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El hambre
El vacío de su bolsillo era tan interminable que cabía todo el brazo dentro cuando intentaba encontrar algo en él. Creía que algún día su suerte iba a cambiar y que la soledad de su monedero sería sustituida por una abundancia inimaginable. Pero no iba a ser aquella mañana de invierno. Quizá tuviera razón y todo cambiase, pero no era hoy el día elegido. Sus dedos no encontraron nada removiendo el desierto de sus bolsillos.
El eco de su estómago era más preocupante que el que su billetero. Había días en los que sin haber tocado ni una moneda de curso legal lograba llevarse algo a la boca. Pero de momento no parecía que eso fuera a suceder. El frío de aquel día a medio despertar sólo alarmaba aún más su hambre. Nada atenuaba su falta de esperanzas. Por eso volvió a pensar en la droga. A pesar de que hubiera imaginado tantas veces alejarse de ese pozo, era peor la pesadilla del mundo real que le había tocado vivir, que no la fantasía a la que le transportaban los psicotrópicos.
Sin embargo, nada hacía presagiar que pudiera conseguir alguna sustancia para dopar su organismo. Sin nada en los bolsillos, el acceso a las drogas se hacía más imposible que al dinero. Era más probable acabar el día con un billete de 50 que con un gramo de lo que fuera. Pero no tenía fuerza ni para moverse por la calle en busca de algo que robar. Estaba bastante harto de la calle como para seguir pateándola. Y menos aún si debía esforzarse.
Su desesperanza era enorme. Y su apatía algo sorprendente para un adolescente de catorce años. Aunque la vida que llevaba no correspondiera a esa edad. Los trileros de Las Ramblas le dijeron algo en rumano y él se alejó sin rechistar. Parece que entre ellos tengan un sexto sentido para identificarse. Pese a que llevaba viviendo en Barcelona desde los nueve. No había perdido esa señal identificadora que les hace reconocerse entre sí. Y entendió perfectamente lo que le dijo.
Entró por uno de los callejones del barrio Gótico y el momento desesperado en el que estaba le hizo perder la noción de donde se encontraba. Se descolocó en unas calles que había recorrido hasta el aburrimiento de noche y de día. Las conocía mejor que las de su Constanza natal. De aquello ya prácticamente no quedaba nada en su memoria. Quizá algún recuerdo circunstancial de sus hermanos que seguían allí, pero ni eso. Sus cinco sentidos estaban en el día a día por las calles de su nueva ciudad. Buscándose la vida.
Nunca hasta el momento había usado la violencia para llevar a cabo los hurtos que le proporcionaban dinero. De no ser por esos pequeños descuidos de los turistas tendría difícil sobrevivir sin ayuda de nadie. Pero hoy no se veía con ánimo de liberar toda su picardía para sustraer cámaras o bolsas. Estaba cansado de todo. No lograba entender su vida en esa ciudad enorme que le había condenado a vivir en las calles.
Pensó con desgana en la navaja que siempre guardaba en la chaqueta. Jamás la había utilizado y ni sabía por qué la llevaba encima. La vida en la calle no es fácil y nunca viene mal una ayuda extra. Aunque supiera que era incapaz de utilizarla. Pero el hambre puede ser mala consejera y le dio ideas que en condiciones normales no hubieran durado ni segundo en su mente. Miró un cajero automático donde un hombre de mediana edad, trajeado y con aire altivo, se disponía a sacar dinero. No lo dudó.
Su paso firme hacia él le transportó mentalmente al otro extremo de su forma de ser. Era otra persona diferente. Era el hambre manejando sus pasos. Era la locura de una barriga vacía empuñando la navaja. El resentimiento hacia una ciudad que no le había permitido encontrar su espacio y le había condenado a la calle. La rabia en sus ojos disparando puñales hacia el infeliz trajeado en el cajero automático. Lo lamentable es que en este caso los puñales de sus ojos no eran figurados y encontraron una expresión física en sus dedos, que apretaron la empuñadora de la navaja de seis centímetros de hoja que sacó. Y se la puso en el cuello al pobre ejecutivo.
-¡Dame todo el dinero! –gritó el niño rumano.
Las palabras no lograron encontrar la vía de salida por la boca del amenazado. Se quedó petrificado. La sorpresa y el miedo querían escapar a través de su garganta, pero la navaja del atracador hambriento los devolvía hacia dentro. Las palabras seguían sin aparecer. Los movimientos tampoco. Y el niño delincuente se ponía más ansioso de lo que ya estaba. Apretó el filo de la navaja contra el cuello del pobre hombre hasta que salió la primera gota de sangre. El rumano la vio y en lugar de asustarse, apretó más para que su víctima notara que la amenaza era seria.
El hombre trajeado seguía sin pronunciar sonido alguno, pero volvió en sí a través de los movimientos, y todavía en silencio, logró mover su brazo derecho para impactar con su codo en el estómago vacío del atracador. El rumano se echó para atrás con gran sorpresa por el repentino gesto y en ese instante pasó él a ser el que se quedaba de piedra. Ambos permanecieron quietos frente a frente un breve momento que no llegó ni a una milésima, pero pareció inacabable.
La sirena de una ambulancia sonó a lo lejos y les hizo despertar. Al volver en sí, el trajeado hizo ademán de escapar por la derecha, pero el rumano le intentó cerrar con el brazo. La víctima rectificó e intentó buscar la vía de escape por la izquierda. La respuesta del niño no fue menos rápida. La mano que apretaba con fuerza imberbe la navaja se alargó de forma irracional hacia el traje color azul oscuro y penetró en él como si fuera un colchón de látex.
Fue una sensación muy blanda. Como si no estuviera entrando en la carne de un ser humano. Creyó que ni tan sólo había llegado a rozarle la piel. Pero le había perforado el cuerpo hasta terminar llegando con la punta de la hoja al pulmón. El hombre cayó ensangrentado en el suelo. Con falta de aire. Su mano envuelta en color rojo plasma. Un pequeño balbuceo se articuló en su garganta por primera vez desde que le pusieron la navaja en el cuello. Por lo menos no era mudo. Tenía una puñalada en el pulmón, pero podía hablar. O intentarlo.
El hambriento atracador no tuvo tiempo de que su cabeza digiriera la acción. Tal como el ejecutivo cayó al suelo, él salió corriendo en dirección a ninguna parte. La calle era su casa y hacia ella se dirigía. Se perdió a lo lejos mientras alguien gritaba al ver un hombre en el suelo. El charco de sangre era imparable. El rumano ya no notaba su estómago vació. El aire frío cortaba su cara mientras corría. Tampoco sintió miedo. Sólo notó la velocidad de la huida en sus pies cansados de recorrer la ciudad sin destino final.

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