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Un paseo por la ciudad


By machupichu - Posted on 11 December 2007

Esta tarde salí como de costumbre a transitar por la ciudad, como es habitual en mi largo paseo de los lunes y los miércoles. Observé los árboles alienados a ambos lados de las aceras de la gran avenida delgados y frondosos con sus copas cubiertas por hojas perennes. Otros en contraste estaban desnudos, secos y simulando sombras fantasmales con su fealdad grisácea o oscura esperando que la primavera les devuelva su denso follaje.

Había ciudadanos paseando a sus caninos, algunos de cuerpos imperfectos, excedidos de peso paseaban perros de pequeño tamaño y muy delgados de la raza yorkshaire creando un contraste casi cómico, enormes panderos de señoras abrigadas exhibiendo mascotas diminutas.

Mientras ascendía por la avenida quise fijarme en el tipo de gente que estaba allí en aquel instante. Gente a la moda, presumiendo con aire de superioridad chequeaban mi estilo al detalle, en esa lucha diaria de demostrar quién es más importante, yo como siempre en mi porte humilde pensaba en el mucho esfuerzo que aquellas tristes gentes empleaban en parecer superiores en algo, pese a la ropa o los arreglos no eran más que uno más en la lista. Los aires estaban muy viciados por las prisas, los coches y esos padres que recogen a sus hijos después de sus empleos, malhumorados por el poco tiempo que pueden disfrutar la aventura de ser padres.

Hacía un poco de viento que refrescaba esa falta de frío. Las hojas de las palmeras en la plaza se agitaban, apenas detuve mi vista en ellas unos instantes, semejaban cabellos plumáceos tristemente desnudos tras la recogida de dátiles.

Comencé a meditar sobre el rancio aire navideño que tenían las calles, pese a las fechas avanzadas. Las luces navideñas lucían pero su fulgor no iluminaba la ilusión de las personas.

Contaminados por las campañas navideñas los transeúntes habían dejado de admirar el aire que antes impregnaba la Navidad. Casi ningún balcón estaba engalanado con luces, de vez en cuando aparecía algún Papá Noel colgante.

Los comercios hacen un eco de la navidad apático y sordo, con un estilo estrictamente comercial, colocando esas bolas o árboles representativos, nada de alfombras rojas, ni villancicos, ni Belenes espectalulares. Todo resultaba muy frío, como si la falta de alegría se percibiera en nuestras vidas incluso en épocas de fraternidad.

No se escuchan en las calles los típicos villancicos apabullantes de otras épocas que nos recordaban un mes antes que la Navidad iba a llegar. Años atrás era imposible soportar la precampaña de navidad en noviembre y sin embargo ahora estando en diciembre un silencio inquietante estaba marcando la sociedad. Ni tan siquiera yo he sacado el árbol ni el Belén.

Un par de horas más tarde, pensando en otras cosas con la noche cerrada en plena tarde, fruto del tiempo otoñal casi invernal que nos está llegando, las cosas habían cambiado. Ya no se percibía el ritmo de pasos acelerados, el ambiente era más relajado, el escaso tiempo era ahora aprovechado para realizar compras o tomar algo en algún local.

Era a hora en que los sin techo aprovechan para sacar sus miserias y reclamar un poco de atención deudora de pequeños donativos postrados a las puertas de los supermercados. Era la hora de regreso para todos, sudamericanos cargados con sus dulces niños de pelo negro y ojos cálidos, tullidos bailando el baile de su invalidez involuntaria e incómoda, corrían intentando ser gatos negros en la oscuridad , parejas de ancianos de regreso de su paseo vespertino, todos haciendo lo mismo de retorno al hogar.

Y esas luces encendidas en los edificios, que inducen a pensar en que son gigantes panales de abejas y sus celdas los huecos iluminados que forman las ventanas y balcones, delatores del regreso de sus moradores. Gente estresada e insatisfecha que llega a sus hogares deseando tener un momento de calma y bienestar, recompensa a la dura tarea del trabajo diario, pero la verdad es otra, y deben seguir trabajando más, preparando la comida, lavando ropa, arreglando cosas, en la dura carrera de esta vida loca y frenética que nos toca vivir.

Y yo meditadora profunda intentando dejar eco de lo vivido en unas pocas horas de observación de mi ciudad, limpia y perfecto negocio de obras por doquier que nunca acaban. Miro por un pequeño agujero el mundo a mi alrededor, dejando huella a través de este pequeño relato de lo acontecido en esa tarde, en la que decidí mirar con otros ojos el mundo que se mueve a mi alrededor.

Maite

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