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Kiros, El Soñador. I al IV


By edd_gomez - Posted on 09 May 2008

PRIMERA ENTREGA

Capitulo ?: Cazadores de monstruos.

Mi nombre es Lilith. Ahora soy una anciana con más de ciento veinte años a cuesta. Pero en mis días de juventud era una cazadora. Espero que no se sorprendan por mi profesión, en trubaj cualquiera puede ser cazador, sin importar su sexo o raza.

He salido poco de estas tierras, pero he conocido a muchos extranjeros. Y cuando digo muchos me refiero a cientos. Por lo usual eran mercaderes en busca de materiales y criaturas que no eran habituales en sus tierras; y es que trubaj es una tierra llena de criaturas de todas las especies. Los mercaderes compraban pieles, huesos, órganos, huevos, plumas etc. Pero no les hablaré sobre mercaderes, le hablaré sobre un forastero que aun recuerdo como si le hubiese visto ayer, su nombre era Kiro.

Mis compañeros –Leserd y Kay- y yo estábamos celebrando la llegada de la noche como es costumbre en los cazadores de estas tierras. Cada noche celebran con sus compañeros el hecho de haber sobrevivido otro día. Cada día puede ser el último y se debe agradecer y disfrutar tener la oportunidad de estar una vez más con los tuyos.

El ambiente era festivo en la tasca, todos estaban alegres. La cerveza sobraba en las jarras y la comida abundaba en las mesas –como extraño aquellos días-. Aun llevábamos nuestras armaduras puestas y manchada con la sangre de la última bestia que cazamos. Hablamos sobre las proezas de la cacería, sobre tal golpe o equis momento en que nos creímos perdidos. En ese momento entró él. Nadie lo observó directamente, pero todos nos percatamos de su presencia. Se sentó en la cantina y pidió una jarra de cerveza que nunca bebió.

Su vestimenta era algo llamativa, por así decirle. Era totalmente de cuero negro. Estaba ajustada a su cuerpo mediante correas y hebillas de metal. Algunas correas estaban sueltas. Tenia el cabello dividido en gruesas trenzas, parecía que nunca se había peinado en su vida. Pero lo más llamativo en aquel individuo era la mascara rota que cubría parte de su rostro y dejaba ver aquel cristal en su frente. — ¿Un deomon en Trubaj?— Fue el primer comentario de kay al verle.

Leserd comentó que seguramente seria un arcanólogo –hechicero- en busca de materiales para sus experimentos; ya que por su físico lo menos que aparentaba ser era un cazador. Además llevaba consigo un grueso libro –que parecía un libro de hechizos- y una pequeña bolsa atados con una de las correas de su atuendo. Al parecer le hizo una pregunta al cantinero, quien como respuesta señaló nuestra mesa. Él sujeto se acercó a nuestra mesa.

— ¿Puedo sentarme con ustedes? Me hablarles acerca de un trabajo— su voz parecía la de un hombre joven, tal vez un adolescente. Pero según yo sabia, los deomones envejecían muy lento, así que aun pareciendo un adolescente podía tener más cincuenta o sesenta años, tal vez mucho más.

Los tres nos miramos, acabábamos de volver de una cacería, pero los trabajos no se debían descartar sin antes oírlos. Así que hicimos espacio para que se sentara. —Me dijeron que ustedes eran los mejores cazadores de la zona — algo muy cierto, modestia aparte — se me ha encargado cazar una criatura llamada Krenekiar. Obviamente necesito ayuda…

Entre tantas criaturas para cazar, tenia que elegir un maldito krenekiar; fue lo primero que pensé. Un Krenekiar es una especie de gorila que suele habitar en la profundidad de los bosques. Son tan grande como un hombre y tan agresivos como una piraña. Pero el problema no radica en su agresividad y mucho menos en su tamaño -relativamente son pequeños comparado con muchas criaturas- el problema era que los krenekiar emanaban gases venenosos, sus efectos varíaba según la edad del krenekiar.

El gas de un krenekiar de menos de dos años solo produce mareos. Entre los tres y cinco años su gas puede dormir a un mamut antes del tercer respiro. Entre los seis y ocho años, el gas es venenoso, pero si se aplica un antídoto rápido no es letal, aunque si muy molesto. A partir de los nueve años, el gas mata solo con tocar la piel. Lo bueno, si así se puede llamar, es que si un krenekiar lanza una carga de veneno, debe esperar casi medio día para poder lanzar otra.

Los cazadores han desarrollado muchas técnicas para cazar esas criaturas, la principal es hacer que desperdicien su carga de gas. Luego de lograrlo solo le queda la batalla, lo cual tampoco es tarea fácil. Estas criaturas son muy rápidas y astutas. A lo que se le añade un terreno difícil. Pero si se tiene éxito en la cacería, la recompensa es muy gratificante, ya que las piezas de krenekiar son muy caras en el mercado.

—…no sé rastrear y no conozco la zona…

La idea de Kiro era que le sirviéramos de guía y soporte en la cacería, ya que él mismo se enfrentaría a la criatura. Por ese trabajo nos pagaría igual que si nosotros la cazáramos. Además él solo quería los riñones y el hígado de la criatura, el resto seria nuestro. Era un excelente trato, así que aceptamos. Decidimos partir al día siguiente. Kiro dijo que nos esperaría en las afuera del pueblo.

En circunstancias normales, si un cazador me hubiese dicho que se enfrentaría solo a un krenekiar, hubiese dicho que estaba loco. Pero al tratarse de un deomon, lo vi como algo aceptable. Según sabia los deomones eran conocedores de muchos conjuros y podían invocar a las criaturas que viven en el abismo para que estas le sirvieran a su antojo. Así que pensé que la desventaja era para el krenekiar.

Pero mi idea cambio al día siguiente al ver a kiro ¡Llevaba consigo armas! No podía creer que se enfrentaría con un krenekiar él solo. Intentamos hacerle cambiar de parecer, pero fue imposible. Estaba decidido a cazar a la criatura él solo, y pidió explícitamente que no interviniéramos pasase lo que pasase. Al final terminamos cediendo.

Era la primera vez que veía aquel tipo de armas, aunque luego se hicieron más comunes -entre asesinos- Se trataba de un par de afiladas cuchillas de un codo de largo cada una. Estaban montadas en un mecanismo unido a cada antebrazo de kiro, de forma que las hacían retractiles. Kiro solo hacia un movimiento con sus muñecas y las hojas salían a relucir por encima de sus puños.

Esas armas me daban a entender una de dos cosas: estaba medio loco o estaba totalmente desquiciado. Kay hizo un comentario, parte en broma parte en serio —Deberías pagarnos por adelantado— leserd y yo reímos. Pero kiro no hizo ningún comentario.

En verdad no dijo una sola palabra hasta que le avisamos que ya estábamos en una zona donde podríamos encontrar un krenekiar. Kiro solo preguntó como podía saber cuando un krenekiar estaba cerca. Respondimos que sentiría un fuerte olor parecido al orine. —Yo no tengo olfato— nunca esperábamos algo así. — ¿Por qué no tienes olfato?— pregunto leserd. Kiro respondió en forma muy natural— No tengo olfato, porque yo no respiro— alguien que no respiraba, eso era increíble. Así que seria inmune al gas del krenekiar. Además su vestimenta no dejaba ver la mínima fracción de piel. Tal vez no estaba desquiciado.

Ya que kiro no podía sentir el olor de un krenekiar, decidimos seguirlo a una distancia segura y a visarle si percibíamos uno. No pasó mucho tiempo para que diéramos con nuestro objetivo. La criatura corrió hacia nosotros, pero algo hizo que se detuviera en seco. El krenekiar observó a kiro, luego retrocedió varios pasos y comenzó a huir. Esa era la primera y única vez en mi vida que veía a un krenekiar huir. Corrimos detrás de la criatura, era casi imposible perderla de vista, su piel roja y peluda resaltaba entre el verdor del bosque.

Kiro era mucho más veloz que nosotros, tanto que nos sacó más de diez cuerpo de ventajas en pocos instantes. Esa no era una velocidad normal. El krenekiar subió de un solo salto a un árbol y continúo saltando de uno a otro. Kiro desplegó sus sayser las clavó en el árbol y con suma facilidad lo escaló y continúo la persecución saltado de un árbol a otro. Su cuerpo parecía carecer de peso alguno. Nosotros hacíamos lo posible por seguirle. En verdad ya no nos interesaba la criatura, estábamos impresionados con las habilidades de kiro y queríamos ver como acababa todo.

El krenekiar al fin se detuvo en lo alto de un árbol, tal vez ya estaba tan casado como nosotros. Estaba de pie sobre una rama. Kiro estaba también parado en una rama a menos de tres metros. La criatura abrió su boca y dejó escapar una carga de gas verde; eso significaba que aun no era mayor de ocho años, en caso contrario el gas hubiese sido púrpura. La nube de gas cubrió totalmente a kiro, incluso al krenekiar; no podíamos verles. Por la altura en que se encontraban, sabíamos que el gas no nos afectaría.

La criatura rugió. Lo siguiente que vimos fueron dos cuerpos que caían al vacío. Kiro y la criatura se golpeaban mientras caían. Ambos cuerpos chocaron contra el suelo. Sabíamos de sobra que el krenekiar no estaba muerto. Pero dudamos mucho que kiro fuera tan resistente. Nos equivocamos. Ambos se pusieron de pie casi al mismo tiempo y continuaron la batalla cuerpo a cuerpo.

Kiro se movía de un lado a otro evitando los golpes de la criatura. Era como si supiera lo que iba hacer el krenekiar antes que este lo pensara. Nosotros solo observábamos boquiabiertos lo que sucedía, era una escena increíble. Kiro recibió un puñetazo en el pecho que lo chocó contra un árbol. Pero se repuso antes que el gorila pudiese sentirse a salvo. El krenekiar lanzó otro golpe, pero ya era tarde. La hoja de la sayser de kiro estaba hundida en su cuello.

Después de elogiarle en cuantas formas fueran posibles y haber repartido el dinero y las partes de la criatura, kiro se disponía partir. Pero Kay hizo una pregunta. Existes cosas que no deben saberse, existen preguntas que no deben hacerse, yo creo que esa era una de ellas — puedo comprender o al menos imaginar el porque eres tan rápido, tal vez has entrenado o algo así. ¿Pero me podrías decir como es que no respiras? — Kiro nos observó y dio la espalda. Pensamos que no nos respondería la pregunta, pero nos volvimos a equivocar — No respiro porque estoy muerto— luego se marchó sin decir más.

SEGUNDA ENTREGA

Exordio.

Kiro iba noche tras noche a observar aquel libro y sus imágenes. Algunas de ellas eran similares a las de sus sueños. Al observarlas, sentía un enorme deseo de comprender que eran o para qué servían; tal vez si lo descubría podría encontrar respuestas a sus preguntas. Kiro se sentaba en un rincón con aquel libro sobre sus piernas. Veía una y otra vez cada ilustración, al punto tal que conocía de memoria cada detalle de ellas.

¿Qué haces aquí Kiro?— Kiro se puso de pie rápidamente, el libro cayó al suelo y se deslizó varios metros — ¿Por qué me has desobedecido Kiro? He sido benevolente contigo. Te he dado una existencia libre de dolor y cargas, y decides pagarme con esto. Buscando aquello que te llevó a la destrucción.

Kiro estaba inmóvil en la oscuridad. Sus ojos no necesitaban luz para ver las cosas; sabia que naberus estaba a escasos metros de él. Podía ver cada grabado de aquella mascara dorada, cada pliegue de esa larga capa negra con bordados de hilos de cristal. —Señor, solo quería comprender las imágenes…— La voz de naberus retumbó en el toda la biblioteca —Cállate, me has desobedecido. Has pagado con ingratitud mi benevolencia. Acabaré con tu existencia ahora, antes que contamines a los demás.

Dejar de existir. Kiro pensó que si esto ocurría nunca sabría el significado de esas imágenes, nunca más vería esos colores que le traían esas sensaciones a su ser. Descubrió que en verdad quería ver esos lugares y esos seres con sus propios ojos; saber si existían, aunque naberus le había dicho que fuera de los muros de la fortaleza no existía nada. Él se negaba a la idea de que solo existiese aquella fortaleza y nada más.

Naberus levantó su mano. El aire a su alrededor se torno brillante. Una esfera incandescente se formó en su palma. Kiro buscó el libro con su vista. Quería verlo una vez más. Quería ver esas imágenes. No quería morir. La esfera de energía se aproximaba hacia él produciendo un agudo zumbido en el aire e iluminado todo el lugar con un rojo intenso.

Kiro solo atinó a anteponer sus manos y cerrar los ojos. Sintió una enorme presión entre sus manos. Al abrir los ojos observó como contenía aquella esfera de energía entre sus dedos, la sujetaba como si se tratase de una bolsa de cuero llena de agua. Lentamente esta fue menguando, el cuerpo de Kiro absorbía la energía llevándola a su interior. La presión hacia temblar los estantes, los libros cayeron al suelos, algunos ardieron en llamas rojas. Hasta que toda la energía fue absorbida.

Kiro desconocía lo que sucedía. Podía sentir como aquel poder llenaba su interior, como se movía en su ser llenando todo con un calor insoportable e incontrolable. Imágenes comenzaron a presentarse en la cabeza de Kiro, miles de imágenes, personas, lugares cosas, momentos; todo al mismo tiempo. Kiro sujetó su cabeza. Sentía que iba a estallar. — ¿Así se siente dejar de existir? ¡No quiero dejar de existir!

Debajo de la mascara de Kiro brillaba una luz, parecía estar entre la piel y el metal. La intensidad de la luz se hacia más intensa a cada instante. El área de la mascara que cubría su frente simplemente comenzó a quemarse como si de papel se tratara, dejando ver un cristal incrustado en la piel de Kiro.

Kiro gritó. El cristal brilló con una luz cegadora que iluminó cada rincón de la titánica biblioteca. Una onda de presión salida de su cuerpo destruyó todos los estantes que estaban cerca y también el muro que estaba detrás de él, dejando ver un oscuro largo túnel que tal vez había permanecido oculto por siglos. Ni siquiera naberus, quien observaba el suceso sin saber a ciencia cierta que era lo que ocurría, sabía de su existencia.

Kiro quedó tendido en el suelo entre madera destruida, trozos de pared y libros chamuscados. Naberus no sabía si había cumplido su cometido. Pero pronto se daría cuenta del resultado al ver que Kiro se arrastraba en el suelo. Kiro tomó aquel libro lleno de imágenes y lo apretó contra su pecho. Naberus dudó por un instante. No sabia si debía atacarle otra vez, era posible que se repitiera ese extraño suceso de absorción, pero Kiro no estaba atento a la presencia de su señor; Solo se aferraba al libro y murmuraba unas palabras: —No dejaré de existir— las repetía una y otra vez casi frenéticamente.

Naberus decidió atacar, pero antes de que pudiese concentrar suficiente energía en su ataque, Kiro se puso de pie. Ambos se observaron por un muy breve instante. El metal de la mascara casi destruida de Kiro aun humeaba. —NO DEJARÉ DE EXISTIR— Gritó Kiro antes de correr hacia el pasadizo recién descubierto. Naberus desató su ataque, pero Kiro lo evito mientras corría, logrando entrar al corredor y escapar, talvez momentáneamente, del castigo de su señor.

Kiro corrió durante mucho tiempo. Las piernas de Kiro eran incansables. Tal vez corrió por días en aquellos túneles. Nunca veía atrás, solo corría apretando aquel libro contra su pecho. Era todo lo que tenia y quería poseer. Era su derecho a existir, su motivo para existir.

Una luz tenue se abría paso en la oscuridad, parecía ser una salida. Kiro apresuró aun más su marcha, hasta que al fin logró salir de aquel túnel. Era de noche, la luna de kulja estaba en su cenit e iluminaba el denso bosque al que Kiro había llegado. El ambiente era pesado. El bosque parecía respirar, murmurar palabras ocultas en el cantar de los insectos. Kiro era un ser de pocas emociones y sensaciones, y es que la vida en aquella fortaleza no requería de ellas, pero ahora estaba en un lugar diferente que hacia brotar aquellas facultades del alma. Porque pese a lo que naberus le había dicho, Kiro poseía alma y vida como aquel bosque.

Un mar azul se extendía hasta el horizonte lejano. El agua cambiaba su color azul por amarillo y se convertía en las arenas de un desierto interminable. Del suelo surgieron árboles milenarios de un verde radiante, el suelo se cubrió de hierba. El viento sopló y cambió nuevamente la forma de todo, ahora los árboles eran seres de distintas razas que hablaban al mismo tiempo lenguas diferentes. Todos los seres se convirtieron en vapor y formaron una sola figura, un ser con una mascara dorada y una túnica negra. Ahora el suelo era un libro tan grande como el mar o el desierto…

— ¡Oye! ¿Estas bien chico? Este no es un buen lugar para dormir—. Kiro abrió sus ojos con sobresalto. Se puso de pie rápidamente —No te asustes hijo, no te voy a hacer daño— Kiro observaba a aquel ser. Era un hombre de larga y desalineada barba gris con ropa harapienta y un gran bulto en la espalda del cual sobresalían hierbas y otras cosas — ¿Qué haces aquí chico? ¿Estás perdido chico?— Kiro lo observaba, ¿cómo era posible? existen seres fuera del muro ¿Por qué naberus le había dicho que no existía nada ni nadie? — ¿no puedes hablar o no me entiendes chico? ¿Comprendes lo que te digo?— Kiro asintió con la cabeza — ¿Cómo te llamas chico?— El anciano observaba a Kiro, en especial aquel cristal en su frente. Se preguntaba qué hacia un deomon en esas tierras. Hacia décadas que no veía a alguno, y menos uno que cubriera su rostro con una mascara rota de metal en vez de vendas, que era lo usual — Kiro, me llamo Kiro— ese nombre era tan extraño para un deomon como su presencia en aquel lugar, pero el anciano desistió de hacer más preguntas por el momento —Bueno Kiro, mi nombre es Yeldo. No sé a donde vas ni de donde vienes. Pero si lo deseas puedes seguirme hasta mi casa y descansar un rato antes de seguir tu camino, este no es un buen lugar para estar solo.

El anciano se dio vuelta y comenzó a caminar sin decir más. Kiro lo observó, era posible que él tuviera respuestas a sus sueños o que al menos le explicara como era posible que existiera algo fuera de los muros de la fortaleza, así que decidió aceptar la invitación. Siguió sus pasos a través del bosque, ambos marchaban en silencio. Kiro contemplaba todo con cierta mezcla de asombro y curiosidad, los jardines de la fortaleza eran menos que un huerto comparado con este lugar. Los árboles parecían columnas que sostenían el cielo.

Todo llamaba la atención de aquel ser, parecía un visitante en un mundo extraño, pero que le parecía familiar. Veía las liebres y los pájaros como si esperara que también le hablasen como lo hizo aquel anciano. El anciano, otro enigma para su mente. Cada detalle de aquel ser era motivo para mil preguntas ¿por qué no usaba mascara? ¿Por qué tenia esos surcos y pliegues en la piel? ¿Por qué su cabello era gris? ¿Había más como él o acaso era el único? ¿Por qué le llamaba chico?

Los caminantes llegaron hasta una pequeña cabaña destartalada y rustica situada en un pequeño claro. Dentro de la cabaña no había más que una cama, una mesa, un estante con hierbas, frascos y otras cosas y un caldero sobre un fogón. El anciano colocó su bulto en un rincón —Y dime chico ¿de donde vienes?— Kiro estaba de pie, sujetaba el libro contra su pecho como si este fuese a escapar en cualquier momento. Yeldo suponía que esa era su libro de conjuros, por eso se abstenía de hacer algún comentario al respecto. Los deomones, según él sabia, eran un tanto excéntricos con sus grimorios — Vengo de la fortaleza— respondió Kiro.

Yeldo echaba algunas cosas en el caldero — ¿La fortaleza? Existen muchas fortalezas en Kimerian chico, me podrías decir…— al escuchar esa palabra extraña Kiro no pudo evitar interrumpir a Yeldo y preguntar que significaba, el anciano se sorprendió ante tal pregunta — ¿chico. No sabes que es Kimerian?— Kiro negó con la cabeza — Estás parado en Kimerian, esto es Kimerian, este lugar, este planeta, esta dimensión ¿Acaso eres un viajero de los planos?— aunque Kiro no sabia que era “un viajero de los plano” volvió a negar con la cabeza — ¿has perdido la memoria o te la borraron con algún hechizo? Hechizo, otra palabra desconocida para Kiro, quien solo atinaba a negar todo moviendo la cabeza —Si te pido que me cuentes como llegaste aquí ¿lo harías?— Kiro dudo por un momento, era posible que aquel anciano también intentase castigarle, pero podía huir de nuevo como lo hizo la primera vez.

— Vengo de la Fortaleza
— ¿y donde queda esa fortaleza?
— No sé.
— ¡No sabes! Entonces estás perdido chico ¿y que hacías allí?
— Obedecer, servir y agradecer la inmensa benevolencia gran señor Naberus.
— Bien, ya sabemos al menos que tienes un señor al que sirves ¿Y por qué estas aquí?
— Porque huí.
— Huiste ¿Por qué?
— Porque no quería ser destruido por mi señor.
— ¿destruido? ¿Pero por qué quería destruirte tu señor? ¿Qué hiciste chico?
— Soñé y busqué conocimiento.
— Si que son estrictos en tu fortaleza. Bueno, en verdad no entiendo…
— ¿Puedo hacerle yo una pregunta?— Yeldo asintió — ¿existen más seres y lugares en…Kimerian?— Yeldo río ante tal pregunta.
— Tantos seres como arena en el desierto y tantos lugares como árboles en este bosque.

Yeldo y Kiro intercambiaron preguntas por un largo rato. Yeldo llego a su propia conclusión: Kiro era un sirviente de algún rey, vivía en un lugar apartado, posiblemente en otra dimensión, tal vez llegó al bosque a través de algún portal. Escapó de allí porque violó alguna extraña regla sobre soñar. No sabe nada sobre Kimerian porque su rey nunca le habló sobre ello. Kiro decía que su señor le había creado, así que era posible que él fuese algún experimento o algo similar, y aunque era parecido un deomon, tal vez no lo era del todo.

Por su parte, Kiro también hizo sus conjeturas: naberus le había mentido, aunque no comprendía el porque. Ahora estaba muy lejos de la fortaleza y no podía volver a ella para preguntarle, ya que no quería dejar de existir, mucho menos ahora que tiene la oportunidad de conocer lugares y seres diferentes. Aun no lograba comprender porque se había despertado en él ese deseo infrenable de conocerlo todo. En su mente se había formado varias metas, la primera: aprender a leer. La segunda: conocer y aprender todo lo que le fuere posible.

Desde que salió de la fortaleza, el interior de Kiro había sufrido una especie de expansión. Era como si al huir se hubiese librado de cadenas invisibles que coartaban sus emociones e intelecto. Ahora pensaba libremente en saciar su curiosidad. Yeldo le dijo que a varias jornadas de viaje se encontraba un pequeño pueblo, desde ahí podía partir a cualquier lugar, pero que necesitaría dinero para el viaje y algunas otras cosas. Kiro no comprendía claramente el concepto del dinero; para Yeldo resulto algo complicado explicárselo, pero al final Kiro logró captar la idea.

Kiro comprendió que para viajar requería dinero, y para obtener dinero debía trabajar. Kiro permaneció varios días con Yeldo, en los cuales el anciano se percato que “el chico” no se cansaba, además de poseer una agilidad y fuerza muy elevada, por lo cual Yeldo le sugirió que podía trabajar como leñador, minero e incluso como cazador. Era seguro que aprendería otros oficios, ya que Kiro demostraba mucha inteligencia y facilidad para aprender.

Yeldo le enseño a caminar por el bosque, a reconocer diferentes tipos de hierbas y sus usos, a cazar animales pequeños, a cocinar –a pesar de que a Kiro no le daba hambre- y otras cosas que le serian de utilidad. Incluso le enseño técnicas básicas de combate, ya que Yeldo fue soldado en sus días de juventud. Kiro le pidió que le enseñara a leer, pedido que el anciano no pudo cumplir, ya que él tampoco sabia, pero le dijo, que no seria difícil que encontrase alguien en algún pueblo que le enseñase, seguramente algún mercader o un sabio. Después de varias semanas Kiro estaba preparado y decidido a emprender su viaje a través de Kimerian.

Un mar azul se extendía hasta el horizonte lejano. El agua cambiaba su color azul por amarillo y se convertía ahora en las arenas de un desierto interminable. Del suelo surgieron árboles milenarios de un verde radiante y el suelo se cubrió de hierba. El viento soplo y cambio nuevamente la forma de todo, ahora los árboles eran seres de distintas razas que hablaban al mismo tiempo lenguas diferentes. Todos los seres se convirtieron en vapor y formaron una sola figura, un ser con una mascara dorada y una túnica negra. Ahora el suelo era un libro tan grande como el mar o el desierto, las letras se convirtieron en puertas y senderos que iban a todas las direcciones tomando formas erráticas e imposibles. Una mujer está al final de uno de los caminos, su rostro está cubierto con vendas y esta vestida con una túnica blanca. Tiene un cristal que brota de su frente…

— ¡Oye! Despierta. Alguien viene— la luna brillante de kiria anunciaba el amanecer. Yeldo observaba por una fisura hacia el exterior. Kiro hizo lo mismo. Alguien se aproximaba a la cabaña. Kiro lo reconoció al instante — ¡Gamade!— Kiro salio a toda prisa de la cabaña, mucho antes que Yeldo pudiera decirle algo. El chico corría hacia aquel ser que el llamaba Gamade. Era alguien de estatura similar a la de Kiro, pero más corpulento. También usaba un mascara de metal, de la cual sobresalían orejas con lóbulos tan largos que llegaban los hombros. Vestía igual que Kiro, ropa de cuero ceñida al cuerpo con hebillas y correas en las piernas, torso y brazos. Al ver a Kiro Gamade detuvo sus pasos.

Kiro notó algo extraño y tal vez por instinto detuvo sus pasos a una distancia que él consideró segura. —Gamade ¿tú también has huido? — la mascara inexpresiva de Gamade permitía ver sus ojos verdes. Su largo cabello se mecía con el viento. Sus puños se cerraron. Sus rodillas se flexionaron. Gamade corrió a toda velocidad contra Kiro acertándole un puñetazo que lo sacó de balance. Antes que Kiro pudiese reaccionar, recibió otro golpe que lo elevó varias pulgadas del suelo. Antes de caer fue golpeado por una fuerte patada que le proyectó contra una pila de leña.

Kiro se repuso del veloz ataque. Comprendió de inmediato lo que sucedía, Gamade no había escapado, había sido enviado para destruirle. No había más que decir. Gamade volvió a correr contra Kiro, pero esta vez el chico lo evadió con cierta facilidad. Al parecer Kiro era más rápido que Gamade. Kiro lo golpeó en un costado, el golpe pareció carecer de fuerza, ya que Gamade apenas mostró efecto alguno. Sin embargo, el contra ataque de Gamade hizo que Kiro rodara por el suelo hasta chocar contra un árbol.

Al levantar la vista, Kiro observó como Gamade descendía desde arriba hacia él. Kiro rodó en el suelo. La rodilla de Gamade impactó contra el suelo haciendo retumbar todo. Kiro comenzó a recordar las recientes enseñanzas de Yeldo “Aprende a aprovechar tus habilidades…busca siempre el momento exacto para atacar…no tengas prisa, pero no tengas pausa”. Kiro se puso de pie. Gamade reanudó sus ataques, pero está vez Kiro se movía de una lado a otro “aprende a leer y predecir los ataques de tu oponente, conviértete en tu oponente”.

Sus ojos estaban atentos a los movimientos de su adversario. Calculaba, memorizaba, analizaba. Después de esquivar varios ataques, Kiro encontró una brecha y acertó un rápido golpe el cuello de Gamade, luego esquivó su contra ataque y repitió la ofensiva en el mismo punto. “cuando cortes un árbol, no importa lo grande que este sea, golpea en el mismo sitio hasta que caiga”.

Los golpes de Gamade solo atinaban al vacío. Sin embargo, Kiro ya había golpeado más de una docena de veces el cuello de Gamade. Kiro se movía en círculos alrededor de su oponente, este no podía seguir sus movimientos, su cuello ya estaba resentido por la extensa dosis de golpes recibidos. Kiro aumento la intensidad de sus ataques. Ahora también golpeaba otros puntos, como las piernas y rodillas.

Gamade tambaleó. Antes que pudiera recobrar el balance, Kiro le rodeó el cuello con sus brazos. Un movimiento rápido y preciso antecedió a un crujir de huesos. Gamade calló al suelo inerte. Kiro se quedó de pie ante el cuerpo.

Yeldo salió de la cabaña, observó todo a través de una fisura — ¿Estás bien chico? Lamento no haberte ayudado, solo hubiese sido un estorbo— Kiro movió la cabeza en forma negativa — Si me ayudaste, escuchaba tu voz en cada movimiento — el anciano frotó su barba y sonrió — Una parte de mi se siente bien al haberle vencido y continuar vivo, pero otra se siente mal por haberle matado — Yeldo se acercó a él y apretó su hombro, con una voz casi paternal le dijo — En la batalla, la decisión de morir la toma quien ataca primero. Era tu vida o la de él. No te sientas mal.

Yeldo y Kiro enterraron el cuerpo de Gamade en lo profundo del bosque. Kiro llegó a la conclusión que otros vendrían por él. Así que decidió marcharse ese mismo día. Yeldo le aconsejó que cultivara aun más sus conocimientos de combate siempre y cuando le fuera posible, consejo que Kiro llevaría al pie de la letra en el futuro.

Ambos se despidieron sin muchas ceremonias. Kiro siguió la ruta señalada por el anciano y se perdió entre los árboles. Este era el inicio de un viaje hacia lo desconocido, en busca de conocimientos y vivencias. Kiro llevaba como única pertenencia un libro y sueños que no comprendía.

Tercera entrega 27/4/08

Después de despedirse de Yeldo, Kiro caminó a través del bosque por varios días. Siguió la ruta recomendada por el anciano hasta que llegó a un pequeño pueblo de leñadores. En principio no le fue fácil tratar con los habitantes del pueblo, ya que les despertaba cierto temor. Pero al pasar de los días ganó su confianza y aceptación. Así fue como Kiro comenzó a trabajar como leñador, a cambio de alojamiento y unas cuantas monedas.

Los leñadores eran hombres de apariencia tosca y vida sencilla. No poseían grandes riquezas, ni las buscaban. Vendían madera a comerciantes que iban periódicamente al pueblo, no siempre el pago era hecho en kimeres. En ocasiones cambiaban la madera por sales, especias, objetos, herramientas etc.

Al principio, los leñadores hacían muchas preguntas a Kiro, las cuales él no sabía como responder; al cabo de un tiempo dejaron de interrogarle. Ellos le enseñaron varios trucos útiles para su nuevo trabajo, el cual él desempeñaba con mucho talento, ganándose rápidamente el respeto y la admiración de sus compañeros. El único problema que tenia Kiro era que no se llevaba bien con los animales. Las mulas, caballos, cabras, perros y demás, le temían; huían de su presencia. Los leñadores atribuían ese hecho a la extraña apariencia de Kiro y nunca le dieron mucha importancia. Pero un día este problema casi cobra la vida de un leñador.

Kiro y sus compañeros de labor se encontraban talando árboles. El jefe del grupo acaba de llegar al área, traía consigo varios garrafones de agua y algunas herramientas. Filco –así se llamaba el jefe- llamó a Kiro para que le ayudara a desmontarlas cosas. El chico se acercó corriendo. Cuando estaba a pocos metros de Filco, quien estaba desatando los garrafones, la yegua se asustó y sin más emprendió la huida. La mano de Filco quedó enredada entre las cuerdas de los garrafones.

La yegua corría a través del bosque arrastrado el cuerpo del leñador. Era imposible que los demás leñadores le alcanzaran, Pero no para Kiro, quien corría a toda velocidad detrás del animal. La yegua iba rumbo a un despeñadero, una caída en ese lugar era una muerte segura para Filco, quien intentaba por todo los medios detener a el desbocado animal, sin lograr éxito alguno.

Kiro logró alcanzar a Filco, pero le era difícil liberarle la mano o detener la yegua. El despeñadero estaba a pocos metros, fue inevitable, la yegua salto arrastrando consigo a Filco un instante antes de que este pudiera liberar su mano.

Los leñadores vieron como la yegua y Filco se perdían a su vista al borde del precipicio, lo que nunca esperaron ver fue a Kiro saltando detrás de ellos sin vacilar por un momento. Obviamente, los leñadores supusieron lo peor. Todos llegaron al borde del despeñadero, no podían dar crédito a sus ojos. Kiro estaba aferrado a una roca con su mano derecha, mientras que la izquierda sujetaba el talón de Filco, quien colgaba de cabeza en el vació, asustado pero a salvo.

Esa noche hubo una gran celebración. Todos agradecían a Kiro por haber salvado a Filco, aunque él decía que la culpa de aquello era suya — La culpa la tiene esa maldita yegua de los mil malditos abismos. Tú saltaste detrás de mí y me salvaste, eso es lo que cuenta. Ni mi padre haría algo así. Tú eres un héroe—. La celebración se extendió por toda la noche.

Kiro se sentía feliz al ser tratado con tanto aprecio. Incluso después que Filco –totalmente ebrio- le quito la mascara para darle un beso. El tiempo pareció congelarse ante la imagen de aquel rostro. Hombre, mujeres y niños observaron aquel rostro, quedaron atónitos por un instante que pareció eterno.

Filco se encogió de hombros e hizo una extraña muesca, no de desagrado, parecía más bien de decepción — Esperaba que fueses más feo que yo…y de verdad que lo eres — todos rieron a carcajadas. Filco le dio un beso en la mejilla a Kiro y lo apretó fuertemente entre sus ásperos brazos. A nadie pareció importarle la apariencia de aquel ser, entonces la felicidad de Kiro llegó hasta el cielo.

Un mar azul se extendía hasta el horizonte lejano. El agua cambiaba su color azul por amarillo y se convertía ahora en las arenas de un desierto interminable. Del suelo surgieron árboles milenarios de un verde radiante y el suelo se cubrió de hierba. El viento soplo y cambio nuevamente la forma de todo, ahora los árboles eran seres de distintas razas que hablaban al mismo tiempo lenguas diferentes. Todos los seres se convirtieron en vapor y formaron una sola figura, un ser con una mascara dorada y una túnica negra. Ahora el suelo era un libro tan grande como el mar o el desierto, las letras se convirtieron en puertas y senderos que iban a todas las direcciones tomando formas erráticas e imposibles. Una mujer está al final de uno de los caminos, su rostro está cubierto con vendas y está vestida con una túnica blanca. Tiene un cristal que brota de su frente. Todo desaparece, excepto la mujer y su mirada que irradia luz. Energía comienza a rodearla, halos de luz nacen de su cuerpo, formando una criatura de energía pura…

Un bullicio despertó abruptamente a Kiro. No era el típico ajetreo que hacían los leñadores cada madrugada para ordenar la leña o prepararse para la faena cotidiana. Alguien había llegado al pueblo, algunos leñadores lo rodeaban con hachas en mano, pues sabían que se trataba de unos de aquellos que perseguían a Kiro. —Lárgate de aquí si no quieres que te despedacemos — vociferó uno de los leñadores, pero el sujeto no hacia ni decía nada, solo los observaba.

Kiro lo reconoció al instante —Adirael— ese nombre sonó como un lamento en la voz de Kiro. Resignado ante su destino, el chico camino con paso lento y firme hacia el recién llegado — apártense, esta es mi batalla— Filco y los demás obedecieron la orden, aunque no de buen agrado. Cuando dos “hombres” deciden combatir nadie debe interponerse.

Todo el pueblo observaba aquellos seres extraños. Sus vestimentas lo hacia ver casi idénticos, las únicas diferencias radicaban en la mascara rota de Kiro y el cabello corto y dorado de Adirael. Por lo demás, uno parecía en reflejo del otro.

Las manos de Filco sudaban a tal grado que la empuñadura de su hacha se resbaló entre sus dedos…

Adirael corrió contra Kiro y le propinó un puñetazo en el abdomen con tal fuerza que lo lanzó a más de diez metros. El cuerpo destruyó una pequeña cabaña con el impacto.

…el hacha de Filco cayó al suelo. Ningún ojo fue capaz de captar lo ocurrido. Kiro salio de entre los escombros y sin perder tiempo arremetió contra Adirael. El chico desató una tormenta de golpes que no lograron su objetivo, ya que su adversario los esquivaba con una velocidad sorprendente.

Kiro giró sobre su cuerpo lanzando una patada, Adirael se movió a un lado y le sujeto el tobillo con ambas manos, lanzándolo de por los aires. El cuerpo de Kiro chocó contra el suelo. Nuevamente Adirael le tomó por el tobillo, pero esta vez lo chocaba una y otra vez contra el suelo, llevándolo un lado a otro como si fuese un muñeco relleno de paja. Cada impacto producía un sonido seco y retumbante. Los leñadores intentaban animarle y lanzaban maldiciones e improperios a Adirael, quien hacia caso omiso.

Kiro logró zafarse. Los impactos había tenido efecto, aunque si se hubiese tratado de un ser normal, de seguro estaría muerto. La situación era difícil. Aunque sus niveles de fuerzas eran similares, Adirael le superaba en velocidad. Debía encontrar el momento preciso para atacarle o estaría perdido.

Kiro tomó un gran trozo de leña. Los espectadores sabían ya que tan fuerte podía ser su compañero, por ello no se sorprendieron al verle levantar algo que a tres hombres le resultaría difícil mover. Pensaron que se lo arrojaría, pero no fue así, solo lo sostenía entre sus brazos.

Adirael corrió otra vez. Su ataque era en línea recta, Kiro ya lo había calculado; lanzó el tronco contra su adversario, quien intentó esquivarlo moviéndose a la derecha, pero Kiro ya estaba muy cerca, ya que al lanzar el tronco también inicio la marcha detrás de el. El chico golpeo con todas sus fuerzas a su oponente en una rodilla. El hueso crujió como la madera al romperse, pero esto no detuvo a Adirael, quien sujeto a Kiro por el cuello y lo echó al suelo.

Kiro recibía una ráfaga de golpes en todo el cuerpo. Los impactos eran tan fuertes que el suelo vibraba con cada golpe. Le era imposible defenderse de tal ataque en esa posición. Un hacha se enterró desde el hombro casi hasta el pecho de Adirael. Este no emitió el mínimo signo de dolor o molestia, de la herida manaba un liquido azul. Filco aun estaba de pie atónito ante el hecho, retrocedió unos pasos, un fuerte golpe lo elevó por los aires cayendo a varios metros de distancia, quedó inconsciente.

Adirael se disponía a retirar el hacha de su hombro, pero sintió como los brazos de Kiro rodearon su cuello. Solo bastó un movimiento para que su cabeza diera un giro de casi trescientos ochenta grados. El cuerpo cayó al suelo. Todos los leñadores aclamaron a Kiro.

Ya era la época en que los mercaderes iban al pueblo en busca de madera. Kiro los esperaba con ansias ya que esa podía ser su oportunidad de aprender a leer. Ningunos de los leñadores sabía hacerlo, a lo sumo podían garabatear su nombre. Filco le había dicho que era seguro que los mercaderes si sabían leer, así que tal vez ellos le enseñarían.

Desde muy tempranas horas todo estaba listo. Ya los mercaderes habían llegado. En su mayoría eran herdricones. Kiro no, paraba de obsérvalos. Él notaba que esa raza compartía parentesco con Gamade. Eran de la misma estatura que un humano cualquiera. Sus ojos eran de un verde muy intenso, aunque algunos eran de color anaranjado. Poseían una larga y tupida cabellera y abundante cejas, pero ninguno era de rostro barbado. Algo muy llamativo de esa raza eran sus orejas, las cuales poseían largos lóbulos. Al parecer la longitud dependía de la edad, ya que los Herdricones más viejos tenían mayor longitud en sus lóbulos que los herdricones jóvenes.

Los herdricones gustaban de tener muchas alhajas y accesorios. Llevaban zarcillos en sus orejas, anillos en sus dedos, colgantes y brazaletes, tantos como les fueran posible cargar. Sus vestimentas también eran opulentas, vestían finas túnicas de telas que muy llamativas y exóticas con bordados en oro e hilos de cristal.

Sus formas físicas eran similares a la de los humanos. Los más mayores mostraban con orgullo una prominente barriga. Sin embargo los jóvenes eran esbeltos y atléticos. Eran de personalidad muy abierta y en extremos conversadores.

Algunos herdricones habían montado quioscos improvisados para vender e intercambiar sus mercancías. Kiro iba de un lado a otro observándolo todo lleno de curiosidad como un niño. El chico detuvo sus pasos en un quiosco en donde vendían armas. Hacia tiempo que deseaba tener una, pero no había encontrado la adecuada para si. Las hachas y espadas no eran de su agrado, aunque había aprendido a manejarlas bien. El mercader le enseño unas cuantas espadas de diferentes tamaños, lanzas, arcos, ballestas y otras más, pero ninguna llamaba a atención de kiro.

—…bueno, a ver si te gustan estas. De seguro nunca las habías visto, las conseguí en una tierra muy lejana. Se llaman sayseres — el mercader sacó de un cajón dos hojas de metal, cada una tan larga y anchas como un antebrazo de kiro. Cada una estaba montada en un mecanismo que se sujetaban a los brazos del portador. Kiro se las colocó en sus antebrazos, el mercader le explicó que si activaba tal punto, las hojas se retraerían o se desplegarían según su voluntad — Son fáciles de ocultar debajo de la ropa y útiles para sorprender al enemigo…— kiro consideró las sayseres excelente para si, ya que se adaptaban a su agilidad a la perfección.

Filco tuvo que ayudarle a negociar con el mercader; los herdricones tenían fama de usureros y timadores. Además, aun Kiro no manejaba muy bien los valores de las monedas. Pero al final obtuvo las sayseres. Se las mostraba a los leñadores como si fuesen un juguete nuevo. Las probó atacando enemigos imaginarios y contra trozos de leñas. Casi se había olvidado de averiguar si algún mercader le podía enseñar a leer.

Kiro buscó el libro y volvió donde el mercader que le había vendido las sayseres y le explicó lo que deseaba. El herdricon tomó el libro y lo hojeo — Esta escritura es muy antigua. Los signos parecen ser del alfabeto saikmun. No puedo ayudarte, tampoco creo que los demás puedan. Tendrás que buscar a un saikmun, y uno muy viejo— Kiro preguntó al mercader donde vivían esos tales saikmunes — será difícil que encuentres alguno en trubaj, tal vez si vas a la ciudad de Calios…—. Estaba decidido, era tiempo de partir.

Kiro le dijo a Filco sobre su decisión, este muy a su pesar, ya que le había tomado mucho aprecio, le apoyó e hizo los arreglos para que pudiese partir al día siguiente junto a los mercaderes hasta la costa y que desde hay tomara una barco hasta Calios. Kiro se despidió de los leñadores, algunos le regalaron monedas para el viaje; otros le aconsejaron que no se fiara de nadie. Al día siguiente kiro partió rumbo a calios.

Cuarta entrega 8/mayo/2008

Capitulo 4

La forma de vida de los herdricones resulta interesante y llamativa para Kiro. En los días que lleva viajando con ellos ha aprendido mucho sobre sus costumbres. Los herdricones tienen una afición casi compulsiva por el comercio, al punto tal que tres de cada diez herdricones son mercaderes; esto no significa que el resto no este involucrado de alguna manera con el comercio.

Los mercaderes herdricones pasan casi toda su vida viajando de un lugar a otro vendiendo, comprando y coleccionando cosas. Cuando consideran que tienen una fortuna respetable, se establecen en algún lugar, pero sin dejar de ejercer su oficio. Es muy común que dominen varios dialectos kimerianos con mucha fluidez. Son conocedores de toda clase de metales, cristales preciosos, armas, pieles y cualquier cosa que tenga algún valor para alguien. En algunos caso también son fabricantes de objetos y armas.

Algunos dicen que esta raza se caracteriza por una extraña avaricia. “Un herdricon prefiere regalarte diez vacas, antes de darte una moneda” reza un refrán. Lo cual no es de todo mentira. Los herdricones son amantes de las fiestas, en ellas siempre procuran que sobren la comidas y bebidas al nivel del exceso y el desperdicio, pero nunca obtendrás un solo kimer de ellos, si no te lo has ganado. Algo que no tolera un mercader herdricon es que se le robe, para ello solo existe un castigo, la muerte.

A los herdricones, en sentido general, le gusta vivir en la opulencia. Son adictos a las joyas y a las cosas caras, algo que se nota en sus vestimentas. Aunque las mujeres de esta raza prefieren llevar encima la menor cantidad de prendas, ya que dicen que eso distraería a los demás al verlas y que no podrían contemplar su belleza. Y es que los herdricones son narcisistas hasta la medula.

Kiro se mantiene alejado de las bestias de carga, no quiere provocar otro accidente. La mayor parte del tiempo la pasa escuchando -Los mercaderes sufren de una locuacidad crónica- las historias de los mercaderes sobre sus viajes y vivencias. Entre ellos, Kiro ha entablado una relación más estrechas con dos en específico: Kil´zeri, el vendedor de armas. Quien es uno de los mercaderes más jóvenes; y con Ahl´nazul, un herdricon de avanzada edad que se dedica a la colección de objetos.

Kil´zeri es un joven de mirada y actitud inquieta, que había heredado el oficio de vender armas de su padre; quien fue, según él, un general muy reconocido. El herdricon no solo es un indiscutible conocedor de toda clase de armas y armaduras, también goza de un alto conocimiento sobre tácticas de batalla, pero solo de manera teórica.

Por su lado, Ahl´nazul, es un anciano apacible. En su voz siempre hay un tono paternal y cariñoso al hablar –lo cual nunca paraba de hacer-. Es muy respetado y querido por todos los miembros de la caravana. Llevaba toda su vida coleccionando objetos, aunque ahora solo salía en caravanas una vez al año, el resto del tiempo lo pasaba en su lujosa casa.

Ahl´nazul ha enseñado ha Kiro a leer algunos dialectos kimerianos –los más básicos- pero ni el mismo anciano logra entender aquellos signos grabados en aquel libro. Para Kiro no ha sido difícil el aprendizaje, aunque aun no lo efectúa con fluidez; Ahl´nazul dice que solo es cuestión de práctica.

— Según puedo notar— dice ahl´nazul mientras observa detenidamente una hoja del libro — este compendio debe tener más de quince siglos. En principio pensé que era un libro de estudios, pero ahora me parece más el diario de un viajero. Lo cual me parece extraño, por que la escritura es de un saikmun, y los saikmunes nunca han sido amantes de los viajes. Además, la cubierta esta hecha de cristal lunar, revestido con…

De entre los árboles comenzaron a caer bolas que al chocar contra el suelo liberan un gas blanquecino. Uno de los herdricon grita — ¡Ladrones! — todos se mueven de un lado a otro intentando evitar el gas somnífero lanzado desde todos los puntos posibles por los atacantes, quienes se ocultaban entre los árboles. Uno a uno los herdricon y los animales de cargan quedan bajo el efecto del gas.

Los atacantes, saltaron de entre los árboles. Son diez hombres vestidos con disfraces que simulaban ser hierba. Corren entre los cuerpos y los despojan de todo aquello que aparente valor alguno. Pero no contaban con algo. Al parecer Kiro es inmune al efecto de los gases. Uno de los ladrones vocifera — ¡Hay uno despierto! — otro de los saqueadores ordena que lo maten.

Para Kiro, morir nunca será una opción aceptable. Los ladrones corren contra él, mientras este despliega sus sayseres. Esquiva los ataques de espadas y lanzas. Algunos le rozan, pero ninguno logra atinarle. Bloquea las espadas con sus hojas de metal, gira, atraviesa un cuerpo de lado a lado. Salta, su sayser izquierda se hunde en el cuello de otro ladrón.

Todos le atacan al mismo tiempo. Kiro gira sobre si, avanza, retrocede, salta. Ensarta a uno, corta el brazo derecho del otro. La sangre brota a borbotones, el suelo se tiñe por los charcos de líquido rojo y vísceras. Una sayser asciende desde la ingle hasta el esternón saliendo por el costado derecho y cortando el brazo; mientras su gemela hace un movimiento opuesto contra otro cuerpo, cortando desde el hombro derecho y descendiendo hasta el abdomen bajo.

Solo quedan en pie cuatro ladrones. Uno de ellos saca un extraño artefacto. Es un tubo de metal montado sobre una base de madera. Kiro recuerda haber hablado recientemente sobre ese artefacto con Kil´zeri. Es conocido como rifle; funciona con un polvo que estalla y produce fuego, el tubo cilíndrico dispara una bola de metal capaz de atravesar casi cualquier cosa. Según el herdricon, la invención de ese artefacto se le atribuye clan de guerreros de las tierras lejanas de varcravia.

Tres de los ladrones rodean a Kiro, el cuarto está parado a algo más de diez metros, apuntándole con el rifle. Kiro siente como algo extraño recorre su cuerpo. Es una energía ardiente que proviene de sus huesos e impregna cada tejido de sus músculos. El ladrón que sostiene el rifle hala del gatillo, una pequeña bola de metal se dirige hacia Kiro.

El cuerpo de Kiro se mueve a una velocidad imposible. Su sayser derecha se clava en un cuello, mientras la otra se entierra en un corazón. Luego ambas son unidas en forma de tijera para cortar una cabeza que vuela por los aires. Kiro da un salto de casi dos metros de altura y puede observar como el proyectil pasa por debajo de él y se entierra un árbol.

El único ladrón que aun queda en pie ve a Kiro con ojos llenos de terror. Su cuerpo está petrificado por el miedo. Ve como Kiro se acerca a él. Quiere huir, pero sus piernas no responden. Kiro lo sujeta por el hombro y lo apuñala en el estomago. Antes de morir escucha unas palabras que Kiro le susurró al oído — No dejaré de existir.

Tengo los defectos de un Humano y las Virtudes de un Demonio.

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