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La Sandía.


By Franky - Posted on 25 July 2007

Pido perdón de antemano por lo rematadamente malo que es este relato.

La Sandía.

Es la sandía, toda ella roja de dulzura, casi como avergonzada de ser tan buena, un regalo de los dioses a los humanos. Ella guarda, céntimo a céntimo, cada doblón de oro de los atardeceres del verano, en su pulpa esponjosa y tierna, amable y dulcísima, como una extraña hucha que atesorara cada atardecer. El sol, iracundo, mitad divino ángel, mitad furibundo escorpión, decide prolongarse dentro de la verdísima carcasa, y toda su rabiosa antitesis de escarcha se vuelve frescor y agua y azúcar dentro del fruto, como si al astro omnipotente no le bastara ser espejismo amarillo en las negras acequias y en las transparentísimas albercas y necesitara para cumplir su misión de tórrido poeta depositarse en los paladares de los cuerpos a los que abrasa para compensar su indómita naturaleza. Y es así que al probar la sandía son los arpegios de las arpas cristalinas, que en las albercas doradas, bajo los verdes emparrados, descompuestos en un caleidoscopio de chispas de plata y de centellas cegadoras, fulgen y relampaguean, los que acuden a los paladares que la degustan para embriagarlos de placer. Y es todo el verano, el verano de las playas azules y de las riberas fecundas, donde los cuerpos brillan aceitosos, desnudos y sublimes, el que acude a las sedientas y hambrientas bocas, con el deleite de la miel y la amabilidad de lo sabroso. ¿Habéis probado, en uno de esos almuerzos de verano, siempre esplendorosos, a cortar a cachos la sandía y agregarle azúcar?. Como si quisiéramos que nuestro paladar sufriera de un orgasmo y de un éxtasis jamás alcanzado, le echamos azúcar a los trozos de sandía y lo guardamos en un vaso, en la nevera, para tomarlos más tarde. Y es todo tan empalagoso y rico que de verdad alcanzamos el marasmo, la apoteosis de la dulzura, y un batallón de ángeles rubios, de ojos azules y transidamente bellos, pasa por nuestros labios después de la siesta, cuando bebemos y comemos ese vaso con los trozos de sandía almibarados. Fríos ya por la nevera, macerados hasta el merengue, tan rabiosamente melosos que sólo los dioses podrían haberlo concebido en sus paraísos celestiales.

Cuando era niño, en la azotea de mi casa, siempre cultivaba sandías en las macetas. A mediados de Agosto, o incluso ya en Septiembre o incluso antes, en Julio, una diminuta sandiíta, no siempre muy dulce que digamos, pero muy simpática, más pequeña que una pelota de tenis, descansaba sobre la tierra bajo los sedientos geranios. Y siempre un geko era testigo de aquel prodigio de dulzor encapsulado. Siempre me daba por guardar cientos de pepitas en un vaso seco en el mueblebar del comedor, mi madre protestaba y yo no le hacía caso, y me salía con la mía.

Soy un escritor muy mediocre, ni esforzándonos seríamos capaces de aproximarnos a lo que Juan Ramón Jiménez decía de este absoluto despropósito de la dulzura coagulada.

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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
:)[amor02]:?:

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Esthercita's picture

Hola, Franky

Confieso, antes que nada, que éste es un estilo que no me agrada mucho que digamos; prefiero una prosa menos poética, a decir verdad. Pero, claro está, cada uno escribe en su estilo, y a cada lector le gusta uno u otro.
Pese a lo que acabo de escribir, esta sandía me gustó. Me gustó la imagen de tanta dulzura, tanto empalago y azúcar. Y la imagen final, del niño cultivando sandías (pequeñas, eso sí) en macetas con geranios. Y guardando las semillas...

Algunas líneas me han parecido muy bellas, como la inicial, una línea que se puede hacer rodar en la garganta, realmente rodar. A otras, en cambio, les encontré un sabor a recargadas, pero, claro, te decía, no es el estilo que más me agrade, y seguro es por eso.

Te sugiero revisar el dulcísima/verdísima, creo que ambos términos, tan cerca uno de otro, chocan un poco.
Y en la línea que inicia con “como si el astro omnipotente....” falta, decididamente, algún signo de puntuación.

Un abrazo,
Esther

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