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No es eso, no es eso


By atticus2 - Posted on 23 September 2007

Tras la muerte en extraas circunstancias del Conde de Saunier tom posesin del ttulo y del patrimonio que ste conllevaba su hijo Jean Pierre, un joven ablico e indolente, ms preocupado por fiestas y saraos o por la ltima moda que llegaba de Paris que por las responsabilidades que entraaban los asuntos de un gran condado como el que acababa de recibir en herencia.

Arrastrado por su carcter, el nuevo Conde fue poco a poco delegando sus funciones entre los numerosos secretarios, edecanes y dems ayudantes de que dispona su hacienda y al cabo de unos aos apenas si se limitaba a firmar algn que otro documento que le ponan por delante o a regaar al servicio por no haber colocado correctamente la vajilla sobre la mesa. De ms saba que se aprovechaban de la situacin y que alguno de sus colaboradores comenzaba a atesorar una pequea fortuna a su costa, pero Jean Pierre consideraba que le compensaban estas pequeas mermas en su inmenso patrimonio a cambio de desentenderse de todo lo que significase trabajo y obligaciones.

Casi nunca vea a su madre, una vieja dama de naturaleza enfermiza que pasaba la mayor parte del ao en la residencia que posean en el campo y que, cuando estaba en casa, languideca todo el tiempo en la cama, rodeada de ayas y asistentas, quejndose mucho de da y llorando con melancola por las noches.

El joven Jean Pierre, por su parte, visitaba a menudo los barrios bajos y las casas de mala nota de su ciudad, donde se encontraba a gusto entre delincuentes y prostitutas, quienes le haban convertido casi en un hroe, pues derrochaba con liberalidad su fortuna invitando sin lmite a unos y a otras. All conoci a Evangeline, una ramera de rasgos agitanados y curvas rotundas de la que se encaprich perdidamente y a la que llevaba continuamente a casa, para asombro de sus asistentes y escndalo de la servidumbre.

Cierta calurosa maana en la que ambos se hallaban todava en la cama a pesar de estar ms que avanzado el da, llam a la puerta de la alcoba Grard, uno de los sirvientes en quien depositaba ms confianza, aunque de sobra conoca su evidente falta de honradez. Jean Pierre, demasiado adormilado para vestirse, le hizo pasar y no prest atencin al rostro inusualmente serio que el visitante portaba.

-Lamento la interrupcin, seor su voz sonaba afectada, con falsa pleitesa-, pero nos llegan noticias alarmantes de Pars. La revuelta que se tema ha estallado y estn pasando a cuchillo a numerosos nobles de la capital.

Jean Pierre observaba las voluptuosas caderas de Evangeline que se adivinaban bajo las sbanas de seda y record con agrado cunto placer le haban proporcionado aquella noche.

-Algunos hablan incluso prosigui Grard- de que los rebeldes han tomado la Bastilla y que han asesinado al gobernador.

El joven Conde acariciaba por encima de las sbanas el cuerpo desnudo de Evangeline, advirtiendo una incipiente ereccin que le anunciaba un comienzo de jornada prometedor en cuanto despidiese a aquel agorero.

-Tambin lamento comunicarle, seor Conde, que hemos tenido noticia de que su ta, la Baronesa de Prigueux, ha sido cobardemente pasada por la guillotina.

-Y bien contest aburrido Jean Pierre- tendremos que ir al entierro? Tengo ropa adecuada para la ocasin?

-Temo que esa ser la menor de sus preocupaciones, seor. La revuelta se extiende por todas las ciudades y pronto llegarn hasta aqu.

-Pero qu ests diciendo, insensato! estall el Conde despertando a Evangeline- Qu habremos de temer de un hatajo de palurdos con palos y azadones? Acaso crees que esto durar ms de dos o tres das? Retrate, me has importunado! y se volvi hacia su siempre sonriente y complaciente compaera.
* * * * *
De nada sirvieron splicas ni ruegos. De nada sirvi que intercedieran por l algunos de sus antiguos compaeros de francachelas, que haban dejado de ser maleantes y vagabundos para convertirse ahora en Comisarios del Pueblo. La sentencia ya haba sido dictada. Evangeline lo visit una vez en la prisin pero no volvi nunca ms, quizs por temor, quizs porque ya haba encontrado un nuevo protector. El joven Jean Pierre se consuma de miedo y desesperanza en una sucia celda aguardando el da de su ejecucin, apiado junto a otros nobles que intentaban mantener cierta dignidad, a sabiendas de que era lo nico que les quedaba. Se consideraba injustamente acusado y condenado, pues jams haba intervenido en asuntos de poltica, siempre se mostr generoso con los que le pedan caridad y, por lo poco que pudo descifrar en la farsa de juicio a que fue sometido, estaba convencido de que l no tena culpa alguna en la crisis que asediaba a los campesinos, ni comprenda por qu haba ahora que subvertir el orden establecido y trastocar el sistema de clases o de las instituciones que tan bien haban funcionado durante aos y aos. En la Francia que l conoca cada uno ocupaba el lugar que Dios le haba asignado, sin confusiones ni desordenes, sin equivocaciones ni malentendidos. Cada cual en su sitio.

Algunas noches, sus carceleros, borrachos, distraan la guardia sacando de las celdas a los prisioneros, los desnudaban y los llevaban hasta un patio en el que los hacan correr, saltar e incluso bailar para satisfacer sus ansias de burla y escarnio. Invariablemente aquellas madrugadas terminaban con palizas bestiales que descubran al amanecer un suelo salpicado de oscuras manchas de sangre. A Jean Pierre lo que ms le afliga era que, entre los ms agresivos y violentos, entre los que le golpeaban con ms saa, siempre destacaba por su crueldad su antiguo criado Grard.

La maana en que lo llevaron a la plaza pblica para su ejecucin mir con asco el tazn de leche que le ofrecieron como desayuno. No haba dormido en toda la noche y una molesta desazn en su estomago le haca vomitar un lquido espeso y blanquecino a cada momento. Al subirlo al carromato que haba de trasladarlo no pudo evitar defecarse y orinarse a la vista de todos, aumentando con ello las bromas y chanzas con las que era empujado y trasteado. El carro se complet con otros nobles estremecidos y comenz su recorrido macabro por las calles de la ciudad, entre insultos, pedradas y garrotazos provenientes de una muchedumbre desarrapada y maloliente. Algunos, rindose con las bocas abiertas y desdentadas, llevaban a sus nios en volandas para que pudieran contemplar sin dificultad el espectculo.

Al llegar al patbulo, Jean Pierre Calonne, Conde de Saunier, tuvo el privilegio de ser el primero en estrenar la guillotina de su ciudad.

http://atticus-descuentos.blogspot.com

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