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Pablo... Casi çFinal.


By fredegar - Posted on 18 March 2008

En la oscuridad más profunda de ese año 62, en lo más recóndito del palacio de los Césares, se oyó el sonido de un arpa.
Nada más un pulso, una leve sinfonía, que revelaba de una manera hermosa y terriblemente oscura el indecible dolor y el tormento de la perturbada mente que tocaba el instrumento, era más que el sonido de un arpa.
Era un grito, un grito de furia, de dolor y de odio, todas estas emociones, mezclandose al unísono en la melodía.
Más, por extraño que fuera el hecho de que de un instrumento tan puro y bello como el arpa salieran sonidos tenebrosos, no se debía al instrumento en sí.
Se debía al hecho de que a través de esos sonidos, el joven estaba dejando salir de su negra alma todo cuanto podía transmitir.
Hacía poco más de una hora que era media noche.
En la oscuridad poderosa de la habitación, Lucio concebía pensamientos llenos de remordimiento.
Hacía ya cuatro años que lo había hecho.
De su mente, él mismo estaba convencido, no podría salir nunca algun pensamiento con el más leve indicio de amor, y sin embargo, lo que había hecho, la sangre que había manchado sus manos era tan espesa, atormentadora y ardiente, que sentía que no le sería posible nunca limpiarse.
En la oscuridad de su alma y de la habitación se levantó un grito horrible, profundo y doloroso.
''¡MADRE!¡MADRE!¡MADRE!!!''
Entonces, el viento le devolvió el grito, en una voz femenina y espectral: ''Madre... ¿Madre?...¿Cual Madre?''
''No hay duda-pensó Lucio-Es Agripina, es mi Agripina, que me sigue odiando aun desde más allá de la tumba, y yo la sigo odiando, y amando, ¡Maldito sea su nombre y maldito el día en que nació ella y de ella nací yo!''.
La figura siniestra del joven emperador quedó inmóvil en la oscuridad de la habitación, y hasta que llegó el día, permaneció así.
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Y sus pies, fatigados, pero valientes, se dirigían al tribunal.
Su rostro, surcado de arrugas, dejaba ver la sabiduría y la luz de la bondad que se desprende del alma humana a través del tiempo.
Frente a este hombre yacía otro hombre, barrigón, de voz grave y alma buena.
Porcio Festo era el procurador romano de Galilea desde hacía dos años, había sucedido a Felix, que había muerto, y había protegido al hombre encadenado desde aquel lejano día en que lo había conocido.
El acusado fue llevado a una gran sala, un joven estaba acostado en un sillón, lleno de lujos, el joven no pasaba de treinta años, su rostro era muy diferente al de Herodes Agripa I, su padre.
-¿Quien es este pobre hombre?- preguntó Herodes Agripa II.
- Su nombre es Saulo Pablo, majestad- dijo Festo- es acusado, según sus Leyes de blasfemia, y según las nuestras, de sedición.
- ¿Eres de los que llaman ''cristianos''?- Preguntó Herodes.
- Lo soy, majestad- Respondió Pablo.

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