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La esquina de la cenicienta
Sus ojos habían perdido el objetivo de conseguir un brillo de felicidad. Los años de vida donada a ser la esclava sexual de hombres solitarios, le robaron los pocos sueños de hijos, de familia, ser digna de tener esperanzas.
Llevaba horas allí, fumando de forma rutinaria, para olvidar la soledad y las horas vacías pasadas en espera de un ansiado cliente, impasible ante el juicio de los ojos ajenos que ya no la dañaban. Es más disfrutaba exhibiendo su cuerpo ante la mirada de mujeres que giraban con desprecio sus ojos al verla con su desparpajo de mujer provocativa ; labios rojos, ojos hermosos de color negro viciado, tacones de punta y falda estrecha minúscula. Sonreía con desdén mientras exhalaba una calada de humo , pensativa ante aquellas miradas envidiosas, carentes de calor humano.
De pie en la acera estrecha de adoquines antiguos caminaba de forma sinuosa, sus caderas bailaban una danza de armonía perfecta que levantaba calor a su paso. Mujer firme, ama del amor de alquiler, se deslizaba por las aceras haciendo sonar su paso seguro, lleno de poder y magia
Trabaja siempre de día. La noche era para las negras y las jovencitas sin papeles. Ella era una señora por encima de las desesperadas. En la vida llena de niveles ella estaba al menos por encima de alguna de las de peor suerte. .
Terminaba siempre a las ocho. Como si regresara de un trabajo ajetreado lleno de estrés y habilidad para seducir voluntades, se dirigía a su piso en busca de un descanso que la diluyera lejos de aquel mundo corrupto de besos, babas y fluidos.
Su cuerpo aún recordaba los empujes del bestia de turno de hacía una hora. No podría contar cuantos hombres habrían estado con ella, a lo largo de su carrera como profesional. Recordaba como llegó allí obligada por la necesidad de subsistir. El primero que le pagó la hirió en su dignidad, tras unas cuantas redadas hasta se permitía el lujo de apalabrar nuevos servicios con los oficiales que la detenían, comprendía que hacían su trabajo mientras la esposaban y la llevaban a dormir al calabozo
Sus clientes solían respetarla. Algunos incluso quererla por el calor que les daba. No eran hombres guapos, ni triunfadores, simples seres abandonados que buscaban en ella una y otra vez esa necesidad imperiosa de ser tratado con cariño por una mujer bella y agradable, al menos por unos minutos soñaban y disfrutaban de un sexo sin barreras.
Una vez en casa, dejando el dinero estirado sobre la mesa, ponía la música que más le apasionaba. Siempre la misma canción " Esta tarde vi llover" del Trío los Panchos. Era una romántica ingenua de gran corazón que colaboraba en todo tipo de causas justas. Nadie mejor que ella sabía lo que era la soledad y la necesidad, corazón de ángel en el cuerpo metalizado de una mujer sin sueños.
Lavaba su cuerpo, con dedicación. La colonia se impregnaba como un bálsamo de olor a renovación. Tras su catarsis personal. Se abandonaba al sentido de la música y la relajación. Veía un rato alguna película romántica, lloriqueaba por el amor traicionado que le recordaba como una puñalada constante a aquel cretino de sus veinte años que la dejó con el corazón compungido por la pena y sin estrellas donde ubicarse, lejos en un cielo negro se quedó, bajo el mate de la vida real sin amor.
Una copa de ron era el remedio para olvidar tanto amor sin dueño. En la soledad de su cama esperaba leyendo un libro que un recuerdo amable del día la transportara a un sueño sin sobresaltos.
A la mañana siguiente, con los ojos hinchados por el mal dormir y llena de palabras acumuladas en los sueños, se despertaba abrazando al fantasma que yacía a su lado, ese gran amor que la abandonó cuando el amor era su mayor ambición.
Encendía la cafetera tomaba café y se ataviaba para regresar a la calle de adoquines grises, su sitio fijo de trabajo. Día tras día su cuerpo envejecía mientras su corazón se endurecía y se ablandaba con el consuelo de que era todo un sueño para todos los hombres que la deseaban y necesitaban para calmar algún dolor de abandono o necesidad insatisfecha.
Sabía manejarlos, elegir a los seguros ya que más de una vez había sido violada sin pagar de forma salvaje por algún muerto de hambre que odiaba a las mujeres de alquiler porque no soportaba pagar. Muchos golpes y sinsabores de clientes malévolos le dejaron huella en la mirada, a vista de pájaro ya sabía distinguir entre un cretino con ganas de pegar y follar gratis del cliente honrado.
Pocas veces pensaba en su futuro. Sólo existía el presente. Otro día comenzaba en su vida de amores sin amor, de manos duras y blandas resbalar por su cuerpo lleno de sensualidad. Ama del día, dueña de la noche y la soledad.
Fin

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