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MARIANA
Tenía la garganta reseca, el cuello retorcido de dolor, tal vez la cervical pensó, y un punzante dolor de cabeza que no le permitía relacionar todo lo que le había pasado en tan corto lapso de tiempo.
La vida se le escapaba de las manos, cuando ocurrían cosas trágicas, y muy dulcemente, cuando las alegrías asomaban en su puerta, pero nunca se sentó conscientemente a hilar cada mínimo suceso, y las consecuencias de ellos como ahora. Ahora, el calor arreciaba la siesta y en la habitación, parecían concentrarse cada pegajoso fantasma de su pasado con la burda intención de atormentarle.
Mariana se había ido. Del mismo modo en que había llegado a su vida, con igual ímpetu y semejante arrojo como cuando le sonrió iluminando el bar en el que estaba con sus amigos una noche de febrero. Pero en lugar de construir con su aroma a colonia floral castillos de cristal y hadas revoloteando en el aire, destruyo cada recuerdo y paisaje de su vida, cada sentimiento, cada lagrima y cada risa, derribo proyectos, sueños y rompió algunas copas en su furia desmedida también. Esas de cristal tallado que eran de su abuela y nunca debería haber retirado de su caja para usarlas, aunque ahora nada material tenía sentido.
Corrió tanto por la avenida tratando de alcanzarla antes que el taxi se perdiera de vista en la ciudad, que las piernas también comenzaban a temblarle ahora. Se dirigió a la heladera por un vaso de agua fresca. Se quedó parado frente a la luz del refrigerador, sin poder reaccionar durante varios minutos hasta que la sed le recordó porque estaba en ese lugar.
Con el vaso húmedo y frío, se desplomó en el sillón y cada ridículo detalle de su casa le recordaba a ella, el tapizado, las flores en la mesa, los cuadros, el color de las paredes, las cortinas amarillas y las pantuflas sobre la alfombra que habrá olvidado en su afán de huir lo mas rápido posible de su lado. Allí en silencio, fue cuando comenzó a relacionar cada suceso que lo llevó a ahí, y fue natural descubrir cuán feliz había sido y lo poco que lo había valorado.
Después de un par de tragos, intercambiaron números. No pudo resistir el lunes a llamarla, no quería sonar ansioso, pero después de tantos años de desilusiones y soledad, conocer una chica tan especial como ella, era imposible no intentar esta vez. Salieron por un café una tarde, al cine dos días después y a la costa un fin de semana al mes siguiente… Almorzaban juntos, daban un paseo los fines de semana, siempre intentando conocer lugares nuevos y fue inevitable que al pasar el tiempo desearan irse a vivir juntos. Su vida antes de ella perdió sentido, la amargura de la secundaria, la rutina del trabajo y la costumbre de los amigos. Después de ella, los días eran luminosos, divertidos y espontáneos. Tenía la particularidad de su carácter insaciable de cosas nuevas, de experiencias y de aprender, que lo arrastraba con el en cada nueva empresa y simplifico su modo de ver la vida a través del cristal puro y nítido de sus ojos.
Alquilar el primer departamento, fue un desafío muy fácil de superar. Sus pocos conocimientos del tema, pues nunca antes se había marchado de casa de sus padres, se suplantaron con la dedicación de Mariana en la elección de cada detalle del hogar y no era sorprendente que cada almohadón, plato o maceta que ella escogía, coincidía perfectamente con su gusto. No era casualidad… Era amor.
El era un tipo tranquilo, en exceso sumiso y tímido. Ella era un huracán que volaba las cortinas del vecindario con su paso firme y decidido al andar. Su sonrisa era blanca y gigante, profunda y serena a la vez. Ella era radiante, el punto justo para el.
Los meses transcurrían sin prisa, entre el trabajo, la casa y la familia, el tiempo que tenía para sus cosas, era imposible. Acostumbrado a la soledad de su habitación, al silencio del atardecer y a la rutina de escribir en sus momentos de inspiración (único hobbie en su vida), la permanente presencia de gente en la casa, comenzó a ser un fastidio. Las vecinas, las amigas, los compañeros de la facultad, las mascotas de sus parientes y la música que cada quien elegía poner como digna visita y el revuelo de niños ajenos llorando por doquier, liquidaban su paciencia al llegar del trabajo a diario. Mariana le miraba con esos ojitos dulces de avellana, y le imploraba sin decir palabra, que se contuviera mientras atendía con un te o jugo de naranja exprimido a quienes tan amablemente los visitaban y a la vez le preparaba un baño tibio para que se relajara de tanto trabajo. Pequeñas cosas que nunca había observado, mínimos detalles, que en el esfuerzo por oír las noticias en el living o el partido de fútbol de ayer en repetición, nunca había reparado.
Y tres años después en ese mismo sillón de mimbre en el que la beso, en el que pasaron tardes de invierno enteras mirando películas, ahora descubría aquellos detalles. Los mismos que ahora comenzaban a remorderle la consciencia como un gusano infinito a de ávido apetito por sus neuronas.
Recordó su pollera gitana, revoloteando por los pasillos mientras encendía sahumerios luego de limpiar la casa, como preparando el ritual de cada sábado para luego de cenar. Era inevitable que el aroma encendiera fogatas en su piel, era imposible detener la correteada y las risas en el juego del si y el no antes de ir a la cama. Y todo le hacia llorar. Luego de respirar profundo, se seco la cara con un pañuelo, y se levanto del sillón para abrir las ventanas. La siesta era inminente. No había un alma en la calle y la casa tan vacía le daba escalofríos. Todo resultaba gris, todo era silencio y dolor.
Y entre otros episodios de alegrías, de reuniones y festejos, indago en la rutina del “¿por qué?”… Sólo pensó en el desenlace directo y no encontró respuestas, pues no estaban ahí. Pensó que había sucedido ayer, y sólo recordó haberle recriminado que baje el volumen del televisor pues intentaba dormir temprano para asistir a una reunión importante a la mañana siguiente en el trabajo. No era relevante en absoluto.
Caminó impaciente por la habitación, revisó sus cajones, tal vez habría encontrado algún indicio de un pasajero amorío que la hiciera dudar, como una carta, un papel, un recibo de hotel, pero no. Y al estar en esta situación de ridícula búsqueda de pruebas, entendió todo.
Desquició por completo al comprender quién se había ido de su lado. No era cualquier chica. Era Mariana. Ella conocía cada minúsculo detalle de él, sus manías, sus costumbres, sus silencios y sus gestos. Ella podía comprender el lenguaje del viento que rozaba su cara, y trinar con las aves del parque solo con la mirada, ella podía indagar en los oscuros valles del misterio del infierno y regresar fresca y radiante como si nada hubiera sucedido. Ella era su ángel, su fuente de energía y su libertad. No le importó morderse los labios hasta sangrar la noche en que él llegó con aroma de mujer, ni soportar los días siguientes de llamadas misteriosas y el desinterés que le manifestaba. Era cuestión de tiempo hasta que él vuelva a la normalidad, eso pensaba ella.
La rutina consumió sus ganas, más, aún su sonrisa dispuesta, iluminaba la casa, solo para él. Y él nunca había descubierto, que ella no necesitaba pruebas para entender que todo era distinto. Era frágil como papel, y así de fácil, era mojarla y destruirla con una mano sin que ella emitiera el más mínimo quejido de dolor.
Pensó que la vida sería un tobogán. Que ella estaría siempre con su baño tibio de la tarde y con las velas encendidas para la cena del sábado, que ella siempre lo atajaría al caer, que ella estaría por siempre allí. Pero no midió las consecuencias de su egoísmo y su encierro, no precipitó que el rodearse de gente cada día para ella, era necesario para no sentir la ausencia de él en la casa. No vivía en la misma nube celestial en la que ella presidía las sesiones de espiritismos angelicales.
Y con tantos descubrimientos, soltó el vaso. Y recordó el modo en que ella arrojó la copa de cristal tallado de la abuela mientras lavaba los platos de la cena de ayer. En silencio, el agua tibia mojaba sus manos envueltas en espuma y sus largos y finos dedos sostenían la esponja que cálidamente limpiaban la vajilla, mientras una lágrima caía y formaba surcos en su mejilla izquierda. El la observó y se acercó curioso, sin comprender demasiado la situación.
Intentó acariciar su cabello revoltoso, apenas recogido con una cola, pero ella se resistió. Entonces, la primera reacción de ira fue suya, él le gritó preguntando que le sucedía, tal vez en un intento desesperado de ocultar que sí lo sabía… Ella ya no era feliz. Y fue un duro golpe observar a aquella criatura angelical, de rasgos delicados y gestos dulces, de maneras infinitamente femeninas, arrojar con tanta furia una copa de cristal contra la pared. El vidrio estalló en incontables pedazos, y tuvo que atajarse para que no le dieran en el rostro y los ojos., sin observar como Mariana corría por el pasillo hasta llegar al sillón, de donde recogió su bolso y salió.
Le tomó unos minutos reaccionar, caminar lentamente por las baldosas para no clavarse algún cristal en la fina goma de las ojotas, y llegar al portal solo para verla tomar un taxi en la esquina.
Y nuevamente sentía su garganta reseca, y la insoportable sensación de descubrir cuan feliz había sido, y cuanto tiempo lo había ignorado.

Hola Yanina, he querido rescatar este texto que hacía tiempo ya que había leído porque es un buen relato muy bien escrito y manifiesta un algo que yo valoro mucho en un autor. Si sigues en linea puedo comentarte algunas pequeñas cositas que creo se te han pasado por alto, que la verdad no son en exceso importantes.
Un saludo
Hola Rafael!!! Claro que me encantarian unos consejos!!! Tengo otras cosas escritas en mi blog, cuando gustes pasas por el.
Gracias por tu aporte y por leerme.
Saludos!
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