You are hereForums / Prosa / Historias de Ciudad y Relatos Urbanos / La plaza sumergida
La plaza sumergida
Hola, éste es un cuento que escribí recientemente. Lo dejo alentado por las numerosos análisis y críticas que he visto hacer sobre otras historias; aún en aspectos en los cuales nunca me detengo. Siéntase libres de opinar sobre él, analizarlo y criticarlo sin la menor contemplación o piedad. Gracias.
La plaza sumergida
El Sr. Camanio miraba hacia fuera por la ventana polarizada de su habitación en el quinto piso; envuelto en una toalla, sabía que la luz sólo pasaba en un sentido y nadie podía verlo a él. Dirigía la mirada hacia delante, y enseguida hacia abajo, directo al agua. Luego tomaba un poco de celeste, dulce, y volvía a mirar por la ventana. Tenía las palmas de las manos apoyadas sobre la cómoda; la pulida superficie de neopino era perfecta para armar las líneas sin desperdiciar siquiera un poco.
Se quitó la toalla y la arrojó desinteresadamente hacia algún lugar del cuarto, dónde la alfombra comenzaría a absorber la humedad. Fue hasta la cama y arrancó el plástico que envolvía una bata azul con el logotipo del hotel en el lado izquierdo del pecho. W.C.M. entrelazadas y casi indistinguibles unas de otras. Se la ajustó con el cinturón y volvió junto a la ventana. Tomó un poco más de celeste.
A pesar de la repugnancia que le producía lo que había debajo del agua, no podía dejar de mirar. Cada vez que viajaba a Barracas se alojaba en el mismo hotel y reservaba una de las habitaciones de la fachada, las más caras. A la gente le gustaba lo que había allí, era casi un atractivo turístico; a él no le parecía tan así. Al Sr. Camanio lo perturbaba la plaza sumergida; tan gris o tan azul, opaca, muerta, silenciosa, como atrapada dentro de una campana de cristal. Veía los caños carcomidos de los cuales pendían cadenas que se perdían en la oscuridad y ya no sostenían ninguna hamaca. Los asientos de madera hacia tiempo que se habían desintegrado, el agua los había deshecho hasta transformarlos en parte de ella.
Aún tenía el cabello húmedo, fue hasta el placard y sacó una toalla seca. Terminó de secarse la cabeza y la arrojó junto con la otra. Se peinó frente al espejo del baño. Abrió el botiquín y su imagen desapareció. Tomó la colonia, se hechó un poco en el mentón y en el cuello. Cerró el botiquín y su rostro reapareció más fresco, oliendo a lavanda clásica, un detalle que el espejo no podía reflejar. Sonó el MP100, apoyado en la mesita de luz.
Recordó años atrás, en Córdoba, cuando lo llamó su amigo Luis, dueño de una tradiconal fábrica de dulces. Ese día era el fin del trabajo administrativo en una oficina del centro cordobés y el principio de una maratónica carrera como empresario.
–Mis campos empezaron a producir Luis! Soy rico Luis! Más rico que vos! –le dijo aquella vez y su amigo reía con él.
Finalmente la dura tierra de su campo había aceptado la neosoja de ultracrecimiento y pronto el campo y los cultivos se multiplicarían. Se mudaría al mejor barrio de la capital cordobesa y pasaría los meses de ocio que tanto había deseado, hasta que las responsabilidades volvieron a ser muchas, las tierras demasiadas y las exportaciones un dolor de cabeza. Volvería otra vez a estar en una oficina, propia esta vez, de nueve a seis todos los días; con más dinero y más confundido. Ahora tan rico cómo Luis y también igual de atareado.
Esta vez no era Luis, y tampoco existía la posibilidad de contarle entusiasmado a alguien lo adinerado que era. Dejando la pantalla sin emitir imagen, lo atendió cómo un viejo teléfono.
–Cómo estás? Ya estás en Buenos Aires –preguntó su mujer.
–Sí, desde anoche, estoy en el Morris.
–Otra vez ahí? Después siempre volvés diciendo que es horrible, con esa plaza bajo el agua. Porqué no te vas a otro hotel?
–No puedo ir a otro, éste es el mejor, ya sabés que tengo que mantener una imagen. Cualquiera puede pagar un hotel cinco estrellas allá en la costa, pero acá sólo viene gente exclusiva. A mejor imagen, mejores negocios –se preguntó cuál era el sentido de esto último que había dicho.
–Bueno, vos sabrás. Martincito te extraña. Te quería saludar pero después de la merienda se quedó dormido, hoy tuvo fútbol.
Del otro lado de la ventana, el sol comenzaba a descender rumbo al horizonte y el contorno de la plaza se confundía con el agua. Alguna brisa producía pequeñas olas en su superficie y las cadenas de las hamacas se balancearon.
–Claro –“es jueves” pensó el Sr. Camanio.
–Hoy vino mamá a comer –continuó su mujer –a ella también le parece que hay que cambiar las cortinas de la sala, estuve viendo unas telas…
Mientras escuchaba y miraba hacia afuera, el Sr. Camanio tuvo la visión habitual de sus estadías en el W. C. Morris: allá abajo, en la plaza, alguna vez se habían hamacado niños y el agua no había estado. Y era cómo si el recuerdo de alguien se sucediese en cámara lenta, no por los mecanismos detallistas de la remembranza, sino porque el agua volvía lento todos los movimientos.
El niño en su hamaca recorría el aire dibujando un péndulo, a toda velocidad, recién empujado por su padre. A lo lejos, una gran ola con briosos caballos de espuma en la cresta, aparecía para invadirlo todo.
En el nuevo ámbito azul grisaceo, el empujón era débil y la hamaca avanzaba poco, frenada por el agua. Otro débil empujón y el lento avance. Las ropas de niño y padre se balanceaban al ritmo del agua, cómo hablando algún lenguaje. Las risas también se sucedían lentamente, cómo pidiendo permiso, y dejaban escapar burbujas hacia la superficie. Con los cabellos revueltos, la cabeza del niño giraba muy despacio y pedía “más fuerte, más fuerte” con la boca tragando agua y deteniéndose en cada sílaba. Los ojos, lubricados ahora para siempre, ya no necesitaban parpadear.
–… ahí siempre son mejores…
El Sr. Camanio se restregó un poco los ojos y dirigió su vista a la pared de la izquierda. Se pasó un dedo por la lengua y lo apoyó suavemente sobre la celeste recogiendo lo que se pegaba. Luego lo pasó por las encías.
–Decidí vos, lo que elijas está bien para mí –le dijo a su mujer.
Alejó el MP100 de su oído para poder verla en la pantalla, pero ella también tenía apoyado el auricular en la oreja. Martincito dormía y por eso tenía bajo el volumen.
–Y tus cosas por ahí? Todo va bien?
–Sí, aburrido pero bien, yo también estoy un poco cansado.
“Con el viaje y las reuniones” pensó la Sra. Camanio y quiso dejarlo descansar.
–Creés que el domingo llegarás para la cena? –le preguntó.
–Me parece que sí, tendría que confirmar el horario del vuelo.
–Porque pensaba invitar a Darío y Marcela, pero bueno, no importa, cualquier cosa te llamo el sábado y vemos.
–Dale, hablamos el sábado, te mando un beso y otro para Martincito.
–Chau mi amor, un beso.
–Chau, beso, chau.
Dejó el MP100 en la mesita de luz y sacó el paquete de cigarrillos del cajón. Caminó por el cuarto jugando con él, abriendo y cerrando la tapa, dudando si fumar un cigarrillo o no. Le había prometido a su mujer el considerar dejarlo y eso hacía, lo consideraba un rato, a veces terminaba prendiéndose uno, a veces no.
Abrió el placard y recorrió los trajes con la punta de los dedos. Eligió uno liviano, de algodón natural, carísimo como casi toda su vestimenta. De color gris alegre, le pareció oportuno combinarlo con una corbata clara y camisa blanca.
Aún sin zapatos, volvió hacia la ventana a tomar un poco más de celeste. El sol ya casi se había ocultado, y ahora el agua comenzaba a ofrecer el reflejo que duraría toda la noche. Adivinó su ventana en el espejo de agua y se imaginó detrás. Cerró las cortinas.
Luis una vez le había dicho que de todas maneras iba a seguir ocupado o aburrido, o, aún peor, ambas cosas, y no había manera de escapar a eso.
“Eso de que el dinero no trae la felicidad es tan cierto” y justo en ese momento descorchaba un vino y el Sr. Camanio no le creyó o se olvidó, o ambas cosas.
Hacia ya unos años que el Sr. Camanio recorría los laberintos de su mente intentando discernir porqué no era más felíz, porqué las cosas que antes le gustaban tanto ahora ya casi no le representaban ninguna diversión.
La pequeña pantalla de la habitación zumbó.
–Sí? –atendió sin habilitar la emisión de imagen.
Escuchó la voz de la operadora.
–Buenas noches Sr. Camanio, me informan que en recepción una persona pregunta por Ud.
–Que suba por favor.
–Enseguida aviso, buenas noches.
–Buenas noches –saludó y apagó la llamada.
Se colocó los zapatos y arrojó bata y toallas dentro del placard. Fue hasta la cómoda y tomó más celeste, se pasó el dorso de ambas manos por la nariz. Con las cortinas cerradas se sentía mucho más cómodo. Cruzó el cuarto lentamente.
Caminó por la salita hasta la puerta y enseguida golpearon dos veces. Fue a abrir y pudo ver a su mano hacer el movimiento, observar cada detalle, cómo si la acción durase más que un segundo. Despacio, lentamente, como el niño en la hamaca bajo el agua.
I can still remember, it wasn't long ago...

Mmmm.... Interesante, pero muy lenta para mi gusto, y no me gustó el final :p
La lala
Post new comment