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Una decisión drástica


By warkos - Posted on 17 February 2008

La calle Aragón, con su infinidad de carriles y la buena conexión entre semáforos que permite pasar un buen número de ellos en verde de una tirada, a según qué horas de la noche parece que pide pisar a fondo el acelerador del vehículo. Esta calle del centro de la ciudad se transforma por arte de magia en una autopista que atraviesa la urbe. Y la mayoría de coches que la recorren, se entregan con pasión a las tres de la madrugada de un jueves a enganchar en verde un semáforo tras otro acelerando a fondo, sin perder el tiempo detenido en un paso peatonal, mirando como no lo cruza nadie.
Igual de entregado a la velocidad que el resto, pisaba con furia el acelerador un joven de dieciocho años. Todavía con la L en la parte posterior del turismo, un Seat Ibiza color azul brisa, sus escasos treinta días desde la obtención del permiso de conducción no se veían reflejados en la forma de manejar el automóvil. Rápida. Agresiva. Sin complejos. Completamente irracional para su aún escaso dominio del volante. Ebria. Sobre todo ebria y alterada.
David estaba exultante estrenando su condición de piloto legal. Ya había conducido sin carnet el coche de su padre alguna vez. Ahora lo hacía con el suyo propio y dentro de la legalidad. Y estaban celebrándolo. Él y su copiloto y amigo, Esteban De Sagastizábal, que contaba en aquella época diecinueve años. Con la música rap sonando por el equipo a todo volumen, ambos gritaban las rimas de Violadores del Verso, su grupo favorito, que en aquel entonces ponía los cimientos del posterior boom del hip hop en español. La canción Un gran plan, como si fuera una señal, acompañaba a los dos jóvenes en el estéreo, también portadores de un gran plan para esa noche de fiesta y celebración por el estreno como conductor de David.
Con más de una copa de más en el cuerpo y las fosas nasales tan blancas como Pal en plena estación invernal, creyeron que los semáforos solo tenían un color: el verde. No vieron, o no fueron capaces de distinguir a la velocidad que circulaban, el cambio del verde al amarillo, y en lugar de reducir los kilómetros por hora del vehículo antes de llegar al fatídico cruce, el inexperto conductor decidió hundir aún más las Nike Air Jordan de su pie derecho en el acelerador. La prisa por llegar a donde se dirigían, la casa de un camello amigo de David, obnubiló su percepción drogada y borracha. O quizá fue directamente ese estado de embriaguez el que le hizo perder cualquier atisbo de precaución, y aumentó la velocidad sin pensar en el peligro.
El coche se detuvo bruscamente. No fue porque David dejara de apretar el acelerador. Fue por un impacto. Una colisión contra la puerta del conductor de un turismo color rojo, los nervios no les permitieron ni siquiera darse cuenta del modelo, fue el freno al paseo a toda velocidad por la autopista en la que se había convertido la calle Aragón. Fue un golpe descomunal. Con la potencia del que ni se percata del obstáculo en mitad del camino y no frena hasta que es el propio obstáculo el que le detiene. Y el turismo rojo que recibió el impacto cuando bajaba por la calle Pau Claris en el cruce con la calle Aragón dio un par de vueltas sobre sí mismo como si fuera una peonza, hasta que se empotró contra los coches que habían aparcados en el chaflán. El estruendo debió de sonar como si hubieran puesto una bomba en Bagdad. Pero ningún vecino se asomó a la ventana. O eso al menos creyeron los dos jóvenes metidos a conductores de fórmula 1 en circuito urbano.
-¡Dios! –exclamó casi sin voz De Sagastizábal, en un intento de gritar lo más alto posible.
-¡No lo he visto! –gritó David, mientras se restregaba los ojos con las palmas de las manos.
Ambos se miraron con la cara del que cree que se acaba de despertar de una pesadilla y está todavía con la duda de si es o no real lo que ha ocurrido.
-¡No lo he visto, tío! –volvió a gritar.
-¡Vaya leche! –gritó De Sagastizábal, con la yugular a punto de estallar.
-¡No lo he visto, joder! –repitió de nuevo David-. Me cago en la puta, ¿de dónde ha salido ese capullo?
La puerta de Esteban se abrió y éste sacó la pierna derecha del vehículo. Cuando se disponía a que el resto de su cuerpo continuara el mismo camino que el pie derecho, la voz alteradísima hasta la demencia de David le atronó los tímpanos.
-¡Cierra la puerta ya!
-¿Qué? –preguntó un incrédulo Esteban.
-Que cierres la puta puerta, De Sagastizábal, coño, que nos vamos.
-Pero no podemos dejar a ese tío así. Lo acabamos de empotrar y tiene toda su puerta medio metro metida para dentro. El tío debe estar bien jodido.
-Si está jodido ni tú ni yo vamos a solucionarle nada porque no somos médicos –David le había agarrado de la muñeca izquierda y le miraba fijamente a los ojos.
De Sagastizábal no se creía lo que su drogado y alteradísimo amigo le ordenaba. No podían dejar a aquel pobre infeliz agonizando dentro de su coche accidentado, hecho papilla. No era posible que le estuviera diciendo que abandonaran a aquel desgraciado sin culpa, entre el amasijo de chatarra que se había convertido su turismo color rojo.
Le apretó aún más la muñeca y le dirigió una mirada que Esteban no reconoció como propia de su compañero. Pero supo que era una mirada seria. La comprendió. Abrió un poco más los ojos de lo que ya los tenía y supo que lo que David le decía era lo más lógico. Los culpables del accidente eran ellos. Completamente borrachos. Drogados. Se habían saltado un semáforo. Quizá el hombre del coche rojo estaba muerto. O como mínimo en muy mal estado. La ley no sería benevolente con ellos. Y apenas acababan de cumplir la mayoría de edad. Tenía lógica lo que su amigo le decía.
-Cierra el puto coche, De Sagastizábal –le repitió David, apretando los dientes con la misma fuerza que le apretaba la muñeca a su amigo.
Sin pensar en el estado en el que debía estar el ocupante del coche rojo, David se mostró firme. No pensó más que en él mismo. ¿Para qué? Si hay una ocasión en tu vida en la que debes ser egoísta, es en una como esta, pensó. Pero De Sagastizábal sí que se planteó cómo se podía encontrar ese pobre diablo. Si necesita nuestra ayuda quizá le podamos salvar. Si nos vamos, quizá no lo cuente. Pero sus heridas no son nuestras heridas. Y su muerte no es nuestra muerte.
No volvió a mirar el coche siniestrado. Esteban hizo caso a las órdenes de su amigo y cerró la puerta con energía. Ninguno de los dos dijo nada. El portazo fue el único sonido que precedió al acelerón con el que el Seat Ibiza de David salió como una bala del cruce entre las calles Aragón y Pau Claris. Quizá no hacían lo correcto, pero Farruquito no es el primero, ni será el último conductor que se da a la fuga tras un accidente. Una mezcla entre miedo y atrofia mental se apropió de ellos. Las pulsaciones se les aceleraron aún más de lo que ya las llevaban por culpa de las drogas. Y su ángulo de visión se cerró tanto, que sólo veían el final de la calle a través de la luna delantera del Ibiza.
De un volantazo, tras hundir con furia excepcional el pie en el acelerador, David puso el coche en la dirección correcta y, con un chirriar de ruedas que habría puesto cachondo a cualquier amante del tunning, quisieron olvidar el lamentable accidente que acababan de sufrir. Ninguno de los dos articulaba palabra alguna. La huida lo decía todo. Hasta que no fue sólo la huida la que habló.
-¡No te vayas! –gritó con dificultad el malherido conductor desde el interior del coche rojo.
Las caras de los dos jóvenes en plena huida se tornaron aún más histriónicas. Presa del pánico. David empezó a respirar con dificultad mientras permanecía con el pie incrustado en el fondo del acelerador. La mirada fija en la carretera. De Sagastizábal movía la cabeza distribuyendo sus ojos entre su compañero, respirando a trompicones, y el frente, donde la calle Aragón se hacía más y más pequeña por la velocidad. Ninguno de ellos tenía el control. El coche estaba descontrolado. La velocidad era mala compañera para dejarle controlar. Las drogas ingeridas les proporcionaban descontrol total. El miedo, posterior al susto del accidente, era el que tenía la sartén por el mango. Y De Sagastizábal sintió aún más miedo del que ya tenía, al darse cuenta de que ninguno de ellos dos estaba al mando de la situación.
Ese pobre diablo todavía estaba vivo y si le negaban la ayuda, es probable que no lo estuviera durante mucho más. Ellos no eran malas personas, pero estaban actuando como tal. Como personas asustadas, más bien. O como jóvenes irracionales, drogados y borrachos, que no mesuran en su plenitud las consecuencias de sus actos. Pero lo que les eximía de actuar con corrección, sería precisamente lo que les llevaría a la ruina.
-¡Para! –exclamó Esteban, alargando el grito hasta la casi perforación del asustado oído de David.
Y David paró el coche en el acto. De un frenazo. Tras levantar el pie del pedal del acelerador que estrujaba anteriormente con fuerza, hizo lo propio con el del freno. El coche se detuvo, esta vez por voluntad del piloto. O del copiloto. Las cabezas de ambos casi llegaron al cristal delantero tras levantar sus culos del asiento por culpa del parón tan brusco a la orden de Esteban.
Hubo un periodo no cuantificable de tiempo en el que ninguno de los dos abrió la boca. David sí la abrió, pero fue para seguir respirando con dificultad, no para hablar. Su compañero, ni eso. Continuaba moviendo la cabeza y mirando al conductor, al frente y ahora también hacia detrás, donde el turismo rojo continuaba incrustado en uno de los coches que había aparcado en el chaflán.
-Da marcha atrás –ordenó De Sagastizábal a su amigo.
Como si fueran un equipo bien compenetrado donde uno ordena y el otro obedece, David cumplía sin rechistar todo lo que su amigo le decía. Estaba en un estado catatónico donde si le hubiera pedido que saltara en marcha del coche, posiblemente también hubiera accedido sin articular palabra. Metió la marcha atrás y el coche se tiró como un cohete hacia el cruce donde instantes antes habían arrollado al vehículo color rojo. Al llegar a su altura, Esteban volvió a gritarle algo, pero el consternado conductor no se encontraba en su mejor momento auditivo y no se enteró de nada. El volumen del berrido fue aterrador, pero inmerso en su operación de conducción a la inversa, fue incapaz de descifrar las instrucciones que le soltó a escasos milímetros del pabellón auditivo. Ni desvió la mirada de lo que veía en la luna posterior del Ibiza. Al segundo intento, mientras De Sagastizábal se desgañitaba, el piloto volvió en sí y percibió las órdenes que le repetía.
-¡Que te pares aquí delante del coche, joder!
Un nuevo frenazo, con su correspondiente chirriar de ruedas sobre el asfalto, continuó a la segunda exclamación del único de los dos que parecía tener lengua para hablar. David había enmudecido por completo. Se limitaba a llevar a cabo lo que Esteban le decía. O le gritaba. Cuando lograba oírlo. Y detuvo el turismo justo a la altura del coche rojo siniestrado. Tenía la puerta del conductor más de medio metro metida para dentro y la del otro lado incrustado contra otro turismo aparcado. Parecía un acordeón. Estrujado por la mitad. Como si fuera un abanico recogiéndose, aquella chatarra color rojo se había reducido a la mitad de su tamaño original. El conductor estaba atrapado entre los hierros de la puerta y el volante contra su pecho. Tenía un golpe en la cabeza que sangraba con furia. Toda la cara teñida del mismo color rojo pasión que el coche. Parecía calculado a posta para que el colorido de la escena no sufriera alteraciones, ni desentonaran unos colores con otros. Aunque seguro que al conductor no le hubiera importado lo más mínimo no cumplir con los cánones de la conjunción de colores.
-¿Tienes en el coche alguna llave inglesa o algo así? –preguntó con voz decidida De Sagastizábal.
David se lo quedó mirando sin lograr mover los labios. Los ojos preocupadamente abiertos. Su boca más cerrada que el negocio de un judío en sábado. Le costó un esfuerzo sobrehumano mover la mandíbula. Su colega esperaba la respuesta expectante. Varió incluso su forma de mirarle, como si quisiera ayudarle a pronunciar. Movió la cabeza a la vez que David empezaba a abrir la boca, agachándola mientras quería mirar a lo hondo de su garganta para intentar descubrir las palabras antes de que salieran los sonidos.
-¿Tienes alguna llave en el coche o no? –volvió a preguntar a gritos.
-Sí –respondió David con gran dificultad, casi como si en lugar de voz no saliera más que un suspiro.
-¡Sácala rápido!
Soltó las manos del volante, que agarraba con fuerza, como si quisiera estrangularlo, y salió por la puerta hacia la parte posterior del Seat Ibiza. Los movimientos de David eran torpes, lentos y nerviosos. Incapaz de acertar con lo que su mente parecía ordenarle al cuerpo. Abrió el maletero y rebuscó hasta que sacó con fuerza en su mano derecha una llave inglesa. La levantó, como si quisiera mostrarle al mundo su descubrimiento. Pero no había nadie mirando. Por extraño que parezca, en el periodo de tiempo que pasó desde el siniestro hasta que extrajo la herramienta del maletero, ni un vehículo pasó por la calle Aragón. Tan sólo el turismo color rojo estampado contra los coches del chaflán, y frente a él, con el maletero abierto, el de David y Esteban De Sagastizábal.
Se quedó inmóvil, con la llave inglesa en la mano, levantándola, hasta que De Sagastizábal sacó la cabeza por la ventanilla y le dirigió a David una mirada desesperada. La posibilidad de una muerte física del desgraciado que se quejaba dentro del coche rojo, o de la suya propia a manos de la policía por conducción temeraria y posesión de estupefacientes, era una lucha desigual en la balanza. Ni se le pasó por la cabeza pensar en alguien que no fuera él y su amigo. Y un grito retumbó en el silencio de la extrañamente desierta calle Aragón.
-¡Ven aquí, David!
La voz de Esteban fue la que hizo reaccionar a David y rompió su quietud. Se movió de nuevo con torpeza hasta la puerta del copiloto, donde el cuerpo de su amigo estaba a medio salir. Le mostró la herramienta en su mano, sin decirle nada.
-Ayudadme, cabrones –se oyó desde el destartalado coche rojo.
La puerta se abrió a la velocidad de la luz y De Sagastizábal salió como una flecha. Cerró de un portazo, que sonó en el silencio de la noche y se colocó a un milímetro de la nariz de su amigo. Con la llave inglesa pegada a ellos. Con cara de circunstancias uno. Con el rostro completamente desencajado el otro. David fue incapaz de alterar el desajuste de los miembros faciales. Su copiloto, ya fuera del vehículo, le empujó con las palmas de las manos en el pecho para hacerle reaccionar.
-Ese hijo de puta nos va a joder. Si nos vamos y lo dejamos tirado, nos denuncia y nos follan, pero como nos esperemos a que venga la ambulancia y la Guardia Urbana, nos van a joder vivos, seguro. ¿Qué hacemos? Me cago en la leche, estamos en un buen marrón, hay que actuar rápido.
El portador de la llave inglesa continuaba en estado de trance. En un mundo paralelo. Ajeno a la realidad siniestrada que les rodeaba. Su amigo, presa del pánico y muchísimo más alterado en ese instante, parecía atravesar una crisis de excitación tal, que en un arranque de furia cogió la herramienta y se dirigió a toda prisa hacia el turismo color rojo. O hacia lo que quedaba de él, ya que el tremendo impacto había deformado las líneas originales de una manera tan salvaje, que nadie hubiera asegurado que aquello era un coche de no ser por el volante que había incrustado en el pecho del pobre diablo que agonizaba en su interior.
Al llegar justo delante del vehículo siniestrado, rojo como los ojos de Esteban De Sagastizábal, se detuvo y se los frotó con la mano que no sujetaba la llave. Se los notó hundidos en un mar de sangre. Bañados por los nervios más a flor de piel que nunca. En un estado de excitación como jamás se había encontrado en sus diecinueve inexpertos años. Resopló un par de veces y negó con la cabeza. Fue una sacudida con varias repeticiones, como si no diera crédito a lo que les había sucedido y sobre todo a lo que iba a suceder. O a lo que pasaba por su mente que debía suceder. Porque no quería creerlo, pero él sabía que su pensamiento era la única salida a aquel auténtico problema en el que se encontraban.
Echó la vista atrás hacia su amigo, y sus ojos, que le escocían como si le frotaran una herida con papel de lija, vieron una figura destrozada, triste y cabizbaja. A punto de caer de rodillas al suelo. Derrotada. La viva imagen de la frustración y del hundimiento. Y se lanzó contra el agonizante conductor del turismo rojo, del que todavía continuaban sin tener ni idea del modelo que era. No podía dejar que su colega se hundiera sin hacer nada. Pasaría por encima de aquel capullo que tuvo la mala suerte de cruzarse con ellos en la intersección de la calle Aragón con Pau Claris. No siempre se gana, pensó, y a aquel imbécil agonizante le habían tocado malas cartas.
Con la mano que no sujetaba la llave inglesa, le agarró de la pechera entre el amasijo de hierros en el que se encontraba atrapado, y lo zarandeó un poco ante las quejas del accidentado. Apenas podían escucharse los lamentos del herido. Y lo zarandeó un poco más. Le puso la mano en la cara y se la presionó, como si quisiera restarle la visión y el aire. El conductor accidentado no pudo más que removerse un poco. De Sagastizábal volvió a echar la vista atrás, y David ya se encontraba con las rodillas hincadas en tierra. La cabeza completamente vencida hacia el suelo. El cuerpo erguido. Parecía un mártir rezando a su Dios. Los brazos le caían a ambos lados del tronco. Muertos. Sin fuerza. Y decidió obviar la situación de su amigo y centrarse en el conductor atrapado.
La mano que le presionaba la cara bajó hasta el cuello y ante la sorpresa del mismo Esteban, se hizo cada vez más poderosa. Inició un proceso de presión a la altura de la nuez, que tuvo sus efectos casi inmediatos en el debilitado y ensangrentado conductor. El rostro mezcla de color piel pálida y rojo sangre, se tornó morado, al mismo tiempo que la lengua del estrangulado pedía a gritos sordos salir a respirar. Apenas podía mover la mandíbula de la fuerza con la que le presionaba el cuello. Y como si una estrella fugaz se deslizara por encima de su cabeza y le enviara un mensaje de tranquilidad, se detuvo. Dejó de apretar con furia el gaznate de su triste víctima. Volvió en sí. Se empezó a dar cuenta de lo que estaba sucediendo. Un coche, el primero desde el accidente, pasó a toda velocidad, como no, por la calle Aragón. Sus ocupantes ni siquiera se fijaron en el turismo que había siniestrado. Pero De Sagastizábal sí. El paso de ese vehículo fue la segunda estrella fugaz que le atravesó la cabeza y fue su segunda señal. A la misma velocidad que el turismo les dejó atrás, él se lanzó de nuevo contra el infeliz conductor. Pero esta vez la mano que utilizó fue la que sostenía la llave inglesa.
-¡No! –gritó inútilmente el agredido.
Y la réplica a ese grito fue un severo golpe en mitad de la frente. El color de su rostro dejó de ser mezcla de tonalidades y se tiñó de forma íntegra de sangre. El plasma AB negativo le brotaba por la frente despejada. Los primeros síntomas de alopecia permitieron que la sangre que bajaba como un manantial de rubíes por la frente libre, no encontrara cabello que dificultara su salida. Era una brecha perfecta, limpia, que dejaba al descubierto una parte del cráneo privilegiado de aquel infeliz que iba a encontrar la muerte en la intersección de las calles Aragón y Pau Claris. Sin entender nada de lo que había sucedido tras el impacto brutal contra aquel Seat Ibiza color azul brisa. Igual que tampoco lo entendía su agresor y mucho menos el conductor novato que lo había arrollado. Pero allí encontró su final. Sin explicaciones. Sin motivos.
Con la herramienta temblorosa agarrada por su mano derecha aún más temblorosa, volvió para recoger del suelo a David. Introdujo en el maletero el arma del crimen, ligeramente manchada por la espesa sangre roja, casi granate, y volvió al agujero negro que se había llevado a otra dimensión a su amigo. Lo rescató con una colleja cariñosa en la nuca y le ayudó a ponerse en pie lo más rápido que pudo. Titubeante, David entró en el asiento del copiloto sin ser consciente de lo que había ocurrido. Esteban se puso tras el volante, pese a no tener carnet a sus diecinueve años. No se encontraba su compañero en disposición de conducir, y ya había cometido suficientes errores por el momento como para que le importara que lo pararan por pilotar sin permiso. Ese sería el menor de sus problemas.

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