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La mujer del perro rojo
La mujer del perro rojo también creía en las coincidencias. Tenía en su mano el spray con el que había rociado a su querido y fiel amigo, y el abrigo de visón que se había manchado de pintura el día anterior. Un tono verde amarillento que había provocado la ira de la dueña del abrigo -una mujer que carecía casi de cuerdas vocales y de unos cuantos tornillos que había ido perdiendo por el camino de la amargura- al verla cruzar la calle. Amigas de la infancia, y enemigas de juventud, y de nuevo, juntas en la amistad -tras una herencia un poco dudosa- se habían vuelto a enfurruñar, como decían los del pueblo, para disgusto de sus progenitores -los de ellas dos- que sin poner nada de su parte habían vuelto a recompensar sus pocos esfuerzos en la amistad y enemistad de sus hijas. Cuenta la leyenda -porque ni siquiera este sistema de realidad les bastaba para reproducir sus afanes de conquista-que un día de sol, ya entrada la mañana, paseaba la cordial señora por esa vereda y que al decir de ella, en la long distance, al decir inglés, había divisado objetos volantes no identificados, y que marchó con el perro, como mujer santa que era, “oh when the saints go marching in”, tarareando esa canción de juventud que tantos amargores de venganza supo aplacar, con el fin de hacer el descubrimiento ufológico. Tras comprender que el cansancio, el uf, lo había concebido la lógica del cuerpo, y basando su fe en el horizonte, creyó conveniente, con el expreso deseo de resolver la cuestión, de investigar a fondo el sistema judicial, concretamente, el juicio que había perdido al tratar con la defensora de los caninos, esa Vlad Tepes de la jurisprudencia del perro y del amo -del calabozo- al que pensaba mandar a esta maníaca que pinta perros de madera para mofarse del proletariado, y de la que nunca obtuvo medalla alguna. Calvario de Gólgota y Virgen del Penedés que nunca dio, era la mofa y el escarnio de toda la clase trabajadora; quizás porque en el cuello de su abrigo de visón lograba entremeter, entre caspa y espalda, un vulgar cascabel. Más de sierpes que de siamés, cuando sonaba -el cascabel- a la otra -la jueza de las cuerdas vocales y de soga corrediza- le daba el frenesí o frenzy. Es en esa apabullante y sevillana amistad inglesa en la que uno no logra -a pesar de que lo que intenta conservar al conversar- ese entrecruzamiento de dedos al que uno se limita cuando se despide de un amigo íntimo, y se ve perdido en la oficina ante la marabunta de papeles sin nombre -a pesar de que todos poseen el del asegurado-, donde uno no puede sino llorar ante la tragedia como un Kyd de la ídem.
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continuará
8)

May: espero la continuación, espero...
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