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El Huevo del Engaño


By jaimeblack - Posted on 20 January 2008

Solo para presentarme pondré un cuento completo, lo demás serán extractos.

Huevo del Engaño
¿Crees que eres astuto? Toma este huevo y verás que lindas sorpresas tiene para ti.
La buena fortuna siempre me acompañó, hasta que conocí a las mujeres. Esto sucedió hace una semana, era un chico normal, de 14 años que iba en el Primero Medio del Colegio Sálem de la Ciudad de Perstown, una colonia inglesa en la Cuarta Región de la República de Chile, que fue fundada por allá por los años 20 del Siglo pasado. No había conocido a otra mujer antes, no tenía parientes mujeres (mi madre murió cuando yo nací), ni conocidas, ni menos amigas ni vecinas, puesto que nunca me había interesado en ellas.
Desde el año pasado que mis compañeros estaban interesados por ellas. La forma más común que tenían ellos de conocerlas era que unos se presentaran a otros. Yo, para mi fortuna, no era el más “conocido” dentro del curso, como para que me presentaran una.
Ese fatídico día, saliendo del colegio, me encontré con mujeres de mi misma edad, sus uniformes apretados y faldas cortas no provocaban sensación alguna en mí. Todas estaban mirándome, como si tuviera algo raro en la cara. Debo aclarar que nunca me he considerado muy apuesto o agraciado de cara, así que aún no sé lo que pasó ese día. Ante la sorpresa de ver mujeres, me quedé unos segundos a ver las largas y rubias cabelleras de varias de ellas, todas descendientes de fundadores, como lo deduje por sus facciones. Luego, las pasé de largo, nunca sospeché que ese sería el inicio de mi mala suerte.
Una de esas mujeres me siguió apenas pasé frente a ella, era rubia y de unos ojos verdes profundos, como el prototipo inglés ario, que era la raza de donde provenía mayoría de los colonos de Perstown. Yo seguí caminando, sin inmutarme por la presencia femenina detrás mío, caminé por la calzada hasta llegar a la esquina de la calle, ahí vi que ella todavía me seguía. Cuando me disponía a cruzar la calle, la mujer se adelantó y se puso delante de mí, mirándome a los ojos, con una expresión extraña en la cara. Después de unos segundos de silencio me dijo con una voz estridente:
– Yo soy Elisa Arrow, ¿Cuál es tu nombre?
Le dije mi nombre, educadamente, tal como me lo había enseñado mi padre.
– ¡Ah! – Dijo ella, mientras movía su cadera y marcando un ritmo incesante con su pie izquierdo – Tú eres del primero C ¿Cierto?
– Sí – le dije, con un tono cortante, pues quería terminar la conversación. No era que estuviera incómodo, era que me estaba demorando para llegar a mi casa a almorzar, como siempre lo hacía todos los días después de clases.
– Y, – insistió ella tanto con su plática como con su zapateo en el suelo de la acera, a mi pesar – tú eres compañero de Tomás ¿Cierto?
– Sí – dije, ya desesperado ante esa presencia intimidatoria.
– ¡Ah! – dijo ella, finalizando su zapateo, pareciera que fuera una muletilla suya ese ¡Ah! – Bueno, fue un gusto.
Ante esas cuatro simples palabras respiré aliviado, pero había pensado demasiado rápido, pues no todo había terminado. Ella se acercó un poco a mí y me dio un beso en la mejilla. Fue muy raro, pues en ese momento no sabía qué significaba. Segundos después se alejó de mí, en dirección contraria hacia donde yo iba, seguramente, de vuelta con sus amigas. Entonces, sentí que alguien había metido su mano en el bolsillo trasero de mi pantalón y luego haberla sacado. Revisé mi bolsillo y vi que dentro tenía un pedazo de papel con un número telefónico escrito: 07-7446803. Lo guardé en otro bolsillo y me dirigí hacia mi casa.
Lo primero que hice al llegar fue llamar por teléfono al número que salía en el papel. Contestó en unos segundos Elisa, hablé un poco más relajado con ella, ya que no tenía que mirarla a los ojos, y me dejó invitado a su fiesta de cumpleaños de pasado mañana, me dio su dirección y colgué sin decir adiós.
En el colegio, al día siguiente, les conté a todos lo que me había pasado con Elisa, uno de los errores más graves que he cometido en mi vida. Tomás, al ver mi ingenuidad, me explicó todo lo que era la “conquista”, “pololeo” y “amor”. Más tarde aprendí muchas más cosas que las que quería saber gracias a la clase de Biología de ese mismo día, que hablaba de Reproducción Sexual, debo decir que quedé anonadado y asqueado a la vez.
Más tarde, cuando ya había llegado a mi casa y me había acostado en mi cama, pensé en lo que podría llegar a ocurrir en la fiesta del día de mañana, todas las consecuencias que podría traer, pero no me preocupé demasiado pues solo era una simple fiesta de cumpleaños, seguramente igual a todas a las que había asistido en mi vida, y me quedé dormido en pocos minutos. Esa noche soñé con Elisa, soñé que yo estaba en la calle donde la conocí y que ella se me acercaba, primero caminando, y luego acelerando cada vez más el paso. Cuando ya estaba al lado mío me había dicho: “USELT” Yo, le pedía que repitiera y me lo había repetido, no, no había oído mal, era eso. Luego, ella se había puesto frente a mí, me tomaba las manos y las ponía obre su cara, después de largo rato estando así, ella había gritado y en ese momento yo desperté.
En cuanto me levanté, traté de concentrarme en todo lo que me habían dicho mis compañeros, no era que quisiera tener algo con Elisa, pero de todos modos debía estar preparado para todo. Así, salí de mi casa, caminé las diez cuadras que me separaban de los Apartamentos Fullme, que era donde ella vivía, y entré en ese edificio. Subí al piso once y toqué el timbre de la puerta que decía 1109, de la cual salía un murmullo a ritmos extraños. Me recibió Elisa, me dio uno de esos besos en la mejilla, que ahora sí sabía qué significaban y me invitó a pasar.
El espectáculo que vi ahí era horrible, era lo que menos podía recordar de un cumpleaños, ya fuera mío o de mis amigos. Un humo gris llenaba el aire, haciéndome toser apenas entré, las luces estaban todas apagadas y las únicas fuentes de luz eran unas de múltiples colores que provenían de una máquina de forma cúbica, que emitía zumbidos infernales, que estaba al fondo del Living Comedor. No había señal de comida en ninguna parte, solo unas botellas de cristal pequeñas y grandes, que llenaban una mesa de vidrio.
Me acerqué a Elisa y le pregunté:
– ¿Qué es todo esto? ¿Por qué está todo apagado? ¿Dónde está toda la gente? – esto último lo pregunté al ver que en el Living Comedor, aparte de la máquina de luces infernales, el humo y las botellas, no había nadie. Un ruido sordo, que parecía ser música parecía venir de otro lado del apartamento.
– ¡Ah! – otra vez el fatídico ¡Ah! de Elisa – Eres a veces muy ingenuo **Beep**, ellos están en la otra sala, bailando.
Ante ese simple verbo, mi mundo se desmoronó por completo. ¿Bailar es la forma de divertirse? ¿Escuchar esa música sin sentido? ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía? Pero claro, la famosa “conquista”. ¿Tendrá algo que ver con esto? ¡Claro! Había que seguir la corriente, y vaya que sí la seguí.
Resignado, me acerqué al lugar desde donde venía la música, un tema ruidoso y con la peor letra que había escuchado sonaba en ese momento con un ritmo repetitivo y monótono. La máquina de luces daba más vueltas que nunca, como poseído por la malísima música, lanzando colores más enfermos y extravagantes, sacados de los más ocultos confines del universo. Un pasillo llevaba a la izquierda y desde ahí pude ver el real pandemonio. Era como estar en el infierno antes de morir, era todo color rojo, verde, azul, amarillo y violeta, todos se movían entrecortadamente a causa de una luz que se prendía y se apagaba, había unas treinta personas, todas juntas y apretujadas en una sala de tres por dos metros, todos ellos contorsionándose ante ese ritmo ensordecedor e idiotizante, y con un vaso en la mano o con un cigarro en la boca, los reconocí pues mi padre y Tomás fumaban, eso explicaba la enorme cantidad de humo que llegaba a cuotas ahogantes.
Vi, entre la multitud, a cinco compañeros de curso míos, además de Tomás, obviamente, y varias personas que no conocía, entre ellas las amigas de Elisa y unos jóvenes de más de dieciocho años, que resaltaban por su gran altura.
Elisa me gritó algo que yo no entendí por lo fuerte que estaba la música, le dije que no la oía, pero ella tampoco pareció oírme. Yo cerré los ojos, la música era un desagrado y ya estaba en medio de esa sala, cerca de Elisa, mirando esos movimientos estúpidos en los demás. Un joven, vestido con un polerón rojo brillante, se acercó a mí y me gritó tan fuerte y tan cerca de mí que pude oír lo que decía:
– ¡Hola cabro chico! – Me carga que me digan de esa forma – Soy Devon. ¿Querí? – Y al decir eso, me mostraba un vaso plástico relleno hasta casi el borde de un líquido con burbujas y de color amarillo.
– Bueno – dije yo, por no parecer descortés y tomé el vaso, nunca en mi vida había probado alcohol, así que tomé.
En este punto de la historia hay un claro problema en mi memoria, puesto que desde ese preciso instante no recuerdo nada hasta la mañana siguiente, lo único que recuerdo, muy vagamente, era tomar del vaso que me habían dado (o quizás otro) y también estar subiendo unas escaleras.
A la mañana siguiente, desperté con un horrible dolor de cabeza, pero eso no era lo más horrible que me pasaría, pues no sabía donde estaba acostado, el techo no era el techo de mi casa. Miré a mi lado y vi, horror, a Elisa, durmiendo todavía, casi acurrucándose junto a mí. Yo estaba con ropa y acostado encima de la cama, sin haberme movido un centímetro pues la frazada no mostraba signos de arruga alguna. Vi otra vez a Elisa ¡Era Imposible! Me acordé de la clase de Biología y de los riesgos de lo que podría haber hecho.
Me levanté de la cama de Elisa silenciosamente, y corrí desde fuera de su departamento hasta mi casa. Cuando llegué se formó una batahola por llegar a esa hora, pero no viene a lo que estoy contando.
No vi a Elisa en tres días, era como una tortura lenta, el lento pesar que tenía la posibilidad de... no, era demasiado horrible para mi pensar en eso.
La vi el miércoles al salir de clases, me estaba esperando en el lugar donde la había visto por primera vez, al acercarme a ella, me tomó del brazo y me habló al oído:
– Tengo que hablar contigo, solos.
Esa frase, sin su ¡Ah! característico, me pareció fúnebre, casi como si me hubiera muerto en ese instante o si me hubieran leído mi sentencia a muerte. Caminamos tranquilamente (en realidad, yo estaba quemándome por dentro por la incertidumbre y Elisa, bueno, ya verán...) hasta la Plaza de Armas de Perstown, con su omnipotente obelisco de cobre y su rocas azules cubriendo los lugares donde estaban las verdes plantas alrededor del Obelisco. Nos sentamos en una banca de la plaza, inconscientemente, yo me alejé un poco de ella, para evitar verla, me ponía nervioso. Ella empezó a hablar, muy nerviosamente, mirando al suelo:
– El día de la fiesta... Yo... Nosotros. Yo... ¡Ay! Me resulta tan difícil decirlo, pero, debo... estoy... estoy... estoy em... embarazada...
– ¿Qué? – Pregunté con un horror indescriptible – ¿Cómo es posible? ¡Yo, no! ¡Yo no pude haber hecho eso! – era la única defensa que tenía, negarlo todo.
– Pero sí lo hiciste – me dijo ella, inmune ante mi horror y dolor que sentía dentro – e incluso...
– ¡No quiero detalles! – Le grité para interrumpirla en su verborrea infernal – ya me parece bastante tortuoso el no poder recordar nada de esa noche.
Me paré de la banca, miré furiosamente a Elisa, que tenía una sensación de no haber escuchado nada, con una cara de no comprender ni una cosa, y me alejé de la plaza. Corrí en dirección al colegio, pensando en las clásicas cosas: esto no puede pasar, todas las cosas que tendré que pasar de ahora en adelante, ¡Qué pensarán mis padres!, ¡Qué pensarán mis compañeros!, ¡Qué va a suceder! y No hay otra salida.
Mientras corría hacia el Colegio vi un edificio que había ya visto muchas veces: El Hospital Brown, un hospital casi tan antiguo como el pueblo. Sin pensarlo dos veces entré en él, a lo lejos, detrás de mí podía oír unos gritos de mujer, no les hice caso.
Crucé las puertas principales del hospital, dentro, todo era blanco y azul, las sillas, las paredes, los doctores, todo. Corrí hasta el fondo del pasillo de la recepción, pasando y esquivando a la gente que esperaba su atención tanto sentadas en las sillas dispuestas en ese pasillo, como paradas. Al fondo había una escalera, la subí rápidamente, mientras oía que alguien entraba rápidamente en el hospital, golpeando las puertas contra las paredes.
Seguí subiendo las escaleras, segundo piso, gritos de parto, tercer piso, una sierra de autopsia hacía su trabajo, cuarto piso, niños lloraban. En todos los pisos, el incesante ruido de alguien detrás de mí subiendo las escaleras. Últimas escaleras, abrí una pequeña puerta metálica y vi el cielo azul de Perstown. Tomé aire, estaba decidido, no podía soportarlo, yo, con una semana de saber cómo eran las mujeres y ya tenía descendencia. Me acerqué a la orilla de la terraza, dispuesto a tirarme. Oí abrirse una puerta tras de mí, oí la chillona, pero dulce voz de Elisa gritándome:
– ¡No! ¡No lo hagas! ¡Lo dije para que te unieras más a mí! ¡Para que dejaras de ser tan cerrado! ¡Nunca pensé que llegarías a esto!
Pero ya era demasiado tarde, sentí cómo el aire cruzaba mi cara mientras caía, no sonreí, ni sentí el golpe contra el asfalto.
Fue un engaño, un huevo del engaño, un óvulo del engaño, un embrión del engaño. Por eso, le cuento esto, señores del tribunal, no merezco ir ahí, yo no me suicidé por que quise, fui engañado, engañado por un huevo, como a Isabel la Católica. ¡Por un huevo!

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