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TALLERES FINALIZADOS


By marinero - Posted on 09 March 2004

COLOQUEN ABAJO SUS TEXTOS

Este espacio ha sido habilitado para que los foristas coloquen aquí sus talleres finalizados, es decir, aquellos trabajos tratados en el foro y que ya han sido acabados para favorecer la accesibilidad, y la consulta. Se indicará título, y a ser posible el vínculo que lleve al tema trabajado anteriormente para que quien lo desee siga allí el trabajo realizado en el taller, los cambios, opiniones ect...
Los trabajos serán colocados mediante "la respuesta al tema".(todas las características que se proponen tienen intención de ser convencionales y por tanto modificables)

De esta forma:

(TÍTULO EN MAYÚSCULA Y NEGRITA)

(VÍNCULO QUE LLEVE AL TRABAJO ORIGINAL)

(TEXTO)

(AUTOR)

ÍNDICE
(por orden en el que aparecen)

1. VÉRTIGO,Shaitán.
2. MI ÚLTIMA PLAYA, Shaitán.
3. ....., Shaitán.
4. TINIEBLAS, Meriadoc.
5. SHADOW, Quica80.
6. POR MANO PROPIA, M. Athos.

*Los vínculos llevan a la versión orginal del trabajo, allí pueden leerse las opiniones, y el taller realizado.

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Shaitan's picture

VÉRTIGO

Andar por las calles de mi ciudad con poca ropa suponía un esfuerzo sobrehumano, y lo digo de forma totalmente subjetiva, pues yo estaba allí, sin el confortable abrigo nuevo empeñado el día anterior para acabar de pagar algunas deudas de juego que mi apreciado cuello tenía pendientes.

El día era gris y ventoso, terriblemente frío, recuerdo que cuando vi a aquel hombre de pié en la cornisa del octavo piso, lo primero que pensé fue que al menos él llevaba un buen abrigo, y lo segundo, que si iba a saltar bien podría prestármelo hasta que nos volviéramos a encontrar algún día en el infierno.

Me quedé de pié dudando, porque si subía a pedírselo volvería a llegar tarde al trabajo y bastaría un solo día más sin aparecer por la tienda de embutidos de Don Evaristo, a las siete en punto de la mañana, para que me despidiera sin contemplaciones.
De repente la genial idea apareció en mi mente como un relámpago, aquella podía ser una buena excusa para llegar tarde:

– Intentar salvar a un pobre desesperado de una muerte segura, es digno de un héroe.- me dije, - y a los héroes no se les despide tan fácilmente –

Me imaginé entre los clientes, amontonándose ante el mostrador para pedir morbosos detalles de cómo estuve a punto de conseguir que aquel tipo no se tirara, vi como aumentaban las ventas, como aquel miserable se veía obligado a triplicarme el sueldo, y sobretodo, me observé volviendo a lucir un flamante abrigo nuevo.
No sabía que terrible suceso lo había podido llevar a encaramarse sobre su muerte, pero para un pobre desgraciado como yo, aquello podría venirle caído del cielo. ¡Nunca mejor dicho!

En la portería no había nadie, y el ascensor del siglo pasado recordaba la jaula de pájaros con barrotes en espiral de mi abuela materna, a través de ellos permitía ver todo cuanto pasaba a su alrededor. Fue allí, mirando a un hombre que cargado con un montón de cachivaches descendía por las escaleras como alma que lleva el diablo, donde recordé que siempre había sufrido de vértigo, y las nauseas que acompañan a tan deleznable fobia empezaron a dar muestras de su presencia en mi pecho.
Al verlo, entre mareos, pensé en lo que nos parecemos todos últimamente. Su camisa y su forma de peinarse coincidían con las mías y eso me disgustó. Me sulfuró pensar que, cuando las modas irrumpen en la ciudad, todos caemos a cuatro patas sobre ellas adquiriendo el mismo aspecto. - Pero eso va a cambiar- pensé, - esta mañana debo rematar mi elegancia con el abrigo que está a punto de precipitarse desde la cornisa.-

Una de las dos puertas del octavo estaba entreabierta, parecía forzada, y en su interior no se oía nada. Al llegar a la sala principal todo estaba por los suelos, las cortinas se batían con el viento intentando escapar por el balcón mientras el frío de la calle envolvía ya la estancia, y lo hacía con ese rancio olor que solo el invierno sabe darle a la madera.

Fue el contraste de la sangre sobre el blanco de aquella señorial alfombra lo que hizo clavar mis ojos en el cuerpo de mujer que yacía degollado.

Por un momento, mi mente se quedó en blanco. Cierto es, que nunca la uso más de lo preciso para seguir tirando pero, me molestó que mi flaco intelecto me abandonara justamente en esa delicada situación.
De no ser por el terrible frío que agarrotaba ya mis orejas no hubiese sabido salir del asombro. Froté las manos contra mis oídos con fuerza para intentar recuperarlos, y abrazándome a mí mismo, entre temblores, me acerqué a la ventana para mirar. En ese preciso instante mi mente volvió a funcionar y, antes de sacar la cabeza, me dije:

- Va a ser todo mucho más complicado de lo que pensaba. ¿ Cómo voy a pedirle el abrigo a un loco arrepentido que acaba de matar a su propia esposa sin conseguir que pegue un salto al vacío con solo verme? -

A veces me sorprendía siendo muy perspicaz, y era en esos escasos momentos en los que aprovechaba el filón para solucionar los problemas sin analizarlos demasiado, solo guiándome por mi intuición.
Tenía claro que no podía asustarle, sería mucho mejor acercarse a él por la ventana que, imaginé, debía haber en la habitación contigua. Sin que me viera claro, y sujetarle del brazo para impedir que se suicidara antes de convencerle para darme el abrigo.

Entreabrí la puerta para mirar con cautela en su interior, y la clarividencia que acompañaba a mi cerebro hasta ese momento se desplomó contra el mentón. Así, boquiabierto, y con los ojos desorbitados presencié la escena que solo un duende burlón podía haber preparado para mí en aquella habitación de matrimonio.
Tres mullidos abrigos de piel, perfectamente colocados, esperando ser elegidos por la mano de una dama, descansaban sobre la cama mirando hacia el techo como lo harían tres hermanas que, entre risas, recordaran sus primeros amores de infancia.
Maldecí mi suerte ante aquellos malditos abrigos de mujer que yo nunca podría usar, hasta tal punto, que me vi obligado a morder mis labios hasta que sangraran para no gritar.

Mi prudencia desesperó, y sin saber como, me sorprendí mirándome a los pies, que se apoyaban apenas, sobre la misma cornisa en la que estaba aquel abrigado suicida.
La palmas de mis manos se pegaban al paramento vertical, con la misma presión que ejercía mi espalda, intentando atravesar la fachada a golpe de empuje.
No podía ni articular palabra, solo me atrevía a mover los ojos mirando hacia los lados para no clavarlos en el atrayente vacío.

El viento me trajo su voz a ráfagas:

- ¿No has tenido bastante con matarla a ella?- dijo entre sollozos, - ¿ Qué es lo que quieres ahora de mí? Te dimos todo cuanto teníamos, ¿Pero qué clase de demonio eres tú…?-

- Bueno yo…, no quisiera molestarle excesivamente…- le contesté intentando calmar mis nervios para darle un tono más convincente a la explicación. - Le ayudaré a saltar si lo prefiere, yo solo… solo vine a pedirle el abrigo…-

Sin entender porqué, aquel hombre enloqueció y, justo antes de perder el equilibrio definitivamente, contestó dirigiendo sus ojos hacia mí:

- ¡Maldito seas! Te dejé los de mi mujer sobre la cama, junto con las joyas, antes de la mataras y me obligaras a salir aquí… ¿Y ahora? ¿Quieres mi abrigo? Pues tírate para cogerlo maldito loco, quizá en el infierno me lo puedas arrebatar…-

Ahora, varias horas después estoy más tranquilo, el vértigo se está calmando y me siento a salvo.
Los policías tienden una cuerda de ventana a ventana para sacarme de aquí. Por lo que veo han venido muchos a socorrerme, espero que alguno de ellos no sepa negarle su abrigo a un héroe como yo, tanto esfuerzo no debería quedar en vano.

Shaitán.

brisasdemiel's picture

jugaste con mi sorpresa! pobre hombre ingenuo

Shaitan's picture

MI ULTIMA PLAYA

¿Que por qué un hombre como yo lleva un turbante en la cabeza? Cualquier otro día os hubiese contestado con un montón de evasivas, pero en lugar de eso, os voy a contar la verdad.

Nací en un pueblucho encantador, al este de la sierra. Como imaginaréis jamás vi el mar.
Mi edad poco importa, pero aún recuerdo aquellas obsesiones de infancia que siempre quise cumplir.
Cuando algo me atraía, lejos de querer poseerlo, prefería transformarme en…, intentando por todos los medios imitar el comportamiento de cualquier cosa que se clavara en mis deseos: ser la pulga del escuálido circo de pulgas que mi vecino Antonio transportaba de portal a portal para ganarse unas perras gordas, la flecha del arco de Julio con el que tantas veces me había intimidado volviendo de la escuela, o el pañuelo azul de Margarita la pecosa, que de tanto lucirlo anudado en su garganta, había conseguido empinarle las puntas de tal modo que colgaban de su hombro como dos ganchos de carnicero.

Recuerdo que lo que más me costó fue el intento de ser sirena. No de esas que lucen cola y melena, esas hubiesen sido fáciles de plagiar, yo me obsesioné con la sirena de la única caja de ahorros que había en mi localidad. Todavía recuerdo los mazazos que me arreaba mi padre de madrugada cuando me disparaba a berrear con aquel estridente sonido que tan bien sabía imitar. Como los callos de sus dedos desencajaban a golpe de razonamiento el oxidado resorte que mantenía la acelerada vibración de mi voz.

-Has tenido que ir a parir al tonto del pueblo - le repetía a mi desesperada madre con aquella quejosa voz con la que siempre me acababa dejando por inútil.

-Este niño es tonto perdido, es una maldición caída del cielo. ¿Qué he hecho yo para merecer esto…? -

Supongo que el cielo poco tenía que ver con mi natural entusiasmo para intentar mimetizarme en todo cuanto despertaba mi interés, yo siempre lo he atribuido a algún raro instinto de supervivencia heredado de mis ancestros, a algún don singular que poseía mi familia para evolucionar de forma paralela al resto de la especie.

Sin ser parte de la explicación que os estoy dando sobre el turbante, añadiré sin complejos, que en toda mi vida me he enamorado una sola vez, de la hermosa trapecista que se cayó en la carpa de aquel circo cuyo nombre nunca conseguí pronunciar. A decir verdad, me embelesaron sus axilas, el bello de sus axilas para ser exacto, ese pelaje negro y lacio que se erizaba como un cepillo cada vez que tensaba los potentes músculos de sus brazos. Recuerdo con ternura como, bañado en sudor, cambiaba su tonalidad del negro oscuro que lucía a palma abierta en los saludos iniciales a un azul tornasolado que me fascinaba.
Esa mujer fue la que consiguió que nunca más me interesara por el sexo, cuando al verla salir del hospital al cabo de unos meses, comprobé que se había depilado completamente los sobacos. Tal percance impulsó todavía más mi apetencia hacia los objetos.

Retomando mi confesión hacia la pregunta que me formulasteis, debo aclarar que no he vivido siempre en aquel pueblo, sería del todo imposible desde que hicieron el pantano. No recuerdo con cuantos objetos fascinantes me he cruzado durante el transcurso de mi vida en el campo, pero con los años, cada vez me costaba más centrar mi deseo en uno. Ahora es agotador luchar para no volverse loco intentando ser exactamente igual a varias cosas distintas a la vez.

En los pueblos de la sierra, lo más destacable era la cruz de la iglesia, y con esa nunca me llevé bien, pero al llegar por primera vez a una gran ciudad, me he dado de bruces con cientos de diseños nuevos y atrayentes seducen mi mirada a cada paso que doy: logotipos comerciales, muebles urbanos de diseño, automóviles de ultima generación, complementos para el hogar expuestos de forma tentadora en los escaparates, bolsos, zapatos puntiagudos, miles de entes engendrados para llamar la atención por encima de los demás, para cautivar con sus formas, para enloquecer mi obsesión. No os podéis imaginar la ansiedad que sufro al contemplarlos, como todos ellos despiertan en mí las más enfermizas ganas de fundirme con su esencia y de absorber hasta el último rasgo de su personalidad.
Anduve como un loco durante días tapando mis ojos, buscando un lugar en la urbe donde el impacto de sus siluetas desapareciera de mi vista No me preguntéis cómo llegué entre tropezones y pitidos a esta magnífica playa, pero mirando al mar conseguí evitarlos.

Llevo cinco semanas aquí sentado, la tercera caí de espaldas viendo ahora el cielo, y supongo que este va a ser el último día de atormentada vida, sin agua, sin comida y con este sol arrebatador, he aguantado más de lo que mis fuerzas pueden ya soportar.

Ah, por cierto, vuestro querido turbante me lo dio un magrebí que pasó por esta playa y, viendo las ampollas que lucía ya mi calva, me lo encasquetó de un manotazo. Dijo algo que no alcancé a entender, pero el tono parecía burlesco: mofas y risas silbantes, como hablándole al tonto del pueblo.

Shaitán.

brisasdemiel's picture

muy interesante, con un simple "porque?" me mantuviste atada durante sus historias

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SUEÑOS

Hoy más que nunca necesito reconocerlo, mis experiencias superan con creces a las vividas por el resto de los mortales, pero aún así, no soy más que un soñador.

No sé definir en que momento me di cuenta del talento que tenía, supongo que fue bien entrada la pubertad cuando advertí que algo extraño me estaba pasando y en lugar de ver el peligro que acechaba, lo tomé como un mágico juego y me relajé a jugarlo.

Hasta entonces, eran pocas las mañanas en las que podía retener con que sueños había pasado mis noches y cuando lo conseguía, tan solo se aparecían de una manera etérea, intuyéndolos entre neblinas.

Sin saber como, empecé a ser capaz de recordar en perfecto orden de aparición todas y cada una de las sensaciones que vivía, y casi sin quererlo, aprendí a mantenerlos vivos en mi recuerdo durante varias jornadas, a cualquier hora del día los visualizaba con toda nitidez, disfrutando como un bobo de sus irreales sensaciones.

Eran películas de vida, llenas de olores, colores y sabores atrayentes y reales, vivencias diurnas desfiguradas con una creatividad extraordinaria, de una irracionalidad bellísima.

El punto sin retorno llegó una tarde de verano, durmiendo la siesta en el jardín de casa. Conseguí ser consciente dentro de mi inconsciencia, recuerdo que desperté sumergido en las profundidades marinas persiguiendo a un infinito y moldeable banco de peces.

Usando mi consciencia, empecé a darles forma hasta crear esculturas maravillosas, un globo terráqueo dando vueltas, el hongo de una explosión nuclear o una mujer de espaldas con su melena peinada al viento. Creé músicas que jamás oído humano a alcanzado imaginar, teñí el agua de colores imposibles y desperté sonriendo, relajado, felizmente conocedor de lo maravilloso que era mi nuevo don.

Quién no ha querido sentir la disputa desde el pecho del contrincante, el orgasmo de su amada en la propia piel, o mirar con ojos de halcón cayendo en picado, la apresurada huida del cervatillo, calculando el punto exacto en que la barrena te llevará hasta su yugular.

Despertar era una fiesta cada madrugada, abría los ojos de par en par atesorando un nuevo sueño y volvía a cerrarlos para encontrarme con otro, guardándolos cuidadosamente en sala de espera de mi mente, para revivirlos a fondo en cuanto se me antojara oportuno.

Fui feliz durante años, atolondradamente feliz diría yo, habitando en la magia de mis sopores nocturnos, a caballo entre la realidad y la ficción, sintiéndome dueño y señor de un mundo fantástico que se me antojaba real.

Reconozco no haber sido un buen monarca dentro de mi nuevo reino, tener el poder absoluto para subyugar a los sueños te hace volver egoísta y ambicioso. Fui el intocable monstruo de todas las ficciones que yo mismo creaba, ya fueran humanas o animales. Jugaba con ellos sin compasión, con sadismo a veces, decidiendo sus destinos con voluntad divina.

Hasta que pasó lo inevitable, aquello que tarde o temprano tenía que pasar: al volver del trabajo por los callejones que llevaban hasta mi casa, transformé algunos ruidos a mi espalda en la imagen mental de alguien que acechaba, me pareció percibir que estaban a punto de tocarme, aquella crispante sensación que nos acongojaba en la escuela cuando perseguidos de cerca por otro niño, justo antes de que en realidad nos tocara, notábamos el fugaz cosquilleo de su mano en la espalda. Sentí miedo, se apoderó de mí agarrotándome la nuca, mi mente reaccionó como la de cualquier mortal ante lo desconocido y por un momento, fui presa del pánico.

Aquella noche, volví a soñar, inicié el placentero viaje de cada día escogiendo la cima del Machu Picchu, pero esta vez, al mirar a mi lado, él estaba ahí.

Contrastaba con el resto de las percepciones por su tonalidad, aquel niño de mirada perdida y rostro inexpresivo que se sentaba a mi lado no tenía color, ningún color excepto el blanco y el negro. Me sentí confundido, yo no lo había creado, por más que intenté sacarlo de mi sueño, él seguía allí.

La sensación que tengo al mirarlo es la misma que percibí en el callejón, no puedo soportar su presencia necesito huir desesperadamente, abrir los ojos, despertar para librarme del miedo atroz que me produce. En sueños está siempre a mi lado, vaya donde vaya, por mucho que imagine placenteras compañías en lugares paradisíacos, él acababa apareciendo junto a mí, callado, mirando al infinito, aterradoramente inmóvil, manteniendo su estática e insoportable presencia.

Ya hace semanas que no entro en mis sueños, no me atrevo.

He pasado las largas noches de vigilia intentando esquivarlos, angustiado, engullendo litros de café y todos los excitantes que conseguí comprar. Los párpados me pesan como losas sobre el pecho, no hay músculo en mi cuerpo que responda sin temblar, mis labios regurgitan todo cuanto ingieren y lloro entre espasmos sin poderlo evitar. Tengo el cuerpo entumecido de cansancio y dolor, mis lagrimales son como dos volcanes en carne viva, hinchados, rojos y llenos de pus, me desplazo entre pendulares vaivenes de pared a pared, y un ronco zumbido es el único sonido que perciben mis oídos.

Todavía consciente, e intentando ganar la calle para pedir ayuda, hoy el niño volvió a aparecer. Mientras esperaba en la puerta del ascensor, lo vi de pié en el interior a través de la ventanilla.

La cabina apareció por el inferior del cristal mostrándome su pelo grisáceo, después aquel pálido rostro de ojos perdidos, mirando hacia adelante como si kilómetros cuadrados de praderas estuvieran ante él, y por fin su cuerpo, delgado y tenso, vestido con aquel oscuro traje escolar perfectamente planchado.

De la impresión, mis piernas fallaron y mi frente se partió contra el suelo. Casi sin sentido, y a punto de entrar de nuevo en el mundo onírico, por primera vez oí su voz.

- No luches más mi maldito soñador, nadie puede entrar aquí sin encontrarse algún día conmigo, he venido a buscarte. Ya no me iré sin ti.-

Encerrado dentro de mi cuerpo en la cama del hospital, el alimento en gotas de esa botella de plástico me mantendrá así durante décadas, saltando de visión en visión, siempre huyendo de él, conviviendo con el terror que no cesa, sin tregua, sin perdón, sin la clemencia que imploro al mundo de los sueños por haberme atrevido a jugar con ellos.

Shaitán.

brisasdemiel's picture

wow...que giro, se veía tan fascinante controlar los sueños.
sos muy bueno

Meriadoc's picture

TINIEBLAS.

Es cosa sabida entre los desgraciados que a los hombres nacidos con buena estrella se contraponen otros, concebidos acaso en horas de tormenta, a los que tan sólo les está permitido vislumbrar la felicidad ajena, jamás la propia. Me resisto a contarme entre estos últimos, mas el yugo de una vida desgranada entre recuerdos ingratos e instantes muertos me obliga a aceptar que la soledad es la única virtud que me ha sido concedida.

Sin embargo, no siempre fue así. Antaño fui considerado un orador brillante; Una persona de verbo facundo capaz de convencer con la palabra allá donde no le llegaba el físico y de auto proclamarse adalid de la locuacidad sin incurrir en arrobo o vergüenza. Por aquel entonces me creía dueño de innumerables virtudes, prócer de una estirpe lenguaraz que habría de cambiar el signo de los tiempos con el lustre de sus ideas y desentrañar las tinieblas que embotaban el juicio de la plebe... Era, ahora lo sé, un arrogante sin vista que malgastó aquella época fatídica en la que los hombres juegan una partida de póquer con el destino echándose un farol imperdonable...

—Me importa muy poco tu opinión, cariño. Nunca me han gustado los niños, ni los ginecólogos, ni los pañales. Además, no tengo ninguna intención de agostar la plenitud de mi madurez con caprichos de semejante magnitud... ¡Si quieres nos compramos un perro!—

Se me incendió la boca de estupidez, lo reconozco. Aquellas palabras malditas arrancaron del rostro de María toda la tibieza ebúrnea que años atrás había inspirado mis poemas de cortejo y me condenaron a un mundo de abandono ante el que yo, triste títere que jamás supo manejar la valentía ni descifrar los guarismos que desactivan el dolor, me desmoroné de forma inexorable. María me dio la espalda con los alardes de una diva ofendida y me arrojó a las sombras de mi habitación sin ventanas para que llorase como el niño que no quise engendrar, para que humillase mi orgullo fantaseando con la escena de su regreso y aquilatase la magnitud de la pérdida. No tardé en comprender que las afrentas que mancillan la autoestima de una mujer son cuchillos que no exhalan herrumbre; las heridas hemofílicas de María jamás la dejarían olvidar. No tengo ninguna duda, mi felicidad murió aquel día.

Ahora, diez años después, al albur de una vida gris que contemplo con los ojos transidos de un cuarentón sin calor familiar al que arrimarse, las razones calladas de María se me antojan diáfanas, casi obvias. Las comprendo y las comparto, y es por eso que he decidido borrar dos lustros de rencor marcando los nueve números que han de llevarme a la cita más importante de mi vida...

Estoy sentado en una silla metálica de una terraza de las Ramblas, soportando el bochorno de esta tarde asfixiante y rogando al cielo para que María no cambie de opinión y acuda a la cita. ¿Vendrá? ¿Qué cambios habrá operado el tiempo en su rostro níveo, casi traslúcido, sobre el que otrora dejaba discurrir el vagabundeo de mis ojos? ¿Podrá perdonarme y concederme una segunda oportunidad?
Me acabo la cerveza de un trago y chasqueo los dedos para reclamar la atención del camarero barbilampiño que deambula torpemente entre el enjambre de mesas que jalonan la calle. Pido otra cerveza, fría, rubia, espumosa, que dejo fluir por mi garganta sedienta. Enciendo un cigarro y la brasa anaranjada chisporrotea iluminando me el rostro y avivando la luz mortecina de la realidad; Ella sigue sin aparecer. Quizás no aparezca nunca.
La tarde ha muerto contemplando mi angustia y ahora son las sombras de una noche vaporosa las que asisten impertérritas a mi desesperación. El camarero barbilampiño, ávido de las propinas que le tributa mi espera, ronda mi mesa como la hiena rondaría a una gacela tullida. Mientras, alrededor, las Ramblas se despojan de su barahúnda humana y empiezan a vestirse con su pijama de silencios.

María sigue sin venir. No vendrá. ¿Por qué habría de venir? ¡Qué estúpido! Me dijo que vendría pero,... ¿No atiende su respuesta más a una mentira para zafarse de un exnovio deprimido que a un deseo veraz de verse con aquel que perpetró su más nefanda humillación?. No, María no va a venir. Siempre fue una chica cabal y no creo que los años la hayan cambiado. Es mejor así. Llevo tres horas bebiendo cerveza, mi visión empieza a bifurcarse y no creo que el rostro que luzco sea el más adecuado para reencuentros amorosos. Soy un estúpido por creer que vendría, por alimentar esperanzas, pero bueno... desapareceré como la sombra en la que me he convertido durante su ausencia y seguiré viviendo de recuerdos.
Me incorporo, presto a enfilar el camino de vuelta a casa y a olvidar este episodio de debilidad emocional cuando, de repente, súbita como un parpadeo, aparece; anacarada, brillante, dolorosamente bella; mi dulce y extraviada María.
—Hola—saluda, sin apenas separar la miel que barniza sus labios carnosos.
—Ho...Hola María- balbuceo yo, tan embrutecido por el alcohol y el efecto devastador de su silueta enhiesta que apenas alcanzó a reconocer mi voz—estas…estás …¡Vaya! el tiempo no ha pasado para ti—
—Lamento el retraso. No pensaba venir
—Lo sé. ¿Quieres sentarte?
—No, prefiero caminar
Tal es mi admiración por esta mujer de la que mi estupidez pretérita me ha privado durante tantos años, que hasta la suave cadencia de sus pasos sobre el pavimento gris de las Ramblas se me antoja una melodía de luz y de esperanza: su pie derecho anunciando lo mucho que me extrañó, el siniestro marcando el ritmo de nuestra reconciliación…
Durante más de diez minutos no hablamos, limitándonos a andar Ramblas abajo con la expresión del rostro robada por una brisa preñada de puerto y dióxido de carbono. Tengo la palabra perdida en una madeja de pensamientos pero basta un ligero roce con su brazo para que mi lengua se libere de su mazmorra de silencio.
—Estás muy guapa, María
—Gracias. Dime, ¿Por qué me has llamado?
—Quería verte…— mi voz baila en un hilo imperceptible, próximo a la rotura y, por ende, al ridículo, — Quería verte para pedirte perdón—
— ¿Pedirme perdón?— se para y escudriña mi rostro. El suyo, ceñudo, exhala sorpresa— ¿Qué farsa es esta, Eduardo?¿Después de diez años quieres pedirme perdón?
— ¡Qué son diez años, sino un suspiro!
—¡Por favor, Eduardo !—
—Pero, María... yo jamás he dejado de quererte…—mi voz suena desesperada—… sólo quiero recuperar lo nuestro...—extremadamente desesperada. Febril.
Noto la sorpresa dilatando sus pupilas, dando peso a sus pies de ninfa. María no tarda en retomar ese andar pausado, tierno, melódico, que da pabilo a todos mis sueños. Siento un crujido de esperanza en el espinazo. Es posible ¿Por qué no?. En breve se girará, me mirará a los ojos, con su voz sin mácula me dirá que me echó mucho de menos en todos aquellos años y que quiere volver a mi lado; yo la abrazaré, convulso de felicidad, y le susurraré al oído palabras de amor eterno.

He de reconocer que la fruición pecaminosa de estos pensamientos embota mi juicio hasta límites insospechados, y que cuando ella se detiene junto a un banco en el que un hombre de pelo entrecano custodia a un niño somnoliento, apunto estoy de abalanzarme sobre su cuello de marfil para corromperlo con mis labios de beodo. No sé que es lo que me detiene; Quizás un temor atávico, inherente, a hacer el ridículo, acaso una premonición. ¡Que demonios! ¡Voy a besarla y que salga el sol por Antequera! Trago saliva, conjuro mis reservas de valentía, me abalanzo sobre sus labios entreabiertos y...
—Eduardo…—dice ella, la voz calmosa, desahogada, deteniendo mi embestida con la diestra y cobijando al niño somnoliento del banco con la siniestra—Este es mi hijo Daniel…
En apenas unos instantes María se desdibuja en la oscuridad de un callejón acompañada del hombre entrecano y de su hijo. El eco de sus pisadas se confunde en mi cabeza con el batir de sus últimas palabras —Este es mi hijo Daniel...— y siento como la gelatina de mi ilusión se derrama sobre las desgastadas baldosas de las Ramblas.
Al fin y al cabo, me digo, es cosa sabida entre los desgraciados que a los hombres nacidos con buena estrella se contraponen otros, concebidos acaso en horas de tormenta, a los que tan sólo les está permitido vislumbrar la felicidad ajena, jamás la propia. Jamás.

Un saludo para todos,
Meriadoc

quica80's picture

SHADOW

1.

Los cuerpos dibujaban juegos de sombras en la pared.
Sin quererlo, su mirada se fijó en las líneas negras que, extrañamente, no resultaban borrosas, sino extremamente precisas, definidas, cada detalle perfectamente repetido, como trazadas por el pincel de un pintor cuidadoso. En ciertos momentos, incluso parecían cobrar volumen y despegarse de las paredes, pero, al rato, el amarillo de la cal áspera volvía a absorberlas.

Sus dedos rozaron suavemente el cuello de su compañero, y lo mismo hicieron los de la sombra que, obediente, repetía cada movimiento de la mujer: el pelo, los hombros, los pechos, las caderas, incluso las uñas y las pestañas encontraban su doble.
Por su parte, el original gozaba de un placer infantil viendo sus gestos fielmente reproducidos por la copia.

Cerró los ojos, consciente de que, detrás de sus párpados, las sombras seguían con su danza, que se podía definir armoniosa, aunque fueran sumisas al ritmo irregular de sus caprichosos respiros.
Por unos segundos, la retina guardó la imagen, pero enseguida desapareció, obligándola a regresar a la habitación para comprobar que las sombras seguían en el mismo sitio.
Otra vez, su mirada buscó amparo en el claroscuro ondoso.

Próxima al orgasmo, volvió a concentrarse en el hombre que la dominaba, y dejó que un ligero temblor se apoderase de sus pies y subiese por los tobillos, las pantorrillas, los muslos, hasta llegar al bajo vientre.
La mente en blanco, arqueó la espalda y disfrutó de la energía que percibía llenarle el cuerpo.
Luego volvió a tumbarse, esperando que los latidos de su corazón asumiesen una cadencia regular, y se olvidó de todo.
En la pared, las sombras descansaban.

2.

No lograba entender si era ella la que se había empequeñecido o si era la habitación la que se había ensanchado desmesuradamente, pero lo más probable era que hubiera desaparecido del todo.
Le parecía encontrarse en un espacio vacío o, mejor dicho, en un no-espacio, que carecía de dimensiones y de horizonte.
No se daba cuenta de donde llegaba la luz, pero sus pupilas achicadas la percibían claramente.
Y aunque en ese lugar no había nada que pudiese estimularlos, sus sentidos estaban hipersensibles.
Se dio cuenta con asombro de que estaba desnuda y de que la luz atravesaba sin esfuerzo su piel translúcida.

Los párpados ligeramente arrugados, terminaban en unas pestañas obscuras, largas y suaves, que vibraban a medida que el ojo empezaba a abrirse.
El iris, tan negro que casi se confundía con la pupila anchísima, llevaba al borde un contorno gris que subrayaba la intensidad de la mirada.
Cuando, finalmente, el ojo se abrió, esa mirada la traspasó como un rayo, que la dejó aturdida.
En ningún sitio pudo encontrar su sombra.
De repente se aclaró todo.

3.

Le costó un poco de trabajo darse cuenta otra vez de donde se encontraba.
En la oscuridad casi total, percibía la forma de los objetos que, extrañamente, le resultaban poco familiares.
A su lado, el perfil adormecido levantaba y bajaba rítmicamente las sábanas.
No del todo tranquila, buscó a tientas el interruptor.
En un primer momento - los ojos golpeados por el relámpago de luz - no vio nada, pero, después de un rato, le asaltó un pensamiento y, rápida, echó un vistazo a la pared.
No logró incorporarse.
Desde las arrugas amarillas, la sombra, de pie, la miraba.
Quizás sólo fue una impresión, pero le pareció que lloraba.

quica80

M. Athos's picture

POR MANO PROPIA

Vínculo: http://www.bibliotecasvirtuales.com/comun/foros/topic.asp?TOPIC_ID=14904
________________
El anciano llegó finalmente a la cueva. Entró a tientas debido a la oscuridad, y se sentó sobre una roca. Cuando empezaba a relajarse, una conocida voz le interrumpió:

- Buenos días, maestro. Espero disculpe mi atrevimiento al tomar prestado su lugar.

A pesar de la poca visibilidad el anciano reconoció las facciones de su alumno. Verlo lo reconfortaba.

- No es molestia. Me agrada tu compañía. Hay un gran problema en la ciudad y tal vez me ayudes a pensar.

- ¿De que se trata?

- Se ha cometido un asesinato en la plaza. Han matado a un importante miembro de la sociedad.

- ¡Vaya que es serio! –respondió el aprendiz con gesto de sorpresa-. Y, ¿Cómo sucedió? ¿Se sabe algo?.

- Si, parece que se trata de un justiciero. Un justiciero desafortunado…

Al oir esto, el joven pareció sorprenderse.

- ¿Desafortunado?

- Si, el caso es un tanto trágico. Te contaré: Una pareja discutía en la plaza. Él trataba de decirle a ella que finalmente no se casarían. Que no estaba preparado. Pero no sabía como hacer para no lastimarla. Al final todo terminó en una fuerte discusión. La dama estaba desconsolada, y él se marchó.
En ese momento un sujeto pasaba caminando por allí. Al verla tendida preguntó sobresaltado: "¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado?"

Ella replicó sollozando: "¡Acaban de abusar de mí! Un joven de unos treinta años, de cabello rubio. Se fue por ese lado – y señaló el camino que había tomado su amado-. Si os apresuráis daréis con él. ¡Por favor, mi honor ha sido mancillado!"

El extraño no dudó: salió corriendo a perseguir al acusado. Al hallarlo, en un acto de nobleza, lo acuchilló.”

- No -balbuceó el alumno-. No puede ser.

- Ciertamente es terrible. Bueno, creo que será mejor que regresemos. El sol está por caer ya –dijo el magistrado tomándolo del brazo.

Caminaron lentamente hacia la salida. A medida que se acercaban a la luz del día, el maestro notó pequeñas manchas rojas en la túnica del jóven. Sorprendido, en un movimiento un tanto brusco, se apartó de él.

- ¿Qué significa esto? –preguntó.

No hubo respuesta. Pero al ver la expresión de terror en el rostro de su pupilo, tampoco era necesaria.

- ¿Por qué? ¡Demonios! ¿Por qué? -dijo el anciano mientras se acercaba para abrazarlo.

- Yo solamente quería obrar bien, con justicia. –respondió el alumno entre sollozos-. Recuerdo su definición: “la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde”.
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M. Athos

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MONEDA DE CAMBIO

Vínculo: http://www.bibliotecasvirtuales.com/comun/foros/topic.asp?TOPIC_ID=12263

Soy una moneda de veinte duros, de las de antes, de aquellas que tantas veces han tenido ustedes en sus manos. Pero no se confundan por favor, no me tachen de vulgar, yo soy una moneda de cambio, y nada tengo que ver con el resto.

Acuñada ya hace tiempo por la Real Casa de la Moneda, salí de sus prensas con el dorado tono, que millones de hermanas mías le daban al techo del tercer pabellón mientras nos deslizaban por las cintas transportadoras y nos embalaban en paquetitos de a veinte.

Fue un ligero terremoto con epicentro en Alcorcón el que me hizo caer de la línea productiva, consiguiendo que rodara por el suelo hasta llegar a los pies de Alfredo, aquel tímido celador nocturno que al principio no advirtió mi presencia, limitándose a fruncir el ceño alertado por la imperceptible alarma de su desequilibrio pasajero.
Pensé que ya nunca más volvería a verme cuando puso su zapato sobre mí, pero la planta de sus pies era más sensible de lo que yo imaginaba y, dos segundo después, la pinza de sus dedos se estaba quemando contra mis caras de metal recién forjado. Su pulgar quedó grabado en el busto del Rey Don Juan Carlos, deformándole cráneo, nariz, y boca para darle el aspecto de un cabezudo enano circense con mueca irónica.

Nunca sabré si fue debido a la fusión de su carne con mi metal en ese percance, a la rara variedad del cobre procedente de ultramar que utilizaron en mi forja, o a las dos cosas a la vez, pero desde entonces, una extraña fuerza en mi interior consigue cambiar el destino de todos aquellos que me poseen.

La baja de tres semanas que el doctor concedió a Alfredo, le fue de perlas para que se atreviera a escribir aquella carta de amor con la que se ganó los favores de Mercedes Duandi, una cabaretera del tres al cuarto que rasgaba su alcoholizada voz junto con la ropa, cada vez que se desnudaba en un localucho de dudosa reputación. Alfredo relacionó su buena estrella con mi accidente, y quiso guardarme en un lugar especial de la cartera. Y allí me quedé yo durante unos meses, incrementando los éxitos sociales y económicos de mi sorprendido dueño hasta que, separándole de mí y de muchos billetes más, le robaron cartera.

Fue en un motel para enamorados sin cama, de los de mil pesetas la hora, donde, distraído por los sabios contoneos pélvicos de su amada, no supo advertir la presencia del Dedos, un ladronzuelo al que el azar nunca quiso acompañar.
No la supo advertir Alfredo claro, porque la Duandi, aposentada en cuclillas sobre el timado, tuvo tiempo de dedicarle un guiño al ladrón justo antes de comerse a besos a aquel pobre incauto, que cerró sus ojos para olvidarse del mundo y disfrutar del sacacorchos más húmedo que nunca Judas le hubiese sabido dar.

Después de entregarle la mitad del oneroso botín a la corista, me sacó de la cartera para depositarme en la montaña de monedas y billetes que, ante su propio asombro, empezó a ganar en aquella clandestina partida de poker.
Estuve casi veinte horas viendo como uno a uno, los jugadores llegaban, ocupaban una de las sillas vacías, bebían, se despeinaban, y desaparecían arrastrando sus perdedores pies. La dentadura de mi nuevo propietario mordía sin cesar el puro apagado y maloliente que solo separaba de su boca, con un hilo de saliva, para apoyarlo en el cenicero cuando el tahúr recogía sus ganancias del centro de la mesa.

Por fin, sus pegajosos dedos me insertaron directamente en el prieto escote de Maribel, la camarera que servía cervezas. Todavía me asusto cuando recuerdo como se sacudieron sus flameantes carnes, desde las pantorrillas hasta la papada, tras aquella sonora palmada que el Dedos le arreó en el trasero. Salí volando de entre sus ánforas al tapiz de la mesa de billar, donde Miguelón, el propietario, me encontró al día siguiente.

Luego quedé perdida, entre muchas más, en el bote de propinas de donde su muy amada mujer debería sacarnos después de robarle los ahorros para largarse con un psicólogo argentino, echando por la borda la armoniosa y tranquila vida de Miguelón con aquel malintencionado “hasta nunca” que le dedicó antes de marchar colgada del brazo de su nuevo amor.

Todo en aquella seductora mujer era digno de admiración, el poder narcótico de su perfume, que impregnaba aquel bolso donde me escondió, el grácil vaivén con que sus caderas me trnasportaban calle abajo mientras todos los ojos se clavaban en ella, y la delicadeza de sus manos al depositarme en la gorra de aquel músico callejero, justo antes de que se partiera la cuerda del violín que debía desgraciar su dulce rostro de por vida.

Con él viajé muchísimo, sin salir de los desgastados pantalones saltamos de tren en tren hasta llegar a Barcelona, donde volví a ser depositada en su humilde gorra, deleitando mis oídos con aquellas magistrales melodías. El alegre tintineo de las nuevas compañeras de viaje que iban cayendo a mi lado, se detuvo ante la oferta de contrato de aquel caza talentos discográfico le hizo al joven. La misma tarde fui cambiada en la Pensión Lolita por una semana de habitación con vistas al oscuro patio interior.

Desde mi llegada, el nombre del establecimiento pareció hecho a medida para la hija del propietario. Una, hasta entonces, angelical y arropada muchacha, que me metió junto con sus objetos personales dentro de la caja de zapatos guardada bajo la cama.
Más que un lecho, aquello empezó a parecer una pista de baile, los clientes del establecimiento pasaban clandestinamente por ella de dos a tres veces al día, y algunas noches hasta apuraban su sueño allí.

Me quedé un año metida en ella, viendo como todas las razas de aquella cosmopolita ciudad se beneficiaban a tan desenfrenada niña que, cuanto más probaba, más quería repetir.
Al principio la cautela le libró de ser descubierta por su progenitor, pero una noche, los convulsivos gritos de pasión, que invadían aquellos encuentros cargados de frenesí, la acabaron delatando. Y fue a dar con los azotes de su trasero contra las húmedas aceras del otoño barcelonés, desheredada y con las pocas pertenencias que pudo recoger.

Junto a la muñeca de trapo y a las satinadas tapas de aquel diario infantil, yo, su desfigurada moneda, le acompañé durante días de portal en portal y de burdel en burdel, dormí con ella bajo las barcas de la playa, paseé sin rumbo por el rompeolas buscando la roca más alta de la que saltar. Y, por fin, descansé a su lado en las entrañas de mi nuevo propietario.

Desde que abandonó su casa, no pudo encontrar más reposo que el de la muerte en el mar.

Hoy, los científicos no entienden la causa que está matando al Mediterráneo, no logran compensar la desaparición de sus especies ante el colapso de sustancias venenosas que se vierten él, les parece incomprensible el origen azaroso de tanta catástrofe ecológica a la vez, los países que se bañan en sus aguas están generando conflictos que amenazan con la estabilidad mundial, y ante todo esto, el caos domina ya el ecosistema marino de forma definitiva.

Mientras, a varios metros de la superficie, resaltando con brillantez entre un lecho de apestosa arena, la mueca irónica de un deformado rey, sigue sonriendo.

Shaitán.

Nidia's picture

Perdonen la intromisión en este sitio especial para los enriquecedores trabajos literarios resultantes del taller. Pero quería felicitarlos por los resultados y decirles que los hemos colocado en http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/TalleresLiterarios/index.asp

Nidia

NidiaCobiella@educar.org
www.bibliotecasvirtuales.com

Shaitan's picture

Después de corregirlo cientos de veces, y de quitarle más de mil palabras en el proceso, aquí lo suelto, expuesto para siempre ante miradas ajenas.

Espero lo disfrutéis tanto como yo.

DOS BALAS EN SU MEMORIA

http://www.redargentina.com/comun/foros/topic.asp?TOPIC_ID=21227

Hicimos cuanto pudimos para sacarles del asiento trasero, pero todo fue en vano: cada vez que intentábamos entrar en aquel amasijo de hierros, el lecho de arena que lo sostenía cedía un poco más, inclinándolos hacia el abismo.

Después de unos segundos de silencio, el coche en el que nuestros hijos habían quedado atrapados, explotó.

Lo vimos caer hasta quedar aplastado decenas de metros bajo nuestros pies, y desaparecer envuelto en llamas con sus cuerpos dentro.

No recuerdo durante cuanto rato estuvimos los dos llorando en aquel arcén, solo sé que cuando Carmen se desmayó, tuve el tiempo justo para apartarla de la carretera antes de que el mundo desapareciera también de mi vista.

Debieron pasar varias horas hasta que nos trasladaron al hospital, e imagino que muchos días más para recuperar el conocimiento.

Pero el calvario vivido en aquella maldita curva y las imágenes de todo cuanto ocurrió, han seguido hasta hoy, gravadas en mi memoria como castigo a la ineptitud que demostré tener.

Una a una, aparecen en el momento menos pensado: gritos suplicantes, ojos abiertos de par en par, dedos, brazos extendidos, intentando alcanzar mis manos, intentando alcanzar, en vano, la ayuda que sus padres no les supieron dar.

Carmen no pudo superar aquella prueba de fuego; se vino abajo, se encerró en sí misma olvidándose del mundo que la rodeaba y de todo cuanto podía ayudarle a sobrevivir.

Su sensibilidad, ese don por el que me enamoré perdidamente de ella, pudo más que la fuerza y la vitalidad que siempre había tenido. Empezó a consumir su alma, su mente y su hermoso cuerpo, al no permitirle luchar ante las mismas imágenes que me atormentaban a mí.

En mi caso todo fue distinto, el equipo psiquiátrico que nos atendió logró sacarme del atolladero. Gracias a sus terapias, conseguí restablecer mi vida laboral con cierta normalidad y apoyándome en ella, poco a poco, también la social.

Pero con mi mujer fracasaron.

Tuvo que pasar más de un año para que el doctor Uriach me comunicara, a puerta cerrada, el diagnóstico definitivo:

- Si en un tiempo prudencial no consigue remontar la situación por sí sola, no podemos descartar que la mente de su esposa degenere hacia trastornos crónicos incurables.

Reconozco que empecé a darlo todo por perdido cuando me advirtió que la esquizofrenia se apoderaría definitivamente de su realidad si no aprendía a superar los recuerdos de aquella noche.

Por eso, empezó a rondarme la duda de utilizar aquel nuevo fármaco con Carmen, cuando mis compañeros de trabajo anunciaron su éxito en las primeras fases de experimentación.

Tomé la decisión un viernes por la tarde al regresar del trabajo.

Algunos días entre semana, ella iba a casa de su madre en busca de compañía, allí, hablando de cosas triviales, a menudo se tranquilizaba y demoraba su regreso hasta bien entrada la noche.

Recuerdo que aquel día, mientras le esperaba, aproveché para guardar mi ropa de invierno y al sacar las camisas de verano del estante superior, algo pesado, metido en una bolsa de terciopelo, cayó al suelo con un ruido seco.

Aflojé el cordón que estrangulaba aquella funda de terciopelo negro y reconocí de inmediato la pistola del padre de Carmen.
La recordaba por que cuando murió yo la había guardado en su casa, junto con varias cajas de munición, dentro del armario del recibidor.

Quedé unos segundos confundido mientras la inspeccionaba y, supongo que palidecí al entender de qué manera y por qué motivo llegó aquel arma hasta nuestra habitación, sobretodo al descubrir aquellas dos únicas balas en su interior.

Sin pensármelo dos veces, llamé por teléfono a Marcos, mi compañero de laboratorio.

El doctor Marcos Carbonell era jefe del equipo de investigación, y fue él quien me había hablado, medio a hurtadillas, de un proyecto secreto que les encargaron los de inteligencia militar:

El “Proyecto Amnesia” estaba encaminado a sintetizar un fármaco que consiguiese borrar los recuerdos de forma selectiva

- Por épocas o períodos de tiempo más o menos exactos- me comentó -pero sin dañar el resto de información acumulada por el individuo a tratar.

Según sus palabras, en pocos meses debía estar listo para ser probado en humanos.

Quedé con él, al día siguiente del hallazgo, en un café de la Gran Vía. Era uno de esos locales tranquilos en los que siempre hay gente de paso y que tienen la amplitud suficiente como para poder hablar sin ser oídos:

- Ayer por la tarde encontré la pistola de su padre escondida en el armario de nuestra habitación- le dije en voz baja. - no sé Marcos… creo que está dispuesta a hacer una locura.

- ¡No seas bestia hombre!- respondió él en un tono que me molestó. - estáis pasando los dos un mal momento, pero de ahí, a creer que ella sería capaz de…

- ¡Debes creerme Marcos! –respondí francamente indignado. - Carmen sabe manejar las armas a la perfección. Y nunca cambiaría la disciplina con la que el viejo le enseñó a manipularlas.

Me calmé unos segundos y proseguí con mi explicación. Era vital hacerle entender la gravedad del problema en aquella reunión, si no accedía a mis intenciones, perdería a Carmen definitivamente.

- Las pistolas, Marcos, o se guardan descargadas para olvidarse de ellas, o totalmente llenas de munición para tenerlas a mano en caso de apuros. ¡Pero nunca con solo dos balas en su cargador! Nunca, excepto…

- ¿Excepto…?

- Excepto, si esperas utilizar tan solo esos dos disparos…¿Entiendes?

- ¡No, no entiendo nada! Y deja de hablar en ese tono de misterio ¡Caray! Con una sola bala que te reventara por dentro, sería suficiente ¿no?

- ¡No Marcos, no! Un experto en armas, y Carmen lo es, siempre dispondría de dos balas para suicidarse: Una para volarse los sesos y otra, por si el miedo en su pulso le hiciese errar ese primer tiro dejándola mal herida, en ese caso, dispondría de la segunda para rematar su intención.

- La verdad, no creo que sea capaz de hacer algo así… me parece una locura pensar que…

- Precisamente Marcos, de “locura” es de lo que te estoy hablando, el Doctor Uriach ya la ha dado por perdida, y…

- ¿Uriach ha desestimado su caso…?

- Sí, hace ya un par de meses me advirtió que la esquizofrenia podría apoderarse de ella, y ahora...

- Entiendo tío, caray…, bueno, disculpa yo no imaginaba que… Y dime… ¿Donde has dejado esa pistola con dos balas? ¡Se la habrás quitado! ¿No?-

- ¡Sí! No te preocupes…, hoy a primera hora he ido a casa de mi suegra con una excusa tonta y la he vuelto a guardar en su sitio. Me he deshecho de las cajas de munición para impedir que haga una locura, pero no estoy tranquilo…

Viendo su expresión mientras escuchaba, aproveché para relajar mi estado de ánimo, y mi tono de voz se cargó de dramatismo.

- Carmen sabe desde pequeña donde guardan las llaves de ese armario, ¡Ya la ha cogido una vez Marcos! y si no es con la pistola será con otra cosa, yo qué sé…, tirándose por la ventana…o como sea, no quiero ni pensar que...

- Bien y… ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me cuentas todo esto?

- Marcos, tienes que ayudarme a conseguir el permiso para que prueben el fármaco con ella. Solo eso puede ayudarme a recuperarla. Sin ella, yo… no sé…

- Vamos venga hombre, qué son esas lágrimas… precisamente ahora estamos en fase de selección de candidatos, ¡Anímate! No creas que es fácil encontrar gente dispuesta a perder sus recuerdos. No habrá ningún problema para incluirla en la lista.

- Pero, lo habréis probado ya con alguno, ¿No?

- Sí, hombre sí, la dosis funciona a la perfección. El problema es que los recuerdos tratados son irrecuperables, y antes de administrarlo, debemos explicar muy bien a los voluntarios el riesgo que corren.

- Entiendo pero entonces… ¿Necesitaremos su consentimiento?

- Sí, por supuesto que sí, no podemos ir contra la ley.

- ¿Y si le dictaminasen enajenación mental? ¿En ese caso...?

- Podemos esconder lo de su estado psíquico… pasarlo por alto en los formularios de acceso, yo… yo mismo le haré la entrevista si es necesario. Pero ella debe dar su consentimiento, si no, no lo hacemos. No quiero acabar en la “trena” por un tema así, sería demasiado arriesgado para todos.

Aquella misma noche hablé con ella y accedió de inmediato. No dudó ni un momento en apartarse de la tortura de sus recuerdos.

Por fin una mañana, al límite de sus fuerzas, con la mirada perdida, y una sonrisa deformando su llanto, conseguimos que Carmen firmara los documentos que nos permitieron administrarle la inyección.

Entre Marcos y yo, calculamos todo a la perfección:

La dosis vació su conciencia de los recuerdos acumulados desde los veinticuatro años, esos cinco años de vida, con sus embarazos y sus muertes, desaparecieron de la memoria para no volver nunca más.

En aquel momento de nuestro pasado, casados pero sin hijos, ella había terminado la carrera de magisterio y yo, desaproveché la oportunidad de ir a trabajar a Canadá para unos laboratorios farmacéuticos con los que todavía podía contactar, así que, me las arreglé para conseguir una plaza en la delegación de Vancouver, y simulé ante Carmen, que había aceptado la plaza.

Durante los tres meses que ella estuvo convaleciente en el hospital, tuve tiempo de confabularme con los amigos y parientes más cercanos para que nunca le volvieran a recordar ese período borrado de su memoria.

El resto fue puro trámite: vendí todas nuestras propiedades, compré un coche, localicé una casa en un pueblo cercano al trabajo, y realicé las gestiones necesarias para conseguir los permisos de residencia canadienses.

Todo estaba funcionando a la perfección, por fin, empecé a confiar en nuestro destino.

Cuando despertó en el Hospital Militar, Marcos le explicó que había caído en una amnesia temporal producida por un accidente de motocicleta, y su madre empezó a visitarla como si todo fuese normal. El equipo de psicólogos se las apañó para explicarle que la diferencia en el calendario era producida por su pérdida de memoria y por la confusa percepción sobre el tiempo y el entorno que todo traumatismo amnésico produce.

Tres meses de tratamiento psiquiátrico intensivo, y la administración de placebos a modo de falsa medicación, obraron el milagro; Carmen, recibía el alta para marcharse conmigo hacia nuestro esperanzador futuro.

En Canadá todo fue maravilloso, su sonrisa y sus contagiosas ganas de vivir no tardaron en reanimar mi carácter de forma definitiva, ella parecía más joven que nunca, irradiaba belleza por los cuatro costados, y junto a su vitalidad y mis esperanzas, transcurrieron seis años mejor de lo que había podido planear.

La sinceridad del amor que me procesaba fue el mejor antídoto para olvidar la imagen de mis hijos, ella era todo cuanto un hombre puede desear. Regresaba del trabajo con la necesidad de poseer su cuerpo; me dormía cada noche esperando que se acurrucara a mi lado para hablar, jugar y reírnos como dos niños sin preocupación alguna; me sentía estable y seguro al ser partícipe del amor que ella sentía hacia mí y así, disfrutando como locos de nuestra propia compañía, conseguimos recuperar la felicidad perdida.

Cada día estaba más orgulloso de la decisión que había sabido tomar, no habíamos sentido la necesidad de volver a España durante todo el tiempo que estuvimos allí, pero hace unos días, recibimos la llamada de los tíos de Carmen anunciando la muerte de su madre; - su corazón estalló sin previo aviso- nos dijeron entre llantos, y regresamos a Barcelona de inmediato, para asistir a su funeral.

Habíamos decidido quedarnos en su casa para dedicar la siguiente semana a arreglar todos los papeles de la herencia, y por primera vez en seis años, volvimos a pisar el hogar que la había visto crecer.

Mientras regresábamos del sepelio hacia la casa, Carmen se sentó dándome la espalda y, sin decir ni una palabra durante todo el trayecto, se desmoronó en llanto.

Al llegar, se fue directamente a su habitación, y yo descargué las maletas sin atreverme a molestar.
Hacía años que no la veía en aquel estado y no tuve fuerzas para darle consuelo.

En la butaca del salón, miles de recuerdos se apoderaron de mí, recuerdos escondidos en la recámara de mi consciencia, dolorosos y tiernos recuerdos junto a mis hijos en aquel salón familiar.

Me sobresaltó la puerta de la cocina cuando Carmen entró en ella.

-¿Estás bien cielo?- le dije incorporándome ligeramente en el sillón.-

- Sí, ya estoy mejor, solo necesitaba estar a solas un rato… voy a preparar algo de cenar.

Desde la cocina, su voz me hizo llegar una pregunta inquietante:

- ¿Sabes con quién me he encontrado hoy en el funeral, cariño?

- No, mi vida, ¿Con quién?

- Con un tal doctor Uriach.

Ese nombre hizo saltar todas las alarmas en mi cabeza:

¡El maldito doctor Uriach! ¡Claro! ¿Cómo se me había podido pasar por alto algo así? Después de tratarnos a mí y a Carmen, estuvo atendiendo también a su madre de unos leves trastornos de menopausia y él, no sabía nada de la inyección amnésica. En su momento, pensé que pondría problemas si le pedía permiso para administrársela, y ahora, mi mujer se lo acababa de encontrar cara a cara.

- ¿Me has oído cariño? Aquel tipo me ha dicho que se llamaba Uriach.

- Si mi vida, me suena ese nombre… Ah, ya sé, ¿No era uno que visitaba a tu madre de no sé qué trastornos?

- Sí, eso me dijo.- Su voz calló por unos segundos mientras un sudor frío se apoderaba de mi cuerpo.-

Sentí miedo de perder todo lo que habíamos conseguido en aquellos años y esperé sus preguntas para descubrir algo más sobre la conversación que había tenido. Tenía claro que yo no debía llevar la iniciativa, si se daba cuenta de mi interés, podía echarlo todo a perder.

- ¿Cariño…?- me increpó, quedándose a la espera después de decirlo.

- Dime cielo.

- Ese hombre se extrañó al ver que no le reconocía, dijo, que yo había sido paciente suya después del accidente. ¿Es del equipo de Marcos?

Esas palabras me tranquilizaron, Carmen, había mal interpretado el accidente al que se refería Uriach, y sin pensármelo dos veces me levanté para cerrar el tema:

- Uhmm ¿Estas hirviendo pasta? Que bien, estoy hambriento…- dije mientras masajeaba sus hombros para quitarle trascendencia al tono. –Sí mi amor, creo que sí, posiblemente era uno de los que estaban con él cuando lo del accidente de moto. Es normal que no lo recuerdes, la amnesia te dejó un poco trastornada los primeros días.

Aquel desafortunado incidente hizo que acelerara los trámites con los abogados, me encargué personalmente para acabar rápido con nuestra estancia en Barcelona y evitar, con ello, mayores problemas.

Durante tres días me tuvieron de aquí para allá rellenando impresos y pagando certificados, y por fin, lo arreglé todo para partir en las siguientes veinticuatro horas.

Hoy al llegar a casa Carmen me esperaba, más guapa que nunca, en el centro del recibidor.

Bajo el maquillaje, el brillo de sus ojos me hizo ver que había estado llorando, y cuando quise acercarme a ella, el tono de su pregunta me detuvo:

-¿No pensabas contármelo nunca, verdad?- por un momento, todo aquello me confundió.-

-¿Sabes qué es esto…? Es el diario personal en el que mi madre anotaba todo cuanto sucedía en su vida. Lo apuntaba todo cariño, absolutamente todo... Ayer, después de nuestra conversación sobre Uriach empecé a hojearlo...

La primera bala, quedó incrustada en mi estomago al acercarme a ella para intentar hablar. La segunda, está a punto de salir de la pistola de su padre para atravesarme el corazón sin el más mínimo margen de error.

Mientras ella sigue de pié a unos metros de mí, sosteniendo el arma en una mano y un viejo cuaderno en la otra, con voz calmada y lágrimas en los ojos, demora su última bala preguntándome detalles sobre nuestros hijos: el tono de su llanto en el parto, las primeras palabras, el sabor de los besos, el olor de su pelo, o la magia de sus risas.

Detalles guardados en mi memoria, muy dentro del corazón que su instinto maternal está a punto de reventar.

Detalles prohibidos de los hijos que, por mi culpa, nunca llegó a conocer.

Shaitán.

Anónimo's picture

molt bò

Meriadoc's picture

Si me permiten la licencia, dedicaré este relato a nuestra pequeña comunidad y , en especial, a... bueno, ya lo descubrirán leyendo

A UN PASO DEL ABISMO

Ángela sonrió con tristeza antes de contestar
—No estoy enfadada, simplemente me aburren este tipo de cosas.
—Antes no te aburrían
—Antes era antes. Ahora estoy cansada Andrés, muy cansada.
—¿Has probado de dormir un poco?
—¿Crees que es tan sencillo? En los últimos tres meses no he podido dormir más de una hora seguida, ¡una hora! ¿Sabes lo que es eso?
—¿Insomnio?
—No, Narcolpesis, ¡No te jode!...
— Creo que será mejor que me vaya.
—Perdón... perdona me Andrés, pero es que...
—No te preocupes Ángela, lo comprendo, estás cansada y te aburren este tipo de cosas.
—Lo siento... Déjame sola, por favor

El humor de Ángela se agriaba a marchas forzadas. Andrés la visitaba cada día con la esperanza de rescatar su felicidad extraviada pero ella, que parecía haber enterrado todos los buenos recuerdos en un execrable muladar de desidia, siempre le recibía con una sonrisa de desdén mal disimulado y se apresuraba a recordarle que aquellos bombones artesanos que le había traído, o el fajo de revistas que asomaban bajo su brazo, o la comida china que humeaba en—esa bolsa horrorosa— le resultaban banalidades extremadamente aburridas

Era entonces cuando Andrés se desesperaba. El contraste de sus vidas, la de él próspera y rica en parabienes familiares, la de ella disoluta y turbulenta, le reportaba un dolor insondable al que le resultaba harto difícil enfrentarse; Ardían sus entrañas al contemplar la desdicha de Ángela ; su matrimonio con uno de esos hombres anodinos que malquistan las ilusiones de todos los que le rodean, su traumático divorcio, la relación distante que mantenía con su hijo adolescente, su estado depresivo...
Desde que se conocieron en el Taller de Escritura Creativa de la Facultad, Ángela y Andrés habían cultivado una de esas amistades virtuosas que sobreviven al tiempo y a los matrimonios respectivos sin resquebrajarse lo más mínimo. Ella lo adoraba sin cortapisas, y no se ruborizaba al admitirlo en público mientras que él, un extrovertido incorregible con fama de altruista, la admiraba como nunca había admirado a una mujer, incluida la propia; Admiraba su talante conciliador, la riqueza inagotable de sus pláticas vespertinas allá en la Cafetería de la Facultad, su entereza vital, su extraordinaria capacidad para expresar los sentimientos más remotos del alma; admiraba su prosa melódica, la textura intimista de aquellos relatos que inundaban el cajón de su escritorio, su risa cristalina...
Por eso ahora, cuando la veía consumirse en aquel descenso imparable hacía el abismo , tan huraña y huidiza que casi no la reconocía, a Andrés se le encogía el corazón y los recuerdos de su amistad se trocaban en púas incandescentes que le atravesaban las sienes. Cada noche, tras disfrazar su tristeza de cansancio e inventar nimiedades laborales para que su esposa no se inquietara, la angustia indeleble de saberse impotente ante el declive de Ángela no le dejaba conciliar el sueño y le obligaba a imaginar formas de distraerla, de sacarla del pozo y devolverla a la vida.

Le llevó fresones, puzzles de cinco mil piezas, ramos de rosas, nueces, maquetas de navíos de la armada inglesa, helado de chocolate, pero ella sonreía forzada y le decía,
—Gracias, pero todo esto me aburre. Déjame, por favor, déjame ya
Y él regresaba al día siguiente y le traía castañas asadas, entradas para ver la última obra de Bertolt Brecht en el teatro Villarroel, le llevaba libros de poesía de Baudelaire de Rimbaud, de Neruda, le compraba cuadernos para que volviese a escribir, mas ella resoplaba, se hundía en el sofá , ya sucio y polvoriento, y le decía
—Andrés, por favor... estoy cansada, aburrida de todo...— y su voz seguía siendo el eco de la desesperanza más atroz.

Andrés perseveró de forma enfermiza; Le compró discos de música tribal , le regaló un álbum con las fotos de la excursión que hicieron juntos en 1991 a los volcanes de Olot , le leyó el Sarcasmos y agudezas de Voltaire , incluso un día le trajo a sus hijas pequeñas para que las conociera, pero Ángela le sonrió con una tristeza que helaba el alma, revolvió las melenas castañas de las niñas y le dijo a su amigo que no se sentía con fuerzas, que estaba indispuesta, cansada de todo...Ese día Andrés estuvo a punto de darse por vencido, de echar la toalla y admitir que Ángela andaba ya rumbo del infierno, pero fue el brillo fugaz de una imagen pretérita, algo vaporoso que siempre le había reportado una felicidad atávica, el que al fin alumbró el camino tortuoso en el que se había convertido su vida
—Esto ha de funcionar—susurró esa noche en la oscuridad compartida de su alcoba.

Aquel día de abril, Andrés se presentó en casa de Ángela una hora antes de lo que tenía acostumbrado. Ella lo recibió con su habitual desánimo y lo conminó con tirantez a que diese media vuelta y volviese por donde había venido. Sin embargo, Andrés estaba decidido a sacarla de aquella tumba sombría en la que se había convertido el piso que alquiló tras su divorcio y , asiéndola del brazo, la arrastró escaleras abajo.
—No podrás negarte, Ángela—le iba diciendo mientras ella intentaba zafarse de él a voz en grito— está vez no, querida, esta vez no podrás...
Salieron a la calle y la luz del sol hizo estragos en el rostro macilento de Ángela.
—¡Estás loco, Andrés! ¿A qué viene todo esto?— se había liberado de su brazo y lo miraba furibunda, las guedejas desgreñadas, el gesto fruncido en una mueca de rabia...

El rostro de Ángela languideció aún más cuando descubrió que, congregados a las puertas del bar adyacente a su edificio, varios hombres la observaban con una atención rayana en lo ofensivo. Todos vestían ropa de turista, los hombros soportando la carga de bolsas de viaje, amplias sonrisas dibujadas en unos rostros que Ángela tardó demasiado en reconocer pues, no en vano, habían pasado mas de quince años desde la última vez que pisó la clase del Taller de escritura en la Facultad y el tiempo, que es un escultor en exceso quisquilloso, había añadido argamasa en todos los contornos. Poco a poco, Ángela fue reconociendo a los viejos compañeros del Taller... a Bernardo, que lucía moreno y orondo, a Victor que le mostraba el anillo de bodas que brillaba en su mano, a Herman que , acaso por algún pacto fáustico, seguía tan joven como antaño, a Mathías con su estampa de mosquetero siempre presto a desenvainar la espada, al bueno de Walter ataviado con chaleco de cazador y dando largas caladas a un cigarro moribundo, y entre todos ellos, parapetado tras una barba canosa, dichoso como si el surtido de arrugas que cincelaba su rostro de sabio no diese fe de la vida ya consumida , se erguía su viejo y querido profesor Marcellus.

Ángela, muda de asombro, se dejó agasajar por los abrazos, los arrullos y las caricias.
—¿Qué hacéis todos aquí?—inquirió al recuperar el habla, quebradiza—Pero Maestro..¿no había vuelto usted a Buenos Aires.?... Oh, Victor, granuja, por fin te atraparon, ¿eh? .... Walter querido amigo, que intrépido luces...Bernardo te sienta bien la comida Mejicana... ¡Pardiez, Mathías! ,¿es que no piensas cortarte nunca esa perilla?

Andrés se acercó a ella. Llevaba, como todos, una bolsa de viaje sobre el hombro. En su mano nerviosa asomaba un billete de avión .
—Está vez no te aburrirás, mi niña mimada, te lo aseguro. Nos vamos todos de viaje— dijo y le alargó un billete a su nombre.

Andrés tuvo que respirar hondo, clavarse las uñas en las palmas de las manos y buscar la mirada de sus compañeros para no echarse a llorar ante su vieja amiga. Todo el desasosiego, toda la desesperanza y toda la angustia de las noches que pasó en vela, se diluyó como un terrón de azúcar en agua hirviendo al descubrir en el rostro de Ángela aquella sonrisa diáfana con la que, otrora, acompañaba todas sus disertaciones literarias. Vio como sus ojos se abrían de nuevo a la vida y como leían el billete hasta detenerse con embeleso en la sección que rezaba: Destino. Entonces los labios de Ángela, labios nuevos, ávidos de sonrisas olvidadas, de nuevas dichas y nuevos versos, se arquearon para verter sobre los oídos extasiados de Andrés la magia de diez letras inolvidables...
—¡Samarcanda! —dijo— ¡Oh Andrés, siempre quise ir a Samarcanda.

Con cariño,

Meriadoc.

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PARA QUIEN LA QUIERA

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Todavía dormía el pueblo cuando el conserje llegó al Ayuntamiento para abrir su puerta. Pedro ya le esperaba sentado en el umbral con cara de no haber pegado ojo en toda la noche. Sólo él sabía cuanto tiempo había esperado aquel instante. Era su cumpleaños y alcanzaba por fin la mayoría de edad: requisito imprescindible para que la llave le fuese entregada. Entraron en el consistorio y allí estaba; colgada de una pared bajo un letrero en el que estaba escrito: “Para quien la quiera”, junto al escudo preconstitucional con su águila y flechas.

-¿La quieres? –le preguntó en broma el conserje señalando con el dedo índice la llave. Sabía perfectamente la respuesta. La cara de incredulidad y más tarde de ansiedad de Pedro no le dejó la menor duda. ¡La deseaba con pasión!.

-Siéntate y en cuanto llegue el concejal te la entregamos –solicitó a Pedro. Llenándose de paciencia se sentó justo enfrente de ella. Sin quitarle la vista de encima ojeó un libro.

La llave, que estaba colgada por un cáncamo en una pared del ayuntamiento, abría la casa del pueblo conocida como “la embrujada”. Tenía dos plantas, con una almena en cada esquina adornadas con esculturas de San Jorge matando al dragón, y una puerta de hierro forjado presidida por una de Lucifer. Su apariencia era tenebrosa, acentuada por las sombras de los árboles del espeso bosque anejo a ella y por un pequeño cementerio en un lateral con sólo veinte lápidas, ninguna tenía el nombre de los que en sus tumbas yacían, tan solo un número, del uno al veinte, y las fechas de nacimiento y óbito de sus inquilinos.

El último dueño de la casa dio la llave, cincuenta años atrás, al alcalde de por aquel entonces con todos los papeles de propiedad. Nunca más se supo de él. Las únicas palabras que dijo en el momento de entregarla fueron: “Para quien la quiera”. De ahí que se decidiera colocar un letrero con esa frase junto a ella en la pared. La huida sin explicaciones y la apariencia demoníaca que siempre tuvo la casa produjo, a lo largo de los años, un mar de rumores y leyendas que hablaban de muertos vivientes y de almas en pena que vivían en la casa y en el bosque. Ninguna persona vio jamás algo que le permitiera asegurar que aquellas leyendas y rumores tuvieran visos de realidad.

Pedro era el único humano que en el último lustro se había atrevido acercarse a la casa. Jugaba alrededor de ella y jamás hizo caso acerca de los rumores que corrían por el pueblo. Nunca llegó a entrar en el bosque, no por miedo a que se le apareciera un alma en pena, en las que no creía, sino por el temor de que por su espesura no fuese capaz de salir de él.

Llegó el concejal y sin muchos preámbulos descolgó la llave de la pared.

-Vienes a por ella. ¿Verdad?. –le preguntó a Pedro al tiempo que le entregaba la llave. Pedro se limitó a cogerla, guardarla en un bolsillo y a dar las gracias antes de salir corriendo por la puerta del ayuntamiento. ¡Tenía la llave en la mano e iba a entrar en “la embrujada”!.

No tardó en llegar a la casa. El día, que hasta ese momento era soleado y caluroso, empezó a obscurecerse, y una tormenta seca iluminaba con cada relámpago las cuatro almenas. El ambiente daba un aspecto extraño a aquella casa. Sin saber por qué, a Pedro a casa le empezó a parecer rara, y también, sin saber tampoco el porqué, decidió recorrerla antes de entrar.

-Le daré una vuelta completa antes de usar la llave. –Pensó. Se sentía como si hubiese tomado cualquier droga. No era él.

Mientras andaba empezaron a moverse las copas de los árboles del bosque sin que se sintiera una pizca de viento, y en la lejanía, casi de forma imperceptible se podía oír: “Ven a jugar con nosotros”. Miró a su alrededor, movió rápidamente la cabeza de una lado a otro, pero no conseguía ver a nadie. La voz cada vez más cercana, “Ven a jugar con nosotros”, la escuchaba una y otra vez. Caminando muy despacio, con sus piernas cada vez más agarrotadas, llegó al cementerio. Un relámpago iluminó cada una de aquellas lápidas, su resplandor casi le hizo caer. Cuando se repuso y con el resplandor de un nuevo rayo se dio cuenta que una nueva lápida ocupaba un lugar en el cementerio. Caminó hacia ella, la barrió con una escoba situada en aquél lugar para tal propósito. Estuvo a punto de desvanecerse cuando la tormenta le permitió ver las dos fechas que bajo el número veintiuno estaban grabadas en su piedra. Una de ellas era la de su nacimiento, la otra, la de su decimoctavo cumpleaños. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. ¡Estaba frente a su propia tumba!. Empezó a pensar que había muerto, que su cuerpo yacía bajo aquella lápida y que él era un alma en pena que vagaba por aquellos lugares como las de las leyendas que en el pueblo se contaban.

-Entonces. ¡Son ciertas todas las leyendas que sobre aquella casa se contaban!. –Se dijo a sí mismo mientras se acercaba a un lavadero situado detrás de la casa para refrescarse la cara.

¡Ven a jugar con nosotros!. El tono de la petición la había convertido en una orden que ya escuchaba con total nitidez. Pero allí seguía sin haber nadie. Las copas de los árboles se movían cada vez más y producían un murmullo aterrador, el intervalo entre los relámpagos eran cada vez más corto y su miedo más intenso. Sus rodillas flaqueaban con cada paso, sus ojos estaban desencajados y un sudor gélido brotaba de sus sienes. Miró el cristal de una ventana de la casa. Pedro vio reflejada, como si de un espejo se tratase, la cara de un muerto. Con las manos tapaba y destapaba su cara con rapidez. ¡No podía creer lo que estaba viendo!. ¡Era su cara, blanca y cadavérica!.

Pero algo le empujaba a continuar, su interior le pedía que abriera la puerta de “la embrujada” a pesar de todo lo que estaba viviendo.

El ritmo de su paseo había descendido. Miró su reloj y aunque marcaba una hora temprana, la Luna llena se había apoderado del cielo. Aquellas almenas que tanto le gustaban ahora le causaban pavor. Intentó sobreponerse. ¡Todo es producto de mi imaginación!. ¡Ven a jugar con nosotros!. Esta vez al oír la llamada se sobresaltó, se oía como si el que la gritaba estuviera junto a él. Aquella frase, la lápida y su cara reflejada en el cristal estaban clavadas a su mente. Casi no podía andar, un peso invisible le impedía mover las piernas. El pánico se había apoderado de Pedro.

Con el andar pesado que le permitían sus piernas, llegó a la parte de atrás de la vieja casa, había una piscina de arena de playa en la que había jugado infinidad de veces. Estaba llena de huellas de pies descalzos y de manos de niños. Indicios claros de que allí habían estado divirtiéndose no hacía mucho tiempo. Pero ¿quién?. Sólo él visitaba la casa desde hacía cinco años. Se sentía vigilado; ojos que le observaban desde el bosque y desde la casa; miradas de muertos vivientes, que como él, no descansaban en paz. Era una intuición sin fundamento; pero la impresión de ser perseguido era cada vez más fuerte.

¡Ven a jugar con nosotros!. Esta vez la llamada venía de la parte de arriba de la casa. Temeroso de encontrarse algo inesperado, levantó la cabeza y observó como una luz tenue, probablemente de una vela, se dejaba ver en una ventana del segundo piso. Una cara se echó hacia atrás en el momento que él alzó la mirada, no pudo verla, tan solo apreció su sombra. ¡Ven a jugar con nosotros!. Le estalló la frase en la cabeza.

Siguió con un andar pasmoso alrededor de la casa. La luz iba de ventana en ventana persiguiéndole; pero cada vez que alzaba la mirada un nuevo relámpago le impedía reconocer la cara que se echaba hacia atrás para no ser vista y que sólo se dejaba adivinar por su sombra. Una voz seguía gritándole al oído: ¡Ven a jugar con nosotros!. El miedo que hasta entonces le sujetaba las piernas ahora le hacía correr sin sentido, alocado. Corría fuera de sí mientras que la luz le acosaba desde del segundo piso. Se detuvo y alzó la mirada.

-¿Quién eres?. –Chilló. Y obtuvo como respuesta el grito de una voz que salía del interior de la casa: ¡Ven a jugar con nosotros!.

Se encontró de nuevo frente a la puerta de casa, la luz de la vela había desaparecido de la ventana que estaba justo encima de la puerta. La estatua de Lucifer que la presidía y que él consideraba un prodigio de escultura, parecía darle la bienvenida con una expresión en la mirada que en anteriores visitas a la casa no había percatado. En su interior algo le decía que a pesar de todo debía abrir la puerta, creía que tras ellas encontraría respuesta a todo lo que acaecía. Se sobrepuso a la tormenta, a la llamada para intervenir en los juegos, a la imagen de su tumba con el número veintiuno y a su cara reflejada en la ventana.

Sacó la llave del bolsillo. Con mano trémula la introdujo en la cerradura y la giró, tras un leve chasquido sintió que con un pequeño empujón en la puerta, a pesar de su peso, se abriría para él. Por un momento desaparecieron todos sus temores, ya no se oía la voz que había estado torturándole, las copas de los árboles dejaron de moverse, la tormenta había desaparecido, la imagen de su cara en la ventana era incapaz de recordarla y la lápida con el número veintiuno pensó que era producto de su imaginación por la tensión vivida. ¡Estaba vivo!.

Parecía que todo el lugar había detenido su trepidante actividad expectante de qué encontraría Pedro tras la puerta. Respiró profundamente y la empujó hasta abrirla de par en par. Un fuerte resplandor le cegó, gritos que le deseaban felicidades se oían por doquier, serpentinas y globos de colores se alzaban hacia el techo de la casa. ¡Era su fiesta de cumpleaños!. ¡Todo el pueblo se había citado en el interior de la casa!. ¡Había sido una broma macabra!. El pueblo conocía su interés durante tanto tiempo por entrar en la casa y habían decidido gastarle una broma en aquel día tan señalado.

Se relajó, todo su miedo había desaparecido. Sonrió. Cuando el resplandor dejó de cegarle vio a dos niños a los que no conocía. Estaban sentados en una mesa de piedra, moviendo fichas de un juego que no había visto nunca, al tiempo que le hacían señas para que se acercara.

-¡Ven a jugar con nosotros!. Dijo uno de ellos.

Miró al resto de la gente que frente a él estaban, todos le sonreían, sus vestimentas eran de distintas épocas, desde la Edad Media hasta principios del siglo XX. Sus caras estaban famélicas, cadavéricas; recordó que la cara que vio en cristal de la ventana era igual que las que ahora tenía enfrente. Veinte muertos vivientes celebraban su cumpleaños y le daban la bienvenida a la casa.

Todos sus miedos regresaron y volvió a quedarse paralizado. Recordó de nuevo la lápida con el número veintiuno. Un golpe le despertó del letargo en que había entrado al ver a aquellos personajes. La puerta acababa de cerrarse a sus espaldas. Corrió hacia ella entre las risas de aquellas almas en pena. Era imposible abrirla y la llave que tanto había deseado se quedó fuera. Las risas se convirtieron en estruendosas carcajadas mientras que los dos niños seguían gritando: ¡Ven a jugar con nosotros!. Todo intento por abrir la puerta fue vano, desfallecido, torturado y sin fuerzas se dejó caer junto a ella. Entonces supo que no volvería a salir de allí, estaba enterrado en vida en la casa de sus anhelos.

Mientras yacía en el suelo, junto a la puerta y con lágrimas en los ojos, observó cómo aquella gente dejó de reír, los niños se levantaron de la mesa y dejaron de jugar. La casa se oscureció hasta quedar en penumbra, dejando apreciar sólo las sombras de sus tétricos habitantes. Cada cual, como si nadie hubiese alrededor, vagaba por el interior de la casa.

Todavía dormía el pueblo cuando el conserje llegó al Ayuntamiento para abrir su puerta. Al entrar quedó estupefacto al ver la llave que el día anterior se llevó Pedro estaba de nuevo allí, en el suelo junto al cáncamo que la sujetaba a la pared. Cogió un martillo y la colgó de nuevo al lado del letrero que rezaba: “Para quien la quiera”.

Cristina y Miguel

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RATÓN DE ALFOMBRILLA

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El letrado se incorporó sobre la butaca de la habitación de hospital, su rostro parecía tranquilo pero algo en sus ojos denotaba lo contrario. Se acercó a la cama y levantando los folios a la altura de la cara, comentó:

—Si me permite Ruiz Vera, creo que estamos en un buen lío. El atestado de la Policía desarrolla los hechos de forma contundente, todo apunta a que usted ha asesinado a su hijo, permítame que le lea las frases más significativas:

Muerte por asfixia de un niño de cuatro años... estrangulado con fuerza con el cable de un accesorio de ordenador... el único testigo es el hermano mayor de la víctima que pasará la noche en comisaría al cuidado de psicólogos para intentar que supere el estado de shock inicial... en el arma del crimen solo aparecen las huellas del padre de los niños... existen evidencias suficientes para detener a Don Alfredo Ruiz Vera, acusado del asesinato de su hijo.

Después, mirándole por encima de los papeles, su abogado defensor le interpeló con autoridad.

—Debería sincerarse conmigo, sepa que para evitar que le condenen necesitaré conocer hasta el más mínimo detalle así que, por favor, intente recordar como ocurrió todo.

Se sentó sobre el borde de la cama con los ojos llenos de lágrimas y después de unos segundos, levantándolos para recordar, inició su explicación en tono pausado:

—Créame letrado, cuando un viudo de treinta y cinco años tiene que improvisar cada noche un cuento distinto para que sus hijos se duerman, los argumentos, personajes, situaciones y paisajes que acaba inventando, pueden rozar el surrealismo más extremo.
Aquella noche, no sé por qué, me vino a la cabeza la historia de un ratón, de uno muy especial, de los que viven junto al teclado rodando sobre una alfombrilla de espuma: era un ratón electrónico, con su cable y sus teclas que, cuando todos dormían, usaba magia de roedores y transformaba su piel de plástico liso en otra, rosada y peluda.

—¿Un ratón electrónico que tomaba vida? Le advierto Alfredo, que solo un milagro puede ya librarle de la cadena perpetua, así que, deje de...

—Le estoy contando la verdad. Sobre la marcha fui inventando su historia, dije que por las noches desperezaba las patas que había escondido durante el día, que abría sus ojitos negros, se desconectaba y echaba a andar por toda la casa en busca de queso.

—¿Y cómo acababa esa extraña historia? —preguntó el letrado achicando los ojos.

—Bueno, les conté que era muy listo, pertinaz y valiente, tanto que, si no encontraba el alimento deseado se enfadaba de verdad y se colaba por todos los rincones moviendo sus bigotes afanosamente, buscando cualquier tipo de comida para saciar el apetito que le había hecho despertar de su sueño electrónico.
También les dije que era huidizo, nunca permitiría que nadie conociera su secreto y que, si alguna vez se sentía descubierto, sería capaz de cualquier cosa… A esa altura del cuento, el menor de mis dos hijos me interrumpió:

—¿Queda queso en la nevera papá?

—Sí, siempre hay queso en casa —contesté tranquilizándolo.

—¿Por qué no vas a sacarlo y lo dejas en el suelo? —me increpó con nerviosismo—. Así, si viene el ratón, lo encontrará sin que lo veamos y no querrá comernos.

—¡Nadie os va a comer! No quiero que os asustéis y menos con un ratón como este —dije sonriendo mientras habría la luz del pasillo para evitar la penumbra en que nos encontrábamos.

—Y ahora a dormir, mañana tenemos que levantarnos temprano para ir a la escuela.

—¿Les acompañaba usted cada mañana?

—Bueno desde que murió su madre, el mayor va a la escuela con unos vecinos, y yo acompañaba al pequeño.

—¿Solo llevaba a uno?

—Sí, yo..., bueno no tengo tiempo de cuidar a los dos por igual, el pequeño necesita más atenciones...

—¿Y de qué murió su esposa? —siguió preguntando mientras garabateaba el bloc.

—Murió en el parto del menor... su hermano, aún no ha podido superarlo, en estos últimos cuatro años no pasa ni un día sin que me pregunte por qué nos dejó.

—Debe ser duro para un chiquillo de su edad. Pero siga por favor, ¿qué pasó después?

—Me serví un buen Cognac, un par de copas supongo, mientras navegaba por la red y me fui a la cama a media noche. Recuerdo que desde la distancia de mi habitación oía el tranquilizante silbido del sueño de mis hijos y, pensando ya en la agenda del día siguiente, me dormí.

—¿Escuchó algo especial durante la noche?

—No, nada especial, al despertar cumplí con el ritual de cada mañana, visitando el baño, la cocina, la ducha y el ropero antes de abrir la ventana de los niños.

—Siga, por favor, ¿qué vio al entrar en la habitación?

—El mayor estaba acurrucado en un extremo de la cama balanceándose convulsivamente, con el rostro desencajado y la mirada perdida.
En la otra cama, amoratado y con los ojos fuera de sus órbitas, asfixiado por el cable del ratón... estaba... aquel cable le había... su cola... se hundía en su cuello con fuerza y... sus ojos...

—Tome un poco de agua y relájese —dijo el abogado pulsando el botón de aviso a enfermeras—, conozco lo que sigue, por desgracia el atestado redacta al detalle las causas físicas de la muerte.

La enfermera irrumpió en la habitación reclamada por la luz roja, y después de acomodarlo en la cama, corrió las cortinas para salir acompañando al abogado.

Al día siguiente, el letrado volvió al hospital con noticias esperanzadoras:

—¡Intente atenderme! Lo que vengo a decir es importante para Usted. El caso ha dado un giro inesperado Alfredo, alguien se ha llevado el arma del crimen de Comisaría y, sin la prueba principal, posiblemente la acusación no pueda sostenerse.

—¿Cómo puede alguien robar las pruebas del mismo depósito de la Policía?

—No entendemos como pudo pasar, están interrogando a los miembros del cuerpo por que debió ser alguien que pasó la noche en Comisaría, ellos aseguran que nadie puede entrar o salir de la zona de alta seguridad, y tampoco hay ningún acceso forzado.

—Entonces, ¿lo robó un policía?

—Sigue siendo un misterio, el ladrón debió aprovechar un descuido de los agentes del depósito para abrir la bolsa que lo contenía, pero nadie puede asegurar como sucedió.

—¿Qué se supone que debemos hacer ahora?

—Hay que esperar unas semanas por si se encuentra el objeto robado y, una vez pasado este tiempo prudencial, podremos solicitar al Juez que archive definitivamente caso.

La habitación volvió a quedar en penumbra cuando el abogado cerró la puerta para marcharse.
Alfredo conectó la radio sintonizando su emisora favorita y dejó que la música clásica inundara la estancia mientras se acomodaba sobre un par de almohadones.

De entre las sábanas, una silueta avanzó lentamente trepando por su pecho y, al verlo salir del escondite, como siempre, unió las manos para permitirle juguetear entre sus dedos.

Shaitán.

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VIDA PARALELA - Venicia (R Romero)

No había elegido esa profesión por necesidad, vicio o aburrimiento, sino porque no conocía nada mejor. Su madre los había abandonado a sus hermanos y a ella para fugarse con un marinero de pocas luces pero grandes artes amatorias. Teniendo Carmina 17 años (y siendo la mayor,) no tuvo más opción que hacerse cargo de los dos pequeños, mientras que su hermano mayor decidió alistarse en el ejército y desentenderse de una situación tan vergonzosa.

Carmina alternaba sus días limpiando casas ajenas con sus noches haciendo la cena, recogiendo la casa, bañando al más pequeño y tratando de estudiar para los exámenes finales, aún voluntariosa y resuelta a terminar el bachillerato. El cansancio, el sueño y el hastío pudieron con ella. Su voluntad se quebró y con ella sus años de universidad, el baile del domingo, su primer novio y la posibilidad de casarse con un chico de buenas maneras.

Una tarde estaba haciendo la limpieza en casa de los Aguado cuando no vio entrar al señor de la casa que la sorprendió tirándola con violencia en la cama y desvirgándola sin clemencia en una sacudida de espanto. Aquella fue la primera de una cadena de acontecimientos que no vienen al caso en esta historia, pero que la encaminaron sin escapatoria a su malogrado destino. Comenzó a frecuentar el bar del barrio de los Aguado en donde hombres de mediana edad iban en busca de consuelo y amores rápidos sin consecuencias. Al principio se dijo que sería temporal, mientras no le alcanzara el mísero sueldo de asistenta para poder pagar el resto del semestre y la manutención de sus hermanos, pero las deudas siempre incrementaban y cuando no era un vestido, era la consulta del médico, cuando no eran lentejas y garbanzos eran los regalos de Reyes, y así se fue engañando hasta que estaba demasiado rendida y apabullada para pensar que hubiera otro modo de salir adelante.

En una de sus tardes de caza, un venado distinguido y enjuto se apareció ante ella, y se relamió pensando en como se lo comería vivo para sacarle cuantos billetes pudiera. El exquisito animal no era uno de los habituales por lo que todas las hembras se retorcieron lascivamente tratando desesperadamente de llamar su atención. El joven se dirigió sin vacilar a la barra, pidió un “Scotch” con mucho hielo en un dudoso español y lo fue bebiendo a sorbitos saboreando el regusto a madera. Minutos después se volvió como si se acabase de dar cuenta que no estaba solo en la pieza y se entretuvo en examinar la selección de mujeres ávidas de ser escogidas. Sara, la más veterana, ya se había posicionado sabiamente en un taburete en el que su vista tropezaría en cuanto se girase. Si bien Sara era una mujer de edad indefinida y juventud esquiva, aún conservaba un cierto esplendor en sus ojos de pantera y un escote exagerado que no dejaba lugar a imaginaciones algunas. Sin embargo, el joven la miró sin mucho interés y continúo su vagar por el elenco de productos de ocasión que el bar ofrecía. Entonces vio a Carmina y el whisky se le heló en la mano, el corazón se le reventó en el pecho y se sintió pequeño y vulnerable. Sus ojos negros y opacos eran desafiantes y desvalidos a un tiempo, su cabello azulado por oscuro se desmayaba en sus hombros con una sensualidad innata y toda ella rezumaba deseo, soledad y rabia por partes iguales.

El chico había entrado en el bar creyendo que era eso, un simple bar donde poder tomarse un trago que necesitaba con urgencia. No solo era extranjero en el barrio sino también en el pueblo, y aún no conocía los vericuetos de las calles ni los secretos a voces de sus locales. Había ido a parar a Fuendetodos de la manera más tonta, haciendo auto-stop en la autovía cercana al aeropuerto y dejando que el destino en guisa de camionero le llevara a donde quisiese. No se había trazado ningún plan ni había alimentado expectativa alguna sobre esa tierra mediterránea pero, sin duda, la visión de esa niña en su primera semana en el pueblo era mucho más de lo que hubiese podido imaginar.

Carmina cazó al vuelo la mirada ferviente del extranjero y aprovechó su superioridad momentánea para acercársele y susurrarle al oído lascivamente “¿Necesitas compañía?”, como bien le habían enseñado sus compañeras veteranas. Él, en su reducido conocimiento del español, no comprendía que significaban aquellas dos palabras y tan solo sonrió tímida y afectuosamente. Por supuesto, esa seña era mucho más de lo que necesitaba Carmina, así que le rodeó el cuello con sus brazos y lo atrajo a su pecho como un huérfano extraviado. Él se ofuscó tanto ante tamaño gesto que trato de escabullirse como un gato atrapado. Él se ofuscó ante un gesto tan familiar e intentó escabullirse como un gato atrapado. Finalmente, cuando logró zafarse de su captora, se atusó la melena con viveza, la miró confuso y azarado y tras dejar unas monedas en la barra salió trastabillándose a la oscura calle. Finalmente, cuando logró zafarse de su captora, se alisó la melena, la miró confuso y azorado, y tras dejar unas monedas en la barra, salió trastabillándose a la oscura calle.

Carmina se volvió en un gesto de nostalgia infinita, conociéndose atrapada, sabedora de que esa vida paralela no le pertenecía, comprendiendo que su destino había muerto en ese preciso instante.

Venicia
(antes Carol)

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ANTES, TODO ERAN CAMPOS

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Bajaba triste la cuesta de la calle Teide, en el Turó de la Peira, un barrio de gente pobre ubicado en Barcelona. Volvía a su casa, después de un día duro de colegio: insultos, tiradas de pelo y algún que otro empujón. Odiaba el colegio, ese maldito y horrendo colegio de monjas, su prisión, a sus compañeras de clase y a su profesora de matemáticas que siempre la sacaba a la pizarra a resolver problemas que dudaba que le fueran a servir de mayor. Los descansos en el patio permanecía sola comiendo el bocadillo que le había preparado su abuela mientras contemplaba como centenares de niñas de todas las edades jugaban, corrían, eran… ¿felices? Ansiaba el día en que terminara sus estudios, tenía claro ya desde hacía tiempo, que quería huir de aquel espantoso edificio, pero ese día aún estaba lejos, tan sólo tenía once años.

Todas las mañanas les hacían cantar alabando a Dios. Rezaban y pedían bendición para el día y su aprendizaje. A primera hora, se oían por los pasillos al unísono las voces dulces de niñas aparentemente inocentes cantando a ese Dios colgado de una cruz que las miraba desde la pared de la pizarra.

Pero ese día, la tristeza era más dura con ella, porque su abuela había enfermado. Su madre la esperaba en casa para llevarla al que tendría que haber sido su hogar desde hacía mucho tiempo. Cuando sus padres abandonaron el barrio, ella se quedó con su abuela. De mayor se daría cuenta que eso fue un error, pero el día en que sus padres le dijeron que se cambiaban de domicilio, ella lloró y pidió quedarse. Ahora, a raíz de la enfermedad de su abuela, sin ser consciente de que no estaba enferma si no que se estaba muriendo, llegaba a casa desolada porque estaba a punto de entrar en otro horrible claustro: la casa de sus padres. Pero como otras veces había ocurrido, sentía dentro de sí la esperanza de que cuando su abuela regresara del hospital, ella volvería a la dulce protección de su falda.

Por aquél entonces, ese barrio era como un pueblo, todo el mundo se conocía. Vivían allí la mayoría de las niñas de su colegio con sus familias. Abuelos, que de jóvenes compraron esos pisos por cuatro duros, como su abuela. Acababan de construirlos y alrededor toooodo eran campos. En las tardes en que su madre iba a visitarlas, la melancolía hacía presencia en la casa cuando su abuela rememoraba algo que sucedió en algún año pasado. Fuera cual fuere el relato, éste comenzaba así:

- Recuerdo que antes, tooooodo eran campos, alrededor de este barrio tooooodo eran campos, sólo había campos, ¿te acuerdas, Adela? No había asfalto, ni siquiera los pisos donde vive la Carmen estaban construidos aún…” – sus ojos color miel brillaban con la luz del atardecer que entraba por las ventanas.

Adoraba esas tardes porque su abuela y su madre estaban juntas y aunque el recuerdo de la guerra, la posguerra y el hambre que llegaron a pasar era doloroso, veía en ellas una unión, madre e hija, algo que ella no tenía. Embobada las miraba sin entender muy bien algún que otro trozo de la historia, pero daba igual, recogía ese momento entre sus sensaciones para revivirlo luego, por la noche, en la soledad de su habitación añorando, sin saberlo, a su madre.

No había grandes supermercados en el barrio, y los adolescentes no delinquían, hacían travesuras. En su madurez, recordaría esos años entrañables con amorosa melancolía, mirando a través de las ventanas, como lo hacía su abuela todas las tardes. En su calle, que cruzaba por entero el barrio, la calle Cadí, los comercios se sucedían de portería en portería. Algunos no tenían ni nombre. Una carnicería, una mercería, tres bares, una granja, una bodega, un quiosco, una pollería, una tienda de golosinas, una tienda de ropa deportiva, una zapatería, una papelería... Allí, cuando alguien iba a comprar carne, iba a la Manoli; cuando compraba huevos o pollos, iba a la Celeste; las frutas y verduras, a la Mari. No faltaba de nada. Todo estaba recogido en esa calle y en la paralela a ésta, la calle Trabau.

Tenía una amiga, la hija de los dueños del bar que había justo enfrente de su casa. La niña se llamaba Sara y acostumbraba vociferar desde la calle a su ventana del cuarto piso del edificio:

- ¡¡EEEEEEEEVAAAAAAAAAAA!! – se le oía a cincuenta quilómetros a la redonda.

Eva, alborotada por la emoción de que su única amiga reclamaba su asistencia salía a la ventana.

- ¿¿QUÉÉÉÉÉ??
- ¿¿BAAAJAAAAS?? – le preguntaba.

Eva, nerviosa y entusiasmada, pedía permiso a su abuela y ella accedía, no sin antes advertirle de que acababa de comer, que no saltara y corriera mucho porque le podía doler la barriga y que no cruzara la calle sin mirar primero a ambos lados. Para cuando terminaba la frase, Eva ya bajaba a zancadas los escalones de dos en dos.

A eso de las seis de la tarde, la quietud del barrio se perturbaba por los gritos de su abuela:

- ¡¡EEEEEEEVAAAAAAA!! ¡¡A CENAAAAAAAAR!!

Sara atolondraba a Eva, hacía con ella lo que quería, tal vez inconscientemente, y Eva se dejaba no sin sentirse un poco utilizada. Después de todo era su amiga, su única amiga.

Aquella tarde de lunes, el bar de los padres de Sara permanecía cerrado por descanso del personal. Distraídamente saltaba por las nuevas baldosas que solaban la calle, pisando solamente en aquellas que tenían dibujo y procurando no salirse de sus límites. Siempre lo hacía, siempre procuraba no pisar ningún límite, ninguna raya y lo hacía como si de ello le dependiera la vida. Y mientras, observaba el destartalado verde afónico de las farolas, la suciedad del suelo con sus hormigas, los árboles tiernos y jóvenes pensaba que echaría de menos todo, la familiaridad de sus vecinos, de los vendedores y de las baldosas de su escalera con sus infranqueables límites, respirar el aroma fresco de la mañana, incluso la modorra de la tarde y el silencio tranquilo de la noche. Y, ¿cómo no?, a la vieja vecina de enfrente que le deseaba todas las mañanas un buenos días con una ademán.

Once años tenía y ya se sentía desamparada de algo que no sabía lo que era. Al llegar al portal, llamó al timbre y su madre le abrió. En otras tardes, subía también a zancadas los escalones de dos en dos soportando sin problemas el peso de los libros en su mochila. Pero esa tarde quería demorar el oleaje vertiginoso que la llevaría lejos de todo. Su madre la esperaba arriba con su maleta hecha. Al llegar, sorprendentemente estaban allí su padre, sus hermanas y alguien más que no atinaba a reconocer quién era. Su entrada en el comedor provocó un silencio sepulcral y miradas tristes que la pusieron nerviosa. Su madre mira a Merche, la hermana de Eva, doce años mayor que ella, ésta hace un gesto de fastidio y dolor. Eva se despojó de la mochila dejándola resbalar por sus brazos, pero una vez en el suelo, seguía sintiendo su peso. “¿Qué es lo que pasa que no me gusta nada?”, pensó.

Merche se levanta de la silla y se dirige a Eva. Ya junto a ella, la abraza, aplasta con una mano la cabeza de Eva en su vientre y entonces nota las sacudidas de sus sollozos. De pronto comprende lo que es la muerte.

Cierra los ojos y llora, como aquella vez que se cayó de la bicicleta y se partió el labio al darse contra el árbol. Llora, pero no lo entiende, nunca había llorado sin sentir dolor en su cuerpo o sin tener un enfado antes. Es todo muy extraño. Llora porque sabe que no volverá a ver a su abuela más, y lo sorprendente es que aún sin saber qué es la muerte, sin que nadie le haya explicado jamás qué significa, su conocimiento hace entrada a ráfagas a cada lágrima. Nota como el dolor de la pérdida cala en sus huesos, siente el cansancio del nunca más.

Con la oreja pegada al vientre de su hermana, oye rugir sus tripas y para de llorar… recuerda las de su abuela, una tarde que, en un afectuoso abrazo, pegando la oreja a su vientre las oyó por primera vez.

uRaNiA

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JUEVES SANTO

La voz del niño se dejó oír fuerte y clara a través del sembrado que el hombre limpiaba con la mano desnuda.
-Papá, se acabó la panela para la limonada. Voy por una y ya vuelvo.
El hombre no contestó y el niño no esperó ninguna respuesta. Se escabulló entre las sombras del interior de la casa para salir corriendo por la puerta del frente. Tendría que correr para poder volver con el tiempo suficiente de preparar la limonada antes del regreso del grupo de hombres que todos los días pasaba por la casa y se detenía a descansar durante los escasos minutos que empleaban en beber uno o dos vasos del líquido amarillo. Los había observado con curiosidad algunas veces aunque su padre le había prohibido hacerlo. “No les hables - le había dicho – déjalos tomar el fresco pero no preguntes nada ni dejes que te vean”; él no se había atrevido a formular la pregunta que le rondaba los labios. Se limitaba a mantener las jarras llenas y vasos suficientes para todos.
Cuando regresó a la casa, el hombre se encontraba en la cocina exprimiendo los limones.
-¿Preparo una jarra o dos? – preguntó el niño.
-¿Qué día es hoy?
-Miércoles.
-Entonces una. Hoy no pasan todos.
Obediente el muchacho tomó una jarra y la lavó bien; ralló la panela con la punta del cuchillo, agregó agua y el limón que tenía listo el padre; revolvió con mucha atención la mezcla y por último la probó con la cuchara.
-Le falta dulce.
-Es mejor ácida. Vienen con mucha sed.
-Sí señor.
Tomó la hilera de vasos plásticos metidos los unos entre los otros, y la jarra llena de líquido. Caminó casi trescientos metros adentrándose en la propiedad hasta encontrar el pequeño parapeto de madera apoyado en el tronco de un viejo árbol que regalaba una amable sombra. Estaba poniendo todo sobre la enclenque mesita cuando una voz gangosa se le asomó por los bordes de las orejas.
-¿Dónde está su papá?
Giró sobre sus talones, sobresaltado, para encontrarse con el dueño de la voz.
-En la casa.
-Vaya y dígale que lo necesitamos.
Antes de empezar a correr alcanzó a ver que otros cinco hombres estaban sentados detrás del árbol y que habían puesto sus armas sobre las piernas. El que le había hablado empezó a servirse un vaso.
-Apúrele mijo que no tenemos todo el día.
El papá ya no estaba en la cocina y tardó algunos minutos en encontrarlo tratando de enderezar la guadua que sostenía la antena del televisor.
-Papá, los señores dice que lo necesitan; que vaya.
La turbación del hombre duró una milésima de segundo. Las manos se le quedaron suspendidas en el aire y miró al hijo para preguntar.
-¿Cuántos son?
-Seis.
-¿De cuáles son?
-¿Qué?
-¿De qué color están vestidos?
El muchacho lo pensó un instante.
-De verde.
El hombre suspiró; casi todos vestían de verde.
-Bueno. Ya bajo.
-De verde oscuro y con pintas – aclaró el muchacho.
El hombre se quitó el machete del cinto y empezó a caminar con paso rápido seguido de lejos por el muchacho que se retrasó lo suficiente para que el papá lo olvidara y no le impidiera acompañarlo.
Cuando llegaron al árbol, los hombres ya se habían puesto de pie y fumaban en silencio, esperando. La jarra estaba vacía. El que le había dado la orden al muchacho se adelantó un paso, colgándose el arma en el hombro.
-Buenas – dijo sin ofrecer la mano.
-Buenas – contestó el hombre deteniéndose unos pasos antes. Intentó reconocer a alguno de los hombres del grupo pero todos eran desconocidos.
-Gracias por el fresco.
-De nada.
Durante un corto silencio los dos hombres se miraron midiéndose.
-Sabe, amigo, nosotros sabemos que usted es un hombre trabajador y serio, por eso es que nos tomamos el trabajo de hablarle así, como amigos. Ya le habíamos dicho que tiene que decidir con quien está porque hace rato que tenía que tomar partido y sigue como antes colaborando con todos; como quien dice, con ninguno.
-La otra vez les dije que yo no ayudo a nadie – dijo el hombre con voz seca - se lo vuelvo a repetir. Lo único que hago es trabajar y criar a mis hijos.
-Sí, pero mantiene aquí las jarras llenas de limonada para el que quiera - insistió - eso es dar la bienvenida a todos, es una cortesía. Vea, amigo, evítese problemas. No se puede jugar en todos los equipos.
-Yo no quiero jugar con ninguno – dijo mirando al suelo.
-Pues – dijo el otro hombre acomodándose mejor el arma en el hombro y levantando las cejas con aire de preocupación – entonces no va a poder ganar. – Lo miró un segundo con renovada atención y luego le dijo, haciendo un movimiento de cabeza que señalaba al muchacho – Piénselo.
Dio media vuelta y empezó a caminar seguido por el resto del grupo.
El hombre esperó un poco y empezó a recoger los vasos que habían dejado por el suelo. Los metió todos dentro de la jarra y empezó a caminar hacia la casa.
-Para mañana hay que hacer dos jarras – le dijo al muchacho – los jueves pasan todos.
El joven no le contestó porque lo turbó encontrar en la voz del padre el tono férreo y rotundo que usaba cuando tomaba una decisión que no admitía réplica. Una voz sin grietas ni cicatrices; lisa y pulida como las hojas brillantes de los machetes nuevos. La misma que usó para negarse a irse del pueblo cuando, dos años atrás, asesinaron a su esposa por venderles tintos y gaseosas a todos los que quisieron comprarle, sin distinguir en qué equipo jugaban.
-No me voy – había dicho entonces el hombre a todos los amigos y familiares – aquí voy a criar a mis hijos; aquí me criaron y aquí hice mi familia. Algún día tiene que acabar esta locura.
-Pero antes de que termine van a matarlo.
-Entonces me entierran aquí y así, igual, no me voy.
Y no se había ido. Aunque un poco más silencioso que de costumbre continuaba empeñado en llevar la vida de siempre como si con eso ganara su propia guerra. Fue entonces cuando empezó a dejar las jarras de limonada en una esquina de su propiedad donde el límite era una pequeña quebrada por la que siempre pasaban alternadamente los equipos del juego. Al principio nadie bebía, así que el hombre hizo un pequeño cartel donde escribió “gratis” y lo clavó al tronco del árbol, justo encima de la jarra. Desde entonces todos hacían una parada bajo el árbol y bebían, y charlaban, y descansaban satisfechos. El niño recordaba claramente que la primera vez que cada grupo, a su turno, había bebido, el padre se había permitido reír casi con tristeza, casi con dolor “ ya hay algo en lo que están de acuerdo: les gusta la limonada” había dicho y el niño, aprovechando la oportunidad que le daba la inusual sonrisa, se atrevió a preguntar “ ¿ y por qué pelean, papá” el padre lo miró un momento antes de responderle en medio de un suspiro, “Ya nadie sabe, mijo. A veces parece que es porque a todos les gusta vestirse de verde”.

El jueves, el pueblo amaneció cubierto por jirones de una niebla lechosa que parecía rasgada por dedos angustiados y que se empeñaba en ocultar el sol pálido y tímido que apenas se insinuaba detrás de la montaña. El muchacho abrió los ojos, sobresaltado, sintiendo en la boca del estómago que se le había hecho tarde así que pasó por alto el baño del día y se vistió apresurado, preguntándose porqué su papá no lo habría llamado para el ordeño. Salió al corredor todavía abrochándose el pantalón y con la camisa en la mano cuando escuchó que desde la cocina varias voces susurradas se alternaban para hablar. Parecían enfáticas pero no molestas, apresuradas, casi entusiasmadas como queriendo convencer. De pronto la voz de su padre se levantó sobre las otras haciéndolas callar.
-Ustedes no me necesitan y lo saben bien. Conocen mejor que yo estos caminos y saben dónde encontrar a los que están buscando. Lo que quieren es tener a quien echarle la culpa si algo les sale mal.
Un pesado silencio se dejó caer en medio de la mesa durante algunos segundos antes de que otra voz, esta vez enérgica, se dejara oír.
-Acuérdese que le mataron a su mujer. Sea hombre y cóbreles lo que le quitaron, o es que le puede más el miedo que la rabia...
-Hombre soy desde hace rato y mis hijos me necesitan vivo. Conmigo no cuenten.
El niño se recostó contra la pared presintiendo que aquello era grave. No podía verlo con claridad pero sobre él se cernía la certeza del peligro como una sutil atarraya.
-¡Vámonos! – dijo una voz que se esforzaba en sonar hiriente y serena – después preguntan por qué les pasa lo que les pasa. ¡Pues por huevones!
Rápidamente los pasos salieron de la cocina atravesando el cuarto de las herramientas y dejando en el aire un tibio olor a muerte que se metió por todos los poros del muchacho, le despertó en el corazón el recuerdo súbito de un pequeño ataúd en el centro del patio y un sentimiento ciclónico de desamparo que no supo equiparar con la angustia. Empezaban a rodar, por fin, las lágrimas guardadas desde hacía dos años cuando sintió en el hombro la mano portentosa del padre.
-¿Ya ordeñó?
-No señor. Me quedé dormido – dijo mientras le daba la espalda con el pretexto de ponerse la camisa – ya voy.
-No. Prepare el desayuno y levante a sus hermanos. No lleguen tarde a la escuela.
El muchacho no contestó pero se agachó un poco para entrar a la cocina; el padre continuaba en el quicio de la puerta sopesando una duda y mirando con atención a su hijo pero no hizo la pregunta; recogió en cambio, la soga y el balde para ir a ordeñar y pensar un poco.

Generalmente pasaba un buen rato en la escuela. Era el recreo de la vida real; cinco horas para jugar a que sólo era uno más, sin muertos aplazados en el llanto ni niños qué vestir en las mañanas; sin el silencioso respeto hacia su padre quien nunca decía una sola palabra de más, y que en los últimos días le estaba pesando en los hombros como un bulto de piedras. Era bueno jugar a leer y a sumar, a reconocer en los mapas la pequeña quebrada que humedecía el patio de su casa y no tener que compararla con la misma en la que su mamá le enseñó a sacar de debajo de las piedras unos pescaditos oscuros, con labios de negro, que limpiaban la lama verdosa de cualquier superficie en el fondo del agua. “Son cuchas – le había dicho su mamá mientras despegaba el animalito de una piedra alargada y lisa – un poquito de caldo de esto y se resucitan los muertos”; ahora el muchacho sabía lo que era una absurda exageración.
De vuelta a la casa seguido de cerca por sus hermanos, vio que su padre salía de la droguería con un pequeño envoltorio debajo del brazo, y que cruzaba la calle con pasos firmes. Dos hombres de poncho se le acercaron y se plantaron frente a él con determinación. Le hablaban desde muy cerca. El muchacho mandó a los niños para la casa y se fue acercando a los hombres cuidando de caminar siempre hacia la espalda de su papá para evitar que lo viera. Sin embargo sólo alcanzó a escuchar la última frase de uno de los extraños, dicha con la misma dureza que había percibido en las conversaciones del día anterior.
-Piénselo, hermano. No se vaya a ganar un problema bien pendejo por ser tan terco – les dieron la espalda y se alejaron muy despacio.
El hombre miró a su hijo sin sorpresa y empezaron a caminar juntos sin decir nada.
En la tarde, el padre ayudó a preparar la limonada y mandó al muchacho a llevar las jarras.
-Después de que todos tomen y se vayan, avíseme porque hay otro trabajo qué hacer.
De vuelta a la casa, el muchacho encontró al hombre con una pica y una pala. Apenas tuvo tiempo de dejar las jarras en la cocina para volver a la quebrada acompañado de su padre quien se detuvo cincuenta metros antes de llegar al árbol y miró detenidamente el paisaje como si no lo reconociera. Luego siguió caminando hacia la derecha por varios metros más donde su esposa había sembrado un alegre jardín con matas de flores y que descendía en una suave hondonada hasta tocar la quebrada en una pequeña curva. En dos años se había llenado de tanta maleza que algunos tallos agrestes superaban en mucho la altura del muchacho.
El hombre se internó en el enredo de hojas y el hijo le siguió con el corazón oprimido por la vaga percepción de la nostalgia de su padre. Éste se detuvo al fin, esperó un momento como si no se decidiera a violar un espacio sagrado; se persignó rápidamente y clavó con fuerza la pica en la tierra.
-Vaya sacándola y amontónela en medio de las matas donde no se vea mucho.
Trabajaron hasta muy entrada la tarde y cuando se fueron a preparar algo de comer, el centro del jardín lucía una profunda herida.
Para el siguiente lunes, luego de cuatro días de esfuerzo similar, la herida había crecido hasta convertirse en un gran agujero. El muchacho, que no se había animado a preguntar, imaginó que era un pozo para sembrar pescado y se preguntó si las cuchas también podrían cultivarse.
Al regreso de la escuela, el martes, encontró a su padre en el cuarto de las herramientas afilando de nuevo la pala y la pica.
-¿Hoy también vamos a cavar? – le preguntó todavía con los libros en la mano.
-No, y desde hoy yo preparo la limonada. No lo quiero ver cerca de la quebrada en las tardes, ni hablando con ninguno.
El hombre se levantó del piso y se le acercó mientras se secaba el sudor con una bayetilla; le puso la mano en la cabeza y lo despeinó un poco; puso su cara a la altura de la de su hijo y lo miró con una fijeza que hizo temblar al muchacho.
-Nada es para siempre, mijo; todo se acaba algún día.
El miércoles por la noche todavía estaba pensando en esa mirada acerada que nunca antes había visto en su padre, y que lo tenía intranquilo. Había obedecido su orden así que se limitó a verlo preparar las jarras, ir hasta la quebrada y regresar con ellas vacías; había aprendido a no preguntar nada pero se sentía cada vez más solo en ese desierto sin respuestas en el que no quedaba más que esperar. Le dolía de forma imprecisa esa tristeza aguda en la mirada de su padre y las materas sin flores del patio; los dobladillos medio descosidos de las faldas de su hermana, la cocina silenciosa cuando llegaba de la escuela y la idea oscura de que la vida se había convertido en este transcurrir de días pegajosos y que ya no sería nunca la de antes.
Amaneció un jueves caluroso y radiante y el muchacho supo que su padre no había dormido bien porque lo encontró completamente vestido, con el desayuno listo y la cocina limpia. Los recibió en la pequeña mesita con los platos servidos y hasta alzó en las rodillas a la más pequeña para ayudarle a tomar el chocolate caliente. Comió con ellos y quiso acompañarlos hasta la escuela. Los niños caminaron más animados tomando de la mano al padre y el muchacho se rezagó un poco hasta que el sonido de su nombre lo hizo reaccionar. Azarado por no saber qué decir, iba a entrar al patio de la escuela cuando su padre volvió a llamarlo.
-Mijo, usted ha sido un buen muchacho. Me da gusto ver cómo me ayuda, cómo cuida a sus hermanos. No se le olvide que yo los quiero mucho... lo mismo que a su mamá.
La pasó la mano por la cabeza y dio la vuelta para desandar el camino a la casa sin notar que su hijo tuvo que correr a esconderse donde pudo para llorar sin testigos la bendición de saber, de estar seguro, de entender, de escuchar con las orejas limpias, que su padre lo quería.
Cuando volvió a la casa y sus hermanos ya habían terminado de almorzar, empezó a ver que su padre se afanaba con la limonada. Iba y venía más veces de las necesarias; se concentraba en endulzarla más que siempre; entraba y salía con las jarras como si quisiera quitarle la sed al pueblo entero.
Cuando quiso ayudarle, el hombre lo retiró con brusquedad.
-Ya le dije que yo preparo esta vaina. Mande a los niños a jugar y arregle la cocina. Después se me sientan a hacer tareas.
Sobrecogido por algo que no entendía, el muchacho obedeció al papá sin perderlo de vista. Contabilizó sus ires y venires y no le quedó duda de que algo muy extraño estaba pasando, sobretodo cuando cada vez lo veía venir más sudoroso, más agitado y sucio que de costumbre.
Anochecía ya cuando el muchacho levantó la cabeza para escuchar con atención las pisadas que todavía no venían por el camino y que se retrasaban mucho más que siempre. Pensó en darle tiempo hasta que fuera noche cerrada, así que se levantó a prender la luz para poder ver mejor el cuaderno y fue entonces, cuando una bolsa vacía echada al descuido en la basura le reveló, de pronto, lo que había ocurrido durante toda la tarde a orillas de la quebrada de su casa.
Corrió cuanto pudo para llegar a tiempo, para seguir ayudándolo como le había dicho en la mañana; para poder decir luego que lo habían hecho juntos. Corrió más que siempre y acortó camino por el sembrado porque sabía que no era necesario llegar hasta el árbol donde se ponía la limonada. Entendió que no iban a sembrar pescado en el gran agujero que habían abierto los dos.
Cuando llegó, su padre estaba terminando de pisar la tierra, emparejándola y apretándola para que se cerrara bien sobre sí misma sin dejar rastro. Se miraron a los ojos sólo para sellar un nuevo pacto.
-¿Ya los enterró a todos? – preguntó el muchacho sin asomo de miedo.
La voz del padre tampoco tembló.
-Sí, mijo. A todos.
Gastaron un momento más en borrar el surco que habían dejado en la tierra los pesados cuerpos al ser arrastrados hasta la fosa, y sembraron en ella algunas de las raíces desordenadas del antiguo jardín de su madre.
Recogieron por último las jarras y los vasos con los restos del líquido envenenado que cada equipo del juego, a su turno, había desocupado con avidez.
Varios años después, los jardines frescos y fragantes que se mecían a la orilla de la quebrada y que guardaban un colorido silencio acerca de dónde se apoyaban sus raíces, fueron los más bonitos del pueblo.

Rospi

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