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MI ABUELO JUAN
MI ABUELO JUAN
Cuando me daban las vacaciones en la escuela, me iba con mi madre a casa del abuelo, en Jerez de la Frontera.
Mi abuelo era de Villalengua del Rosario, pero el Gobierno de la República repartió unas tierras para colonizarlas entre varias familias de desempleados que las solicitaron, y a él le concedieron una finca con casa y todo en Caulina, Jerez.
Mi abuelo era un hombre muy inteligente, a pesar de ser analfabeto. Había hecho de joven la campaña de Cuba y lo que no consiguieron los americanos - ni la sífilis, que acabó con cientos de soldados en los tres años que estuvo allí-, lo consiguió el viaje de regreso en barco: cogió el escorbuto, que dicen que entonces era algo muy malo.
Cada día, al amanecer, mi abuelo agarraba una naranja borde de un árbol y se la comía en ayunas. Yo le preguntaba por qué se comía una fruta tan amarga y, antes de que él respondiese, mi madre me decía: “Es por su enfermedad”, y yo me quedaba preguntándome qué era una enfermedad, porque había cosas que yo no las sabía. Y es que a mí no me explicaban las cosas como hacía mi abuelo, cuando al pobre le dejaban hablar.
Por ejemplo: cuando él tenía retortijones se levantaba de su sillón y se iba al campo, y cuando mi mamá le preguntaba adónde iba el respondía: “Me estoy cagando”, y claro, eso sí que lo entendía yo, y no sólo yo: todos lo entendían, a juzgar por la cara de conformidad de mi madre.
A mí no me dejaban expresarme como mi abuelo, y cuando era yo el que tenía urgencias de vientre, decía: “Quiero hacer popó”, y para orinar, “pipí”, que es como las monjas del colegio decían que teníamos que hablar los niños.
Eso de “popó” me parecía raro y se nos quedaba la cara como de idiotas cuando nos veíamos en el trance de tener que decirlo en voz alta en la clase delante de todos. Sonaba mejor decir cagar, como mi abuelo, y todos entendían.
La monjita que nos daba clase en el colegio ,cuando algún chico hacía algo malo, ella decía:"Te voy a dar tras, tras, en el pompis". En cambio, mi abuelo, un día que le escondí la petaca del tabaco, me cogió por una oreja y me dijo:"Juanillo, como lo vuelvas a hacer, te voy a dar un guantazo que tu madre te va a tener que echar el yodo con una escoba".
Mi abuelo sabía llamar a las cosas por su nombre, no hacía falta esforzarse para que lo entendieran; curiosamente, siempre decía lo contrario de mi madre. Cuando ella me explicaba que mi abuelo se comía las naranjas bordes porque eran buenas para curar su enfermedad, él me decía en voz abaja: “¡Y un carajo!: me las como porque no hay de las otras, el hijoputa alcalde de Jerez ha llenado las calles de naranjos bordes, porque si los llega a poner de los buenos, con el hambre que hay la gente se comería hasta las hojas”.
De vez en cuando el viejito se ponía muy triste y se le saltaban las lágrimas; pensaba en Manuela, mi abuela, que murió hacía muchos años; yo no llegué a conocerla y él me la mostraba en fotos.
Me dijo que se fue a luchar a Cuba sin saber a qué o a quién defendería sólo porque en su pueblo no había trabajo. Nunca lo hubo en ese pueblo y la gente se iba de un lado para otro. Mi abuelo no sabía leer el contrato y puso su dedo manchado de tinta para firmarlo, se alistó y se pasó tres años en la otra parte del charco, como decía mi mamá, quien tampoco sabía leer entonces, pero sabía que había un charco grande entre el abuelo y su casa del pueblo que se llamaba “La mar”.
Me dijo que hubo guerra contra Cuba y contra Estados Unidos porque los americanos hundieron uno de sus propios barcos, "El Maine", con 266 soldados a bordo, para echarle la culpa al Gobierno de España y declararle la guerra. Yo no sabía si eso era verdad o divagaciones de mi abuelo, pero ahora que soy mayor pienso que no me extrañaría nada la certeza de sus afirmaciones: hemos visto en películas y reportajes de televisión cómo los mandos estadounidenses exponían a sus soldados a la acción nuclear en un desierto para estudiar sus efectos en los humanos.
La única ilusión que mantenía a mi abuelo vivo era el día de la paga, al fin de cada mes, porque, eso sí: le había quedado una paga por ser excombatiente en Cuba, que por otra causa no le pertenecía: no existía aún la Seguridad Social y él no había cotizado nunca.
Cuando llegaba el día del cobro, mi abuelo se vestía con lo mejor que tenía: si era invierno, se ponía su pantalón de pana, su camisa, su chaleco, la pelliza y el sombrero de fieltro de ala ancha y se iba caminando una legua hasta el pueblo. Si era verano se ponía la misma ropa, no tenía otra, y le caían los chorros de sudor por la frente. Mi madre le decía que se dejase la pelliza y el chaleco, pero él decía que debía causar buena impresión y, además, de noche hacía fresco. Y se la llevaba colgada del brazo.
Le observábamos cuando se iba hasta que desaparecía en la curva de la carretera, caminando muy erguido, llevando un bastoncillo con empuñadura de nácar en una mano, y nos quedábamos preguntando cuándo le volveríamos a ver.
Eso sucedía casi siempre a los tres o cuatro días de su partida, cuando alguien llegaba a casa en bicicleta y le decía a mi madre: “María, tu padre está tirado en la cuneta a la salida de Jerez, con una borrachera descomunal; no se tiene en pie ni deja que nadie lo levante”.
Siempre pasaba lo mismo: cada fin de mes, borrachera. En Jerez hay un barrio que mi abuelo visitaba porque tenía mucho ambiente: Rompechapines. Como tenía mucha confianza conmigo me lo contaba todo: “Algún día serás un hombre y harás lo mismo que yo; todos picamos en el anzuelo, Juanillo,” me dijo mientras cogíamos higos de las higueras que había en la finca.
En Rompechapines abundaban las tabernas y las mujeres públicas, como las llamaban entonces, y se agarraban al brazo de mi abuelo en la taberna para llevárselo con ellas a la alcoba trasera; pero mi abuelo decía que no, que era inútil insistir: “Mi pajarito guarda el mismo luto que mi corazón”.
El viejo se gastaba en las tabernas la paga y no regresaba jamás por su propio pie. En tales casos, mi madre llamaba a un vecino, que era arriero, y le pagaba por ir con la carreta a recogerlo. Y así cada mes.
Digo yo, que menos mal que estaba enfermo, pues de estar sano, no aparecería más por la casa.
Un día trajo una cosa nueva: una cajita metálica que liaba los cigarrillos en un segundo. Sólo debía poner el papelillo en el lugar adecuado y echar el tabaco en medio. Luego le daba a una palanquita y salía el cigarro ya liado. En un rato llenó una caja de zapatos de cigarrillos. Y como los tenía a mano y le gustaba de presumir de su máquina invitaba a todo el que llegaba, y debido a esa cordialidad la ración de tabaco del mes no le alcanzaba ni para una semana.
Mi mamá le reñía y le reprochaba que gastase el dinero en vicios y que no aportase nada a la casa, pero él respondía: “Ese dinero me ha costado mucho ganarlo y si lo gasto, bien gastado está. Además, por ir a Cuba he dejado morir a mi mujer poco a poco, mientras ella se dedicaba a cuidarme –llegados a este punto se le saltaban las lágrimas y comenzaba a llorar, cosa que hacía desistir a mi madre de su sermoneo–, y el que quiera peces que se moje el culo.”
Con el tiempo empeoró su salud y permanecía en la cama, donde hacía todas sus necesidades sin avisar de los retortijones, como hacía antes.
Pasaron los años y un mes de julio volví a su casa de vacaciones. Para entonces ya no me reconocía siquiera, había perdido la memoria y debido a eso murió: se le olvidó la forma de respirar y comenzó a hacer aspavientos con los brazos y a ponerse morado hasta que se quedó quieto.
Desde entonces ya he crecido un montón, bueno crecer no, sólo he llegado a medir 164 centímetros, según dijeron los militares cuando entré en quintas y me midieron; lo que quiero decir es que me hice hombre y aprendí a pensar y a hacer las cosas que hacen los hombres, que como supongo ya las conocen ustedes no voy a cansarles repitiéndolas.
Ahora soy yo el que les cuenta cosas a mis nietos cuando me visitan, si mis hijos me dejan, que ésa es otra: no me dejan hablar nunca. Perdón, creo que no me he explicado bien: me dejan, sí, hablar me dejan, pero es como si no me dejaran, porque no me escuchan ni me hacen caso.
Lo único que temo es perder la memoria como mi abuelo y llegue un día que no sepa cómo se respira. Por eso tengo en mi cajón un cuaderno lleno de dibujitos con todos los pasos que debo hacer: Inspirar…, expulsar… Inspirar…, expulsar, y así sucesivamente sin dejar de hacerlo. Bueno, y el tabaco ni lo pruebo, pues está comprobado que perjudica gravemente a la salud.
Ah, y eso de beber vino como mi abuelo y llegar apestando a alcohol agrio…, ¡eso ni hablar!; yo solo bebo ron con cola, cubano del bueno, un cubata tras de otro, no quiero que tengan que venir a buscarme a la calle como hacían con él, sino que cuando veo que las cosas comienzan a girar, me apoyo en la pared y espero a que pase mi casa por delante para entrar en ella, que uno aprende,
¡ coño!
MI NOVELA EN http://circuloindependiente.net/tienda/la-pista-del-lobo-p-195.html
http://www.todoebook.com/ficha-public.asp?cod=PUB0022194

Amigo Juan:
Divertidas tus aventuras con
el abuelo, claro que de niño
todo es distinto, desde la
forma de llamar a las cosas,
pero como tu dices uno
crece y aprende coño.
un gueto leerte pig
Si muero con el dia, resucito con el alba.
www.escribesconmigo.blogspot.com
Hola, Juan
Bonito relato, amigo, triste, melancólico y lleno de más de una verdad.
Hay cosas que me han gustado mucho:
"Juanillo, como lo vuelvas a hacer, te voy a dar un guantazo que tu madre te va a tener que echar el yodo con una escoba".
Ah, las amenazas familiares... luego las pobres monjas se sorprendían de que el tras tras prometido no surtiera el efecto de sumisión deseado. Je.
"Me dijo que se fue a luchar a Cuba sin saber a qué o a quién defendería sólo porque en su pueblo no había trabajo. Nunca lo hubo en ese pueblo y la gente se iba de un lado para otro. Mi abuelo no sabía leer el contrato y puso su dedo manchado de tinta para firmarlo, se alistó y se pasó tres años en la otra parte del charco, como decía mi mamá, quien tampoco sabía leer entonces, pero sabía que había un charco grande entre el abuelo y su casa del pueblo que se llamaba “La mar”
Muy buen párrafo, y muy cierto, la gente de los pueblos emigrando en busca de su suerte y firmando con una huella papeles cuyo significado ignoraban. El mar como algo desconocido, poco familiar, casi una leyenda para los de interior.
“Mi pajarito guarda el mismo luto que mi corazón”.
"Ahora soy yo el que les cuenta cosas a mis nietos cuando me visitan, si mis hijos me dejan, que ésa es otra: no me dejan hablar nunca. Perdón, creo que no me he explicado bien: me dejan, sí, hablar me dejan, pero es como si no me dejaran, porque no me escuchan ni me hacen caso.
Lo único que temo es perder la memoria como mi abuelo y llegue un día que no sepa cómo se respira. Por eso tengo en mi cajón un cuaderno lleno de dibujitos con todos los pasos que debo hacer: Inspirar…, expulsar… Inspirar…, expulsar, y así sucesivamente sin dejar de hacerlo. "
Ufff... farragoso el tema del anciano que habla al vacío, viejo y desfasado frente a las generaciones posteriores, qu le ven como poco más que un objeto de museo. Y lo del cuaderno... buenísima idea, y enorme imagen que se me ha quedado grabada.
En fin, poco más me queda por decir, salvo que se echaron de menos tus escritos por estos lares, Juan. Bienvenido de nuevo, y un fuerte abrazo.
Interesante cuento. Los abuelos siempre serán los abuelos. Una pena que ahora se conviva menos con ellos. Tienen tantas cosas que enseñarnos, normalmente, buenas, aunque el de esta historia también de las "otras".
Espero que tardes mucho en perder la memoria, para que sigas respirando y contándonos historias. Y lo de fumar, o mejor lo de no fumar, mejor que mejor. Lo de beber, mejor vino tinto y dejar el ron.
Saludos. Lanzas.
Todos los hombres buscan la verdad, pero algunos se niegan a reconocerla.
ESCRITOS:http://mariangelesylanzas.blogcindario.com/
Hola, Juan
Éste es un cuento para guardar en el corazón. Es hermoso. El abuelo Juan resulta entrañable, querible, alguien de quien uno no se cansaría de escuchar historias; pero resulta así, no sólo por su historia, sino por la forma con la que esa historia está contada. El lenguaje entre coloquial y desenfadado y melancólico y tierno. No es sólo el abuelo, sino el nieto, ambos en una dulce complicidad que resiste el tiempo y la vida; el nieto que, de alguna forma, aprende a vivir de la mano de las anécdotas y las frases de su abuelo, y lo recuerda, así, ya en sus propios años de abuelo. Esta misma historia, este mismo cuento, con otra prosa, con otro ritmo, no transmitiría con tanta fuerza (con tanta ternura) lo que transmite. ¿Sabes? Mientras leía me preguntaba ¿pero quién es el narrador? Porque habla, recuerda, como un niño, pero parece ser un adulto. Comprendí al llegar al último párrafo. Sí, un adulto que es capaz de recordar y re-pensar su propia historia de niño, tal cual la vivió, así como la vivió, con las palabras con las que la vivió, con una mezcla agridulce de anécdotas divertidas e interrogantes fundamentales (¿por qué nadie me hablaba tan claro como mi abuelo?): sólo los abuelos tienen esa capacidad, sólo ellos han logrado aprender de la vida lo suficiente como para volver a recordarnos qué es ser un niño. Y se desprende una enorme tristeza de este narrador, al que no le dejan contarles cosas a sus nietos, el que cierra el círculo con su propia historia, con sus propios recuerdos. El último párrafo es un final de cuento de esos que, al término de la lectura, uno se dice: ningún otro final sería tan bueno para este relato.
Mi envidia, Juan, por una página tan bella. Me gustaría llegar a escribir un relato como éste.
(Regreso más tarde a “completar” el comentario, que ahora no dispongo del tiempo necesario, no dispongo del tiempo siquiera para escribir estas líneas, pero el gusto por la lectura fue más fuerte...)
Un abrazo,
Esther
Hola, PIG: Me alegro siempre de tus visitas y comentarios. Veo que te ha hecho gracia; eso es lo que pretendía. Un abrazo
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Hola, Ángel: encantado de volver a leerte. Te agradezco tu valioso comentario y me alegro mucho de que este texto, escrito en periodo de sequía de ideas, te haya gustado tanto.
"Ufff... farragoso el tema del anciano que habla al vacío, viejo y desfasado frente a las generaciones posteriores, qu le ven como poco más que un objeto de museo. Y lo del cuaderno... buenísima idea, y enorme imagen que se me ha quedado grabada.
En fin, poco más me queda por decir, salvo que se echaron de menos tus escritos por estos lares, Juan. Bienvenido de nuevo, y un fuerte abrazo".
El tema de los abuelos considerados un mueble más de la casa ha sido y sigue siendo de actualidad. Una pena.
Las circunstancias me hicieron alejarme de este foro, que es el mío desde siempre, y del que guardo muy buenos recuerdos, pues en él he conocido a personas muy interesantes y buenas que ya no están aquí y que me ayudaron mucho a escribir: Leny, Primavera. Idril,Caja de Pandora, Terminus, Jibarícua. etc. Ahora encuentro aquí a otras personas también muy interesantes, a las que admiro, quiero, y espero no defraudar.
Gracias por tu buena acogida. Un abrazo
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Esthercita, coño, me has emocionado y se me han puesto ojos brillantes que me hacían ver las letras como a través de la niebla.
Te agradezco tu sensibilidad hacia el personaje de mi abuelo. Y de envidai, nada: Tú escribes mucho, mucho mejor que yo. Un beso.
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Quote:
Todos los hombres buscan la verdad, pero algunos se niegan a reconocerla.
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Originalmente enviado por lanzas - 03 sep 2007 : 10:09:22 AM
Saludos, Lanzas. Me da mucha alegría tu sabio comentario. El vino tinto siempre preside mi mesa; el cubata... es una licencia. Y tienes razón: hoy, a los abuelos se les tiene para sacar a las mascotas a la calle o para quedarse con los niños mientras los padres van al cine o de copas.
Un abrazo.
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Cuando una sociedad vuelve la espalda a los abuelos y los mete en Residencias sin estar ni enfermos. No les hace caso para lo bueno y para lo malo y no deja que instruyan a sus nietos a su manera, es que esa sociedad está en total proceso de demolición. ¿La española está en este proceso?
Yo creo que sí. Me alegra que se saque el tema de los abuelos, porque es algo entrañable.
Un saludo. Interazul.
Los lobos atacan cuando tienen hambre.
JUAN PANG:
¡Que entrañable relato!. Un verdadero homenaje al Abuelo. A través de tu pluma describes una bella relación de amor-admiración establecida entre un niño y su abuelo. En principio me dio la impresión de que el narrador era un niño, pero despúes se percata uno de que ya es un hombre viejo cuando recuerda al Abuelo, con detalles, con amor, con nostalgia.
Los abuelos representan una parte esencial de la vida familiar y cuando escribe sobre ellos se vienen a la mente una serie de detalles que magnifican su sabiduría ante la vida, así como sus defectos. Yo he escrito sobre mi abuela ("Mi abuelita siempre existió") a quien conocí y disfrute durante muchos años y a mi abuelo ("orgullo hijoeputa") a quien no conocí pero me transmitieron sus anécdotas, cuyo contenido te podrás imaginar nomás por el título del cuento.
Lo que mas me gusto:
"Le observábamos cuando se iba hasta que desaparecía en la curva de la carretera, caminando muy erguido, llevando un bastoncillo con empuñadura de nácar en una mano, y nos quedábamos preguntando cuándo le volveríamos a ver"
"“Mi pajarito guarda el mismo luto que mi corazón”.
"yo solo bebo ron con cola, cubano del bueno, un cubata tras de otro, no quiero que tengan que venir a buscarme a la calle como hacían con él, sino que cuando veo que las cosas comienzan a girar, me apoyo en la pared y espero a que pase mi casa por delante para entrar en ella, que uno aprende,
¡ coño!"
¡cono! esa expresión tan española me encanta.
Saludos Juan
ROCÍO
Bueno, Juan, regresé
El narrador cuenta que:
“Y es que a mí no me explicaban las cosas como hacía mi abuelo, cuando al pobre le dejaban hablar.”
”Eso de “popó” me parecía raro y se nos quedaba la cara como de idiotas cuando nos veíamos en el trance de tener que decirlo en voz alta en la clase delante de todos. Sonaba mejor decir cagar, como mi abuelo, y todos entendían.”
¡Y qué razón tiene! Cuando niño, sabía lo que luego olvidamos, aunque su abuelo lo tenía bien claro: a las cosas, hay que llamarlas por su nombre, para que se entienda. El niño, perdido en las metáforas y mentirillas de los adultos, encontraba que con su abuelo todo era más simple.
”Me dijo que se fue a luchar a Cuba sin saber a qué o a quién defendería sólo porque en su pueblo no había trabajo.” En una línea, sintetizado todo un mundo, una época, una situación. Ir a la guerra por hambre, por falta de trabajo, de oportunidades, nada más que por eso. Muy buena línea, Juan, muy buena (aunque creo que no le vendría mal una coma luego de “defendería”)
“Cuando llegaba el día del cobro, mi abuelo se vestía con lo mejor que tenía: si era invierno, se ponía su pantalón de pana, su camisa, su chaleco, la pelliza y el sombrero de fieltro de ala ancha y se iba caminando una legua hasta el pueblo.”
¿Sabes? Me pareció verlo; leí despacio esta frase, imaginando cada prenda y cada paso en esa legua hasta el pueblo. Sí, beberse toda la paga, ¡cómo no!
Los últimos párrafos tienen un tono agridulce que llega directo al corazón. El tiene miedo de olvidarse de respirar, como – de niño- supuso le había sucedido a su abuelo; como su abuelo, quiere hablar con los nietos, transferirle su experiencia (esa que no nos cuenta, porque es la de hacerse hombre, que todos saben qué significa); como su abuelo, se emborracha, pero ¡se recuesta en una pared a esperar que pase su casa! Cómo me reí con esto último, ¡que esto es sabiduría y no macanas!
Otra vez, un gusto la lectura, Juan
Y un abrazo
Esther
PD: ¿se podría eliminar alguno de los dos “me” de la primera línea?
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