada una de las horribles experiencias que había protagonizado. Una insignificante parte de mí sabía que debía ponerle fin a todo aquello.
Entonces recordé las palabras de mi viejo y sabio profesor de filosofía: “El miedo nos vuelve irracionales”. Y qué razón había en ellas…
Era ese mismo miedo el que me obligaba a mantenerme en silencio, a acatar los mandatos de un ser repugnante, a callar por mucho que desease gritar. Ese pánico me impedía contar la verdad, escapar de una tortura reiterativa.
Por una parte, temía que mi propia madre se negase a creer en mis palabras. Era consciente de que el amor vuelve a las personas necias y les ofusca de tal manera que impide que sean capaces de avistar la realidad que les rodea.
Por otra parte, de mi sumisión dependía el bienestar y la felicidad de mi inocente, impetuosa y risueña madre. Él me lo recordaba a menudo.
Exhausta, me alcé cautelosamente del suelo con la única idea en mente de darme una larga y reconfortante ducha.
Tras lavar con esmero cada rincón de mi pestilente cuerpo salí de la menuda y envejecida bañera. Acto seguido, me cubrí con una de las toallas que permanecían colgadas del porta toallas dispuesto junto al lavamanos a la vez que me situaba frente al empañado espejo hallado sobre el lavabo. Recorrí con lentitud por el opaco cristal mi trémula mano.
Abatida, contemplé el descompuesto rostro que mi reflejo mostraba. Apenas era capaz de reconocerme a mí misma.
Aquella muchacha de mirada perdida, ojeras moradas, tez pálida, y serio rostro que me devolvía la mirada no era yo. Jamás me había contemplado de aquella manera tan fantasmal.
Mis desnudos brazos presentaban visibles cardenales causados mediante chupetones y algún que otro azote mientras que en mis muslos reposaban ennegrecidos hematomas formados mediante golpes.
De nuevo, el sonoro pitido proveniente del teléfono logró sacarme del trance en el que me hallaba sumergida.
Como la vez anterior, no hice el más mínimo caso a aquella molesta llamada. No me importaba quién fuese, tan sólo quería tumbarme sobre mi mullida cama y dormir hasta la mañana siguiente. Deseaba olvidar al resto del mundo aunque sólo fuese por unas pocas horas.
-Cariño, ¿Cómo estás?-preguntó una familiar voz proveniente del contestador automático-Espero que bien. He pensado que como hace tiempo que no nos vemos podrías venir esta noche a cenar a casa. Voy a hacer tu plato preferido-anunció entusiasmada momentos antes de añadir en voz baja: Espero que sea comestible.
Sonreí tenuemente al escuchar tal comentario. Mi madre jamás había sido una buena cocinera, aunque debía admitir que no le faltaban ganas. Todavía recordaba el chamuscado pavo asado que había preparado la navidad pasada, el salmón que había incendiado en fin de año, y la rancia mayonesa que había elaborado la última vez que había acudido a comer a su casa.
-John y yo tenemos muchísimas ganas de verte.
-No lo dudo-rumié con irritación al escuchar el nombre del susodicho.
-Te esperamos a las siete, te quiero-dijo por último antes de que su voz se desvaneciese para dar paso de nuevo al penetrante silencio.
Inspiré profundamente al ser consciente de que debería volver a ver una vez más a aquel detestable sujeto del que por desgracia mi madre estaba locamente enamorada, y no le culpaba por ello.
John Lemacks era un apuesto hombre de negocios muy codiciado entre las mujeres. Conoció a mi madre cuando ésta se presentó en su oficina buscando trabajo y, según ella, el amor surgió al instante. Pocos meses después, en un impulsivo acto romántico, se casaron.
Lo más fascinante del asunto era que mientras que mi madre ya contaba con los cuarenta y dos años él hacía apenas dos meses había cumplido los veintinueve.
En un principio creí que él la amaba de verdad, aunque poco después de la apresurada boda descubrí que la causa por la que se había casado con mi madre había sido para poder tenerme a su merced siempre que lo desease. Y lo había conseguido.
Todavía recordaba la primera vez que había mostrado algún tipo de interés por mí. Fue como si la boda hubiese despertado a la bestia que yacía dormida en su interior.
Durante el corto noviazgo con mi madre ni siquiera había avistado en él algún diminuto resquicio de pasión por mí. De hecho, desde el primer momento en el que le conocí creí caerle indiferente.
Fue el mismo día del enlace cuando se mostró tal y como era. Aquella noche resucitó.
Y desde entonces aparecía en mi casa sin mostrar ningún tipo de explicación siempre que le venía en gana, lo que era muy habitual.
Estaba indefensa y aterrada. Sabía que negarme a cumplir sus exigencias implicaba graves consecuencias. Vivía acobardada pensando en todo momento lo que podría llegar a hacerle a mi madre si yo me resistiese más de lo acostumbrado a sus caprichos.
Intentando alejar de mi mente aquellos crudos pensamientos contemplé la hora en el despertador digital que descansaba sobre la mesita de noche dispuesta en mi cuarto. Me asombré al observar que ya eran las seis y cuarto de la tarde. Había dormido más de lo esperado.
Sin demasiado ahínco, cogí lo primero que encontré en el interior de mi desordenado armario volviéndolo a arrojar con inmediatez al observar que se trataba de uno de los múltiples vestidos que John había osado regalarme.
Tras algunos minutos de indecisión me vestí con unos jeans apretados y una ceñida camisa blanca de manga larga pues, a pesar de que inusualmente aquella mañana de principios de Mayo era calurosa, no podía siquiera idear la opción de ir con los brazos descubiertos.
¿Cómo podría explicarle a mi madre la formación de cada uno de los amoratados cardenales que decoraban mi pálida piel?
Quizá un tropiezo por las escaleras, una mala caída, o una tarde jugando al Paintball podría explicar el origen de éstos, aunque no tenía intención alguna de mentirle. Lo mejor sería ocultarlos como había hecho siempre.
Llegué a las siete y treinta y tres minutos de la tarde a Ebrury Street. Allí, en Belgravia, uno de los mejores distritos de Londres, era donde John había insistido en comprar el soberbio adosado de dos plantas que a mí tan poco me agradaba.
La abundancia de lujo me abrumaba, me asfixiaba. No soportaba estar rodeada de caros artilugios inservibles, de costosos cuadros. Me parecía inútil gastar tal cantidad de libras en aquella sobrecargada decoración.
Suspiré con nerviosismo al situarme frente a la elegante puerta barnizada que daba acceso a la lujosa vivienda.
Llamé en un par de ocasiones al sonoro timbre situado junto a la puerta, justo bajo la menuda baldosa azul marino en la que permanecía inscrito el numero 21.
Apenas pasaron unos pocos minutos antes de que una hermosa mujer de teñido cabello rubio y ojos avellana me abriese la puerta.
Esbozó una amplia sonrisa en su terso rostro carente de arrugas en el instante en el que fijaba la vista en mi inescrutable faz.
-¡Cielo!-gritó con euforia aprisionándome entre sus delgados brazos-Estas guapísima-alegó alejándose de mí para poder analizarme más detalladamente-Pareces cansada.
-Lo estoy-aseguré a la vez que esbozaba una tenue sonrisa-Ya sabes. El trabajo, la universidad…-intenté argumentar.
-Deberías dejar ya ese desagradable trabajo.
-Mamá, no vuelvas a sacar el tema.
-Pero cariño, sabes que John y yo podemos darte todo lo que necesites-aseguró con preocupación inspeccionando mi pálido rostro.
-Lo sé, pero no lo necesito-declaré queriendo dejar el tema por zanjado.
-Siempre queriendo ser tan independiente-comentó John apareciendo tras mi embelesada madre, la cual le miró de reojo dibujando una radiante sonrisa.
Me mordí el labio inferior con fuerza al contemplar el brillo de deseo que los ojos del susodicho mostraban al analizarme. Le aborrecía con toda mi alma.
-¿Has sido capaz de hacer tú sola el Roast Beef?-pregunté intentando desviar el tema de conversación. No me gustaba que hablasen de mí.
-Bueno…-rumió avergonzada sin atreverse a mirarme a los ojos-La verdad es que no me he atrevido a destrozar tal delicatessen.
-Sabía que no serías capaz-murmuré burlescamente.
-Ya sabes que soy negada para esto-intentó justificarse.
-No importa-aseguré-Ya lo haré yo…Para variar-añadí en voz baja sin borrar en momento alguno la sutil sonrisa que permanecía fija en mi tez.
-Muchas gracias-agradeció abrazándome de nuevo.
-Yo los hubiese hecho, pero la cabezota de tu madre no me ha dejado acercarme a la cocina.
-Sabes que eres tan pésimo como yo cocinando-manifestó ejecutando una sutil risita que logró incomodarme.
John correspondió la amorosa carcajada de su mujer con una creíble sonrisa. Si no hubiese sido porque le conocía a la perfección hubiese creído posible que la deslumbrante mueca que había efectuado irradiaba verdadero amor por aquella pobre ingenua que le contemplaba totalmente cautivada, cosa que era incapaz de comprender.
Era cierto que John era arrebatadoramente atractivo. Su brillante pelo negro permanecía siempre seductoramente deshecho y sus cautivadores ojos azules poseían el poder de embelesar a las más ingenuas de las mujeres que se cruzaban por su camino. No era de extrañar que mi incauta madre hubiese caído con tanta facilidad en sus redes.
Pero aun así, teniendo en cuenta todos aquellos aspectos, no comprendía como era posible que alguien que permanecía con el mismo hombre día y noche desde hacía más de un año no fuese capaz de percibir el cambio que sus ojos, su rostro, o simplemente su pose, efectuaban cada vez que me presentaba ante él.
-¿Seguro que no te importa?-inquirió John examinándome con detenimiento.
-En absoluto-respondí con rudeza-Hago lo que sea por mi madre-añadí con un doble sentido que mi madre no llegó a captar.
-Estoy seguro de ello-susurró fijando sus brillantes pupilas en mis ojos marrones.
-Por eso te quiero tanto-alegó mi despistada progenitora segundos antes de besar mi serio rostro.
-Bueno, ¿Qué tal si pasamos a la cocina? Empieza a refrescar-propuso John ganándose una sonrisa por parte de mi madre y una mirada de odio por mi parte.
Ambos tomaron asiento en las sillas dispuestas junto a la redonda mesa central que se hallaba en la cocina mientras yo empezaba a calentar la sartén con parrilla en la vitrocerámica.
-¿Qué tal te van las clases?
-Bien-respondí secamente sin querer hablar del asunto.
-¿Y qué tal están Susan y Parker?-preguntó logrando incomodarme.
No me apetecía hablar sobre mi vida delante de John. Me molestaba que estuviese tan atento a mis contestaciones como si temiese que en cualquier momento pudiese dejar escapar algún comentario inapropiado.
-Estupendamente-dije volteándome para quedar de espaldas a ella.
Era más fácil mentir si no tenía que observar su rostro ni el de su acompañante.
-¿Y los chicos?-inquirió fisgonamente en el instante en el que colocaba sobre la parrilla tres gruesos trozos de carne-¿Ya hay alguno que te hace tilín?-añadió con un tono infantil que me contrarió.
Era difícil comportarse como una niña casta e inocente sabiendo que tales adjetivos no me hacían honor.
-Sabes que no me interesan-respondí con monotonía.
-Es imposible que a los veintiún años no te interesen los hombres-alegó con suspicacia-Vamos, dime quién es.
-Ya te he dicho que no me interesan-contesté reiteradamente con cierto tono de enfado en mi voz que no pasó desapercibido.
-¿Qué ocurre?-preguntó con preocupación-¿No le gustas?
Bufé con cansancio sin atreverme a mirar a John. Sabía que debía estar contemplándome con una radiante sonrisa pintada en su seductor rostro. Le encantaba saber que era el único que me había tocado. Era realmente asqueroso.
-Sí que le gusto-respondí dándole la vuelta a la carne.
-¿Y cual es el problema?
-Que no me interesa-respondí con rapidez fijando por unos breves instantes mi vista en John, el cual borró con rapidez la engrandecida sonrisa que hasta entonces había permanecido fija en su faz-Tiene novia-comenté examinando el serio rostro del hombre que se atinaba ante mí.
-¿Y eso que importa?-preguntó mi madre como si aquel no fuese un claro inconveniente.
-Si, ¿Qué importa?-repitió John contemplándome con escrupulosidad.
Apreté con rabia la pala de madera que mantenía aferrada entre los dedos a la vez que me mordía con fuerza la lengua.
Intentando mantener la serenidad que me caracterizaba, inhalé profundamente mientras apagaba el fogón.
-Ya está hecha-comenté desviando el tema por completo en el preciso instante en el que colocaba los tres trozos de carne sobre el plato que había agarrado del interior de uno de los estantes.
-Huele de maravilla-manifestó John siguiéndome claramente la corriente.
Nos contemplamos durante unos breves segundos en silencio. Sabía que le habían molestado mis palabras pero poco importaba. Al fin y al cabo iba a recibir el mismo castigo tanto si hablaba como si no.
-Voy un segundo al baño, en seguida vuelvo-anunció mi madre instantes antes de ponerse en pie y marcharse de la cocina ante mi implorante mirada.
Permanecimos callados hasta que escuchamos el cerrojo de la puerta del cuarto de baño. Esa era la señal que él impacientemente había estado esperando.
-Al fin solos-murmuró poniéndose en pie ante mi amenazante mirada-Me encanta cuando me miras así.
-Está mi madre-dije contemplando de reojo la entreabierta puerta.
-Tardará varios minutos-aseguró acercándose con lentitud a mí como el cazador se aproxima a su presa.
-Aléjate-rogué en un débil susurro-Como des un paso más juro que gritaré-amenacé.
-Dudo que lo hagas. Sabes lo que ocurrirá si haces la más mínima intención de llamarla-advirtió.
Respiré aceleradamente esperando que se situase frente a mí, cosa que no tardó en hacer. Mi corazón palpitaba con violencia por el miedo sentido. Era frustrante contemplar como a pesar de la infinitud de veces que había pasado por aquella misma situación era incapaz de acostumbrarme a ella, incapaz de fingir indiferencia.
Con exasperante parsimonia, John alargó el brazo hasta posar sobre mi blanquecino rostro las cálidas yemas de su mano derecha. Temblé al sentir aquella sutil caricia a la vez que volteaba ligeramente el rostro para evitar contemplarle. Siempre lo hacía. No creía ser capaz de observarle durante más de medio minuto sin llorar.
Excepcionalmente, en aquella ocasión no permitió que desviase la mirada. Aferró con fuerza mi barbilla y me obligó a contemplarle. Jamás había sentido tantísimo temor como entonces. Mirarle a la cara mientras me obligaba a permanecer dócil entre sus brazos era humillante. Me sentía intimidada e insultantemente degradada ante él.
-Así que no te intereso-masculló con rabia sin dejar de contemplar mis acuosos ojos.
-Siempre lo has sabido-dije haciendo uso de la poca valentía que para entonces todavía conservaba.
Apretó con fuerza mi mentón al escuchar el osado comentario que le había dedicado.
-Deberías aprender a ser más sumisa-susurró junto a mi oído izquierdo instantes antes de empujarme con violencia contra la nevera dispuesta a mi espalda, aunque no se apartó ni un simple milímetro de mi ahora adolorido cuerpo.
Gemí apagadamente de dolor, cosa que pareció agradar al depravado hombre situado ante mí.
-¿Y qué tipo de hombre te interesa?-preguntó rozando al hablar sus labios contra los míos.
-Cualquiera que no esté loco-farfullé entre dientes fijando mi vista en sus enardecidos ojos.
-¿Loco?-inquirió, para mi asombro, sonriente.
Sus fuertes manos aprisionaron cada uno de mis brazos provocando que un nuevo gemido expirase por mi entreabierta boca.
-Tienes razón. Estoy loco, loco de amor por ti-susurró enfermizamente junto a mi oído.
Le miré con odio infinito instantes antes de cerrar los ojos para impedir que las lágrimas que se aglutinaban en ellos pudiesen escapar. A pesar de ello, dos gruesas gotas saladas lograron atravesar mis cerrados párpados.
Sentí el rugoso tacto de su lengua rozar mi cálida mejilla y respiré con ansiedad instantes antes de volver a hablar.
-Si realmente me amases no me harías esto-manifesté en un endeble balbuceo.
-Te equivocas-me contradijo a la vez que limpiaba con el pulgar de su mano izquierda la escurridiza lágrima dispuesta sobre mis prietos labios-Todo lo que hago, todo lo que he hecho, todo lo que haré, es, ha sido, y será por ti-aseguró acariciando con el dedo índice mi palpitante cuello-No sabes lo doloroso que es amar a alguien que no te corresponde.
Emprendí un insonoro sollozo mientras intentaba zafarme de sus aferradoras manos.
-Debo irme-murmuré débilmente.
-¿No te quedas a cenar?-pregunto en un sutil susurro.
-Se me ha quitado el apetito-mascullé con voz quebrada intentando alejarme de él una vez más, cosa que no logré.
-No te vas a ninguna parte-aseguró en el preciso instante en el que empezaba a desabotonar los primeros botones de mi camisa.
-Déjame, por favor-rogué intentando escapar.
Me acalló apresando mis gruesos labios entre los suyos a la vez que seguía con la costosa labor de desabrochar cada uno de los botones de la prieta camisa que vestía.
-No sabes cuanto te deseo-reveló al liberar mis rojizos labios de los suyos.
Incapaz de reprimir el llanto, me vi obligada a morderme el labio para evitar proferir los sonoros sollozos que luchaban por escapar de mi boca.
Tan solo el sonido provocado por el cerrojo proveniente del cuarto de baño logró apaciguarle.
-Esto no acaba aquí-murmuró alejándose con lentitud de mí sin dejar de contemplarme con una fogosidad claramente indecorosa. No creía haberle odiado jamás tanto como en aquel entonces.
Todavía vistosamente agitada, me limpié con la manga de la camisa las escurridizas lágrimas que recorrían mi alterado rostro y me abroché los pocos botones que mi acompañante había logrado desabotonar.
-Ya estoy de vuelta-informó mi progenitora al penetrar en la estancia.
Aparté la mirada de ella sabiendo que sería incapaz de guardar la compostura y fingir imperturbabilidad.
-Debo irme-mascullé con voz ruda en el preciso instante en el que mi madre se asentaba en una de las sillas dispuestas ante mí.
-¿Ya?-inquirió con incredulidad-Pero si hacía semanas que no nos veíamos-se quejó cuando me acerqué para darle un rápido beso en la mejilla.
-Tengo cosas que hacer, te llamo mañana-farfullé aceleradamente segundos antes de alejarme de la penetrante mirada de John.
Salí tan rápido como me fue posible de allí y me adentré en la oscuridad de la noche recorriendo a paso rápido las solitarias calles de Londres.
Todavía temblaba de miedo y mis retinas permanecían molestamente borrosas a causa de la gruesa capa de lágrimas dispuesta sobre ellas.
Jadeé ansiosamente en el instante en el que me asentaba sobre el metálico banco situado en la parada del bus. Hubiese podido ir caminando hasta casa, pero la verdad es que no me apetecía recorrer las despobladas calles a esa hora de la noche.
Intenté calmarme, cosa que a penas fui capaz de lograr. Me sentía tan frustrada que no era capaz de pensar con coherencia, de dejar apartados aquellos fuertes sentimientos que luchaban por lograr aflorar de mi interior.
Pasé frenéticamente en una docena de ocasiones mi convulsa mano por mi enredado cabello castaño a la vez que me mordía con fuerza el labio inferior creyendo así poder aminorar el odio que para entonces sentía.
-Ya pasó, ya pasó, ya pasó- repetí en seguidas ocasiones con el fin de reconfortarme a mí misma.
Aspiré profundamente el aire que me rodeaba y cerré los ojos con la inútil intención de tranquilizarme.
Fue en aquel instante de inestable serenidad cuando escuché unos sonoros maullidos provenientes de la acera de enfrente.
Abrí con pesadumbre los párpados avistando tras ellos la delgada figura de un precioso minino negro que me devolvió la mirada. Fruncí el ceño al observar la extraña manera en la que me analizaba con sus translúcidos ojos oliváceos.
Sin dejar de escrutarme en momento alguno se asentó sobre el frío pavimento. De inmediato me sentí ilógicamente cautivada por él.
La llegada del autobús puso fin a aquella conexión visual que durante largos segundos habíamos mantenido.
Bastante confusa, pestañeé en múltiples ocasiones mientras me ponía en pie. Caminé todavía vistosamente desconcertada hacia el solitario vehículo penetrando en él, el cual esperaba con impaciencia mi ingreso.
-Estoy cansada-me dije intentando justificar la extraña sensación que había presenciado al contemplar el hermoso animal.
Suspiré a la vez que me sentaba en uno de los diversos asientos libres dispuestos en el bus. Sin saber exactamente la causa dirigí la vista hacia el exterior esperando hallar sobre el duro asfalto a aquel elegante felino que, para mi sorpresa, seguía observándome con fijeza.
Me obligué a apartar la mirada de la roñosa ventana mientras negaba con la cabeza.
Sabía que no eran más que paranoias sin sentido pero al contemplarle me había parecido hallar en sus brillantes ojos reconocimiento.
Esbocé una tenue sonrisa al apreciar mi momentánea locura. Esperaba que el sueño fuese capaz de hacer desaparecer aquellas absurdas ideas de mi turbada cabeza.
Tras un corto viaje, bajé del envejecido autobús en la parada Oxford Circus, cerca del pequeño adosado en el que residía desde hacía poco más de un año.
Mi madre había insistido en que el antiguo barrio en el que había vivido no era suficientemente seguro para una joven como yo con lo cual, tan sólo para evitar seguir escuchando sus insistentes sermones, accedí a mudarme.
Caminé con lentitud por la iluminada calle Regent hasta situarme en la entrada de la calle Maddox. Allí, justo en el cruce de ambas calles, atiné al felino que poco antes había visto en la parada Hyde Park Corner.
Permanecía sentado sobre el húmedo asfalto con la vista fija en mí, como si hubiese estado esperando pacientemente mi llegada.
Analicé con detenimiento la escuálida figura del animal. Era totalmente imposible que hubiese podido recorrer casi 2 Km. en menos de diez minutos.
-No tiene porque ser el mismo gato-intenté autoconvencerme sin persuadirme lo más mínimo.
Recordaba a la perfección aquellos resplandecientes ojos que ahora volvían a estudiarme.
Examiné instintivamente la avenida esperando hallar algún transeúnte a mi alrededor. Para mi gran horror, la calle se encontraba completamente desierta a pesar de tratarse de una de las zonas más transitadas de Londres.
Pestañeé en reiteradas ocasiones esperando que se tratase de una simple alucinación causada por el cansancio, sin embargo a pesar de mis constantes parpadeos el minino no desapareció.
Despaciosamente ante mi atenta mirada, el gato emprendió una vacilante caminata hacia mí. Permanecí paralizada en todo momento sin saber qué hacer.
Tan solo se trataba de un simple minino pero, por alguna ilógica razón que no era capaz de argumentar, sentí una pizca de miedo cuando se situó a tan solo dos metros de mi estático cuerpo.
Quizá fuese el hecho de que me contemplase con apreciable precaución o que se hallase en una postura poco común entre los felinos, pues permanecía inmóvil con las patas extremadamente rígidas e inflexibles, pero fuere cual fuere la causa empezaba a percibir curiosidad por su extravagante rareza.
Sus ojos brillaron insólitamente ante mi indagadora mirada. De repente todo temor se desvaneció en la nada.
Me sentí relajada ante él, extrañamente protegida.
-Esto es una locura-murmuré desviando por un breve lapso de tiempo la mirada del enigmático animal.
Me mordí el labio con nerviosismo sin saber como actuar y, por extraño que pareciese, el gato pareció mostrar el mismo desconcierto que yo ante tal absurda situación.
Haciendo uso de la irracionalidad que a veces mostraba, volteé en un acelerado movimiento y emprendí una rápida caminata transitando el mismo trazado que poco antes había recorrido.
Ni siquiera llegué a atravesar la calle cuando me vi obligada a detenerme. Alucinada contemplé ante mí ahora nuevamente con temor al conocido minino, el cual me analizó con la cautela incrustada en sus ojos.
-Déjame en paz-ordené atemorizada volviendo girar sobre mis talones para emprender una nueva carrera en dirección a mi vivienda.
Corrí tanto como me fue posible por la húmeda calle, aunque una vez más ante mi gran asombro el felino me alcanzó.
Desesperada y aterrada, aspiré aceleradamente el cargado aire que me rodeaba hinchando y desinflando mis pulmones en reiteradas ocasiones antes de volver a voltearme.
En aquella ocasión, tan sólo girarme, se apareció ante mi agitado rostro la figura de un joven muchacho.
Sus grandes ojos verdes me ojearon con manifiesta curiosidad durante una milésima de segundo antes de que resbalase sobre el acuoso asfalto y me abalanzase de espaldas hacia el duro suelo.
Respiré convulsamente al apreciar sobre mi cintura la presión que ejercía el fuerte brazo de mi acompañante, el cual había impedido que acabase estampada contra el piso.
Su extravagante rostro, más bello que cualquier otro que hubiese podido contemplar con anterioridad, se hallaba excesivamente próximo al mío mientras que la parte superior de mi estático cuerpo permanecía levitando a pocos centímetros del pavimento gracias a la rápida intervención del desconocido sujeto.
-¿Estás bien?-inquirió en un tono preocupado que me sorprendió.
Inhalé aire instantes antes de alejarme cual histérica de él.
Ni siquiera me detuve a pensar que en el estado de shock en el que me encontraba no era una buena idea abandonar el único apoyo que poseía, con lo cual acabé cayendo ridículamente sobre el firme suelo.
Gemí de dolor cuando mis posaderas chocaron contra el duro asfalto, cosa que pareció divertir al muchacho.
-¿Sueles caerte?-preguntó esbozando una hipnotizante sonrisa en su atractivo rostro.
Fui incapaz de responder a la pregunta, pues toda mi atención estaba dispuesta en su delicada pero a la vez salvaje e increíblemente fascinante faz.
Se acuclilló ante mí sin dejar de analizarme con aquella pizca de indagación que sus hechiceros ojos mostraban.
Todavía algo alterada examiné mi alrededor esperando hallar al menudo felino que tanto me había intimidado no obstante, para mi gran sorpresa, no encontré rastro alguno del animal.
Avergonzada por mi paranoico comportamiento bufé a la vez que me acariciaba mi palpitante sien.
-¿Te encuentras bien?
Asentí sin demasiado brío instantes antes de agarrar la mano que él me brindaba como apoyo para lograr alzarme del humedecido piso.
Asombrada por la suavidad de sus blanquecinas manos deposité mi maravillada mirada en sus centelleantes iris, los cuales me examinaban con precisión al igual que lo habían hecho poco antes las del enigmático minino que me había perseguido.
Fue en aquel instante cuando finalmente perdí toda cordura.
Me alejé con vacilación del inquietante sujeto sin perder ni por una milésima de segundo la panorámica de su erguido cuerpo.
-No te acerques a mí-farfullé con temor instantes antes de voltearme con la intención de retomar de nuevo el paso en dirección a mi casa.
Antes de poder incluso despegar el pie del suelo fui obstaculizada por el desconocido joven, el cual me miró con imploración.
-No te vayas-rogó logrando perturbarme más si era posible.
Su melodiosa voz penetró en mis destapados tímpanos. Jamás había escuchado tal asombroso sonido salir de los labios de un humano.
Pestañeé una docena de veces antes de ser capaz de asimilar sus efímeras palabras.
Entreabrí los labios con la intención de decir algo, lo que fuese, pero no fui capaz de pronunciar ni una simple sílaba. Me encontraba totalmente aturdida ante él.
Desvió la mirada durante unos pocos segundos para inspeccionar cautelosamente la desierta calle antes de volver a posar sus refulgentes ojos en mi inquieto rostro.
Sin previo aviso, inició un lento paso hacia mí mientras yo retrocedía los pequeños tramos que él recorría. De repente, con una rapidez asombrosa, se situó a simples centímetros de mi paralizada faz.
Inhalé con nerviosismo el cargado aire que me rodeaba sin ser capaz de mover ni un simple músculo de mi engarrotado cuerpo.
La espesa saliva que mantenía en la boca fue incrementando su volumen a medida que pasaban los minutos. Solo cuando él inició el primer movimiento fui capaz de tragar la compacta pasta que ahora recorría mi esófago.
Cerré instintivamente los párpados instantes antes de que su extremadamente suave mano se aposentase sobre mi pálido rostro, la cual acarició con primor mis acaloradas mejillas.
Desconcertada, entreabrí los ojos a la vez que me mordía el labio. Por alguna razón que no era capaz de explicar tenía la impresión de que una parte de él deseaba dañarme aunque, contrariamente, poseía la irrazonable certeza de que no iba a hacerlo.
-Eres tú-susurró incomprensiblemente elaborando una despampanante sonrisa en su bello rostro.
Aquel simple gesto logró cautivarme de tal manera que todo temor sentido volvió a desvanecerse en el aire. No sabía como lograba hacerlo, pero era capaz de infundirme tanto miedo como tranquilidad.
-¿Quién eres?
Agrandó su hermosa sonrisa a la vez que acariciaba mi enredado pelo, pero no respondió a mi pregunta.
-No me sueltes-pidió en el instante en el que sus sedosos dedos aferraban con delicadeza mi mano.
De repente sentí como si fuese despedida violentamente por una fuerza incorpórea cuyo único fin era separarme de mi acompañante, del cual me mantenía fuertemente agarrada.
Todo se volvió borroso ante mis turbados ojos.
La tenebrosa calle desapareció de mi vista con una rapidez asombrosa siendo sustituida por una masa nebulosa, la cual poco a poco fue cobrando forma material.
¿QUIERES SEGUIR LEYENDO?--> http://elrefugiodelosmalditos.blogspot.com/2009/04/capitulo-2-predestina...
Post new comment