You are hereForums / Prosa / Historias de Campo, Pueblos y Selva / Leanlo y me comentan que les parece
Leanlo y me comentan que les parece
“Bien matungo, por fin...”
de RuBen Fondati
"...Dedicado a todos aquellos que alguna vez recuerdan a un amigo..."
En este lugar había ocurrido.
Acá, hacía más de 25 años. Me pareció honroso, ya que estaba cerca, darme una vuelta y mirar el lugar justo donde había sido, imaginarme al bote en el medio de la laguna con los tres a bordo.
En la orilla vi una embarcación que estaba rodeada de gente. El dueño de la misma – un colorado con ojos claros y cabello ensortijado – notoriamente contrariado, mostraba los pedazos de una red de su propiedad, que había sido prolijamente destrozada vaya a saber por quién, según él por alguien que le tenía bronca. Quedó hecha jirones la pobre, salvo un pedacito de menos de un metro en el que había quedado enganchado, pese a todo, un pejerrey ya moribundo.
- Lo único que me quedó fue este matungo.- Dijo, en alusión al pejerrey enorme que le había dejado la red como consuelo.
“Matungo” dije con sorpresa para mis adentros, “Matungo”, sonó como una canción de cuna, “Matungo” ¡qué palabra familiar!
- Podemos hacerlo más fácil, no dejar pasar tanto tiempo, ese día en el puente podríamos comprar una red o un mediomundo y ya está.
- Con redes y mediomundo ¡ nunca!, a ver, repetí eso.
- Con redes y mediomundo, nunca.
Así estaba yo, chiquito, tomando lecciones de los grandes, familiares y amigos pescadores, redes y mediomundos eran palabras prohibidas, podrían decirse propias blasfemias.
La única palabra permitida en alguien que se jacte de pescador es la palabra caña, lo mejor, lo que hace a uno un pescador con honores, respetado, querido, sufrido. Ganador o perdedor, perdedor, perdedor. Siempre, por más penar que haya, del lado de la caña siempre.
Las primeras imágenes que corren por mi cabeza son: una cañita, simple, con un corchito , un anzuelito y mi diminuta humanidad intentando siempre pescar algo, frente a un río correntoso y omnipotente. De ahí a transitar los mas variados ámbitos de pesca hasta llegar a ser un adolescente, con posibilidad de jugar con los grandes, en las canchas reservadas solo para los PESCADORES, así, con mayúsculas.
La pesca en si, siempre la consideré un milagro. Frente a tanta agua, un anzuelo con una carnada, es poco más que nada. Si sumamos esto a que al pez no lo vemos, que no podemos obligar a punta de pistola a que tome nuestro cebo, ni le cruzamos nada por delante para que se quede enganchado, en estas condiciones nuestro anzuelo se reduce a la nada, es menos que nada. Ahí es cuando la pesca se convierte en un milagro. Cuando la compartimos con gente que queremos más milagro todavía.
A los quince años era ya un pescador con todas las de la ley, había salido con los grandes, había compartido esas cosas que solo pasan en las salidas de pesca. Lo único pendiente, algo que ansiaba y nunca había podido concretar era : pescar un pejerrey. Siempre que intentaba hacerlo pasaba algo malo: llovía, se rompía el auto en el que íbamos a ir, ese día no había pique o simplemente todos pescaban menos yo, el final era común siempre, el “peje” jamás salía de un anzuelo de mi caña. El sabor amargo de no haber podido, el tener que esperar hasta la próxima, una vez más armarse de paciencia. Las consabidas bromas, las muestras de solidaridad.
Por eso la pesca es un constante milagro, a veces porque pescamos, otras porque no y tantas porque solo compartimos la vida con otra gente, nada más que por eso.
Cierta vez mi viejo y Aldo – Zapallito para los amigos – tramaron una salida en secreto, el lugar elegido era el templo de los pejerreyes: la laguna de Chascomús.
Mes de diciembre, fecha decididamente mala, el calor para estos peces no es de lo mejor. ¡ Cuando me avisaron! Faltaban dos días, todo parecía poco tiempo, ajustar hasta el último detalle, que nada fuese a fallar, esta vez si, esta vez tenía que ser. No dormí durante esas dos noches esperando, solo esperando.
Aldo – Zapallito – me había bautizado con un apodo muy singular, más que apodo era para recordar mi materia pendiente en la pesca, era lo que me daba ganas de no entregarme.
Salimos con el fiel coche de mi viejo, un Rambler modelo 66 y llegamos donde se vendía por esos tiempos la carnada, el Atalaya, un lugar místico sobre la ruta 2, a las puertas mismas de la capital nacional del pejerrey. Eran unos piletones inmensos llenos de mojarritas pequeñas, sin duda un paraíso para los pescadores, todos eligiendo los mejores pececitos para encarnar. Todos llenos de magia por dentro.
Compra de carnada, café con leche y medias lunas y a salir a la cancha, a jugar de nuevo, a ilusionarse otra vez, a ver si esta vez sí, iba a ser para toda la eternidad un pescador de pejerrey.
Después de navegar con el bote alquilado, llegamos casi al centro de la laguna, paramos, anclamos y empezamos lo que era un rito: acomodarnos en el bote. A mi siempre me mandaban al medio porque decían que yo era el más chico. Para mi eso siempre fue un verso, una patraña, me mandaban al medio porque en las puntas se pescaba más cómodo y mejor, pero con tal de pescar al lado de ellos dos yo hacía cualquier cosa, era capaz de pescar desde la cuerda del ancla. Armamos las cañas, encarnamos y tiramos. Mi lanzamiento aparte de aparejos y carnadas llevaba consigo toda mi fe y mi esperanza.
La espera fue tensa pero corta. Al ratito nomás vi la boya del medio que hizo un movimiento extraño, no sé si era mi ansiedad o qué, me quedé expectante y de pronto ocurrió.
La misma se paró e inició una corrida sensacional hacia mi izquierda, vertiginosa acercándose hacia la línea de Aldo con inminente peligro de un flor de enredo para ambos. De no haber sido por ello hubiese dejado ese pez que siguiera corriendo todo el día, como si yo fuera el eje de una calesita imaginaria para seguir deleitándome con esa visión del aparejo esquiando por el agua. El grito de mi papá – ya con tinte de reto – me hizo reaccionar:
- ¡ Dale! ¡ Dale! ¿ qué esperás, la carroza?
Y le di. Le di y tiré con fuerza la caña para atrás y lo clavé. La visión , la sensación que tuve fueron espectaculares: salto, magia, alegría, temor a perder de nuevo, corrida otra vez...
Así llegó ese pejerrey arriba del bote, en medio de la laguna de Chascomús que compartíamos los tres. Lo subí, lo miré un buen rato, con ese respeto que se tiene por los bravíos adversarios vencidos, estaba asombrado por su belleza y al darme vuelta observé que Aldo me contemplaba con esa mirada que solo brindan los amigos y con un gesto similar a una bendición me dijo:
- ¡ Bien matungo, por fin!
El y mi viejo me alentaron durante toda la disputa, sabían que era mi primer pejerrey y aquí esta historia tendría que terminar así de bien, como en un cuento con final feliz, pero no, hay más.
Fui ese día el que más pesqué, aprendí también que eso no debe importar para un pescador, por que mi viejo y Zapallito, a pesar de pescar menos, estaban más contentos que yo. Aprendí a disfrutar la pesca con la gente que uno quiere, porque en algún momento de nuestras vidas esas cosas seguramente las vamos a extrañar.
Y si bien pesqué muchos pejerreyes desde entonces, ese día guarda un lugar preferencial en mi memoria.
Al encontrarme en este lugar, pensé en Zapallito, con quién ya no podré ir nunca mas a pescar, y al recordarlo, lo rescato del olvido y para mi eso hace que esté vivo por siempre.
El colorado dueño del bote seguía maldiciendo.
Yo pensaba mientras, el por qué de mi afecto y predilección por la pesca del pejerrey y por qué cada vez que saco una pieza del agua siento en mi mente algo así como: “ bien, Matungo, bien”.
- Qué buen pejerrey. – le dije al colorado.
- Es lo único que me quedó de la red este matungo, no sé quién me la habrá cortado en pedazos.
Saludé, di media vuelta, me sonreí, yo tenía si, una vaga idea de quién podía haberlo hecho.

Hola, Rub
Mmm...¿por qué no eliminas el color? Un texto en el viejo, prosaico y habitual negro. Mis ojos fotofóbicos no resisten leer cuentos en otro color...
Un abrazo,
Esther
Esther:
Gracias por tu apunte, el tema es que salió en azul por error, solo eso.
Me encanto tu visión del cuento.:)
te mando un beso
RuBen
Hola, Rub
Mmm...¿por qué no eliminas el color? Un texto en el viejo, prosaico y habitual negro. Mis ojos fotofóbicos no resisten leer cuentos en otro color...
Un abrazo,
Esther
Originalmente enviado por Esthercita - 24 ago 2007 : 5:14:27 PM
Me ha gustado bastante tu relato. Es sencillo y transparente. Aunque hay algunas palabras que no entiendo, y yo no he pescado nunca o casi nunca. En fín, que un notable o un seis y medio o un siete, o un seisnoventay cinco. Venga, besitos.:?:
Franky:
Gracias por dedicarle un poco de tu tiempo, de tu vida, a leer mi cuento.
Seguramente hay palabras que son a lo mejor de "pescadores", y a lo mejor otras que tendría que cambiarlas.
Agradezco tu puntaje, para mi es un elogio, me alegra que te haya gustado.
Besos
RuBen
Post new comment