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Venganza
La sed de venganza que le recorría las entrañas no iba a desaparecer de un día para otro. Empezaba a plantearse la posibilidad de que tuviera que llevar a cabo alguna acción para dejar de sentir ese odio en su interior. Cada vez que pensaba en él todo su cuerpo temblaba de los nervios. Imaginaba qué haría si lo tuviera delante y se viera con fuerzas de darle su merecido. Nada de lo que se le amontonaba en la cabeza eran buenas ideas, pero las disfrutaba entre temblores.
La duda de si sería algún día capaz de hacer realidad sus pensamientos no era sólo otro pensamiento más. Era el mayor de los pensamientos y sobre todo el que se distinguía de entre el resto por ser el de más importancia. Le daba vueltas y vueltas a diario y cada vez crecía a base de centrar la atención en él. Porque a estas alturas ya apenas importaba qué le había llevado a sentir esa obsesión por el personaje merecedor de venganza. La importancia la aglutinaba la propia necesidad de revancha y de vengar el daño. Fuera cual fuera.
Así, una noche, en el duermevela, tembloroso por los nervios de ver más cerca que nunca el castigo que escarmentara a su enemigo, supo que el día que empezaba a amanecer sería la fecha límite. Toda venganza necesita un momento final en el que se materializa. Y él ya había tomado la decisión. Cuando el nuevo día se iniciara pasaría a la acción. El plan lo había vivido y revisado mil veces en su mente. Sólo faltaba llevarlo cabo. Ejecutarlo.
Se despertó sin ningún tipo de nervios y eso le intranquilizó un poco, ya que era consciente de que iba a realizar algo ilegal. No recordaba haber hecho nada fuera de la ley en toda su vida. La idea de debutar en la ilegalidad con un ajuste de cuentas no le disgustaba. Como si fuera un mafioso, pero con asuntos de menor importancia. Y repasó mentalmente el plan que tenía memorizado noche tras noche en su cama. Por fin se decidía.
Salió de casa con una barra de hierro que había fabricado en el trabajo hacía más de un año. Cuando tuvo lugar el incidente con el individuo al que iba a ponerle los puntos claros. Hoy ocurriría otro tipo de incidente. Más a su favor. Para reír el último. Así una acción reprobable como la de aquel tipo no quedaría impune. Se convertía en el justiciero de la ciudad. A lo Charles Bronson pero sin esa cara de mala leche que le acompañó en todas sus películas.
Llegó a la parada de autobús, con la barra de hierro en la mano, y esperó hasta que llegó el 56. Fueron ocho minutos en los que su mente estuvo a años luz de la parada. Se abstrajo de las miradas temerosas de curiosos que no se explicaban qué podía hacer un loco esperando al autobús con un hierro en la mano. Una barra que parecía preparada para atacar. Como así sería. Cuánto visionario a través del miedo y la desconfianza.
Al subir al autobús, ocho minutos después de llegar a la parada, ni siquiera se preocupó de sacar la tarjeta para marcar. Apretó los dedos contra la barra de hierro y notó el calor de su mano sudorosa haciendo tanta fuerza como le era posible. Continuó respirando al mismo ritmo. Vio al final del vehículo a un hombre de algo más de treinta años, con el pelo corto y una gran cantidad de canas, que permanecía de pie mirando a través de la ventana.
La barra de hierro continuaba en su mano derecha. Apretada con fuerza. Al llegar a la altura del canoso hizo un gesto brusco con el brazo, y tras coger todo el impulso que el peso de la barra le permitió, la soltó con tanta fuerza como pudo sobre el tobillo de aquel pobre desgraciado que no se enteró hasta que notó el impacto del hierro contra su hueso. Sonó un crujido.
El pobre infeliz cayó al suelo entre gritos espantosos de dolor. Se retorció tantas veces como le fue posible moviéndose a la velocidad del sonido y su agresor, ahora ya completamente fuera de sí, le soltó un berrido que le perforó el tímpano. Por suerte para el idiota que seguía doliéndose en el suelo, la fractura de la pierna causaba tanto dolor que ni se percató del destrozo que le había causado en el sistema auditivo. Cuando se le calmara lo del tobillo quizá repararía en el pitido de su oído.
-Ahora ya puedes pedirme perdón por el pisotón del otro día. –le gritó el agresor señalándole con la barra- ¡Ahora pídeme perdón por lo del otro día, que sé que lo hiciste a propósito!
El conductor detuvo de un frenazo el autobús. El chirriar de las ruedas se oyó al unísono con los gritos de los otros pasajeros tras el golpe. Parecía la típica escena en una película de miedo donde todo el mundo grita. Allí el que más y el que menos soltó su aportación a la contaminación acústica.
El agresor, con los nervios a punto de explotar, giró 360 grados sobre sí mismo intentando observar qué había a su alrededor. Volvió a mirar al infeliz de la pierna rota, que seguía envuelto en berridos de dolor, y alzó la barra de hierro, cogida con ambas manos, hasta bajarla con el mayor impulso que fue capaz de lograr, para hacerla impactar con furia en la cabeza del gritón. Tras el impacto, dejó de gritar. El resto de pasajeros no.

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