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La Expedición Matuyama
Taenian Dehilo esperó junto a su amigo Deomir Karlón al resto del grupo que bajaba por el otro funicular, mientras lo hacían encargaron a uno de los botones del hotel que subiera los coches a la superficie.
- Es algo fuera de lo normal, algo fantástico, -llegó diciendo Oosif Kartonen, que hablaba del viaje en el funicular-, y cuando estás arriba da la impresión de estar alojado entre nubes, hasta la comida sienta mejor, más ligera.
- Ngeburgo nos reserva muchas sorpresas, -respondió Tenian-, la selva vibra ahí al lado entre luces y sombras, los animales savajes rugen buscando las presas, pero la urbe es un exponente digno de las ciudades más modernas del planeta, Africania se lo supo ganar a pulso.
- ¡Hace calor!, -dijo sin más Kartonen-, son tan sólo la 9´30 de la mañana.
- ¡Estamos por debajo del Trópico mi querido amigo!, -respondió el jefe que siempre trataba así a los hombres del equipo, muy coloquial, en lo alto de su enorme estatura-, ¡debe ser el gran Sahara que anda mirando la primavera!
En efecto, era la segunda estación del calendario, hacía cinco años y unos meses que la expedición Matuyama llegó a Africania. La misión científica estaba siendo un éxito y parte de los hallazgos conseguidos en la llanura de limos, se exponían en el mueseo de Ngeburgo por esos mismo días. Corría el año 10.062 del cómputo occidental.
El grupo de profesores estab invitado por las autoridades del museo...

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