Martín


By JuanK - Posted on 02 May 2008

Martín

En la tarde deseosa de un poeta que la cante
Un niño imagina frente al mar
Ser el dueño ufano de un velero gigante
el piloto sonriente de un avión singular
o la estrella perdida en las olas del mar.
Es un niño descalzo con el torso desnudo
Un cabello encrespado
Y dos días de ayuno
Quien no sea ese niño realmente no sabe
Que duele más la certeza del velero distante
Que la poca comida que hoy obtendrá.

A las tres de la tarde queda libre Martín y parte casi contento hacia la rambla. Hacía el sur se extiende esa superficie brillante del mar. Desde la bahía se incrusta como una aguja la escollera oscura e imperturbable. Por la autopista, sobre la rambla, fulguran los automóviles, ágiles como si resbalaran por el lomo de una serpiente gris y blanca. Del lado norte no hay nada, sólo edificios derrumbados o a punto de caer. Desde uno de estos últimos asoma una pequeña figura harapienta y decidida. Su larga caña y el balde pesan menos de ida. Va solo, aunque siempre va solo desde que a los cinco años aprendió, mucho más rápido que sus hermanos, a cruzar las anchas calles. Las tripas le roncan como siempre pero él permanece ajeno a todo eso. Ya está acostumbrado y ha pasado más días sin comida. Divisa desde lejos la escollera, “los mismos de siempre”, piensa. Lo irán saludando y él los mirará de a uno, a los ojos, simpático (es un chico amable) y repetirá sus nombres. Sabe que alguna que otra vez alguien lo convida con su merienda y si encima saca algún brillante pescado esa noche soñará de otra manera.
Desde la superficie espejada y ondulante pululan roncaderas. No se apura. Parece contar con la paciencia añeja que le ha dado quizás la calle. Antes del primer lance se le escandalizan otra vez las tripas. El mar se voltea y en un segundo el mundo gira con desespero. Martín lanza un gemido ronco y cae al piso como una pluma.
Cuando despierta sólo reconoce su cuerpo en la camilla. No comprende las sábanas tan blancas, ni el olor a limpieza de farmacia. Ensaya el movimiento de las piernas que antes no le respondieron y mira el brazo hormigueante enchufado a algo que gotea. Martín no entiende de sueros, ni de cuidados. Le sonríe a la enfermera y le muestra ampliamente esos gusanitos blancos colgantes que son sus dientes superiores, entre las innumerables caries. Se queda tranquilo porque a pesar del cansancio las tripas ya no se le desesperan en el vientre.

©Juan Carlos Albarado
Derechos reservados.

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