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LA CIUDAD DOLIENTE
Me estoy refiriendo a las Ciudad de los Muertos. Está en Egipto. Se trata de una ciudad dentro de otra ciudad. La llaman “de los muertos” porque es, simple y llanamente, un cementerio, una inmensa necrópolis situada en el centro de El Cairo. No hay un censo de población y los más optimistas hablan de 12.000 personas, pero todo el mundo sabe que allí, entre muertos y sepulturas, malviven más de un millón de almas. Lo hacen en un laberinto de casas construidas sobre tumbas y lápidas e incluso –los más paupérrimos- dentro de los propios panteones, bien realquilados bien gratuitamente, en la compañía de los muertos de las familias más pudientes.
La Historia de la civilización egipcia hace en este lugar un guiño sarcástico, como si no quisiera olvidar su proximidad con el más allá y con todo lo que esta cultura tuvo de implicación en el culto a la muerte.
Desde la fortaleza de Saladino, junto a la Mezquita de Alabastro, se divisa a vista de pájaro todo El Cairo. Sólo se perciben tonos grises, marrones, tierras, mostazas, arenas y ocres. El negro y el blanco no existen, porque no son colores. Y los que sí lo son, a excepción de los ya mencionados, parece que nunca se han dibujado en ese inmenso decorado, tamizado por una especie de neblina que, como una tormenta de arena, envuelve la silueta de la ciudad antigua. La impresión de pobreza es inmediata; como si de una ciudad en ruinas se tratase. Sabes que, allí abajo, fluye la vida de una forma desbordante y casi intolerable, y que los sentidos apenas pueden soportar tantos olores a especias, comidas, perfumes, sudor, tabacos, y tantos ruidos, voces, gritos, motores, y el trasiego constante de una multitud que es multitud en sentido estricto y que, en ningún otro sitio como allí, te hace estremecer.
Los orígenes más remotos de la ciudad de los Muertos hay que buscarlos en el siglo XII, en los enterramientos de los nobles mamelucos; pero el espectacular crecimiento de la ciudad se debe al asentamiento de miles de refugiados durante la “Guerra de los Seis Días”, a mediados de los años sesenta. Impresiona saber que esta ciudad, lejos de extinguirse, crece imparable.
Que Amenawi, el guía egipcio, nos propusiera visitar la Ciudad de los Muertos como atracción turística, me pareció tan miserable y morboso como difícil de rechazar. Su oferta era una especie de visita personal y fuera del circuito, que yo creo que obedecía a un fin exclusivamente crematístico. Astuto, sabía que el efecto tétrico en aquella ruta crecería exponencialmente a partir de las doce de la noche, en medio de la oscuridad y ya sin bullicio. Nos intentó convencer de que no a todo el mundo le ofrecía la oportunidad de adentrarse en el mismo corazón de la ciudad de los muertos, un lugar, por otro lado, poco recomendable y nada seguro.
Yo me senté junto a él, en el asiento delantero del pequeño autobús para grabar todo aquello pero pronto dejé de hacerlo, apenas se veía. Transitábamos muy despacio, a veces, en algunos tramos, incluso con los faros apagados, no sé si más debido al respeto por el lugar y sus moradores –según Amenawi- o a una pequeña puesta en escena para hacer más efectista la visita. No obstante, el lugar no era de atrezo, la gente era real y los cientos de miles de muertos también estaban allí, así como nosotros, los nunca mejor dicho “guiris”, invadiendo su intimidad con premeditación y nocturnidad.
Si Dante hubiera conocido un lugar así tal vez lo habría incorporado a cualquiera de los círculos infernales de su Divina Comedia, sin que desmereciera en ninguno de ellos. Curioso paralelismo el existente entre la estructura del infierno dantesco con la escatología musulmana (en su fe, no se entra en el paraíso sin antes recorrer el infierno) e incluso con el hecho de que la Ciudad de los Muertos sea un cementerio musulmán. Los cuatro últimos círculos dantescos forman el “Infierno Inferior” una ciudad con mezquitas rojas y murallas de hierro.
Como fin de fiesta, Amenawi aparcó el autobús en un pequeño descampado para que visitásemos una de aquellas vivienda-panteón con familia incluida. Yo no quería hacerlo, pero todos bajaron y me dio pavor quedarme allí, sola en medio de la oscuridad. Había niños jugando en las puertas de los panteones y mujeres de diferentes edades que parecían atareadas. Nos sonreían y hablaban con Amenawi, que se veía era un viejo conocido allí, una especie de benefactor. El grupo se dispersó y yo me vi repentinamente en la intimidad de uno de esos panteones. Era una habitación con techos altos y escaso mobiliario, apenas unos muebles de cocina al fondo y una mesa en el centro ocupando casi todo el espacio. A un lado, en un camastro, dormitaba en posición fetal un anciano que por la luz mortecina y amarillenta que iluminaba la estancia parecía moribundo. Al otro lado, tras una cortina, se adivinaba una sala fúnebre reconvertida en dormitorio. Todo, absolutamente todo, era viejo, feo, tétrico, incluido un enorme televisor en color, cuya presencia supongo que se debía a las comisiones que les proporcionaba Amenawi por mostrar su descarnada intimidad.
Respiré una vez fuera, porque dentro había contenido la respiración todo lo que me había sido posible. Se me acercó una mujer y me sonrió. Yo no entendía como podía hacer algo así, de aquella forma, sin el menor atisbo de resentimiento… Cogí todo el dinero que llevaba, que era bastante (un fondo que pertenecía al grupo) y se lo entregué, avergonzada, sin poder mirarla a los ojos. Sé que para ella aquello representaba una pequeña fortuna. No me paré a pensar qué destino le daría, si lo compartiría con las demás mujeres, si lo guardaría. Había algo más importante que no me dejaba pensar, ni me dejaba reaccionar. Me notaba ida, porque lo único que sentía en ese momento es como si toda la vergüenza del mundo hubiera caído sobre mis hombros. Sufrí sí, vergüenza en cantidades colosales, y lo que es peor, me sentía culpable de presenciar una humillación.
Creo que lo llaman hipocresía. Dicen que mientras el hombre tiene capacidad de elegir tiene oportunidad de cambiar las cosas. ¿Tienen ellos esa oportunidad? Y si la tienen, ¿los límites de esa capacidad traspasan las fronteras de la ciudad de los muertos? Y los turistas que van por allí, ¿por qué contemplamos todo aquello como si de un espectáculo se tratase?
En la antesala del infierno dantesco hay un dintel y en él una inscripción que dice: “Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va tras la perdida gente”.

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