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Munster
Munster.
-El reencuentro es un orbitar de astros en el universo eterno-
No recuerdo quien dijo esa frase, seguramente algún pensador de principios de era, cuando no se sabía nada de esto.
De nuevo el aviso. Retraso atender la señal, verificando lo de siempre, que tras la aguda nota se produce en el exterior una vaporización de color vino tinto.
Debo volver abajo. Odio esta maldita luz roja de aviso. Munster me llama.
De nuevo -ya van tres veces esta semana- debo recorrer el frío de los pasillos donde se quejan los conductos, obviar el vacío del puente de mando, abrir la escotilla de motores y bajar hasta lo más profundo de la estación. Paneles autónomos en su funcionamiento, tuberías eficaces en su labor, cableados bien peinados en sus bandejas, las mismas luces de emergencia de hace ya un año, la misma religa con vistas al abismo de la nave, los mismos generadores agotándose y al final la última escotilla, detrás Munster.
Se lo voy a presentar. Es un dispositivo de reducción que engulle todo sólido y fluido sea cual sea su composición, cuya misión es minimizar el residuo en el espacio. Con sus tres inmensos rodillos que superan cada uno los tres mil milímetros de diámetro y dotados de una altura de cinco mil, vestido por uñas de aleación metálica que a duras penas permite el paso de un pequeño limón entre ellas, se dedica a girar en direcciones opuestas sus filos sin pausa alguna, desgarrando las hileras pares, arrastrando de nuevo a las fauces las impares, avanzando en barrido todo el contenedor de su mismo ancho, de su misma altura, a no ser que yo autorice la detención del sistema. Por eso la llamada, por sospechar el sistema que destruye algo que no debiera. Extraño que no se detenga sin mí.
Munster es vital para la estación, permite mantener limpia esta ciudad espacial, todo va a parar a él. Últimamente se ha convertido en punto de mira de muchos, ilusos que creen poder superarle.
El irreparable daño en los pistones que regula y coordina la apertura de las escotillas exteriores -los fundió una sobrecarga hace meses, deformándolos hasta que las grietas en la epidermis del titanio dejaron pasar las bajas temperaturas, solidificándolos para siempre- ha hecho de Munster la única esperanza conocida.
Otra vez más la misma escena. Ya me estoy acostumbrando.
Miro por la escotilla de compartimentación. Esta vez está disfrutando de lo lindo.
Una piedad humana que no debería tener me lleva a colocar mis yemas y posicionar mis ojos frente al identificador de autorizaciones, y pulsar luego la parada de emergencia. Creo que ha sido peor esta opción tan humana.
Puedo imaginar los gritos detrás de la escotilla. Todo está lleno de sangre, otra vez. Poco queda ya del valiente que pretendía escapar.
Continúa chillando. Me impresiona que no haya desmayo con tanto desgarro. Caído al suelo, hace un grotesco intento de arrastrarse hacia la escotilla. Lo esta poniendo todo perdido.
Convencido por la armonía reinante en los astros, decido darle la eternidad que decía aquél y supongo desea este. Aún está a tiempo. De nuevo aprieto el botón. Al límite de haber muerto en cubierta, las afiladas uñas de Munster avanzan, atrapan la media pierna sangrante que le queda. Se lo lleva, afuera. Grita, supongo al ver como marchar.
!Que duras son las despedidas!
Ahora toca limpiarte -en estos momentos le llamo irónicamente "pequeñín".
Detengo el sistema, programo el bloqueo, abro la escotilla y entro. Odio este olor. Activo los robots cleaner, dirigiéndolos en su lenguaje ciber, y superviso personalmente los puntos con menos rastros evidentes.
Acabada la misión me acerco a Munster, lo acaricio, busco arropo con la cabeza entre sus trituradoras garras, imagino el brillo previo al adiós y le digo lo de siempre: -yo nunca me iré de tu lado, porque tú eres mi salvación-
Viene sucediendo hace tiempo, puede que haga medio año ya, desde que la convivencia obligada y la no existencia de una vía de escape prevista, por muy a ninguna parte que nos llevara allí afuera, provocó cierta histeria en cada individuo. Corrió la voz, secreto asunto que nadie comenta sino es clandestinamente y al más fiel estilo de leyenda, de que por los conductos de sobrantes se podría llegar a un punto de estas tripas de acero donde existía una posibilidad. Dado que nadie vuelve, la leyenda se hace férrea. Así es cómo poco a poco se ha visto incrementado mi trabajo.
Nadie sabe de mi ocupación. El limpiador del Munster hace un juramento antes de ingresar en la tripulación. El fallo técnico que en ciertos casos le impide la autosuficiencia de limpiado, hubiese sido algo indebido de declarar.
En los tiempos que corren hay una creencia impropia sobre la perfección, todo se supone perfectamente diseñado para su función pero seguimos siendo necesarios para justificar la evolución. También he pensado al respecto que pudiera no ser así, que el “limpiador” sea algún tipo de experimento sobre el respeto a las máquinas y su supuesta capacidad aniquiladora.
Debo decir que la primera vez que tomé contacto con el Munster real asociado a mí, sentí un respeto basado en la imaginable amenaza que suponía un descuido. Aquí no iba a perder unos dedos o una mano, a lo peor un brazo entero, aquí un error iba a desencadenar mi final no deseado. Ese mismo pensamiento me llevó a desarrollar otro, sobre quién más había jurado como yo y conocía a Munster, porque de fallar un limpiador debería como poco estar previsto otro operario. Sin embargo, es esa una búsqueda por la que nunca me he obsesionado. Debe ser Fe que siento un algo.
Con el trabajo terminado, cierro la escotilla y grabo la clave registrada en el cerebro artificial de Munster. Él no dejará pasar a nadie más que a mí, algo que lejos de otorgarme poder me alcanza con la soledad.
Es esta una misión secreta, ninguno de los pasillos que uso ni las trampillas que abro para ir y venir constan en los planos de la estación, ninguno de ellos está conectado al control del cerebro de mando. Munster es lo más parecido a un polizón con su misión menor que nadie atiende.
Alcanzada mi cámara de reposo me preparo para el día de incógnito. Vestido de asesor gubernamental retorno a la encubierta función de estadista. Otra jornada aparentemente inalterada, dado que mis funciones no son vitales ni requieren un horario coordinado con el funcionamiento de la estación. Digamos que soy un privilegiado al que nadie mira, casi ni existo. Soy como un fantasma que va conectando su maquinita de datos por los rincones de la nave. Tampoco ponen atención a la luz roja que en ocasiones parpadea en mi unidad tempo-espacial de muñeca, un objeto bastante común que usan la mayoría, sin modificar como la mía.
Libre de organizar mi tiempo, decido pasar por la cubierta de relax, suelo encontrar en ocasiones a una compañera de fatigas que pretende aburrirme con sus estadísticas, pero curiosamente me hace sonreír. Aún no sé la razón. Es como si ella supiese que lo contado es aburrido, un tipo de humor que comparto por entender que silencia lo que yo silencio.
Hoy esta un poco vacío el espacio de relax. Sólo un grupo de transportadores que quedaron atrapados al suceder el bloqueo de las escotillas, el mismo de siempre enganchados ya a la recreativa de inyecciones cerebrales, y un par de parejas en sus reservados entretenidos con el caraoque de mímica para estimular físicamente al otro.
Esta semana Munster esta trabajando de lo lindo. De nuevo me llama.
A alguien le dio por pensar y deducir que los conductos de sobrantes eran la salida de esta cárcel en medio de la nada universal, tan eterno el estar prisioneros como la relación por descubrir entre los diversos universos. Desde que corrió la voz de que por ahí se podía salir, muchos han sacado del baúl codificado su traje de supervivencia exterior, otros han matado por robarlos e incluso se ha generado un mercado ilegal al respecto. Hubo hace unos seis meses un robo masivo de unidades de supervivencia, entregas pendientes que aún quedaban en la aduana de suministros.
Vestidos para salir, evitan las cámaras de seguridad y usan los caminos despejados donde los pioneros escapistas inutilizaron el control central, del que ya nadie se ocupa, llegando a los conductos de vacío dentro de bolsas de sobrantes que la organización de residuos de la estación transporta.
Voy a esperar un par de minutos más, al menos para poder verla y aliviar la monotonía de hoy. Es extraño que no esté, siempre hace por venir a la misma hora. También es cierto que en ocasiones he fallado yo. Eso es lo bueno de esta relación no confesada, que ninguno de los dos pide explicaciones al otro. Al fin y al cabo estamos atrapados en la estación, podríamos imaginar que siempre estamos juntos.
A ella tampoco le he contado nada de Munster, sólo comentamos el variado resultado estadístico y globalizamos en cifras el estado y circunstancias de la estación, obviamente sin utilizar los resultados para auditar al mando hacia mejoras, porque al fin y al cabo esto ya no importa. Lo importante es mantenerse activo y encontrar en quien confiar. A ella le doy toda mi confianza, tal como ella me da. Cuando ves la muerte de cerca sabes entenderla, sabes que lo importante es saber esperar y que su aparición no es ninguna tragedia, sabes que debes compartir con templado talante ese conocimiento y hacer de la espera vida. Todos los que se van temen la vida y se alejan de la misma, creen que la vida esta afuera, en la inmensidad oscura del universo tan parecida a la inmensidad oscura de sus desesperaciones, huyen de la muerte.
No quiero que a ella la engulla Munster, no quiero que a ella le sea insoportable la espera y crea que allí fuera hay algo mejor. Miedos míos sin fundamentos, porque es precisamente por ser templada al respecto y no mostrar inestabilidad alguna, por lo que me siento a gusto y comprendido a su lado.
A veces me ha sucedido. Hoy ha vuelto a suceder que al llegar a la escotilla de Munster todo estaba en orden. Una de sus falsas alarmas, otra muestra más de que la tecnología falla. No había rastro de nada.
Volviendo a mi cometido, me he camuflado en el estadista de banales cifras que debo ser. Nadie se fija en mí, nadie menos ella.
La mano en el hombro, mientras me decía sin previos saludos que hoy los índices de productividad en el sector noventa y ocho habían descendido sorprendentemente. Al parecer hubo un motín en los invernaderos y los productos no han sido recolectados a tiempo, suponiendo eso una perdida de los mismos al deberse su caducidad genética a la puntual recolección. Eso es muy grave –le he dicho con plena seriedad. Luego hemos ido por inercia a la zona de relax.
Mutuamente hemos elegido una mesa cercana a la ventana. Hoy hacía un día espléndido, oscuro pero espléndido. La percepción del día siempre se debe al individuo, nunca a los factores atmosféricos del día en si, al menos eso parece que sucede aquí, siempre flotando en la nada.
La bebida azulada dejaba una fina línea fosforito en sus labios, en los míos también, supongo. No he podido evitar ondularme mientras le daba datos de los incrementos calóricos en el grupo veinte nueve de las centrales de energía, mientras las muecas de sus labios escondían la sonrisa que sus dos estrellas mirantes eran incapaces de esconder.
Algo impropio sin excusa a sucedido, pero que nadie ha visto. Sin haber ejecutado el programa de intercambio que la zona de relax ofrece, ambos nos hemos acercado ondulando al mismo ritmo las fluorescencias. Nadie nos ha visto, supongo. Ha sido muy rápido, tanto como el tiempo detenido al saborear el bouquet de un vino tinto.
En el mismo instante del contacto labial ha empezado a parpadear de nuevo la señal roja en mi muñeca. He mirado afuera, por instinto. Una ráfaga de rojo en aspersión ha salpicado levemente la ventana. Me he retirado como nunca, creyendo, por estar con ella, que me salpicaría. Ella no ha mirado, sólo miraba mi muñeca.
Sin saber que explicar, ni saber porqué debía explicar algo, he retrasado en exceso la llamada de Munster.
Hoy he conocido a mi suplente, cuando el Munster impaciente ha solicitado de nuevo la asistencia, parpadeando en la muñeca de ella.
Pensaba que algo especial hacía con ella, sin embargo siempre supe que no se debía a mí la similar manera de entendernos. Yo no soy su vida, la de ambos la marca el creer en Munster, en su persistente mensaje de que la vida a compartir está aquí dentro.
El trabajo va a ser complicado esta vez. Por lo visto, los amotinados decidieron escapar en grupo. Algo poco habitual, como todo en estos tiempos.
Las escenas de pánico al descubrirle habrán sido terribles, viendo desaparecer las formas reconocibles de los compañeros entre sus uñas carnívoras, salpicados por la misma carne en que iban a convertirse, sabiendo sin remedio que iban a ser los siguientes.
Esta vez es la peor de todas las veces de Munster, hay restos esparcidos por la fuerza y aceleración de los rotores, seguramente rasgados insistentemente entre dos rotaciones divergentes. A veces pasa.
Esta vez huele peor que nunca la carne lacerada, quemada por la fricción del metal donde no hubo posibilidad de engullir. Esta vez hay sangre por todas partes, debieron de ser muchos, cincuenta quizá.
Limpio las uñas metálicas a la altura de mis ojos, la solicitación del funcionamiento habrá agrupado la masa del material a bastante altura.
Ya casi termino. Saco brillo personalmente al último filo mientras las unidades cleaner finalizan las ordenes programadas –me gusta darle este trato especial de mi mano- y veo en el espejo de la muerte el brillo fluorescente que aún conservan sus labios.
Esta vez se que al girarme no estaré solo.
El reencuentro es un orbitar de astros en el universo eterno – dijo alguien alguna vez, y qué razón tenía.
Munster.
© 2007 Pol Ten Bock.

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