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Otra con el amor, pero más breve, no se preocupen.


By van gogh - Posted on 28 September 2007

Hola, este es un cuentito para niños que hice hace algún tiempo, espero que les guste, me inspiré para escribirlo en cierto dibujito que vi en internet y que se trataba de... bueno, mejor lean el cuento, cuando lo hagan sabrán en que me basé... gracias

Este otoño

Los largos rizos del vientecillo huérfano resbalaban sin cesar por entre las tumbas y los árboles del viejo cementerio azul. Y en ese ir y venir acompañaban la soledad de Junio, un niño muerto que permanecía sentado junto a la cruz de su tumba, cabizbajo y pálido. Había fallecido hacia ya tanto tiempo que su cuerpo estaba casi en ruinas, descolorido raquítico, débil. Y ya los ojos del pequeño habían huido de su rostro y donde antes, aunque desprovisto de latir, dormía un corazón, ya solo había un gran y enorme hueco. Por eso estaba triste Junio, porque estaba ciego y con el pecho vacío.

Y el viento trataba inútilmente de consolarlo acariciando la inmovilidad de su cuerpo inerte… sin embargo, nada lograba animar a Junio…

Pero una tarde, traída por los soplos de ese mismo vientecillo, llegó Abril, otra niña muerta, danzando y cantando graciosamente. Esta pequeña, a diferencia de Junio, estaba casi fresca y, aunque pálida, poseía aún el brillo del cabello, el rubor de sus mejillas y los colores en sus faldas; y tenía los ojos y el corazón intactos. Llegó hasta donde estaba Junio y comenzó a danzar a su alrededor, sin notar su presencia. Pero en el momento en que lo vio se llevó un gran susto y estuvo a punto de huir, sin embargo no lo hizo. Cautelosamente se acercó y observo durante largo rato al chico. Junio no se había inmutado cuando ella llegó, danzando y cantando, y tampoco parecía que fuera a reaccionar ahora. Seguía sentado como un muñeco de trapo abandonado, gacha la cabeza, vacíos los cuencos de los ojos, vacío el corazón. Abril se percató de esto y lo compadeció. Le regaló una sonrisa y empezó a bailar para él, pero Junio no podía verla y no cambió en lo más mínimo la triste expresión de su rostro. Abril entonces, acongojada, pero sin dejar de sonreír, se acercó y le tomó de las manos, acariciándoselas y besándoselas. Pero Junio seguía tieso. Entonces se le ocurrió algo a Abril. Suavemente extrajo los ojos de su rostro y con la mayor dulzura se los puso a Junio. Y luego hizo lo mismo con su corazón, se lo dio a él.

En ese momento, el semblante de Junio cambió, levantó el rostro lentamente, miró con timidez a su alrededor y se quedó maravillado ante el tremendo amor que emanaba del corazón que Abril le había prestado. Tenía ojos para ver, tenía el hueco del pecho lleno de un corazón bueno; Junio empezó a saltar feliz. Correteando por aquí y por allí, mientras Abril, inmóvil, sonreía escuchando la alegría de su amigo. Junio estaba tan emocionado que la abrazó y quiso bailar con ella, pero pronto comprendió que Abril no podría pues era ella quien le había donado los ojos y el corazón, así que, confundido, la tomó de la mano y guiándola con cuidado empezó a andar con ella.

Sin embargo, pronto se aburrió de su compañía, pues tenía que cuidarla y atenderla demasiado. Estaba cansado de que ella dependiera tanto de él. Junio quería ser libre para ir por donde se le viniese en gana y con una ciega al lado, obviamente, no podía. Así que una cruel noche de luna llena, la dejó.

A la mañana siguiente, al despertar, Abril no lo sintió junto a ella y, entendiendo lo que había pasado, empezó a llorar. Arrastrándose por el suelo y tropezándose con las tumbas, lo buscaba desconsoladamente, pero nunca pudo encontrarlo, se resignó a quedarse sola, triste y cabizbaja, sentada precisamente junto a la misma cruz donde había conocido al ingrato por el que hizo tanto.

Junio, mientras tanto, andaba contento por entre otras tumbas, aunque molesto y fastidiado por la insistencia con que los rizos del viento se le enredaban obligándolo a volver adonde Abril. Pero él los apartaba a manotazos y se alejaba más y más con el fin de olvidar los remordimientos que lo perseguían; su libertad era lo más preciado para él. Hasta que en una de sus andanzas conoció a Setiembre, una bellísima aunque malvada niña muerta, cuyos ojos rojos, cuya mirada cruel, cuyos vestidos lujosos, reflejaban lo caprichoso de su corazón. Junio se enamoró de ella y se convirtió en su perrito faldero. La seguía a todas partes y cumplía sus deseos, aunque ella solo le correspondiera con desprecios y humillaciones. Setiembre tenía otros muchos pretendientes, pero Junio era al que más dominaba y talvez por eso le permitía que siguiera a su lado. Hasta que un día, en la fecha de su cumpleaños (o debería llamarlo “aniversario”), Setiembre ofreció una gran fiesta y todos sus amigos asistieron llevándole miles de regalos, de los más finos, bonitos y costosos. Pero Junio no tenía nada y como la quería y quería ir a su fiesta para verla, pero no podía llegar sin un valioso regalo, empezó a pensar y pensar caminando en círculos de un lado a otro. Y entonces, se le vino una terrible idea a la mente: le daría a Setiembre como regalo lo más valioso que tenía, su corazón (o mejor dicho, el corazón de Abril, pero él a estas alturas ya ni lo recordaba). Extrajo entonces de su pecho el lindo corazón que brillaba como un zafiro por el amor que emanaba y se lo llevó corriendo a Setiembre. Cuando llegó, humildemente se lo ofreció ante la mirada de burla de todos los invitados. Y entonces, Septiembre, avergonzada y furiosa, empujó con el pié a Junio, lanzándole insultos y mirándolo con odio.

El corazón cayó de las manos de Junio cuando él se precipitó al suelo, y se rompió. Y en ese momento, a cientos de tumbas de distancia, Abril, que seguía sentada junto a la cruz, se sobresaltó y su expresión se tornó más triste y su rostro, que había sido dulce y rosado, se volvió seco y gris. Ella se agachó más y sus cabellos cayeron sobre su rostro.

Setiembre ordenó que sacaran a Junio de la fiesta, y lo sacaron. Pero el esperó afuera hasta el anochecer a que terminara la celebración y cuando todos se hubieron ido, él se acercó a la desdeñosa Setiembre, que permanecía junto a sus pretendientes, y le mostró su corazón roto. Ella se rió de él y se fue.

Junio entonces comprendió y no insistió más. Empezó a caminar llorando, agotado y tropezando ante las rayas del viento que lo empujaban furiosamente, y con los pedazos del corazón en sus manos.

Algún tiempo después, llegó hasta donde seguía esperándolo Abril. La encontró fría, yerta, horrible. Y entonces su amargura le hizo postrarse ante ella. Arrodillado, le acarició las manos y se las besó, pero ella estaba muy triste como para darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Y no reaccionó. Junio entonces hizo lo que debió haber hecho hace mucho. Le devolvió sus ojos a Abril. Los puso despacito en el rostro de su amiga. Ella reaccionó y aunque aún cabizbaja y polvorienta, pareció sonreír de alegría al ver de nuevo. Y fue entonces cuando vio a Junio: él estaba frente a ella y le mostraba, avergonzado, los pedazos de su corazón, no había sabido cuidarlo, ¡lo sentía tanto, Abril! ¡Necesitaba su perdón!… Pero Abril no lo perdonó, no dijo nada. Al ver lo que había hecho con su corazón, rompió a llorar y huyó desesperada de aquel lugar y Junio se quedó peor que al comienzo. Sentado al lado de la cruz, ciego, con un corazón roto y odiándose a sí mismo.

Y continuó allí por mucho tiempo, con los pedazos del corazón entre sus manos. Y ya se había amistado con el vientecillo a través de largas tardes de lamento. Pero una extraña tarde, al parecer el viento se volvió a enfadar con él, pues lo golpeó con inusitada fuerza y lanzó los pedazos del corazón al suelo. Junio empezó a llorar, buscando a tientas por el suelo, desesperado. ¿Ahora cómo haría para encontrar los pedazos, sin ojos y sin ayuda? Aquellos pedazos eran las únicas cosas que Junio valoraba en el mundo, si los perdía nada valdría la pena de ahora en adelante. Junio estaba arrastrándose, sin esperanzas ya, cuando un par de manos suaves cogieron las suyas y lo devolvieron con cuidado a su asiento. Junio dio las gracias y le rogó a quien allí estaba que le ayudara a encontrar los trozos de su corazón. Sin embargo, nadie le contestó. Él, desalentado, rompió a llorar desesperadamente, creyendo ya todo perdido, creyendo que nunca habría consuelo. Se tapaba la cara y gemía sin cesar. Pero lo que no sabía era que no le habían contestado porque aquella que se encontraba allí estaba ocupada haciendo algo más importante. Era Abril, había vuelto, y sin decir nada había recogido todos los pedazos y había empezado a juntarlos, curándolos dulce y afanosamente uno a uno, para reparar el corazón de Junio, mientras él, más allá, seguía llorando. Cuando terminó su labor, sonrió satisfecha y fue hacia él con el corazón entre sus manos. Sin hablar, lo besó en la frente y le puso el corazón curado en el hueco que Junio tenía en el pecho. “Yo estaré siempre aquí – le dijo muy bajito – para curarte el corazón”. Junio agachó la cabeza, sintiendo la magia de un corazón que a pesar de la muerte latía con mucha fuerza dentro de él, y se cubrió la cara con las manos. “No merezco – dijo – no merezco este corazón”. “Es tuyo – le contesto ella – yo te lo regalé. Ven conmigo”.

Él obedeció, se abrazó a Abril y, despacio, se dejó conducir hacia algún lugar que no conocía. Ella lo envolvió con sus brazos y dejó que él recostara su cabeza sobre su hombro. Así, se alejaron. Y el viento rizado que iba y venía continuó su discurrir eterno por estos sitios, llevando y trayendo hojitas secas, que eran echadas y barridas una y otra vez sobre las lapidas grises, frías, de las tumbas.

FIN

...y seguir escribiendo...y seguir escribiendo...

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