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CUÉNTALES
¡Cuéntales!; sí ¡Anda! ¡Cuéntales! No hables siempre de cosas tristes. ¡Diles! ¡Diles, lo bien que lo pasaste con los niños y el cariño que te han dado¡ ¡Ah!; pero… ¿no? ¿No es de eso de lo que quieres hablar? ¡Ah!; ¡es que deseas contar cómo conociste la muerte! ¡Mira, que a tus personajes no les agrada que les hagas vivir siempre tragedias!
La niebla de la mañana rompía perezosamente el alba. Un sordo gemido estremeció la oscuridad de la alcoba. La joven madre, momentos antes, pletórica de felicidad por tener ya a tres hermosos hijos, se inclinó sobre la cunita de su última hija; una nena preciosa a la que había llamado como ella misma. La savia materna alimentaría a la criaturita aquella mañana, como tantas otras veces al día. Pero aquel amanecer no seria como los demás. No. La madre tomó a su pequeña en los brazos, y al instante, algo extraño, desconocido, la impelió a dejarla nuevamente en la cuna. ¡Aquel cuerpo no era su cuerpo! ¡Aquello no era la vida!
¡Nunca, en toda su existencia, había percibido tacto como aquél! ¿Qué había ocurrido? No podía perder un instante en hacer luz en la estancia; dudó por unos momentos en subir la persiana, o encender la luz. Hizo lo último. Sus ojos, de nuevo en la cuna. La pequeña estaba boca abajo con su bella carita pegada a las sábanas. La madre, que aún no entendía nada, trató de hacerla reaccionar; no pudo. Le introdujo su aliento en su boquita, temblando de pies a cabeza, queriendo desesperadamente vivificarla. Pero no lo consiguió. Apretó varias veces su pecho, como le habían enseñado en sus rudimentarias lecciones de resucitación cardio-pulmonar. Pero no respondió.
-¡Juanita, por favor! ¡Llama a mi marido; está en su trabajo!
-¿Y el número, señora?
-En la libreta que está al lado del aparato.
Minutos o segundos, el tiempo no existía. La muchacha no acertaba a llamar.
La madre arrancó el teléfono de las manos de la temblorosa muchacha, y marcó con una serenidad extraña, como si no fuera ella, el número del trabajo del padre de su hija:
-¡Miguel! ¡Ven a casa! Creo que la niña menor ha muerto- la voz sorda, oscura, en la habitación.
-Pero, ¿Qué dices? ¿Estás loca, mujer?
-¡No; ven a casa!
Dejó el aparato colgando del hilo, bailando una danza imposible.
Repitió la terrible llamada; esta vez, a sus padres políticos.
-¡Mujer! ¿Qué dices?- gritó el abuelo en un roto gemido.
-Lo que ha ocurrido- y su voz no era ya la suya.
Fue al dormitorio; la cara de su hija estaba tranquila, como dormida, pero no alentaba. Llamó a su vecina. Ella tenía cinco hijos. Le podría decir.
-Luisa, ¡por favor! ¡Dígame usted! ¿Está mi niña muerta?
-¡No, no, Doña Angela! ¡No está muerta!
-¿Está usted segura?- desesperante alivio.
-Yo…bueno; no he visto muchos niños así…pero…
En aquel momento llegó a la casa el padre. La madre depositó en sus brazos a la hijita envuelta en una leve toquilla.
-¡Llévala enseguida al ambulatorio!
Salieron el padre y la vecina con toda la rapidez de la que eran capaces.
La madre volvió a la habitación. Débiles rayos de un sol enfermo alumbraban la cuna. La cuna vacía. A su mente acudieron viejos versos; versos que la conmovieron en su infancia, y ahora…
“Si vienen enseguida será que no hay remedio; pero si tardan, será porque está viva… ¡Dios, haz que tarden, haz que tarden…!”- rogaba para sí, mientras recorría toda la casa.
La tensión que sentía era tal que no podía parar un instante. Fue a la habitación de sus otros dos hijos. Los levantó y les dio su desayuno. Después los llevó a casa de una vecina. No quería que presenciaran nada dramático. Y esperó. Pero esperó poco tiempo. El mirador del salón, que enmarcaba un cielo gris y parte de la plaza por la que aparecería el coche, le avisó del desastre, porque el coche apareció. ¿Tan pronto? ¡Había pasado muy poco tiempo! Sintió que las piernas no la sostenían. ¡No era posible! “¡Calma, calma, aún no sabes nada!” Bien, esperaría.
El padre con la niña, envuelta cuidadosamente, en sus brazos, mostraba en su mirada toda la fatalidad del momento.
-¿Qué ha pasado?- preguntó arrancando la toquilla de su hija.
-No hay nada qué hacer- murmuró depositando a la pequeña en su cuna.
-¿Nada? Pero, ¿qué le ha pasado?- infinita desesperación.
-No se sabe con precisión. Puede haber sido un ataque al corazón o a la cabeza.
-¿Tan pequeña? ¡No puedo creerlo! ¡No puede ser!- se abalanzó sobre su pequeña, mirándola ya por última vez.
- Sí. En los niños pequeños también se dan estos accidentes, me han explicado- la voz muy baja, pálido, resignado.
-¡No puedo creerlo! ¡Anoche, cuando la bañé, estaba perfectamente!- el sollozo se perdió en algún lugar de la casa…
¿Ves? Ya te lo advertí. No deberías recordar. La sombra de tu tristeza me vence. Y esa pena tuya, pena de madre; pena que se siente con el cuerpo; pena que sube a tus labios como un fruto amargo y seco. Esa soledad en tu vida, soledad sin remedio. Si te vieras cómo estás, seca de angustia por dentro. Si vieras la luna helada que escurre nieve en tu pecho, tratarías de olvidar para acallar tu tormento, y no tener en las noches, tan tristes tus pensamientos. Las dos manos tienes ciegas, que su luz era su cuerpo; piensa en los dos hijos que están, y que tu luz serán sus cuerpos. No tengas el corazón tan solo como el mismo viento; no tengas la boca vacía y sedienta de aquellos besos.
Lo sé. Me dirás:
- “Pero la pena, es la pena; y este dolor que yo tengo, no me lo puedo arrancar ni haciendo un gran esfuerzo. Este dolor que yo siento, es como un farallón solitario, en medio de mi tormento.”

Este es el relato más triste que pudiste escribir. El que una madre vaya a dar el alimento a su tierna hijita y encuentre el vacio, la nada, la MUERTE, debe ser lo peor que puede ocurrirle. Mejor es perder la propia vida, que la de un hijo.
Debes pensar, que el Señor la tiene a su lado y de alguna manera la evitó los males de un mundo que no llegó a conocer.
Y seguramente, como espírirtu, ya adulto, vela por su madre hasta el final de sus días.
Cuenta como tus hijos mayores se graduaron, se licenciaron o se casaron. Seguramente te ayudará a paliar tanto mal.
Saludos y besos. Lanzas.
Todos los hombres buscan la verdad, pero algunos se niegan a reconocerla.
ESCRITOS:http://mariangelesylanzas.blogcindario.com/
MARÍA ÁNGELES:
Tu escrito transmite el tremendo dolor de una madre ante la pérdida del hijo, pero no solo eso, se transmite a través de palabras que dejaron de ser prosa para convertirse en poesía.
" Si vieras la luna helada que escurre nieve en tu pecho, tratarías de olvidar para acallar tu tormento, y no tener en las noches, tan tristes tus pensamientos. Las dos manos tienes ciegas, que su luz era su cuerpo; piensa en los dos hijos que están, y que tu luz serán sus cuerpos", estas palabras son poesía, y no necesitan mas comentarios.
Me ha tocado ver a madres que pierden a sus hijos (a mi abuela, mi madre) y aún a muchos años de distancia de que la muerte se los arrebató hubiesen dicho esas palabras que tan bellamente escribiste: “Pero la pena, es la pena; y este dolor que yo tengo, no me lo puedo arrancar ni haciendo un gran esfuerzo. Este dolor que yo siento, es como un gran farallón solitario, en medio de mi tormento"
Viva la poesía
ROCÍO
Ya sé que en estos casos todo lo que se diga sobra. Pero hay que mirar hacia adelante. Un hijo se puede perder en cualquier momento en esta miserable vida, pero siempre hay algo porque luchar y por lo que morir.
Saludos de Quijote.
Saludos de Quijote el amargado
María Ángeles, qué relato tan triste. Tengo aún el corazón comprimido, como si no pudiera respirar. Lamento ser tan sensible ante este tipo de eventos. Los niños son... tan puros, una madre preferiría dar su vida a cambio, me has llegado a lo más profundo María. No sé qué más decir. Toda palabra es vana.
Blanca
http://www.yoescribo.com/publica/comunidad/autor.aspx?cod=22122
María Angeles,
El mayor dolor para una madre debe ser perder a un hijo... y tan pequeño. Creo recordar que me lo pusiste en un post. ¿Has pasado por esto? Se necesita valor para recordarlo. Y escribirlo.
Intercalas la escena fatal, muy vívida, en medio del recuerdo, ese diálogo interior de la narradora. Es un relato muy bien pensado.
Esas últimas líneas, no sé si son imaginaciones mías o es a propósito, me suenan a versos. Y son preciosas:
"pena que sube a tus labios
como un fruto amargo y seco.
Ésa soledad en tu vida,
soledad sin remedio.
Si te vieras cómo estás,
seca de angustia por dentro.
Si vieras la luna helada
que escurre nieve en tu pecho,
tratarías de olvidar
para acallar tu tormento,
y no tener en las noches
tan tristes tus pensamientos.
Las dos manos tienes ciegas,
que su luz era su cuerpo;
piensa en los dos hijos que están,
que tu luz serán sus cuerpos.
No tengas el corazón
solo como el mismo viento;
no tengas la boca vacía
sedienta de aquellos besos.
Es un poema tristísimo y hermoso. Muy hermoso. Te he puesto en negrita las frases que me han llegado al alma.
Un beso,
Elisabet
Hola, Marigeles: no s muy bien qu decirte... que no te hayan dicho ya, por un lado, y adems ... leerlo desmembra los polos afectivos de inmediato; me dej perdida en tu dolor y en los pensamientos sombros que me invadieron.
Me sacudo y te felicito por el buen texto logrado; aunque creo que excepcionalmente en este caso y pese a que las reglas del juego son literarias, es secundario.
Un abrazo
Saludos Azules. Turkesa.
Estos foros se han estropeado. Espero que los arreglen.
Saludos de Quijote.
Saludos de Quijote el amargado
Amigos: os contesto a todos a la vez, ya que el tema de abrir mi alma y mandar al infinito mi dolor a ver si encuentra AQUEL del que todo depende y me explica algunas cosas que aún no he comprendido para obtener al fin la calma, no es el adecuado para que pueda hablar sobre él. Sólo daros las gracias por haberlo leído y pediros disculpas si no fue agradable su lectura.
Besos:
María Ángeles
Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, mi vida no habrá sido en vano
( Martin Luther King)
María Angeles. No quiero que suene a "consuelo". Pero esa niña es vuestro ángel. Estoy casi segura.
Besos,
Elisabet
Querida Elisabet: gracias por tus palabras. Creo que ya lo voy superando; ya soy capaz de escribir sobre ello, de hablar, todavía, no. Pero espero poder hacerlo, o mejor, no hablaré ya de nada de eso, no porque lo haya olvidado, sino porque habré perdonado al pasado.
Un beso:
María Ángeles
Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, mi vida no habrá sido en vano
( Martin Luther King)
Impresionante, El amortajar a un hijo debe ser algo casi imposible. De todas maneras el ángel en que Dios la convertiría estará velando por tí.
Un abrazo. Interazul.
Los lobos atacan cuando tienen hambre.
Hola interazul: gracias por tus palabras. Ya estoy más fuerte; ya puedo escribir sobre ello; haber si arranco la espina de una vez. Sí, seguro que alguien me acompaña por este mundo para darme tanta fuerza como tengo.
Un beso:
María Ángeles
Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, mi vida no habrá sido en vano
( Martin Luther King)
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