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La leyenda de Ralos...


By endor - Posted on 29 March 2008

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CAPITULO I

¿Día o noche? ¿Ruidos o voces? Después de tan larga espera y en un lugar tan aislado como aquel era difícil saber con claridad. Los ojos del jóven se encontraban hipnotizados ante el pequeño trozo de madera que tenía en sus manos, cual artista frente a su obra maestra.

El lugar en que se encontraba estaba iluminado sólo por un pequeño fuego frente a él que estaba a punto de consumirse. El tiempo fuera de su recinto no importaba, ese fuego representaba su propio tiempo y cuando se consumiera por completo la hora de partir habría llegado. La habitación estaba vacía, ya no había nada que lo ligara a ese lugar y sabía que su destino se encontraba muy lejos de ahí. Sin embargo, no estaba seguro
si los demás irían con él; había otros que habían corrido su misma suerte pero dudaban en quedarse o irse, después de todo no era una decisión fácil de tomar y riesgos había muchos.

Cada sonido que venía de afuera lo perturbaba, ¿sería alguno de ellos que venía a unírsele? o ¿serían sólo ruidos generados por su ya cansada mente? De cualquier forma no importaba, su decisión estaba tomada desde hacía tiempo y sólo o acompañado saldría de ese lugar en busca de las respuestas que tanto anhelaba encontrar.

El fuego estaba apunto de apagarse. Unos segundos más y tendría levantarse del piso para comenzar su viaje. Aprovechó esos instantes para hacer su última oración a Aquel a quién acababa de descubrir hacía sólo unos días y encomendar sus pasos a su protección. ¿Sería verdad? Aún había dudas en su interior sobre si esas plegarías serían escuchadas
pero... ¿y si en verdad fuera escuchado? Trató de alejar el pensamiento y se enfocó a terminar su oración, después de todo, nada le costaba intentarlo.

El fuego se apagó. Dentro de la oscuridad en que había quedado tomó sus cosas, se guardó el pequeño trozo de madera y se levantó, preparado y seguro de sí mismo, seguro de que su decisión era la correcta y de que algún día vería los frutos de la conversión que acababa de iniciar. Apenas había dado dos pasos cuando escuchó algo en el exterior... se detuvo. ¿Serían ellos?
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Tan rápido como los nervios se apoderaron de él... tan rápido desaparecieron. Las voces eran de niños jugando a la pelota fuera de su casa, iban golpeando cada puerta que encontraban a su paso arrojando el balón con tanta fuerza como sus débiles brazos les permitían; pobres, la sequía que azotaba a la región estaba acabando con el ganado y las pocas reservas de agua que quedaban. Sentía algo de pena al irse estando su aldea en una situación tan precaria pero poco era lo que podía hacer ahí.

Con un fuerte suspiro se armó de valor. Tomó el pedazo de tela que ya tenía preparado y lo amarró a su cabeza con una cinta negra, después tomó su bolso con las pocas monedas de plata que poseía y las hogazas de pan que había preparado con el fuego recién extinto. Todo estaba listo,
era una pena que sus compañeros no hubieran aparecido. La verdad
es que le daba un poco de miedo aventurarse por sí mismo en un viaje
tan incierto pero conociendo la situación de cada uno de ellos no podía culparlos. Un último suspiro y abrió la puerta para salir de su humilde choza, ahora vacía después de haber repartido sus pertenencias a los que menos tenían tal y como había aprendido de aquellos cuyas enseñanzas recién comenzaba a hacer suyas.

Era de día. Miraba a todos lados observando por última vez aquel lugar que había sido su hogar durante los veinte años de vida que tenía. Se detuvo unos momentos frente a uno de los altares dedicados a Banazal, dios del trigo, que tanto escaseaba ahora. La duda volvió a su mente otra vez. ¿Sería verdad que el dios habitaba en esa estatua frente a él? Si le rezaba, ¿le escucharía? Casi sin pensarlo se arrodilló frente a él tirándose al piso con los brazos extendidos y oró de esta forma:

- Oh! Gran Banazal, dios morador de este altar, vigilante eterno del alimento de éste, mi pueblo. ¿Tan insignificante soy para tí, que en estos momentos en que la duda acude a mi mente cuál enemigo nocturno, y que como el más vil de los ladrones me aleja de tu presencia... es que acaso no piensas detenerme?

Poco a poco levantó su mirada y miró directo a los ojos de la estatua... y lo vió tal cuál: una estatua de bronce sin voz ni espíritu. De repente se sintió avergonzado observándose a sí mismo postrado ante una horrenda figura sin vida de dos cabezas, fue esta misma vergüenza la que lo hizo levantarse rápidamente, limpiarse el polvo de su vestimenta y continuar su camino.

No acababa de salir de la aldea cuando unos gritos y risas llamaron su atención. Se acercó al tumulto para averiguar lo que pasaba cuando vió a un grupo de cinco niños gritándole al viejo Rajid, un anciano que era ciego de nacimiento y que había vivido de la caridad toda su vida. Los niños se burlaban de él y sin importarles lo más mínimo lo insultaban, tomaban el poco alimento que la gente dejaba frente a él para arrojárselo a la cara mientras gritaban "abre la boca anciano! ¿o es que hoy tampoco quieres comer?".

Nadie respetaba al pobre viejo, incluso él cuando era más niño solía tratarlo igual o peor junto con sus demás amigos. La gente del pueblo estaba tan acostumbrada que nadie les llamaba la atención, ni siquiera el anciano les reprochaba el trato tan cruel que le daban. Pero esta vez sintió remordimiento y jalando orejas y cabellos mandó a los chicos a sus casas. La gente alrededor se sorprendió de tan extraña acción por parte del muchacho a quién bien conocían desde pequeño pero no le importó. Sin decir palabra se inclinó frente al anciano y le limpió los rastros de alimento podrido que los niños le habían aventado. Después observó el único plato de alimento que le habían dejado esa mañana. Cuando vió su contenido no pudo más que sentir pena por ese pobre hombre, el pan que le habían dejado tendría poco menos de dos semana hechado a perder y parecía ser tan duro como la roca en la que el anciano estaba sentado.

Lo que pensó le dolió en el fondo, pero su conciencia no podría estar tranquila después de irse, sabiendo que nunca hizo algo por aquel anciano a quien tanto daño había hecho cuando era pequeño. Entonces sólo era una diversión, tal como lo era para esos niños, pero ahora que había crecido y veía el mundo que él mismo había ayudado a crear no podía más que sentir remordimiento por sus acciones. Sabía muy bien que el pan que había cocinado y la ración de agua que llevaba no le alcanzaría más que para los siete días que le aguardaban en el desierto pero trató de no pensar en sí mismo, sino en la acción que había salido de su corazón, después de todo él aún era joven y podría soportar el hambre pero ese pobre hombre tendría ya varios años sin probar comida fresca y agua pura.

Sin pensarlo más, tomó una pieza de pan y la colocó en las manos del anciano, después tomó el pan podrido y lo guardó en su bolso. Limpió el plato lo mejor que pudo y vertió sobre él toda el agua que cupo. Sabía muy bien que por su estado físico el anciano no podía verle, sin embargo sintió su mirada mientras hacía todo ésto... y por primera vez en su vida escuchó su fuerte voz.

- A tí, al igual que a muchos de los pobladores de esta aldea, te conozco desde que veniste al mundo. Mis ojos nunca te han visto, pero mis oídos me han servido bien para escuchar el cambio de tus llantos y voz mientras te desarrollabas hasta convertirte en el joven que tengo frente a mí. Los dioses no dejaran sin rencompensa esto que tan gentílmente haces por mí hoy.

- Anciano, si eso es verdad, sabrás también que yo, de entre todos aquellos que te han ofendido, seré tal vez el que más daño te habré hecho. Si tu corazón late movido por la sonrisa que me brindas, te pido halles en él ese perdón que el mío necesita.

Al decir esto, el joven se inclinó nuevamente ante él y tomando sus manos entre las suyas, las besó con todo el dolor que de su espíritu salía. El anciano a su vez tomó su cabeza entre sus manos y le besó tiernamente.

- Sienta pues tu corazón el perdón que me pides pues, de entre todos aquellos que me han ofendido, serás tal vez el que más me ha confortado con tan amoroso gesto -le respondió el anciano. Más en todos estos años de haberte conocido jamás he escuchado tu nombre. Dímelo pues para que pueda pedir a los dioses que protejan y cuiden a tan noble joven.

Éste le escuchó sorprendido de su respuesta, pero dudó en revelarle su nombre pues vió en la plegaria del anciano una oportunidad para reivindicar a aquellos que como él lo habían ofendido.

- Llámame como lo acabas de hacer: "joven". Si los dioses escuchan tu plegaria, ésta habrá de recaer no sólo sobre mí, sino por todos aquellos que lo somos, de manera que serás ante los dioses el más grande hombre de esta aldea por tan generosa oración.

El anciano hechó a reir como tal vez no hacía durante muchos años, mostrando su ya escasa y descuidada dentadura.

- ¡Pero qué locuras las tuyas! ¡Mira que a pesar de haber crecido en cuerpo, la mente se te ha quedado algo corta! Pero haré como dices "joven", después de todo que sean los dioses quienes decidan hacer o no caso de semejante plegaria, pero dime otra cosa: ¿a qué dios te consagraron tus padres? Quiero al menos que sea sólo uno de ellos el que se ría de mí y no todos cuando tenga que dirigirme a ellos.

Fue el joven quién río esta vez. Si el anciano se había burlado con la primer respuesta ¿que haría con la segunda?

- Ya veo que eres hombre de palabra anciano, y cómo tal, sé que rezarás como te lo voy a indicar. Cuando comiences tu oración hazlo de la siguiente manera: "Yo, Rajid, hijo de Nelezír, me dirijo a tí oh! gran Señor y Dios Único de los hombres..." y después terminarás como mejor te parezca.

La risa del anciano desapareció al instante.

- Pero, ¿te has vuelto loco? o ¿es que tu mente aún habla con llantos en vez de palabras? Mira que dirigir una oración a un "Dios único"... ¿es que tus padres no te enseñaron los nombres de los dioses que protegen nuestra tierra? Si es así, deja entonces que elija yo a uno y te salve así de su ira por tan ignorantes ideas.

El joven no se inmutó. Su cara, aunque el anciano no podía verlo, seguía sonriendo. Se acercó a su oido y casi con susurros le explicó su plan.

- No te equivocas en creer que mis padres me han consagrado a uno de los tantos dioses a quienes esta aldea rinde ofrendas y sacrificios, y no te miento al decirte que los conozco a todos desde pequeño. Pero han llegado a mí y algunos amigos noticias de las enseñanzas sobre un sólo dios y he decidio ir en su búsqueda. Haz la plegaria como te lo he pedido. Si es verdad que sólo existe un dios, él será el único en escucharla y me guiará por buen camino hasta su presencia, si es mentira, el celo entre los demás dioses por hacer suyas tan grandiosas palabras hará que cada
uno tome la oración como suya, cuidándome no sólo uno, sino todos ellos durante mi viaje.

La mirada del anciano permaneció seria durante unos minutos más, pero poco a poco la sonrisa y las carcajadas volvieron a él. Con un movimiento de la cabeza accedió a hacer lo que el joven pedía.

- Eres diferente "joven". Ten por seguro que aunque no haya ni un sólo dios escuchando mis oraciones, yo estaré siempre aquí rezando por tí, por tu buena fortuna, por tu salud y porque algún día descubras la verdad que estás buscando.

Con una sonrisa en su rostro y en su corazón el joven agradeció al anciano y le prometió que si algún día llegaba a conocer la verdad, volvería para revelarle todo lo que hubiera aprendido. Después de esto tomó nuevamente sus cosas y prosiguió su camino hasta salir de la aldea.

No sabría decir qué fue, pero algo lo hizo voltearse apenas unos metros fuera del pequeño poblado que fue su hogar. Cuando miró hacia atrás observó al anciano sentado todavía en la piedra, lo vió levantarse y casi podría haber asegurado que le estaba observando fíjamente. Llevado por
un extraño magnetismo y como si estuviera reaccionando ante el saludo de un amigo, el joven levantó su brazó con la mano extendida en señal de despedida... el ciego le devolvió el saludo.
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CAPITULO 2

Más pareciera que el viejo Rajid hubiese orado en su contra que a su favor. Siete días después de haber dejado su aldea, el arrepentimiento y la nostalgia llenaban el corazón del pobre joven. Al final, supo la verdad más pronto de lo que esperaba: aquel dios a quien tanto anhelaba encontrar era sólo una ilusión. Los verdaderos dioses, aquellos que eran capaces de hacer cosas tangibles que los hombres podían experimentar, resultaron ser, después de todo, los dioses a quienes había decidido rechazar. Lo sabía no porque le hubieran abandonado o traicionado, sino porque le castigaban.

Si era de día o de noche poco importaba ya. Sus ojos hacía varias horas se mantenían cerrados. En su situación ya no le eran de utilidad. El peso que sentía sobre sí había ido aumentando poco a poco; sus brazos aún se encontraban libres pero la fuerza los había abandonado siéndole inútiles para protegerse o liberar su cintura y piernas que ya se encontraban enterradas bajo la arena. La tela que cubría su cara servía de poco ante la fuerza del viento que sofocaba su respiración y poca protección le brindaba contra las piedras, que aunque pequeñas, se azotaban contra su cara movidas por la furia de la tormenta. La herida que tenía arriba de la nuca no había dejado de sangrar a pesar del vendaje que se había amarrado alrededor de la cabeza, el olor había penetrado tanto en la tela que cada respiro le recordaba que la infección estaba avanzando con gran rapidez.

Los latidos de su corazón comenzaban a hacerse más lentos mientras que el temblor de su cuerpo aumentaba. La escasa conciencia que le quedaba le servía únicamente para orar a Ebém, su dios protector, para que le librara de aquel castigo tan doloroso al que le había sometido. Cuánta razón había tenido el anciano al advertirle sobre la ira de los dioses, pero solo ahora que la vivía en carne propia se daba cuenta de su error e inocencia al haber creído en las ideas de aquellos que le habían engañado como a un niño. Ahora sabía que no había tal dios que fuera todo amor y bondad, de ser así ¿por qué había volcado sobre él un final tan miserable?

Y el final llegó… lentamente el dolor comenzó a desparecer y en su mente comenzaron a aparecer viejos recuerdos de su niñez y corta juventud, sin embargo, aquellos de los últimos días le parecieron eternos, era como si los volviera a vivir nuevamente… y de pronto lo recordó todo por última vez.

El primer día después de haber salido de la aldea se dirigió a la ciudad de Inos, donde esperaba poder unirse a alguna de las caravanas que salían de ahí con destino a la ciudad de Ortos. El desierto era traicionero y no era conveniente cruzarlo solo, pues además de que no conocía el camino, era bien sabido que varios grupos de ladrones se escondían en algunas de las cuevas en espera de alguien a quién despojar de sus pertenencias. Las caravanas eran pues un medio más seguro para cruzar el desierto ya que no sólo eran grupos numerosos, sino que además llevaban siempre a un grupo de soldados que las protegían durante el viaje. Así pues, llegando a la ciudad se dedicó a buscar a alguna que le acogiera por un bajo costo, sabiendo que al llegar a Ortos tendría que desembolsar la mayor parte de su dinero entre impuestos y el costo del viaje en embarcación a través del mar Anubej para llegar a las tierras del sur de Egipto.
Por suerte no le costó trabajo encontrarla. El grupo consistía de unas quince personas incluido el guía y dos soldados; a él le hubiera gustado viajar con un grupo más grande pero todos los demás le exigían un precio más elevado, así que sin poner objeciones pagó el precio.

Al ser una ciudad tan transitada el hospedaje era demasiado caro, pero a él no le importaba dormir a la intemperie mientras esperaba al día siguiente para partir con la caravana. Su mente tenía una sola idea: cruzar Egipto y dirigirse a las tierras del norte donde comenzaría la búsqueda del hombre que le daría a conocer la verdad. Con esta idea en la cabeza se dirigió a las orillas donde habitaban aquellos que habían sido marginados por su pobreza o enfermedades. Mientras caminaba entre ellos advirtió a dos leprosos que le miraban algo asombrados. Sin temor a su estado, se acercó a ellos y amablemente les solicitó permiso para pasar la noche junto a ellos. Estos se miraron mutuamente y algo desconcertados accedieron. Pasaron largo rato contando cada uno la historia que los había llevado hasta ese lugar, pero cuando escucharon la historia del joven no pudieron evitar preguntarle sobre ese dios que buscaba. Le escucharon atentos durante varias horas hasta que se vieron vencidos por el sueño, pero aquello que ese muchacho les enseñó se quedó grabado por siempre en sus corazones.

A la mañana del segundo día el joven se despertó antes que los leprosos. No se había dado cuenta, pero durante la noche le habían cubierto con una manta limpia que probablemente estarían guardando para sus últimos días. No quiso despertarlos para despedirse pero entre la manta les dejó envuelta una pieza del pan que llevaba; no se la habían aceptado la noche anterior y en su lugar, fueron ellos quienes compartieron su escasa comida con él. Por segunda ocasión veía cómo la pobreza material aumentaba la riqueza espiritual. Agradecido y con el corazón lleno de una nueva energía se despidió de ellos con un beso en la frente y se dirigió a reunirse con la caravana.

El transcurso del día lo pasó meditando sobre lo poco que aún conocía sobre ese nuevo dios y sobre el hombre que predicaba su palabra. Al atardecer escuchó a dos de los hombres que cabalgaban junto a él hablar sobre un hombre que decían había perdido la razón después de haber pasado varios días sin comer en el desierto… ¿sería él? Varias de las cosas que decían encajaban con la poca información que él tenía, pero no tuvo el valor de preguntarles nada. Hablaban de él en forma despectiva y burlona, además ambos hablaban latín y por su porte parecían ser soldados del Imperio, si llegara a irritarles con sus preguntas podría terminar detenido en alguna prisión… eso en el mejor de los casos.

Al tercer día todo cambió. Ya entrada la noche y mientras todos dormían, el joven se despertó angustiado. Salió de la tienda que compartía con otros tres extranjeros y se dirigió al fuego para calentarse. Tenía un presentimiento de que algo andaba mal. Uno de los soldados estaba dormido mientras el otro montaba guardia. De repente escuchó un ruido a lo lejos. Se alejó un poco del fuego para observar mejor pero era imposible ver algo en aquella oscuridad… un escalofrío le recorrió la espalda mientras trataba inútilmente de distinguir algo en aquel vacío. Después de permanecer así por algunos minutos escuchó la voz del soldado ordenándole que entrara nuevamente a su tienda. El joven se volteó para preguntarle si había escuchado algo, pero en el mismo instante en que lo vio a los ojos… todo terminó.

La punta de una espada salía del pecho del soldado mientras la figura de un hombre tapaba su boca con una mano. Todo fue tan rápido que antes de que pudiera reaccionar sintió un agudo dolor en la nuca… las figuras frente a él se tornaron borrosas, los sonidos desaparecieron poco a poco y su conciencia desapareció mientras su cuerpo caía al suelo.

El amanecer del cuarto día fue un milagro para él. Se encontró tirado sobre la arena cubierto por lo que parecían ser los restos de lo que la noche anterior fuera su campamento. Se levantó con mucho trabajo y con un terrible dolor en la nuca, pero a los pocos pasos cayó nuevamente. El dolor era insoportable y sentía la cabeza demasiado caliente, con algo de esfuerzo se tocó la nuca y al ver su mano se dio cuenta que estaba sangrando. El pánico se apoderó de él cuando después de asimilar lo sucedido comprendió que se encontraba completamente solo a la mitad del desierto con una grave herida en la cabeza y sin nadie a quién pedir auxilio. Las cosas acababan de dar un giro terrible e inesperado en su vida.

Después de varios intentos se puso en pie y como pudo, se vendó la cabeza con un trozo de tela que arrancó de los restos de una de las tiendas. Revisó lo que quedó del campamento sólo para comprobar que no había nadie con vida. En el centro estaban apilados cuatro cuerpos y alrededor estaba todo aquello que ni los ladrones, ni aquellos que habían quedado con vida y ya habían huido, querían.

Varias horas pasaron mientras el pobre muchacho lloraba su desventura. Pero al final se armó de valor y orando a su nuevo dios comenzó a buscar todo aquello que pudiera serle de utilidad. Lo único que fue capaz de darle un poco de alegría fue el descubrir aquel trozo de madera con el que había salido de su hogar, afortunadamente nadie había visto ningún valor en él así que lo dejaron tirado junto con otras pertenencias insignificantes.

Con el bolso armado comenzó a caminar hacia el norte. No sabía qué camino debía tomar pero su esperanza era encontrarse con alguna otra caravana a la cuál solicitar ayuda, de cualquier forma sabía que siguiendo ese rumbo no se alejaría tanto del puerto de Ortos. Lo que en verdad le preocupaba era que por más que había buscado no pudo encontrar ni un solo rastro de comida o agua y le faltaban al menos cuatro días de camino. Irónicamente recordó aquella conversación de los soldados sobre el hombre que había perdido la razón durante su estancia en el desierto, pero sabía bien que su dios no le abandonaría y estaba seguro que de alguna forma habría de proporcionarle lo necesario para sobrevivir.

El calor no era tan sofocante pero al anochecer la sed se volvió insaciable. Tenía mucha hambre y por si fuera poco el dolor de la herida seguía aumentando. Esta situación le llevó a plantearse ciertas dudas sobre sus decisiones… ¿realmente valía la pena tanto sacrificio por buscar a un hombre al que había escuchado juzgaban de loco? y ¿si realmente estuviera loco? Si así fuera, habría sacrificado su vida por nada y más aún, corría el riesgo de que sus dioses lo castigaran… o ¿sería este el castigo de los dioses por haberlos rechazado? Estas y otras preguntas agobiaban su mente mientras su cuerpo le reclamaba el alimento que tanto necesitaba para seguir funcionando. Esa noche la pasó con un gran dolor físico y una gran decepción espiritual.

El quinto día reanudó su marcha en la misma dirección. Durante el camino se detuvo en varias ocasiones preguntándose si no sería mejor idea el regresar a Inos en busca de ayuda, pero cada vez que hacía sus cálculos se convencía de que se encontraba a más de la mitad del camino hacia Ortos; cada vez se convencía asimismo que su única salvación era seguir adelante y fue entonces cuando se dio cuenta… Su deseo por llegar a la ciudad ya no tenía que ver con sus creencias religiosas, lo que le importaba era salvar su vida.

Al anochecer su mente se encontraba deshecha por todas las dudas que se había estado planteando. El dolor ya era insoportable y por primera vez pensó que ese desierto sería el último lugar que pisaría. De pronto sus emociones cambiaron otra vez, ya no era decepción lo que sentía… eran frustración y desesperación. Ya ni siquiera le importaba llegar a la ciudad, lo que más deseaba en esos momentos, lo único que realmente anhelaba, era encontrarse con cualquier animal vivo o muerto con el cual poder saciar el hambre que le estaba matando. Esa noche no durmió… se desmayó del dolor.

El sexto día apenas y podía caminar. La saliva comenzó a faltarle, su boca estaba llena de arena por tantas veces que se había caído. Necesitaba agua, ya no podía seguir adelante. El calor lo estaba matando y el reflejo de la luz del sol sobre la arena blanca lo estaba cegando. Su mente comenzó a jugar con él. Varias veces durante el día llegó a arrastrarse en un intento por alcanzar lo que le parecían charcos de agua y verdes colinas. Una gota… sólo deseaba probar una gota de esa agua tan cristalina con que su mente se divertía.

Cuando ya era de noche gritó con todas sus fuerzas… Ya no podía luchar contra el dolor de la herida que ya estaba bastante infectada; trató de quitarse el vendaje pero no pudo. La tela se le había pegado a la piel y apenas comenzó a removerla la sangre comenzó a brotar otra vez haciéndole conocer nuevas formas de dolor. Enojo y furia eran ahora los moradores de su corazón, pero en vez de ayudarle parecían encender aún más la ira que los dioses habían desatado sobre él. Justo cuando estaba por desmayarse otra vez, escuchó un fuerte ruido que le rodeaba por todos lados. Sólo unos minutos después una terrible tormenta de arena cayó sobre él... el pobre cerró los ojos y comenzó a llorar.

El séptimo día fue el fin. Ya no podía ponerse de pie y las pocas fuerzas que le quedaban las usaba para evitar que su cuerpo quedara atrapado bajo la arena. Como pudo, se tapó la cara con la tela con que cubría su cabeza; al principio usaba sus manos para protegerse el rostro pero conforme las fuerzas le fueron abandonando hizo un último intento por escapar de la tumba de arena que la tormenta seguía formando sobre él… hasta que no pudo más. Con esta imagen terminaron sus recuerdos y con ellos el sufrimiento del que estaba convencido… había sido castigo de los dioses.

Pocos minutos después su cuerpo quedó casi enterrado bajo la arena a excepción de la cabeza que había quedado con el rostro hacia arriba.

Justo antes de que quedara completamente sepultado, un par de manos comenzaron a escarbar alrededor de su cabeza hasta liberarla por completo. Las manos lo tomaron por el cuello y lo sostuvieron así por un par de segundos. Entonces se escuchó un grito en una lengua extraña entre el estruendoso ruido causado por la tormenta. Dos figuras más se acercaron corriendo al lugar e intercambiaron más gritos en la misma lengua con aquel que se encontraba inclinado ante el muchacho. Después y tan rápido como pudieron sacaron el cuerpo de la arena y lo cargaron hasta donde se encontraban más de estos personajes. El que lo había descubierto se fijó en la hemorragia que tenía en la nuca y se apresuró a darle atención a la herida cuidando de no lastimar el tejido al momento de retirar el improvisado vendaje. Fue entonces que le quitó la tela que le cubría el rostro, lo miró por unos segundos con expresión de sorpresa y se levantó para dirigirse a sus otros dos compañeros… con una sonrisa mencionó sólo una palabra:

- ¡Amir!
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CAPITULO 3

Esta ocasión definitivamente era ruido. El ruido del desierto recibiendo la luz de un nuevo día. Una lengua húmeda recorría su rostro invitándole a despertar de su largo sueño, y cuando abrió los ojos se espantó al verlo…

De un solo salto se puso en pie y comenzó a mirar a su alrededor inspeccionando el lugar. Estaba sólo. La luz del sol comenzaba a salir por el este iluminando el paisaje con su roja luz. Frente a él se encontraba un caballo de color blanco, fuerte y hermoso; sobre su lomo había una fina silla de montar, egipcia tal vez por su elegancia y figura, y a cuestas llevaba dos grandes bolsos. El joven deseaba que el animal pudiera hablar para que le explicara lo que había sucedido, pero lo único que logró al acariciarle fue que le lamiera la cara otra vez.

Después de pasar varios minutos observando el lugar, acariciando el suave pelaje del caballo, se dio de cuenta de que su vestimenta al igual que sus manos estaba limpia. Se observó asimismo por un buen rato hasta que notó una hoja de papiro metida entre su túnica y la cinta amarrada a su cintura. La tomó en sus manos y la desenrolló con cuidado para leerla, su mensaje era éste:

“Hermano mío:

Tres días han pasado desde que encontré tu cuerpo moribundo enterrado en este desierto al que tantos temen. Mis deberes, sin embargo, exigen de mí que retome el camino hacia mi destino donde mi gente aguarda por mí. Es por eso que he tenido que dejarte, no sin antes asegurarme de dejar junto a ti todo lo necesario para que retomes tu viaje original.

He sido diligente en los cuidados de tus heridas, habiendo sanado todas en estos pocos días. He cambiado tus ropas para que tu presencia sea agradable a quien pase junto a ti. Te he alimentado con la mejor comida que llevaba conmigo y he saciado tu sed para que a tu cuerpo no le falten energías durante el camino. He cuidado tus sueños y he confortado tu mente cada vez que la angustia venía a tu rostro. Te he dejado a uno de mis caballos, mantos para cubrirte durante la noche, algunas monedas de plata y raciones de alimento y agua suficientes para que no te falte nada durante tu viaje. Para orientarte sobre tu destino he clavado seis estacas de madera alrededor tuyo; párate sobre el círculo de la fogata y observa cada una, sigue esa dirección para llegar a la ciudad que tienen grabada.

Así pues, verás que no han sido negligencia o desinterés las razones por las que te he dejado. Mis razones tengo para no llevarte conmigo, siendo una de ellas el no forzarte a seguir mi camino: mi destino tal vez no sea el tuyo, mi andar sería tal vez demasiado lento para ti y mi compañía tal vez no te resulte agradable.

No me importa si eres pobre o rico, esclavo o rey, incluso no me interesa si tu corazón alberga el bien o el mal; para mí eres mi hermano, y como tal rezaré por ti. Si algún día quisieres buscarme sólo piénsalo y seré yo quien venga a ti. Sin importar si tu vida es afortunada o desventurada yo siempre te querré como si fueras de mi propia sangre. Ten buen viaje, hermano.”

La carta estaba escrita en la lengua del joven pero la firma parecía estar en un idioma diferente, sólo eran cuatro símbolos que no pudo reconocer. Se la guardó con cuidado en su cintura y comenzó a buscar en su mente los recuerdos que le habían llevado hasta aquella extraña situación pero nada podía recordar.

Caminó en derredor del círculo formado por las estacas, leyendo con cuidado cada uno de los nombres de las ciudades a las que apuntaban. Fue entonces que al leer el cuarto nombre las imágenes comenzaron a llegar.

Por fin todo tenía sentido. Había decidido abandonar su hogar para perseguir un sueño que había tenido unas semanas atrás: la búsqueda de un hombre que le enseñaría la verdad sobre el único dios creador de todo. En el camino había pasado por Inos donde se incorporó a una caravana para cruzar el desierto. En la noche del tercer día unos ladrones los asaltaron, tomando la vida de los dos guardias, el guía y un extranjero. Después de eso todo se había volcado en un penoso y doloroso final del cual sólo esperaba liberarse. Su mente recordó los últimos momentos de lucidez que tuvo antes de que la tormenta de arena lo sepultara… se había arrepentido de todo, había abandonado su sueño porque el dios al que buscaba había sido solo un engaño. Ebém, el dios al que sus padres le consagraron el día de su nacimiento, junto con los demás dioses se habían vengado de él por su traición y le habían castigado severamente. Su último recuerdo eran súplicas de perdón junto con el intenso dolor que sintió antes de perder la conciencia. Al ver el nombre de Ortos en la estaca su mente decidió su destino. La quinta estaca, la que estaba justo del otro lado era la que buscaba; no tuvo necesidad de ver el nombre de la sexta.

Con gran determinación y energía montó el caballo que le habían dejado y antes de partir oró a los dioses nuevamente por su perdón y por haber mandado a aquel hombre para que le socorriera. Les pidió por largo rato que bendijeran su vida, su familia y su descendencia hasta que por fin exhalara su último aliento. Y así, con el corazón lleno de agradecimiento y con la determinación de regresar a su aldea se dirigió en dirección a donde apuntaba la quinta estaca: Inos.

Después de tres días en el desierto que casi había tomado su vida, por fin llegó a su anhelado destino, o al menos eso pensó…

La ciudad se parecía a aquella de la que había partido una semana atrás, pero se veía muy diferente: era más grande, más limpia y más hermosa. Al llegar a la entrada se detuvo en espera de que los soldados se le acercaran para cobrarle el impuesto correspondiente por cruzar la ciudad… pero no había soldados.

Tuvo temor de entrar así en la ciudad temiendo que alguien le señalara como infractor de la ley pero al poco tiempo observó que la gente entraba y salía por la entrada sin dar explicaciones a nadie, así que volteando a un lado y a otro se decidió a entrar manteniéndose alerta en todo momento. Bajó del caballo y al internarse un poco más en la ciudad recordó su estancia con aquellos leprosos que tan cariñosamente le habían acogido, el lugar no estaba lejos, así que decidió ir en su búsqueda antes de dejar la ciudad; después de todo les debía una explicación. La noche que pasó junto a ellos les habló emocionadamente sobre aquel dios del amor y ellos habían quedado convencidos de sus palabras, ahora que sabía que aquello era una mentira se sintió en la obligación de reconocer su error y contarles sobre la generosidad que había tenido Ebém al salvarle de su castigo.

Durante el trayecto la misma idea le acechaba: aquel lugar era la misma ciudad de la que había partido pero de alguna manera se veía diferente. Para empezar las calles estaban libres de altares y ofrendas, sabía que sus pasos le habían llevado por ahí porque reconocía algunos de los establos y comercios, pero, sin saber cómo… aquel era un lugar diferente.

Al llegar a la zona de los marginados vino otra sorpresa. No sólo no había ni un solo pobre o enfermo en aquel lugar, sino que aquello ¡ya no era la orilla de la ciudad! Las casas continuaban al menos durante un kilómetro más hacia fuera y al llegar al lugar donde recordaba haber pasado la noche se encontró con un gran número de comerciantes que ofrecían animales para los sacrificios en el templo, según escuchó de varias conversaciones cercanas. Sin entender qué había pasado se dirigió a un vendedor de aves y le preguntó:

- Nuestros dioses bendigan tu día y el buen destino de tu vida buen hombre. Dime, ¿sabes acaso en donde se encuentran los leprosos que habitaban este lugar hace apenas unas semanas?

- ¿Leprosos? –el hombre le miró con dudas- No ha habido leprosos ni ningún otro tipo de enfermos en esta zona desde que tengo memoria, forastero. Esta es la ciudad de Inos, ¿estás seguro de estar en el lugar correcto?

La duda le vino a la mente. ¿Qué habría pasado? No quiso parecer necio ante el comerciante y ser tomado por el primer enfermo en pasar por ahí así que, agradeciendo la información se despidió y se dirigió por otras calles hacia la salida de la ciudad.

Era verdad. Mientras recorría la ciudad se daba cuenta que no había ni un solo enfermo o mendigo en aquel lugar. ¿Es que todo lo que recordaba habría sido solo un sueño? Recordó entonces la historia de uno de los dos leprosos. Su nombre era Amelej y al igual que su padre había sido un conocido herrero de la ciudad hasta que los dioses decidieron castigarle por haberle quitado la vida a un hombre en una de las muchas ocasiones en que perdió la conciencia debido al alcohol. El hombre en cuestión era un amigo suyo llamado Nabil, quien según le contaron no le había hecho ningún mal. Amelej sufrió mucho por aquel pecado y aunque la familia ofendida le perdonó y le absolvió ante el dios protector del difunto, éste no le perdonó y le mandó aquella enfermedad como castigo.

Meditando sobre esto y considerando seriamente la probabilidad de haber soñado todo aquello observó a lo lejos a tres jóvenes herreros tomando un descanso afuera de una pequeña casa que les servía como lugar de trabajo. Se acercó a ellos y aprovechando el buen humor que parecían tener, les solicitó amablemente se encargaran de su caballo mientras él aprovechaba para descansar un poco antes de partir. Dos de ellos tomaron al animal y sacando sus herramientas comenzaron a trabajar. El joven y el otro herrero comenzaron a platicar muy amenamente sobre el origen del caballo. La verdad era que al joven le daba pena contar su historia tal como la recordaba, sobre todo porque ni él mismo estaba seguro de ella, así que prefirió inventar una nueva llena de algunas exageraciones que llamaron la atención de los herreros.

- ¿Y a dónde te diriges forastero? –preguntó el herrero que se había quedado con él.
- A Neljabib.
- De ser así ¿por qué no pasas esta noche con nosotros? No podemos ofrecerte los manjares ni comodidades egipcias que el gobernador te dio, pero nos complacerá mucho tener tu compañía mientras terminas de contarnos el final de tu historia.

El joven le sonrió y aceptó gustoso. Entonces el herrero se levantó de su lugar y con gran emoción se dirigió a uno de sus compañeros que aún trabajaban en las herraduras del caballo.

- ¡Se queda hermano! ¡El forastero ha aceptado quedarse hasta mañana! ¿Qué dices Nabil, te quedas con nosotros también?

Los otros dos herreros se miraron mutuamente, después uno de ellos respondió.

- ¡Encantado, de cualquier forma los ronquidos de Amelej no me dejan dormir aunque vivo en frente de ustedes!

El otro herrero, simulando estar ofendido se lanzó sobre Nabil inundando toda la calle con el alboroto de sus risas.

No necesitaba decir nada. Los ojos del joven se habían abierto tanto como podían, el pulso se le había detenido y de repente sintió que un escalofrío se había apoderado de su cuerpo sin intención de abandonarlo. No lo había notado antes pero ahora que le observaba fijamente no le cabía duda, aquel rostro era idéntico al que vio en su supuesto sueño, sólo que este último era casi un anciano, mientras que el que tenía enfrente era casi de su misma edad. Era la misma mirada, la misma voz… era él… era el leproso...
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CAPITULO 4

Los firmes músculos de aquel caballo no eran sólo apariencia. El joven había hecho el camino de Inos a Neljabib en un tercio del tiempo acostumbrado. La urgencia por salir de aquel lugar, ahora desconocido para él, lo había llevado a forzar al animal hasta el límite.

Ahora, de pie junto a su caballo y a sólo un par de kilómetros de la entrada a su aldea se preguntaba constantemente si aquello no sería más que la continuación de un castigo aún más cruel de parte de sus dioses… o si sería la bendición del dios a quién tanto había querido encontrar.

Había pasado la noche anterior en la casa de Amelej sólo para confirmar los datos que aquel leproso le había contado en aquello que ya no sabía si era realidad o fantasía. Todos los nombres, lugares, situaciones, todo detalle que había escuchado de la viva voz de aquel anciano… todo encajaba a la perfección, no había duda: aquel muchacho era Amelej. ¿Pero cómo?

Incluso la descripción que le dieron sobre Inos y sobre toda Ralos en general cambiaba mucho su concepto sobre aquella nación. Escuchó atentamente a Amelej mientras le explicaba el porqué de la desaparición de los altares a los dioses y el porqué no había ni un solo enfermo en toda la región desde hacía varias generaciones. Sus palabras aún resonaban en su cabeza:

“Era inevitable. Muchas eran ya las generaciones que habían pasado sin atender los deseos de los dioses hasta que por fin su ira cayó sobre toda la tierra de Ralos. Todo hombre, todo animal, toda planta y todo aquello que tuviera vida sintió su furia durante 15 años, un año por la venganza de cada dios. El desierto y el mar que rodean nuestra tierra castigaron a todo aquel que intentó huir, pues de los dioses somos y su voluntad debemos obedecer. Si el hombre no honra al dios con los sacrificios que le son demandados, el dios se honrará asimismo sacrificando al hombre, esa es la ley, y así se cumplió.

Sucedió entonces que en el último año, cuando tocaba su turno a Ebém -dios del agua- que éste se negó a inundar Ralos para acabar con el hombre. Mandó lluvia sobre toda la tierra para generar nueva vida y para salvar la de aquellos que la estaban perdiendo. Al ver la traición, Arjab –dios de la tierra- se enfureció aún más; reunió a los demás dioses y juntos castigaron a Ralos como nunca se había visto. La tierra se abría con movimientos violentos tragándose poblados enteros; de la tierra emergían volcanes, cuya lava exterminaba las praderas con que se alimentaba el ganado; las aves que no caían muertas del cielo lo hacían para clavar sus afilados picos en el cuerpo del hombre. Y fue así como la nación comenzó a desparecer abruptamente por aquella vida pecaminosa de la que tanto se arrepentían.

Viendo cómo los dioses le derrotaban y sabiendo que su ira acabaría con él también, Ebém abandonó la tierra y trasladó su furia al mundo superior en contra de los dioses. Se dice que les gritó "¿De qué sirve ser un dios si no sabemos apreciar nuestra propia grandeza en esta obra tan maravillosa que hemos hecho? Si ser un dios significa vanagloriarme destruyendo y torturando aquello a lo que he dado vida y que tanto amo, entonces no merezco serlo y ustedes tampoco". Después bajó al mundo inferior e inundó el inframundo, apagando el fuego eterno que castiga a los hombres después de la vida; las almas que ahí habitaban se fortalecieron con el agua y con la vitalidad que Ebém infundió en ellos, rebelándose contra Pandej y sus esclavos sacándolos de ahí y arrojándolos al pantano de Jurbos de donde ni el mismo dios Pandej pudo salir. Las almas de los hombres que habitaban los demás reinos superiores tomaron ejemplo, Ebém entró en cada uno de ellos y se alzaron en contra de los demás dioses arrojándolos a todos al Jurbos. Este pantano que rodeaba al mundo de los dioses era territorio de Ebém, quién para asegurarse de que los dioses no pudieran salir, lo secó por completo. Al quedar como único dios, Ebém adquirió los poderes de los demás y comenzó en ambos mundos un nuevo orden en el que, ante todo, prevalecían el respeto y el amor del dios al hombre… y del hombre al dios.

Es por esto querido hermano ralí, que en toda ciudad a la que vayas no verás más altares ni ofrendas que no estén erigidos en honor a éste, nuestro gran dios. La conducta del hombre ha cambiado tanto que en años no se ha visto sobre esta tierra ningún castigo del dios y éste nos ha bendecido con salud y prosperidad en abundancia.”

¿Sería pues que éste era el mundo real y que su experiencia en el desierto sólo lo había despertado de un profundo sueño? La duda seguía en su mente mientras se acercaba más a la entrada de la aldea. Ésta también parecía ser la misma que recordaba, pero todo cambió cuando el primer ralí que lo vio comenzó a gritar:

- ¡Kabel! ¡Es Kabel! ¡Pronto, avisen a sus padres que Kabel ha regresado!

¡¿Sus padres?! La pequeña aldea comenzó a tornarse borrosa mientras el joven sentía que sus piernas comenzaban a fallarle. Antes de perder la conciencia vino a su mente la última imagen que tenía de sus padres, aquella imagen que se le había quedado grabada y gracias a la cual había conocido a los hombres que le hablaron de aquel hombre que predicaba sobre el dios del amor. Aquella última imagen que lo había acompañado y que le había dado tanta fuerza ante las dudas que había tenido al dejar la aldea, aquella imagen que se le quedó plasmada antes de abandonar el cementerio… después de haberlos enterrado él mismo.
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CAPITULO 5

El rostro de aquel hombre era lo único que podía ver. De su frente bajaban chorros de sangre que le bañaban hasta desaparecer en su barbilla en forma de gotas cuyo destino no alcanzaba a ver. Su semblante, a pesar del terrible dolor que debía estar padeciendo, era el de un hombre en paz. Su cara estaba llena de heridas y enterradas alrededor de su cabeza tenía lo que parecían ser varias espinas. Nunca le había visto y tampoco sabía quién era, pero sentía pena y dolor por el sufrimiento de aquel, de quien la vida poco a poco se alejaba. Su visión se centró después en sus labios, a los que vio articular palabras en un idioma que no entendía; entonces, mientras su mente le traducía aquella pregunta, vio por última vez aquellos ojos que sentía le estaban mirando a él, y a él solamente. Poco a poco la oscuridad volvió y en su mente resonaba aquella pregunta que su conciencia le había descifrado: ¿Por qué me has abandonado?

Sus ojos se abrieron de repente y de su boca salió un grito de temor. ¿Habría estado sudando… o llorando? No lo sabía con certeza pero su rostro estaba humedecido. Con ambas manos se limpió la cara y casi por instinto se levantó para dirigirse a la esquina del pequeño cuarto en que había dormido, para vestirse. Al verse asimismo con aquellas ropas y al observar la aldea iluminada por los primeros rayos del sol a través de la pequeña ventana, sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda, como si alguien estuviera derramando un chorro de agua fría por su cuerpo… estaba otra vez en su casa.

En ese momento escuchó ruidos a las afueras de su cuarto. Fue un momento extraño. El escalofrío cesó y en su lugar su cuerpo se llenó de una gran alegría, una tan grande que casi sintió que su corazón estallaba al poder gritar una vez más:

- ¡Madre!

La mujer que estaba frente a él tiró los utensilios con que cocinaba y corrió velozmente hacia los brazos abiertos de su hijo. Si aquello era un sueño o una ilusión ¿por qué se sentía tan real? Kabel apretó a su madre con todas sus fuerzas; la besaba como si aquel fuera el momento más alegre de su vida. Lloraba y gritaba al poder utilizar nuevamente todos sus sentidos, aprovechándolos para sentir aquel cuerpo que pensaba no volvería a ver nunca. La puerta de la entrada de ese pequeño hogar se abrió; en el umbral, un hombre se había quedado quieto contemplando aquella emotiva escena. Cuando Kabel y su madre le vieron, el hombre dibujó una enorme sonrisa y tirando el pesado bolso que cargaba sobre su hombro se lanzó sobre ellos.

- ¡Hijo mío! ¡Bendito el dios que en su misericordia ha tenido a bien el que volvamos a tenerte entre nosotros!

Gritando de esta manera el padre de Kabel le abrazaba y besaba con todo el amor que parecía había estado guardando durante largo tiempo. El joven se dejó llevar por ese momento con el que tanto había soñado y por primera vez, desde su regreso del desierto, deseaba con todas sus fuerzas que este nuevo mundo que se presentaba ante él fuera su realidad. Este era el mundo en el que quería vivir, el mundo al que quería pertenecer.

Sus padres le besaron por última vez y entre llantos de alegría lo llevaron a la mesa donde tomaron sus alimentos mientras preguntaban a Kabel sobre su viaje de regreso. El joven no estaba seguro de saber exactamente qué responder, así que para no seguir inventando historias decidió atribuir su falta de memoria a un golpe en la cabeza que unos bandidos le habían dado mientras regresaba a casa.

- Pero hijo mío –decía su madre con sorpresa y preocupación- ¿por qué no habías mencionado eso antes? Rezaremos a Ebém porque los recuerdos acudan a ti nuevamente, pero de la herida habremos de ocuparnos nosotros.

Nuevamente notó algo raro. Su propia voz. Parecía más aguda que antes, aunque dada la emoción del momento tal vez sólo fuera producto del llanto y de los gritos que había dado. Sin embargo, había algo más. Era tonto el siquiera pensarlo pero, de alguna manera sentía como si hubiera disminuido de estatura... Sacudió su cabeza como si quisiera alejar aquellos pensamientos ingenuos y se apresuró a contestar a su madre.

- No me molesta ya, madre. Un hombre, a quien seguramente el dios ha enviado, se encargó de mi cuidado y de aquel intenso dolor ha quedado la cicatriz solamente.

- ¿Cicatriz? Pero Kabel –replicó su padre con una mirada de confusión-, te hemos cuidado desde ayer y no hemos visto sobre tu cabeza la marca que dices.

Kabel se rió y, con la inocencia del hombre que está convencido de su propia verdad, se levantó de la mesa y se dio la vuelta para mostrarles la herida.

- Pero miren, si está justo…

Primero con un dedo sobre la nuca, después con todos los demás al mismo tiempo y finalmente con ambas manos frotándose la cabeza, Kabel no solo buscaba como desesperado aquella marca que le había quedado, sino algo más de lo que no se había dado cuenta aún. Estaba seguro de que le había quedado una cicatriz puesto que después de haber leído la carta del hombre del desierto se había tocado y la había sentido, pero ahora que exploraba su cabeza se daba cuenta de que no sólo la evidencia de la herida había desaparecido. Con las manos cubriéndose la cabeza se volteó hacia sus padres y comenzó a gritarles con desesperación.

- ¡¿Por qué me han humillado de esta manera?! ¿Es que acaso he ofendido al dios? ¿Es que acaso les he ofendido a ustedes o a alguien de la aldea? Si ha sido así, ¿por qué no han esperado a que recobrara la conciencia para que fuera yo mismo quien hiciera esto que tan cobardemente me han hecho?

Sus padres no sabían qué hacer. Kabel estaba incontrolable y por más que trataban de calmarlo el joven parecía haber perdido la razón; se movía de un lado a otro gritando y llorando de la desesperación sin separar ni un solo momento las manos de la cabeza, hasta que su padre lo sujetó con fuerza y lo obligó a sentarse en el piso.

- ¡Kabel! Hijo –gritaba su padre para que le escuchara- ¿de qué estás hablando? No has obrado en acción o palabra ni en contra del dios ni de hombre alguno, así como nadie ha obrado en contra tuya. Cálmate pues ya y explícanos qué es esto que te sucede.

El joven le miró con furia en los ojos y con un movimiento violento se descubrió la cabeza.

- ¡Mi cabello! ¡Me lo han cortado! Llevo ahora la cabeza como aquellos que han cometido un crimen o que son indeseables ante la presencia del dios. ¡Me han marcado como impuro!

Sus padres cruzaron una mirada, ahora más confusa e inquieta con la explicación que acababan de escuchar de la voz de su hijo. Su madre entonces se dirigió a él.

- Hijo, veo con gran dolor que, sin duda alguna, tu memoria ha sido perturbada por hombres sin piedad, pero ten la seguridad de que el dios no dejará este crimen sin castigo ni tu daño sin recuperación.

Su padre le tocó la cabeza y comenzó a acariciarlo y a limpiar las lágrimas de su rostro.

- Ya que tu mente lo ha olvidado, seré yo quien te explique. Kabel –comenzó su padre con una voz suave y gentil-, tu cabello no ha sido cortado como castigo o impureza ante los dioses. La ley demanda que al cumplir los doce años todo niño ralí sea enviado a la región de Kezel, donde los sacerdotes y guerreros se encargan de su formación espiritual y guerrera a favor de la defensa de Ralos; es en este tiempo cuando la mente del niño está más despierta y puede adentrarse más en el conocimiento del dios, además de que las pruebas físicas a las que los someten ayudan a un mejor desarrollo del cuerpo en fuerza y agilidad. Como símbolo de esta división entre el niño y el joven, y como símbolo de penitencia por todas las ofensas cometidas hasta esa edad, los niños deben permanecer con la cabeza rapada hasta el día en que por fin salen de ese lugar convertidos en la fuerza de Ralos y orgullo de Ebém. Kabel, hoy es el día en que has regresado de Kezel, por eso tu cabeza aún sigue limpia.

¿Pero qué era aquello? Kabel ciertamente sabía sobre aquella ley… ¡la había cumplido hacía cinco años! Entonces todo lo que había pasado inadvertido para él comenzaba a hacerse obvio. Miró con cuidado sus manos y pasó las yemas de sus dedos sobre la piel de sus brazos y rostro. Recordó la agudez de su voz y la disminución de su estatura. Al ver a sus padres nuevamente, al recordar su cuarto, al ver su casa tal como estaba… todo le hizo sentido: ¡Ya había vivido ese día!

Si, ahora todas las piezas caían en su lugar. El dios había escuchado sus suplicas en el desierto y le había perdonado por su falta de fe. Le había revelado la verdad que había buscado, ahora sabía que sí existía un único dios lleno de amor y de perdón, era él… Ebém, el dios al que sus padres le habían consagrado. Su espíritu se llenó de pronto con oraciones de agradecimiento a ese su dios, a aquel que en su infinita bondad no sólo le había perdonado, sino que le había dado una segunda oportunidad para enmendar sus errores y sus pecados.

Todo había cobrado sentido. El dios le había regresado al día en que había vuelto a su aldea con la frente en alto y con el orgullo de haberse convertido por fin en un verdadero ralí, después de haber pasado tres años en Kezel aprendiendo sobre la fe de los dioses y sobre las artes de la guerra para defender a su nación. Qué mejor manera de hacerle recobrar la fe perdida, que regresarlo al día en que la había adquirido. Aquello sin duda era un mensaje del dios para hacerle ver su grandeza y el amor que le tenía. Esta vez no le defraudaría. Haría de su vida un ejemplo de fidelidad y respeto al dios. La sonrisa volvió a su rostro y con orgullo exclamó aquello que recordaba haber dicho ese mismo día a sus padres:

- Ante ustedes ya no hay un niño. El poder de Ebém, a quien me encomendaron cuando pequeño, ha entrado en mí y me ha convertido en un hijo digno de Ralos. Alégrense y que sus corazones se enorgullezcan, pues la semilla que el dios plantó en ustedes se ha convertido en un fruto digno de la ofrenda del dios. Hijo suyo soy, hijo de Ralos soy… hijo de Ebém, mi dios, soy.
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Sin esperar la reacción de sus padres, Kabel los abrazó con la alegría que sólo aquel que se siente liberado de una pesada carga puede sentir. Su vida había cambiado con aquella revelación que el dios le había mandado. Ahora entendía y se sentía seguro ante aquella vida en la cual se sentía feliz y seguro; ya no tenía que inventar historias ni mentir, sabía exactamente qué decir y sobre todo por fin comprendía cuál realidad estaba viviendo. Por fin era feliz.

Largo rato platicaron él y sus padres sobre su estadía en Kezel y sobre el conocimiento y habilidades que había adquirido. Sus padres le escuchaban orgullosos y se complacían al ver a aquel hijo que el dios les había regresado. Su madre se levantó entonces, para llevarle un poco más de agua cuando alguien tocó a la puerta. Su padre abrió y en el umbral apareció una joven mujer que llevaba de la mano a una niña de unos diez años.

- ¡Kabel!

La niña se soltó de la mano de su madre y se lanzó al cuello del joven.

- ¡Shaila!

Kabel no podía salir de su asombro mientras sujetaba entre sus brazos a aquella pequeña niña por la que tanto había sufrido. El dios le estaba regresando todo lo que le había quitado y le estaba compensando con alegría toda la tristeza que había sentido en aquella vida, que ahora se había convertido en un lejano sueño... Shaila era su prometida.

Las dos familias habían arreglado el matrimonio desde antes que él se fuera a Kezel. Era tradición en aquella nación que las niñas tomaran esposo al cumplir la edad de quince años, cuando sus cuerpos y mentes habían madurado lo suficiente para honrar al dios con descendencia, sin embargo, el matrimonio de Shaila y Kabel nunca se llevó a cabo. Sucedió que cuando la niña tenía trece años, las sirvientas de Ajbeb –diosa de la fertilidad- salieron de su templo en búsqueda de niñas para iniciarlas en el culto a la diosa; Shaila fue elegida por su belleza e inteligencia y fue llevada al templo de Ajbeb en la ciudad de Ukzur. La niña pasó todas las pruebas y fue aceptada en el templo para iniciar sus estudios como sacerdotisa. Kabel nunca volvió a verla y durante los dos años que vivió antes de abandonar la aldea nunca tomó esposa… en verdad la había amado.

- ¡No sabes cuánto había esperado este día! Ven conmigo. Quiero llevarte al altar del dios para agradecerle por este día en que mi futuro esposo ha regresado. ¡Ven!

La niña lo tomó de la mano mientras los padres reían con aquel tierno encuentro.

- Cuídalo bien Shaila –le decía la madre de Kabel- y no demoren mucho, aún tenemos muchas cosas de qué platicar.

- ¡Pero si lo han tenido aquí desde ayer! Ahora me toca a mí disfrutarlo y contarle todo lo que ha sucedido en la aldea durante este tiempo.

- Yo no me preocuparía por eso hija –le contestó su madre mientras les miraba alegre. Tienen toda la vida por delante para estar juntos.

Era verdad. Ahora que sabía que Ajbeb y los demás dioses habían sido sometidos por Ebém hacía más de seiscientos años, el culto a la diosa habría desaparecido y Shaila no tendría que ir a Ukzur. Esta vez realmente tendrían toda la vida para estar juntos.

- Es verdad –dijo Kabel-. Y esa vida comienza hoy.

La niña le sonrió y salió corriendo del pequeño hogar de la mano de su prometido.

Todos los que les veían les saludaban, pero Shaila no dejaba que Kabel se detuviera a platicar con ninguno, era como si no quisiera que le quitaran ni un solo segundo de aquel día tan especial para ella. Kabel lo sabía y se alegraba con aquel gesto tan inocente y lleno de amor. Así era como la recordaba, siempre quería estar a su lado, siempre le cuidaba y le curaba las heridas cuando se lastimaba en el campo; aún a su corta edad, le parecía que aquella niña había alcanzado una madurez mayor que la suya. Aquella tarde en que regresó del campo y su madre le dio la noticia de que Shaila había sido llevada al templo de Ajbeb, se le destrozó el corazón. Ni siquiera le habían dado la oportunidad de despedirse de ella o verla por última vez. Si era para honra de la diosa no había nada qué hacer, pero esta vez la historia tendría un final diferente.

Cuando llegaron, Kabel y Shaila se postraron ante la imagen de obsidiana pulida que representaba al dios y oraron en agradecimiento por aquel día de tan afortunados encuentros. Frente a ellos estaba Ebém, representado como una cabeza sin rostro; los finos trazos de la cara dejaban ver sus ojos cerrados, una fina nariz y una boca pequeña; no tenía cabello y de ahí venía la costumbre de rapar a los niños cuando eran enviados a Kezel, sin embargo, si después de los quince años se les volvía a cortar el cabello, por haber cometido algún crimen u ofensa contra el dios, se les consideraba impuros y debían mantenerse alejados de las ciudades de Ralos. Ebém era el dios del agua, y como tal, era también el dios de la pureza, simbolizada ésta por la sencillez de su imagen y perfección de su rostro. Esta imagen era pues, la imagen del dios que había dado a Ralos una nueva forma de vida, éste era el dios al que todos pertenecían… el dios al que Kabel no abandonaría nunca más.

Cuando terminaron sus oraciones un grupo de niños se les acercó corriendo y gritando. Entre ellos venían las dos hermanas de Shaila y varios de los amigos con los que había crecido, aunque como era de esperarse, todos se veían cinco años más jóvenes. Se alegraron tanto de verle nuevamente que entre aquellos gritos Kabel no podía distinguir lo que le estaban diciendo o preguntando, pero no importaba, gritaba y brincaba junto con ellos disfrutando y dejándose llevar por aquel nuevo encuentro. Maila, la hermana menor de Shaila les propuso entonces ir a jugar al río.

- El maestro nos ha dejado salir temprano, aprovechemos para ir a nadar y durante el camino, Kabel nos terminará de contar sus historias.

¿El maestro? Kabel no recordaba que se impartieran clases fuera de Kezel, pero decidió no estropear el momento con sus preguntas, después de todo ya tendría el tiempo suficiente para averiguar todas aquellas cosas que aún desconocía de su nuevo hogar.

El grupo se dirigió al sur de la aldea para tomar el camino al bosque, pero antes de salir una voz les detuvo.

- Kabel irá con ustedes más tarde.

Todos se voltearon con cara de decepción, excepto Kabel. No necesitaba voltear para ver al hombre cuya fuerte voz acababa de escuchar. Aquella voz gruesa se le había quedado grabada desde la primera y única vez que la había escuchado… era Rajid… el ciego.

- Pero maestro –respondió Shaila decepcionada mientras sostenía la mano del joven-, vamos al río. Kabel acaba de llegar y queremos que se divierta después del pesado viaje que ha tenido. Prometemos regresar antes de que el Sol se ponga ¿le parece?

¿Maestro? Pero si Rajid era un ciego al que todos despreciaban… ¿o no?

- Shaila, tú y los demás vayan adelantándose, Kabel conoce el camino y se les unirá muy pronto, tienes mi palabra. Pero más vale que ustedes cumplan la suya de llegar antes del atardecer o me veré obligado a castigarlos otra vez. ¡Ya no sé que hacer con ustedes! Parece que los han sacado del Jurbos, con tantas travesuras que hacen.

Shaila y los otros niños bajaron la mirada avergonzados de ser regañados frente a Kabel en el mismo día en que le veían después de tres años, pero éste les animó a que siguieran el camino al río mientras el se quedaba. Shaila aceptó, le miró tiernamente y le dio un beso en la mejilla, después salió corriendo para alcanzar a los demás que habían salido disparados llenos de miedo como si hubieran visto al mismísimo Arjab.

- Esa niña es un tesoro Kabel –le dijo el anciano mientras se le acercaba-. Un día será una gran esposa y una gran madre, eres afortunado al tener su aún tierno e inocente corazón. Daría su vida por ti si se lo pidieran ¿sabes? Pero tú debes saber esto mejor que yo.

Kabel sintió las cálidas manos del anciano sobre sus hombros y sin voltearse, le respondió con una voz seca.

- ¿Qué has hecho anciano?

- Solo aquello que me pediste… Orar por ti.

Kabel cerró los ojos y lentamente se dio la vuelta. Tardó unos segundos más y entonces se decidió a abrirlos para contemplar el rostro de aquel anciano... ¿Pero sería posible?

- Esa mirada de sorpresa que has puesto ¿es porque me ves más viejo? Porque yo también te encuentro más viejo mi querido “joven”.

- Pero, ¿qué dices?… ¿es que acaso me puedes ver?

- Pues claro que puedo verte –le respondió el anciano con aquella risa que aún recordaba-. Quita esa cara ya, me haces sentir peor de lo que me veo.

El joven seguía sin creer lo que estaba pasando. Rajid, aunque anciano, parecía mucho más joven de lo que recordaba. La barba y el cabello aún mantenían el color de su juventud, mientras que sus ojos… ¡sus ojos eran verdes!

- Perdona, es sólo que creo que nunca había notado el color de tus ojos.

- ¿El color de mis ojos? Pero qué tonto he sido. Cuando eras pequeño te enseñé a leer y escribir pero creo que olvidé enseñarte a apreciar la belleza a tu alrededor, ¡como la de mis ojos!

El anciano se echó a reír mientras Kabel le observaba. Poco a poco aquella carcajada se volvió contagiosa hasta que el joven se le unió mientras le abrazaba como a un viejo amigo. Los padres de aquel hombre al que recordaba, habían ofendido seguramente a alguno de los dioses que Ebém había vencido, así que en este mundo el ciego había nacido sin pecados qué pagar… ¡claro! Aquí Rajid nunca había sido ciego y ciertamente su reputación no era la misma que recordaba. Eso significaba también que él no era el culpable de lo que estaba pasando y que las oraciones de las que hablaba y la forma en que había pronunciado la palabra “joven” serían pura coincidencia. Sin embargo y al igual que antes, el joven decidió no hacer preguntas y esperar a que todas las piezas cayeran en su lugar por su propio peso.

- Tienes razón. Tus ojos son hermosos y no sabes la alegría que me da el verlos una vez más.

- ¡Pero claro que lo son! ¡Ni el mismo Ebém podría negarlo, habiéndolos hecho él mismo!

Ambos rieron nuevamente y después de pasar unos momentos más contemplando los cambios que veían el uno en el otro, el anciano volvió a hablar.

- Bueno, no quiero que te demores mucho porque si esos niños se molestan conmigo solo el dios sabe qué travesuras planearán en mi contra esta vez.

- No te preocupes por eso –le respondió Kabel- yo intercederé a tu favor, pero si hay algo que quieras decirme hazlo, pues te escucho con gusto.

- Más que decirte, lo que quiero es proponerte algo. Como bien sabes, el rey Zadir me ha encomendado la educación de los niños de Neljabib desde antes de que vinieras al mundo y la verdad es que Ebém ha bendecido tanto a esta tierra, que año con año los niños a los que tengo que educar han aumentado mientras que mis fuerzas y paciencia han disminuido. Ayer cuando recibí la noticia de tu regreso pensé en visitarte pero me enteré que te habías desmayado al llegar, así que preferí dejarte descansar. Hoy que me enteré que ya estabas paseando por la aldea con Shaila decidí buscarte para plantearte mi idea: ¿te interesaría ayudarme a continuar mi labor con los alumnos que van más avanzados?

- ¿Yo? Pero Rajid –el joven se echó a reír-, también veo que tu juicio va disminuyendo junto con todo lo que mencionas. Además, mi sabiduría no es ni un grano de arena comparado con la tuya, no sabría ni qué, ni cómo enseñarles. ¿Cómo vienes a pedirme esta locura?

- De eso no te preocupes, yo te enseñaré lo que debes hacer, y lo que debes decir ya lo sabes, es sólo cuestión de recordar algunas cosas.

- ¿Y el rey aceptará que alguien que acaba de regresar de Kezel se encargue de educar a los hijos del dios?

- Veo que tu pregunta refleja tu respuesta hijo –le respondió con gran alegría el anciano-. El rey está al tanto de la situación. Desde antes de tu regreso, los sacerdotes le habían dado excelentes referencias sobre ti. Así que como verás, esta locura tiene el apoyo del rey y por tanto del dios mismo.

- ¿Entonces hablas en serio? ¿En verdad el rey se ha fijado en este pobre muchacho para desempeñar esta labor?

- Tan en serio que tengo la carta del rey en mi casa. ¿Qué me dices?

Kabel sentía algunas dudas, sobre todo porque no estaba al tanto de esta situación en que los niños recibían educación antes de recibirla de los sacerdotes y guerreros. Pero la idea de poder colaborar con su nación, y sobre todo, obrar a favor de un designio del dios con el apoyo del rey, era algo que le llenaba de un inmenso orgullo.

- Acepto Rajid, pero con una condición.

- Habla de una vez –le dijo el anciano algo desesperado por oír la respuesta del muchacho-, dime cuál es la condición para que pueda gritar de alegría como lo hacen mis alumnos al terminar las clases.

- Rajid –Kabel bajó su voz como si fuera a revelarle un secreto-, durante mi regreso a casa he tenido un “pequeño incidente” y a raíz de esto he olvidado algunas cosas. Mi condición es que no te burles de mí cuando te haga preguntas que te parezcan obvias o tontas y antes bien, me ayudes a llenar estos vacíos que se han generado en mi mente y a aclarar mis dudas.

- Pero claro hijo, resolveré todas tus dudas y te enseñaré las cosas que por desventura hayas olvidado, pero dime: ¿Estás bien? ¿Te han hecho algún daño?

- Estoy bien, anciano. Y si cumples con esto que te pido, entonces cumpliré con lo que pides de mí: acepto tu propuesta.

- ¡Sí! Sabía que lo harías hijo, ahora ve con tus amigos, que para estos momentos estarán colectando rocas para lanzarlas a mi casa por haberte detenido tanto tiempo. Anda pues y diviértete, te espero mañana al amanecer.

- Pero si de verdad hacen estas cosas contigo… ¿qué haran conmigo?

- No seas tonto Kabel, a ti te dejaré a los que van más avanzados y que son más tranquilos, mientras que yo mismo me encargaré de meter el conocimiento en estos hijos del mismísimo Arjab… ¡pero anda ya y vete, hablaremos mañana!

Kabel salió corriendo de la presencia del anciano lleno de alegría y sabiendo que el dios le favorecía en todo, aunque… tuvo un presentimiento y se detuvo de pronto.

Había algo familiar en aquella escena… Cuando miró hacia atrás observó al anciano, lo vió y casi podría haber asegurado que le estaba observando fíjamente. Llevado por un extraño magnetismo y como si estuviera reaccionando ante el saludo de un amigo, el joven levantó su brazó con la mano extendida en señal de despedida... el “ciego” le devolvió el saludo.
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CAPITULO 6

Esta vez era el costado izquierdo. El movimiento de sus costillas dejaba ver que la respiración de aquel hombre estaba cediendo ante la dolorosa tortura a la que lo habían sometido. Sobre su piel teñida de rojo había varias heridas, marcas gruesas y profundas que reflejaban la dimensión del látigo con que lo habían lastimado. Con cada respiración, el líquido de la vida se escapaba a través de las aperturas que se le habían hecho en la piel… a veces en grandes cantidades. Poco a poco la visión comenzó a tornarse borrosa hasta desaparecer, dejándole únicamente aquella frase que lo despertaba todos los días: ¿Por qué me has abandonado?

Cuando por fin despertó, limpió su rostro humedecido por aquello que aún no sabía si eran lágrimas o sudor. Había pasado un año desde su llegada a la aldea y ni un solo día había pasado sin que tuviera la visión de una parte diferente del cuerpo de aquel hombre cuya identidad desconocía. Nunca le había visto completo, sólo veía partes aisladas, a veces la visión se concentraba en una sola herida y otras veía la misma parte del cuerpo desde otros puntos de vista; era como si de alguna manera aquel hombre le estuviera mostrando detalle a detalle el castigo que había sufrido antes de dejar el mundo terrenal… pero ¿por qué? ¿Quién era aquel hombre? Y sobre todo: ¿por qué lo había elegido a él para presenciar aquella desgarradora escena? Sacudió su cabeza, como si así las imágenes y sus preguntas quedaran fuera de su mente… aunque sabía que volverían a la mañana siguiente.

Afortunadamente, su rutina diaria le ayudaba a olvidarse de las visiones y de los recuerdos que aún conservaba de su vida pasada. El haberse convertido en maestro de los niños que Rajid le había encomendado resultó ser una excelente idea después de todo, ya que lo integró de lleno en aquella sociedad y le ayudó a mantener su mente ocupada. El anciano cumplió con su palabra y durante todo ese año le había puesto al corriente de las costumbres, las leyes y el culto religioso de aquella Nación.

No sabía si era porque no lo recordaba o porque simplemente nunca había puesto mucha atención a la situación política de Ralos, pero ahora que el anciano le había explicado la las circunstancias por las que pasaba su nación se daba cuenta de la tensión política que estaban viviendo. Ralos era un punto comercial de mucha importancia al contar con tres de los puertos marítimos más transitados, además de estar protegido por un enorme desierto que lo rodeaba por el norte. Esta situación le había heredado múltiples guerras a lo largo de su historia, todas con el fin de controlar los impuestos que se cobraban por el paso de las mercancías que venían de la India, el sur de África y Egipto entre otros destinos. La historia como tal, no había cambiado mucho de como la recordaba pero solo ahora que Rajid se la había explicado nuevamente, comprendía el peligro que implicaba contar con aquella situación geográfica tan afortunada. Aún recordaba las palabras con que el anciano le había resumido la historia:

“En el año 234 AUC (ab urbe condita) el rey de Persia lanzó una campaña militar para sofocar varias de las rebeliones que estaban creciendo en las naciones más importantes de su imperio incluidos Egipto y Babilonia. Fue en este tiempo que el rey persa envió su ejército contra la nación de Ralos a la que venció después de dos meses de intensos combates en el desierto. A partir de ese momento la nación fue absorbida por el Imperio y el control de los puertos junto con los impuestos de mercancías y tránsito fueron a parar a las arcas del rey Darío, al que llamaban “el grande”.

Haciendo caso omiso de las recomendaciones de sus allegados, el rey decidió no exiliar a la población ni enviar extranjeros a Ralos -aquella era una práctica común en la nación invasora que tenía por objeto la mezcla de razas, cultura y religión, de manera que disminuían los riesgos de insurrecciones y rebeldía por parte de la nación vencida-. Su decisión no era por temor al dios de los ralís, como muchos decían, era por estrategia. Aquella región era un punto clave en caso de insurrecciones en las naciones conquistadas, insurrecciones que cada día se hacían más difíciles de evitar así que en vez de mezclar a Ralos, decidió utilizarlo como centro militar aprovechando tanto la fortaleza y conocimiento de sus guerreros como la protección del desierto y los mares que lo rodeaban. Los ralís a su vez, obedeciendo la voluntad de Ebém, aceptaron aquel desdichado destino sin causar rebeliones contra los persas, lo que les ayudó a que el yugo de aquella esclavitud no fuera tan difícil de llevar.

El plan de Darío funcionó y el poder del Imperio Persa se consolidó hacia el año 242 AUC, pero dos generaciones después, cuando tocó a Darío III defender al Imperio contra los ataques del rey de Macedonia, la historia volvió a cambiar. El rey Alejandro, en su afán de concluir el sueño helénico de su padre Filipo, comenzó un ataque contra los persas que terminó con la opresión que ejercían sobre varias naciones, entre ellas Ralos, que se unió al Imperio Macedonio hacia el 422 AUC cuando Alejandro se proclamó Faraón de Egipto.

La idea de Alejandro era unir a todas las naciones para crear una sola raza y una sola cultura, por lo que el rey de Ralos le solicitó, que al igual que a los sátrapas, les permitiera permanecer dentro de la nación bajo el control de oficiales del ejército macedonio, pero que no les exiliara. Alejandro se negó al principio, sin embargo, después de que los ralís le apoyaron tan heroicamente en la batalla de Gaugamela, donde derrotaron al ejército de Darío, el rey aceptó y dejó que los pobladores de Ralos permanecieran ahí.

Durante nueve años la calma y la paz regresaron nuevamente. Los macedonios les gobernaban con justicia y equidad, respetando su culto a Ebém. Como señal de buena fe, les habían devuelto el control de dos de los puertos, quedándose para sí únicamente el puerto de Antória, desde el que controlaban el comercio que venía de África del sur. Diario se ofrecían sacrificios a Ebém en agradecimiento por haberlos librado de los persas y le oraban fervientemente para que pronto devolviera la libertad a aquella su tierra… hasta que por fin el dios los escuchó.

A la muerte de Alejandro, el Imperio se dividió entre los integrantes de su ejército y Ralos fue disputada por Ptolomeo, que gobernaba Egipto, y Antígono que se había apoderado de la mayor parte del Imperio. Fue entonces que Ebém habló a los sacerdotes y les reveló que el tiempo había llegado. Mientras que en Alejandría se llevaba a cabo una guerra política, en el desierto de Arjadim el ejército de los ralís tomaba posición en los escondites y cuevas que tan bien conocían.

Por mar y tierra los ejércitos de Ptolomeo y Antígono lucharon contra los ralís en una desesperada maniobra por no perder aquella región, pero Ebém estaba con los suyos. El mar obedeció al dios y lanzó sobre los enemigos tempestades nunca antes vistas que acabaron con gran parte de sus embarcaciones. El desierto hizo su parte sometiendo a los soldados a temperaturas inusualmente altas durante el día y extremadamente bajas por la noche. Antígono, al ver el desgaste que la guerra estaba generando en su ejército y al darse cuenta que no podría ganar ante el furioso ataque de la naturaleza, decidió retirarse. Pero la furia de Ptolomeo no cesó.

Durante un año el faraón mantuvo sitiada la nación, estaba decidido a sacrificar hasta el último hombre con tal de no ser vencido. El pueblo recurrió a su dios con súplicas y sacrificios, estaban dispuestos a luchar y a dar la vida en su honor. Fue entonces que el rey ordenó que todos los sacerdotes se congregaran en el templo de Ukzur para pedir del dios una señal de que les apoyaría si se lanzaban otra vez contra sus enemigos. El dios se complació ante aquella muestra fe y respondió a la oración.

Todos los soldados y hombres que obedecieron al llamado del rey se dispersaron para cubrir los seis puntos que cubrían los ejércitos del faraón y aguardaron la señal del dios. Aquella noche todo ralí se postró en tierra ante los altares del dios, pidiéndole que les diera la libertad que tanto anhelaban... hasta que la señal del dios se hizo presente. Un fuerte viento comenzó a soplar por el este, mientras todos contemplaban cómo la luna que iluminaba aquella noche tan especial se tornaba roja; la fuerza del viento siguió creciendo arrastrando consigo las pesadas nubes que el dios había mandado para tapar la luz de la luna, nubes que desataron una terrible tempestad sobre toda la nación. El ejército enemigo no pudo soportar aquella batalla en que la lluvia les cegaba lo poco que sus ojos podían apreciar en la oscuridad con que el dios los había rodeado; las embarcaciones que sitiaban los puertos trataron de huir, pero los rayos y los remolinos las atraparon antes de que pudieran alejarse. Durante toda la noche tanto el dios como los ralís descargaron su ira sobre los opresores sin dejar sin castigo a ninguno de ellos. Cuando la tormenta se calmó y salió el Sol… Ralos era libre otra vez.

El culto al dios se fortaleció mucho con la victoria, y durante doscientos años los ralís defendieron sus fronteras de los ataques de las naciones vecinas. Los ejércitos turcos y sirios habían bajado en numerosas ocasiones con la intención de hacerse del control de los tres puertos, siendo el más deseado el de Antória por la riqueza que generaba. El dios no les abandonó en ninguna batalla, haciendo que con cada victoria la nación prosperara aún más, manteniéndose unida y honrando las bendiciones que derramaba sobre ellos.

La situación comenzó a cambiar cuando el orgullo del hombre pudo más que la fe en el dios. Los reyes de aquellos tiempos se volvieron arrogantes, creían que las victorias eran obra de su fuerza y habilidad, más no de la acción de un dios al que poco a poco comenzaron a hacer menos. Los rituales propios de Ebém comenzaron a desaparecer, mientras que la fe de los ralís se volcó sobre sus reyes a quienes comenzaban a adorar como si fueran dioses. El dios habló a los pocos sacerdotes que quedaban y les ordenó que dijeran al rey que si mantenían aquella determinación de romper el pacto que sus antepasados habían hecho con él, dejaría que volvieran a ser sometidos por extranjeros. El rey, sintiéndose ofendido ante el mensaje de los sacerdotes, juntó al ejército y se paró enfrente del templo de Ukzur donde retó al dios a que cumpliera su palabra para poder demostrar que el pueblo no necesitaba más que a su rey para protegerlos… Ebém aceptó el reto.

En el año 708 AUC, un año después que Julio César hubiera derrocado al faraón Ptolomeo XIII, los romanos se lanzaron sobre las tierras de Oriente Medio, el sur de Egipto y el norte de Africa, fue en ese tiempo que el rey de Ralos tuvo su oportunidad de demostrar su grandeza. Julio César trató de negociar con el rey una transición pacífica de su nación hacia la dictadura romana, pero el rey, llevado por su orgullo, mató al negociador y devolvió su cuerpo en el desierto donde sus tropas estaban preparadas para la guerra. Los romanos no tardaron en vengar aquella ofensa y para el atardecer de aquel día habían vencido fácilmente con sus veinte mil hombres, a los cincuenta mil ralís que defendían los ideales, no de una nación, sino los de un hombre sin dios.

Desde entonces, Ralos se convirtió en una provincia romana y como tal, perdió nuevamente su dominio sobre el mar, debiendo pagar además numerosos impuestos al ahora recién formado Imperio Romano, dirigido por el hijo adoptivo de César: Octavio

El rey murió pocos años después y en su lugar Zadir, su único hijo, subió al trono. El nuevo rey dedicó todo su esfuerzo a recuperar las bendiciones de Ebém mediante la restauración de sus altares y la fomentación de su culto entre los ralís. El dios, en vez de enfadarse, les perdonó de inmediato pues gran tristeza le causaba ver nuevamente sometido a su pueblo, al que tanto amaba. La nación se recuperó aceleradamente y en unos cuantos años se había curado de los estragos de la guerra, generando en abundancia los tributos, que año con año, debían entregar al Imperio. Sin embargo, aún existen ciertos radicales que desean la guerra contra Roma a pesar de la negativa de Ebém. Durante los últimos diez años, el Imperio ha defendido la frontera de los ataques de Siria y otras naciones que se han empecinado en controlar el comercio que transita por nuestros mares, habiendo fortalecido la presencia de tropas romanas en toda la nación. Si hasta ahora hemos soportado los ataques ha sido sólo porque nuestros enemigos luchan por separado, pero el día en que se decidan a unir sus ejércitos bajo un solo mando… será el fin de Ralos.”

Aquella historia, aquel presente que Rajid le había explicado, contrastaba enormemente con la hermosa nación en que creía vivir. No quería verla en medio de esa guerra, que según el anciano, se aproximaba inevitablemente. El sólo pensarlo le destrozaba el corazón, pero había algo más. El recuerdo de la segunda historia del anciano hacía que su cuerpo se estremeciera del temor: los extremistas no sólo intentaban rebelarse contra Zadir, sino que una vez más y repitiendo la historia… se rebelarían contra Ebém.
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My Name?... Endor... The Great Lord...

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Aquella tarde había ido con Shaila y sus amigos a nadar al río como acostumbraban hacerlo todas las tardes, pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez permaneció sentado debajo de uno de los árboles mientras los demás se divertían. Entre ellos estaban sus viejos amigos, con los que alguna vez habría compartido su sueño de ir en búsqueda del único dios, habiendo llegado casi todos durante ese año después de su estancia en Kezel. Era una gran alegría para el joven el poder disfrutar de su compañía después de haber pensado, que al igual que a sus padres y Shaila, no les volvería a ver nunca. Todos estos pensamientos positivos se habían convertido en su fortaleza y aunque sabía que la paz en Ralos podría verse amenazada durante los próximos años no dejaba de disfrutar aquellos momentos.

Shaila le había gritado varias veces que se arrojara al río y se les uniera en las competencias que hacían para ver quién era el más rápido, pero Kabel sólo le respondía con una sonrisa y un saludo con el brazo sin moverse de su lugar. La niña, después de haber vencido por quinta vez a sus dos hermanas salió del agua y se dirigió a donde estaba Kabel. Aunque éste sonreía y parecía estar de buen ánimo tuvo el presentimiento de que Shaila se había dado cuenta de que algo le preocupaba. Se sentó a su lado y disfrutó junto a él todas las locas ocurrencias de sus amigos. Después de que todos se habían alejado un poco, continuando con sus carreras, los dos se quedaron en silencio. Shaila lo tomó de la mano y sin voltear a verlo le habló.

- Tú, más que nadie, adoras perderte en los terrenos de nuestro dios. El agua, bendición eterna y fiel sirviente de Ebém, nos cuida y protege para que no suframos accidente o daño alguno mientras estamos en ella. Te gusta el agua porque te hace sentir seguro y porque te hace sentir más cerca del dios, cuyo culto has infundido con gran cariño en los niños de Neljabib que se te han encomendado. No necesitas contarme lo que te pasa si es que no lo crees conveniente, pero sea lo que sea, quiero que sepas que el dios te ha dado grandes bendiciones y te recompensará por la devoción que le has mostrado. Lo que el dios te ha dado, no te lo quitará nunca.

Kabel la miró. De su cabello negro y lacio caían todavía algunas gotas de agua; su mirada estaba enfocada en el horizonte apreciando cómo los colores del cielo comenzaban a cambiar, anunciando que dentro de poco la luz del Sol daría paso a la de la luna. Muchas veces, en aquella vida que poco a poco iba olvidando, había deseado volver a ver aquel bello rostro, aquella nariz pequeña y afilada, sus ojos cafés llenos de vida y la pequeña boca de la que tantas palabras de cariño habían salido. Esa niña, a pesar de tener sólo once años, le había hecho creer en la fidelidad y el amor sincero. Ahora, a su lado, no podía menos que sentirse afortunado. Tenía razón, el dios le había bendecido con aquella vida. Y esa era precisamente la idea que le perturbaba. El sólo hecho de pensar en que los extremistas podrían traicionar al culto del dios le partía el corazón.

- Shaila –Kabel tomó su mano con más fuerza-, ya veo que eres mejor, en descifrar mi corazón, que yo en esconderlo. Perdóname si no he compartido contigo las ideas que turban mi mente, pero debes entender que no quiero que mis pensamientos quiten de tu rostro la sonrisa de la inocencia.

- Si crees que mi sonrisa refleja mi ausencia de conocimiento sobre la situación de nuestra nación, mi desinterés en los rumores sobre los rebeldes y mi apatía por lo que te pasa –la niña suspiró decepcionada-, entonces veo con desilusión que tus ojos no pueden ver más allá de esta piel con que el dios ha cubierto mi espíritu.

La inesperada respuesta lo tomó por sorpresa. Nunca había comprendido cómo esa pequeña niña había madurado incluso más que él a su corta edad.

- Mi querida Shaila, gran equivocación cometes al creer que mi corazón no te aprecia por lo que eres y más aún te equivocas al creer que no logro ver en ti la grandeza que el dios ha depositado dentro de ti. La intención de mis palabras no era ofenderte de esta manera, lo que quise decir con ellas fue que no quiero que tu corazón se turbe como el mío lo hace con estos pensamientos que no logro sacar de mi cabeza.

La niña volteó su rostro para verlo a los ojos con una tierna mirada de preocupación.

- El dios se encargará de traer de vuelta a aquellos que han decidido abandonarlo Kabel, libera a tu mente de estas ideas y deja que el dios muestre su poder en la conversión de los rebeldes.

Kabel se avergonzó ante las palabras de Shaila. Era como si para esa niña no hubiera secretos ni ideas que pudiera mantener ocultas dentro de su corazón. No sabía cómo, pero Shaila siempre había sabido descifrarlo como ni siquiera sus padres podían. La niña sintió su vergüenza y lo abrazó cariñosamente mientras besaba su frente, después lo miró a los ojos y lo consoló como sólo ella podía hacerlo.

- ¿Crees que nuestro dios da vida a hombres y mujeres para que se unan al azar Kabel? La única razón por la que yo vine a la vida eres tú. El dios me creó para ti Kabel, y es por eso que nuestros espíritus están tan cerca el uno del otro. No te incomodes con mis respuestas, ni mucho menos sienta vergüenza tu corazón al verse desnudo ante el mío, ya que aunque tengamos cuerpos distintos, juntos formamos un solo ser. Llena tu mente con alabanzas al dios por este gran milagro que ha obrado al darnos vida y verás que no quedará hueco alguno en que quepan estas preocupaciones que te mortifican tanto.

- Lo sé, y para serte sincero lo que realmente temo es que llegue el día en que los rumores se hagan realidad. Ese día no sólo habrá guerra en Ralos. Si lo que Rajid dijo es cierto, llegará el día en que incluso el mismo dios deberá enfrentar a su hermano Arjab una vez más.

- Kabel –le dijo Shaila riendo repentinamente-, incluso yo que soy tan pequeña en cuerpo y conocimiento sé que sólo un dios podría liberar a Arjab y los demás dioses del pantano del Jurbos. Dime entonces, ¿qué poder mayor que el de Ebém podría obrar semejante hazaña?

Kabel no estaba riendo, su rostro estaba serio y sus ojos trataron de transmitirle a Shaila la respuesta que tanto le había preocupado desde el día en que la escuchó por primera vez de la voz del anciano. Shaila no tardó en descifrar el mensaje, su mente, aunque ella decía lo contrario, era ágil, culta y astuta como la del más prestigiado sacerdote que se dignara de rendir culto al dios en el templo de Ukzur. La risa cesó. Ahora la voz de preocupación de la niña entró en sus oídos como un susurro, como si la niña no quisiera que ni la misma tierra la escuchara.

- Eso es una leyenda Kabel… Siglos han pasado sin que nadie "les" haya visto pisar nuevamente la tierra de Ralos.

Kabel se acercó a la niña sabiendo que había descifrado el mensaje y le respondió con el mismo susurro. Sus ojos estaban tan cerca que casi podían sentir sus pensamientos pasar a través de sus miradas.

- Los dos hijos de Rajid, quienes sirven lealmente en el ejército y cuya única lealtad es hacia el dios y nuestro rey, le han mandado un mensaje. Yo mismo leía la carta Shaila. El ejército teme que la rebelión esté siendo dirigida por “uno de ellos” y aseguran que los pequeños grupos que se están formando intentarán asesinar al rey Zadir para tomar el control de la nación y unir a sus guerreros bajo su mando. Incluso la carta comenta que en diferentes ciudades se han encontrado restos de los sacrificios antiguos, sacrificios que van dirigidos a Arjab, para fortalecerlo y liberarlo del Jurbos. Shaila –Kabel se acercó aún más a la niña-… no intentan liberar el cuerpo de Arjab de su prisión en el pantano… intentan reencarnar su espíritu en “uno de ellos” para que guíe al ejército en la guerra y libere a Ralos de la opresión romana…

Kabel sintió un poco de arrepentimiento al haberle revelado esa noticia tan abruptamente a la niña, sobre todo cuando vio una mezcla de incredulidad y preocupación aparecer en su rostro. Ahora con miedo en la voz, Shaila le preguntó:

- ¿Un dios encarnado? Pero, ¿quién estaría dispuesto a sacrificarse asimismo de esta manera? ¿Quién entregaría su ser para encarnar a este dios del mal?

- Sólo “uno de ellos”, sólo “aquel” de quién habla la leyenda, Shaila… sólo…

La oración se vio truncada por el regreso de los gritos y el alboroto de sus amigos, quienes venían corriendo hacia ellos celebrando lo que parecía ser un sorprendente triunfo de Maila sobre sus competidores.

Kabel y Shaila dejaron rápidamente a un lado aquellos pensamientos y se unieron a la alegría del grupo. En pocos minutos todos salieron corriendo del río y durante el camino fueron recogiendo varias piedras. Aquello era sólo una precaución. Si el viejo Rajid los sorprendía llegando después de la puesta del Sol, haría que sus padres les castigaran por desobedientes. Si tal fuera la situación, las piedras serían el mejor negociador de aquellos niños. Si después de pedir y suplicar al anciano para que no los delatara, éste no les hiciera caso, las piedras saldrían disparadas en dirección a la casa del viejo. A Kabel le había parecido que aquello era una grosería terrible contra el pobre Rajid, pero después de ver que sólo era un juego entre los niños y el anciano, él mismo se encargaba de cargar con las piedras más grandes.

A pesar de los pensamientos que le preocupaban tanto, daba gracias al dios por darle esos momentos de alegría junto a aquellos que había dado por perdidos, después de todo confiaba en el amor del dios y sabía que no les abandonaría y mucho menos permitiría que el mal cayera sobre aquella tierra y sobre aquella vida con la que tanto había soñado. Creyó firmemente en las palabras de Shaila: “lo que el dios te ha dado… no te lo quitará nunca”.
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