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Violación.


By Franky - Posted on 16 agosto 2007

Violación.

Entré en aquel salón rodeado de estatuas femeninas. Damasquinados y yeserías arabigoandaluzas en las paredes y grandes lámparas de araña en los techos. Había cuadros con escenas mitológicas de centauros y cíclopes. Ilión ardía devastada en un cuadro. Un gran espejo tenía la perfección, en su marco, de los careys de los abanicos. A la luz de las velas la estancia fosforecía de un rabioso granate, pero en los grandes sillones de terciopelo verde los cojines de seda amarillos y azules lo cubrían todo. Yo estaba desnudo, mi cuerpo de atleta de veinte años destilaba como una clepsidra olor a sándalo y a tigre, como en una mezcla híbrida de impuras sustancias y aromas balsámicos. Jarrones de cristal labrado guardaban líquidos verdes y ámbares, ¿vino, absenta, Te?. Caí en un sueño en el que yo era un Apolo de una belleza débil, mala, y sublime. Mi torso de luna y nácar competía con la plata de los candelabros magníficos. En mi sueño mordía una flor, una extraña amapola roja y violeta. Y entre volutas de vapor voluptuoso del fumadero de opio aparecieron las náyades desnudas. Las Venus de mi sueño llevaban tatuado un sapo en el pecho derecho, y una orquídea en el izquierdo. Estaban aceitosas, incluso la mulata, que fulgía de aceitunos ámbares. Pronto empezaron a tocarme, a acariciarme. Me rozaron los pies desnudos con la punta de los pezones, otras me agarraban de los hombros, y la más traviesa, de profundos ojos luciféricos y verdes, me agarró la verga de hombre, para introducirsela en la boca. Me quemaba vivo allí mismo, me estaban desollando vivo con una sabiduría de embrujadas dementes. Me cabalgaron a pesar del pavor, cada roce era un suplicio, cada lengüetazo un tormento, me fustigaron como a un potro. Los latigazos que me concedían suponían terribles cosquillas, y mi angustia era espantosa. Pronto no les bastó el uso de sus labios y se introdujeron mi miembro en sus vaginas. Una lluvia púrpura cruzó por mis pupilas, ardiente y desagradable, con asco. Me moría, quería escapar de aquella furibunda violación, pero mi cuerpo, laxo y endeble, no respondía a mis deseos. Me sentía tan lacerado y sucio en cada lamida y en cada movimiento que deseaba la muerte. La angustia en todo mi ser escarbaba profundos laberintos. Tenía en aquel instante la apariencia del musulmán al que envuelven con una piel de cerdo, y mi agonía, lúbrica, tenía el tacto de la piel humana. Ellas ponían sus babosos labios en torno de mi poder y me tragaban entero mordiendo levemente éste, que se deshinchaba e hinchaba como una culebra tragada por otra. Los nudibranquios de los pubis, las almejas que se posaban sobre mi, parecían tener dientes, vaginas dentudas capaces de la castración inmolaban mi cuerpo, en cuyo ardor se consumía un almizcle de aromas. Los ojos de las demonias, brillaban con toques de fulgor diamantino, sus uñas parecían navajas de rubíes, sus labios, tornasoles rosas y violetas, húmedos y febriles. Sus pezones, en los que un monstruoso sapo competía con una orquídea fucsia, eran como pitones de toros, y yo los bebía, con una angustia delicuescente. Como anacondas sobre mi, una fiebre de líquenes perfumados, aromados en salitres magmáticos, y pellizcos de arpas furiosas, la danza de las sílfides que sobre mi se cernía, me llevaba a un extraño cielo de penumbras furiosas, de pavos reales degollados y de gallos con la cresta azul. Era, todo mi ser encadenado a aquel sublime tártaro, una estatua a la que dibujaban arañas, y colibríes de cristal espinosos recorrían mi dermis como cactus feroces, envueltos en seda. Talco, y aceite, se combinaban de una manera desaprensiva, y yo, como saco de boxeo profanado, recibía caricias durísimas y besos estomagantes, y quedaba manchado de hermosura y daño. Los rosas labios, en torno de mi glande, me arrastraban como piedra de arroyo a la cara oculta de la luna, donde los arabescos amarillos eclipsaban a los bronces tumultuosos. Las orquídeas mordían fúnebres rosas, y, atado de pies y manos, iba conducido al placer entre llamas de nácar, y me chicharraba vivo de tanto sol tibio. Panteras recorrían mi cuerpo, sapos, orquídeas, sapos monstruosos que tenían el tacto blando y celeste. Miles de abejas furiosas elaboraban sobre mi una miel opaca y poco dulce, que yo bebía a golpes, casi con nauseas. El séptimo cielo llegaba una y otra vez, siete veces siete, con rayos de luz negra y paramecios amarillos, y sentía una y otra vez la consumación de mi carne, y la angustia subía hacia arriba como el humo del puro del sátrapa, con su anillo de brillantes en el dedo. Entré en el sueño como un Apolo de veinte años y salía de él como un sagrario robado. La tortura duró horas y horas hasta que derretido eyaculé mi muerte decenas de veces. ¿cuánto duró aquello?, pasaron por mi mente veinte espantosos súcubos, hieráticos, bellos y terribles, ¿horas, días?, cuando salí de mi sueño estaba maltrecho como en una paliza. Como el viejo pergamino manchado de aceite al que arruga la mano de un niño.
(Eso es lo que tu quisieras, Francisquito). Jua Jua Jua. Cuidado con la gorda.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
:)[amor02]:?:

Imagen de angel_of_musik

Hola, Franky
Vaya relato nos traes! Nunca he tenido un encuentro con las Bacantes, pero de haberlo tenido, estoy segura de que hubiera sido tal y como tú lo describes (bueno, si yo fueran un hombre).
Me ha gustado tu forma de narrar la historia, con unas palabras que no se suelen ver demasiado últimamente y unas construcciones de lo más sugerentes. Me parece haber leído algo de otros tiempos, algo más cuidado en la forma y el estilo de lo que se suele leer hoy día.
Lo dicho, una experiencia curiosa.
Saludos.

Imagen de Lope

(Eso es lo que tu quisieras, Francisquito). Jua Jua Jua. Cuidado con la gorda.
Lope.

Lo escrito, escrito queda
Lee todo en: http://lope20044.blogcindario.com/

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