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Fiebre noctámbula (un regalito para Navidad)


By Anam - Posted on 24 December 2005

Dedicado a quienes alguna vez hayan experimentado insomnio incurable...

Fiebre noctámbula
La otra noche fui presa del desvelo. Eran las doce treinta y mi cuerpo no callaba. Estaba ya en la cama cuando el estómago hizo sentir su parloteo. Los párpados, saltaban cada tanto, atrapados por la embriaguez de la vigilia. En el silencio, hasta las pestañas podían crujir. El corazón , al galope de un potrillo desbocado, intentaba mimetizarse con el tic-tac del reloj en un inquieto ensamble. Un bostezo escapó de mi boca yendo directo hacia el cielorraso, llevándose algo de mí. Me acomodé hacia un costado y hacia otro, al derecho y al revés. Y comencé a rezar. Pero mis plegarias no espantaron al saqueador de mi sueño. Por lo que terminado mi rezo me incorporé. Como un monigote que recién se despierta, me desperecé en busca de un alivio para las tensiones. Fue entonces, cuando haciéndome eco de un llamado anónimo no tuve más remedio que volver a las hojas en blanco, dispuestas sobre el escritorio...
Sentada frente a la pila de papel virgen comencé diciendo, casi como un ruego, ¡Que llueva la lluvia de letras! ¡Que llueva, que llueva!
Me quedé no sé cuanto esperando el aguacero, diluvio que alivia la tierra quebrada. Catarata de palabras apiladas, quizá, en el cuarto de atrás de la conciencia, o salpicadas en el éter esperando nacer, o quién sabe dónde o por qué.
Casi se me dormía la mano de tanto apretar la lapicera, cuando me vino la idea de revisar los rincones. Sacudí las mantas, levanté los almohadones del sofá, el felpudo de entrada y el del toilette. Hasta miré bajo la alfombra, dentro de los zapatos, en el florero de cristal y en mi alhajero, pero nada... A la sinfonía nocturna se le había agregado, ahora, un coro de grillos, bastante entonados y la cañería del baño de la vecina de al lado, que soñaba con ínfulas de turbina de avión a punto de despegar. Seguí en mi búsqueda, casi desenfrenada, por el armario de trastos viejos, y en eso me acordé del ropero. Acudí presurosa al gigantón de cedro viejo, creyendo hallar dentro un torrente que calmara mi sed, más al abrirlo y para mi decepción, no hallé ni una gota. Cuando estaba a punto de sentenciar con una maldición firme a la razón de mi desvelo, oí un inusitado ruido. Parecía que algo se movía sobre la repisa...
Me acerqué lentamente, tal vez por el susto. Para sorpresa de mis ojos, lo vi. Estaba ahí, temblando como una hoja el pobrecito. Era mi cuenco, donde a veces, suelo recostar alguna rosa. Esta vez, sólo tenía agua que, por el movimiento se expandía en sutiles ondas, bamboleando un par de pétalos olvidados, que flotaban como barquitos de papel a la deriva. Miré por todos lados y reinaba la quietud. Descarté, así, la idea de un terremoto. Sólo el cuenco, cubierto de sudor frío, se deshacía en un tembleque incontrolable.
¿Qué es esto? vociferé en la sombra de mi cuarto, casi exigiendo una respuesta.
Hasta que de en medio de la nada, o como caída del cielo escuché su voz. El timbre masculino se ocultaba en la penumbra. Sin pensarlo, ni preguntar quien era, me dispuse a retener las palabras del genio de mi cuenco. Transpirando gota a gota al compás de esa, su voz abandonada, ingresé al mar de sensaciones que se abría en mis entrañas. Como un carcelero atrapé su historia, a la que le puse nombre, cuyas letras vivas sacuden aun la palidez del papel...

Catarsis
Fue desde ese día , justo antes del amanecer, en que una mano se posó en mi hombro. Sentí su calor, más no vi a nadie.. Luego, una ráfaga, que acariciando el velo de mi frente, sacudió con fuerza el cuenco donde habitan mis lágrimas. Y no sé cómo, y sin que pudiera hacer nada, una a una se me fueron escapando.
Como ladronas se llevaron mi congoja, prendidas a las alas del ángel. Huyeron por la hendija de la ventana del cuarto, dejándome vacío, sin penas, sin cuenco y sin lágrimas. Es desde entonces que sueño que soy otro. He nacido otra vez...

La voz, se extinguió en forma repentina, sin dejar un eco mísero ni rastro alguno. Permanecí en silencio por unos instantes, pero ya no volvió. Entonces, dejé descansar mi lapicera y me acerqué a la ventana. Abrí las hojas de par en par y una brisa veraniega penetró sacudiendo las cortinas. El aroma de los pinos cercanos refrescó mis pulmones acalorados. La luna, medalla de plata, encendía el paño de la noche. A esta altura, ya en estado de sosiego y antes de disponerme para el descanso, tomé al cuenco entre mis manos. A pesar de que ya se había aquietado, lo acuné por unos minutos, como una madre. Por último, con cuidado, lo coloqué frente al ventanal bajo la lumbre, dejando que la claridad del astro haga lo suyo, puesto que había escuchado alguna vez, que para estos casos de fiebre de origen desconocido, nada mejor que un baño de luna...

Anam

¡Felicidades a todos los escritores de este Foro!:)

Anam

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Ja ja, es cierto, es cierto, veo que tú me entiendes... Se ve que a tí te dicen lo mismo por casa. Seguramente nos pasa a más de uno por aquí. Y hasta podríamos formar el Club de los Desvelados, que te parece? Aprovecho para invitarte a ti y a quien lo desee a leer un artículo publicado por un sensible escritor venezolano Rafael Rattia, con quien intercambié correos a raíz de su artículo y la correlación con este cuento que escibí en algun momento. Quién mejor que él para hablar sobre la Terapéutica de la Escritura. Léelo te aseguro que lo disfrutarás. El link es:
http://www.paginadigital.org/articulos/2004/2004quint/literatura2/terape...
Te agradezco mucho tus palabras tan bonitas, me agrada enormemente que te haya gustado. Te envio un saludo para estas Navidades. ¡FELICIDADES!

Anam

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