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Árbol de sangre


By edgagonz - Posted on 06 July 2005

Árbol de sangre.

Mas de un árbol se asocia a la tragedia, aquí estoy para comprobarlo. Desde el Génesis se nos ha indicado que el manzano da fruto, de cualidades dramáticas, mas que ningún otro. Pero existe otro vegetal más cruel que el manzano, uno que ocasiona la muerte, que mata, si, lo he dicho así: mata. El lector se preguntara ¿Cómo es posible que un árbol acabe con la vida de una persona?, pudiera cambiar el destino -dirían algunos-, pero esto es posible, apreciable. Antes de comenzar a narrarles la historia deseo hacer una precisión. Por matar no me refiero a los hechos fortuitos en los cuales alguien es objeto de cualquier accidente, es decir, que una lluvia tenaz o una ráfaga de viento hagan sucumbir las raíces que sostienen el grueso tronco, cayendo sobre el transeúnte, sobre su casa o autobús en donde encontró refugio. Tampoco hago referencia a cuando es utilizado como ornamento para cometer un crimen mortal, como sería fungir como horca o paredón de fusilamiento. No. Me referiré a algo fantástico, inverosímil, solo contable por quienes estuvimos presentes esa tarde-noche en la plaza de Tesistán el 3 de febrero de 1979, que a pesar del tiempo transcurrido hasta hoy, nadie ha dudado que fue verdad.

Resulta que la plaza era, como todas las plazas, lugar donde la gente acostumbraba a reunirse para toda ocasión, fiestas patronales, asambleas políticas, reuniones familiares, parejas, solteros, infantes en sus interminables correrías, en fin, servía para todo. Tanta gente debe de buscar su forma particular de distraerse y todo lo dispuesto en la plaza mediaba para estos fines: cualquier objeto se utilizaba para sentarse, saltar, jugar, enamorarse, amoratarse o dormir, fuera una banca, un cajete, una mesa, la escalinata del kiosco, los promontorios en las jardineras, inclusive, los menos ortodoxos y educados se realizaban sobre los machuelos y las banquetas. Imaginen la utilidad que tendría un árbol, frondoso, de fruta exquisita, amplia sombra y aroma a paraíso. Si bien el kiosco era el centro físico de la plaza, el árbol era su centro vital, el nodo de la atención, la razón de ir a tan concurrido lugar, tan así que la gente se refería a la plaza como la “plaza del naranjo”, en lugar de su original etiqueta “plaza cívica de Tesistán”.

Bajo su sombra los niños gateaban, andaban, marchaban y corrían, sin parar, alrededor de su tronco. En sus raíces cualquiera se sentaba (mas de alguno dormitaba en ellas). Los mas diestros subían a las ramas a robar los frutos, de un amarillo tal que, de no ser por el sumo amargo y quemante, se tragarían con todo y cáscara. Cuando era día de fiesta o fines de semana, sus fuertes flagelos eran los adecuados asideros de mecates, cáñamo o cuerda, para un puesto ambulante, para el castillo de fuegos artificiales, para romper la piñata, para columpiarse, para colocar pendones y anuncios publicitarios, en fin, para todo lo que puede albergar la imaginación –necesidad del momento presente–.

Pues un día, en un pueblo acostumbrado a no pasar de alto la llegada de nuevos visitantes, llego Ismael Barajas, un joven migrante que había pasado los últimos cinco años en el norte, lugar genérico para todo aquel que cruza la frontera o que se queda a trabajar “aí cerquita”, sea Tijuana, Juárez o Nuevo Laredo. Ismael, como todos los jóvenes así, absorbió lo propio de la cultura de frontera: a medias hablaba el español, a medias el ingles, en un sincretismo que ninguno, americano o mexicano, podía entender con claridad. Sus ropas también estaban a medias, de la cintura hacía abajo era un autentico vaquero, cowboy, pero del ombligo a la nuca era un fanático del béisbol, con jersey y cachucha de los Yanquis de Nueva York. Pero lo más llamativo, a pesar de lo anterior, era el caminar desgarbado, se meneaba de un lado a otro, como si estuviera nadando en estas playas de adoquín rojizo, como si dos sincronizadas poleas halaran sus brazos de arriba abajo, cubriendo tres cuerpos de anchura. Así era, mas o menos Ismael Barajas.

Una de sus costumbres era pasear por la plaza, en donde disfrutaba pavonearse ante los presentes, especialmente las muchachas, esas que se deslumbran ante los fetiches de pujanza que adornan al migrante. Solo de vez en cuando detenía su desfile con una placentera estadía a la sombra del naranjo. Pero continuaba el paseíllo, en busca de un pañuelo que coronará su romántica faena. Sucedió pues, que más de una le dio el primer sí. Pero de todos esos sí, el que le convenció fue el de Margarita Rosas, joven hermosa de 17 años, de mejillas rosadas y virginal reputación.

Para sellar tal pacto, Ismael tomo una navaja y a plena luz del día acuchillo el tronco del naranjo, plasmando un corazón con dos iniciales al centro. Tal gracia, de cuño amoroso, no encaja en el animo de la población, ¿quién era este Don Juan para mutilar la piel de tan venerable ser?. A Ismael no le importo, su sentimiento era tan así, que poco le supieron los demás. Error. Pocos días después se conoció de la petición de mano y la inminente boda. Los futuros consortes se veían a diario, a la sombra del naranjo, ante los ojos de todos, disfrutando de sus emotivos abrazos y alguna maliciosa caricia, pero bueno, se van a casar, ¡es que el amor les escurre! dirían algunas mujeres, particularmente las primas de la novia.

La boda estaba fechada en dos sábados mas, justo antes de que Ismael partiera de nueva cuenta al norte -ahora acompañado con su joven mujer-, cuando se comenzaron a repartir las invitaciones a la celebración religiosa y a la pagana, ambas a celebrarse en las inmediaciones del kiosco: la primera en la iglesia y la segunda en la plaza. Toda la gente estaba tan admirada por el evento que comenzaron a hacer los preparativos, propios y colectivos, de tal suceso. Inclusive, el delegado municipal, primo de Margarita, mando limpiar de cabo a rabo la plaza, pintaron los cajetes y canceles de las jardineras, podaron todo el pasto y los árboles, incluido el naranjo, al que le encajaron un moño de color blanco, en medio, justo arriba del corazón.

Pues llego el día y si, nadie lo olvidaría jamás. Muy temprano, aún sin luz, un ventarrón azota el pueblo, la furia a ras de suelo levantaba el polvo, que se mezclaba con la helada agua de febrero que circundaba la atmósfera, formando pequeñas gotas de lodo que se agolpaban en las paredes, los cristales, los letreros de los tendejones, los automóviles, creando un paisaje ocre que se cernía sobre todo lugar. Cuando la luz llega a plenitud solo vislumbro la tenaz lluvia que venía del oriente y de nuevo se oscureció el cielo. El agua, que caía a cantaros, lavo todo lo que estaba a más treinta centímetros de altura, dejando las calles vueltas un lodazal, a tal grado de que las alcantarillas se taponaron, formando de cada calle un lago artificial. Lo más curioso de esto es que de su interior brotaron miles de renacuajos, que abordaban las banquetas y los zaguanes circundantes, metiéndose literalmente hasta la cocina. Las señoras con sus escobas trataban de sacarlos, pero apenas daban la primer barrida y el lugar instantáneamente se infestaba de la plaga. Peor aún, el paso de los camiones no hacía mas que crear una marejada que llevaba a los inhóspitos anfibios de nueva cuenta a sus improvisados lugares de paseo. La lluvia caía, con mas fuerza, parecía que no tendría fin. Cuando por fin cedió, fue para tomar fuerza, y viene de nuevo, mas agua, fría como un témpano, que se descolgaba por muros. Los bajantes estaban hartos de vomitar el líquido, por lo que algunos aventaban bocanadas y se cerraban, producto del polvo, las hojas secas y la basura, amalgamadas en su traquea de polietileno, bloqueando el desfogue.

El pueblo se vio asolado por otra calamidad, el rumor, que en estos pueblos casi siempre son noticia de primer plana, de que no se realizaría la celebración matrimonial, el revuelo llego a tal extremo de que el mismísimo delegado municipal advirtió que la boda tendría que celebrarse, que tenía como invitados especiales al presidente municipal y a los delegados de las poblaciones vecinas, que el pueblo caería en desprestigio ante las demás comunidades y que, aunque no fuera su prima la casamentera, alguien se tendría que casar la tarde de hoy. A las familias de Ismael y Margarita el rumor no les sentó nada bien, ellos también querían boda, a como diera lugar se tendría que llevar a cabo. Aún a las doce del día la lluvia seguía cayendo, con menor intensidad, pero aferrada a empapar hasta el último centímetro.

Cuando se hicieron las cuatro de la tarde, una hora antes de que diera inicio la misa, la lluvia amaino, era tanta la que se vertió que, al menos en lo que resto del mes, no volvería a llover. Como un hormiguero perturbado los empleados del ayuntamiento y los familiares menores de los festejados sitiaron la plaza –eran como cincuenta sujetos aproximadamente–, comenzaron a tomarla, a poner las mesas, las sillas, los manteles, los centros de mesa, los vasos y botellas cuidadosamente ubicadas. Las señoras barrían y barrían cada banqueta y metro de la plaza, arremetían con brutalidad en las esquinas de los cajetes, expulsando tanto agua como hojas; una de ellas, en su intento de mostrarse pulcra en el arte de la limpieza, tuvo la osadía de trapear la plaza, tarea imposible de lograr pues el agua y el lodo se anegaron por cada minúscula hendidura del adoquín. Mas de alguna le hizo seguidilla, hasta que eran media docena, con los trapeadores desechos por las piedrecillas enroscadas a las cerdas. Continuaron por casi una hora, no pararon hasta que las campanas de la iglesia retumbaron, en un llamado preliminar. Como espantadas por el sonido metálico, echaron su instrumental de limpieza al hombro, apresurándose a sus casas. Con el tiempo medido a cronometro, regresaron a tiempo, ahora vestidas de damas, un poco maltrechas, acompañadas por su familia, una de ellas –mi tía Lilia–, acomodándose el fondo del vestido, pues no hizo los ajustes necesarios que le pidió su hermana Rocío, al momento de regalárselo.

La multitud comenzó a congregarse a las afueras de la iglesia, eran tantos que la banqueta y las escalinatas estaban a reventar, como abejas llamadas al panal se abrazaban para ocupar cada ladrillo y loseta, pues la frontera del agua encharcada estaba tan próxima que no falto el descuidado, que en denotada euforia olvido por un instante la ubicación del borde y metió la pata, apresándola en el lodo ocre, para después extraerla con pesado bloque de argamasa, que al menos combinaba con su pantalón café. Por fin llegan los novios, bajando de un carruaje, de las llamadas calandrias, típicas de la ciudad de Guadalajara, capital de la entidad. La novia, vestida de blanco, bajo ante el júbilo de los presentes, como pudieron le abrieron paso, entre queriendo y no, le iban acomodando el peinado, el ramo, la cola del vestido, la pintura, todas las mujeres querían aportar algo en aquel manoseo, la muchacha nada mas sonreía, nerviosa, como todas en tal situación. Para el novio no había mas que abrazos y palmadas en la espalda, los más vivos le decían no sé que cosas al oído, desencadenando carcajadas alrededor e hinchando las mejillas del novio. Entraron a la iglesia, cada uno con su pareja y el cura por delante.

Mientras tanto en la plaza seguían los preparativos, ya por terminar. Faltaban solo detalles, lo más vistosos para quienes van seguido a las bodas. Eleuterio, un empleado del ayuntamiento y primo segundo de Margarita, quiso personalmente adornar el naranjo y la jardinera del mismo. Sobre un entarimado puso una mesa rectangular, la que cubrió con un mantel español, de encaje precioso, con imágenes de la virgen María al centro y rematado de bonetes en rosas pálidas, hermoso, dijo mi madre cuando lo vio. Al tronco le puso un faldón, también blanco, con un moño color amarillo, como las naranjas que daba por fruto. Cuando miro hacía arriba hizo memoria, recordó que el moño en medio del tronco era de color blanco, el que ahora se torno rojo. Al tocarlo noto que estaba cubierto por la sabía del árbol, gelatinosa, que no era pintura, ni muchos que se estuviera decolorando el material con que estaba hecho. Mas que asombrado, le dijo a su primo Demetrio lo que ocurría, y éste, devoto como más, no hizo mas que pensar en un milagro. Corrió hasta la iglesia, en medio de la liturgia aprovecho un acto de constricción de la multitud para darle la noticia al cura. El religioso, complacido por lo que recién escucho, aprovecha la oportunidad para dirigirse a los fieles y les dio la nueva, aduciendo la presencia celestial en este sacramento. Como si no fuera bastante la torrencial tormenta de hace unas horas, en el interior se desato otra, salada, que caía de los ojos nublados de los invitados. Mi hermano Carlos y yo reíamos, incrédulos por las escenas que se veían en ese lugar –al fin niños–, las que no comprendíamos a cabalidad. Lo que si notamos es que el novio se aferraba a su consorte, ambos llorando de alegría.

Llego el momento de la bendición y como ratones los mas jóvenes corrimos a la puerta, a recibir nuestra dote de arroz, a doble ración, a triple, a lo que dieran nuestros palmos abiertos, como cucharas que alimentan un regimiento, se colmaron de los granos. Mi padre nos metió entre el arroz unos frijoles de castilla, con la intención de que se los aventáramos al novio –me imagino hoy que no era precisamente para que disfrutara el golpe de tanto cereal–. Cuando llego a la puerta lo tomamos por asalto, descuidado, otra lluvia le lleno el cabello, que con la vaselina untada en los flagelos capilares, se le adhirieron dejándoselo entrecano. Después llega la novia, que no paraba de llorar, de recibir aplausos, abrazos, bendiciones de las ancianas y consejos de las recién casadas. Yo ya estaba pensando en cómo cruzar la calle, cuando Eleuterio y su primo trasladaban unos polines y maderos el otro extremo de la calle. Colocándolos estratégicamente armaron un maltrecho puente, de banqueta a banqueta, ante la algarabía y gratitud de los asistentes. Cuando estuvieron comunicadas ambas aceras, una turba comenzó el cruce, mas de alguno nuevamente metió la pata, o el tacón –como mi pobre tía Lilia–. Hubo un momento en que un trecho del puente se deshizo, rápidamente llamaron a Eleuterio y, ahora en solitario, lo reparo con unas rocas y otro tablón, más grueso que el anterior.

La gente se esparcía por toda la plaza, en esos días no se usaban señaladores de mesa ni cosa similar, nada mas uno levantaba la vista; si divisaba una mesa vacía al momento la tomaba, o en su defecto, si estaba ocupada, con conocer a los hay sentado bastaba. Por fortuna nos toco sentarnos en una que se ubicaba a un costado del naranjo, atrasito de la mesa principal, al pie de la tarima. Después descubriríamos el porqué no fue solicitada por familia alguna: a un costado se instalo el conjunto musical, que con sus enormes bocinas dificultaron cualquier intento de comunicación intramesa. Eso no importo a mis padres, amantes de la música, quienes prefirieron sustituir la conversación por un ejercicio entonativo de las canciones. Cuando llegaron los novios todos se pararon, las notas de la marcha nupcial colmaron el ambiente, todos aplaudiendo, a voluntad, a discreción, mientras partían plaza, esta plaza civil. Inmediatamente llegados a su mesa, a los recién casados los acompañaron fanfarrias y una felicitación especial, la del primer edil de Zapopan, quien deseo lo mejor a la pareja y además brinda un obsequio sin igual: una recomendación ante el cónsul norteamericano para que tramitarán sus visas, evitando la necesidad de “echarse el brinco”, como decimos a cruzar la frontera de forma ilegal.

Llego el momento sublime, el vals, acompañados de sus padres y padrinos. No falto el poco loco que tomo a su pareja e hizo segunda a un costado de la pista, ante la indiferencia de los otros. Acabada la pieza instrumental la foto, que para tan irrepetible ocasión eligieron el naranjo como fondo. Uno, dos, tres, flash; uno, dos, tres, otra placa mas y una tercera; ya entusiasmado, el fotógrafo quería pasar toda la tarde tomando placas, hasta que Don Nemesio, padre de Ismael, lo tomo del hombro, en señal de que era suficiente. Terminada la singular sesión fotográfica, Eleuterio señalo a su primo el moño enrojecido, el que a estas horas goteaba pausadamente. Ismael sin mas tomo unas gotas y las resbalo en sus dedos, mojándoselos. Segundo error fatal.

La fiesta continuaba, al cabo de dos horas todo era Babilonia, unos bailaban, otros se carcajeaban, algunos comenzaban a sentir los efectos del alcohol y de la pesadez de la comida, que consistió en una rica y abundante ración de carne de cerdo, frijoles fritos, nopales a la mexicana, cebollas asadas, arroz blanco con verduras, chiles toreados y tortillas de mano. Los bebes, abundantes por esas fechas, resintieron la ardua jornada y comenzaron a dormir ante el desdén de sus padres, quienes apilaron unas sillas metálicas, en forma de camastro, colocando en el interior a sus vástagos. Mas de alguna madre se apiado de ellos, colocándoles una frazada o cualquier cosa que lo abrigara: rebozos, chamarras, estolas. Cuando esto se generalizo, se formaron verdaderos cuneros, con mas de cinco chilpayates cada uno, a cargo de una anciana o niña mayor de cinco años, a la que poco importaba su vigilia y más tardaba en cubrir a un pequeño que en caer del sueño. A los padres no les importaba, ellos en lo suyo, en el baile, la platica –que rayaba en el chismorreo–, el alcohol y el canto de las penas añejas, las que son remembranzas comunes en momentos así.

Los que sin duda tenían mucho que hacer eran los novios, halagados hace unas horas, ahora eran arengados por sus amigos para que dispusieran mas bebida en las mesas y atendieran a los invitados, ¿qué donde queda esto y donde lo otro?, ¿qué llego fulanito y no le han servido de cenar?, ¿qué dice el mesero que si le servimos mas vino a mengano?, ¿le dices a zutano que se calme o le digo yo?. Vaya paquete el casarse de esta forma.

Hubo un momento en que el pobre Ismael, todo agobiado, se fue a sentar a su mesa. Los píes le reventaban por los zapatos de gamuza que recién había comprado, los que no le amoldaban correctamente. Para descansar mucho mejor tomo su silla y la coloco debajo del naranjo, inclinando ésta en el tronco, a tal suerte de sus extremidades quedarán en el aire. Sintió que volaba y un placentero sueño lo embargo, dejándolo a sus anchas. Tan pesado era el ajetreo de los últimos días, que no dio cuenta de que las gotas de savia le caían sobre la frente, para después esparcirse por todo el rostro, salpicando hasta su saco. Una a una caían, hasta que las pequeñas gotas se juntaban y se deslizaban renovadamente, ahora eran gotas a toda prisa, bordeando las mejillas, hasta rozar las hendiduras de sus labios, también cansados, como lo delataba la saburra a sus costados. Una a una, hasta formar una capa en todo el rostro y el cuello, hasta la misma camiseta ya tenía rastros del líquido seudohemático.

Algunos advirtieron la sombra debajo del naranjo, pero quienes quisieron despertar a tan pasivo muchacho fueron detenidos por la conciencia, o por la pesada mano de Don Nemesio. A las diez de la noche, hora de recogerse para las buenas almas, el presidente municipal se despidió de la multitud y pidió la presencia del muchacho para refrendarle el compromiso hecho ante la comunidad. Don Nemesio, que en eso de las formas es muy correcto, dijo a Eleuterio que despertara a Ismael; presuroso corrió hasta el naranjo y cuando toco sus mejillas para alejarle la modorra, grito aterrorizado, mientras la sangre le chorreaba por las palmas y antebrazos: –¡Sangre, sangre!, Ismael esta muerto. Todos miramos hacía el árbol, segundos antes de que el cuerpo cayera de la silla, hacía atrás, poniendo la barbilla sobre su pecho, al borde de las protuberantes raíces.

Inmediatamente todos corrimos hacía el cuerpo de Ismael. Don Nemesio, Efrén el delegado y Margarita intentaron levantar el cuerpo, pero fue inútil. Mientras, Demetrio intentaba acallar a Eleuterio, sin conseguirlo, quien en crisis reventó en llanto, lúgubre. El presidente municipal rápido ordeno que llevaran al muchacho a su camioneta, para trasladarlo a la Cruz Verde, a diez kilómetros de distancia. Todo fue en vano. El Doctor Luis de la Mora, quien estaba entre los invitados, se acerco al cuerpo, dando su veredicto: esta muerto. El señor cura, sin mas, comenzó la letanía, aquella boda se transformo en sepelio, la novia en viuda, los familiares en dolientes y la plaza en capilla de velación. Hasta aquí recuerdo.

Mis padres se apresuraron a llevarme a casa, dejándonos al cuidado de mi abuela, la que no había asistido a la fiesta por la artritis que padecía. Un cambio drástico de vestimenta, dejaron el traje y el vestido de gala para ataviarse ropas austeras, sobrias, el rosa de mi madre se torno negro y los lustrados zapatos de tacón en una lisas zapatillas de piso. Mi padre dejaría el sombrero, sortijas y cadenillas, cambiándolas por un rosario de madera. Todo se fue al pozo. Al mismo lugar que irían a llevar a Ismael Barajas.

Cuentan que el rostro de Ismael comenzó a desaparecer, que en lugar de mejillas grandes burbujas de color amarillo brotaron, que los ojos se le veían, aún con los párpados cerrados. Sus manos comenzaron a hincharse y a medianoche reventaron, por lo que no dilataron en ponerlo en un cajón mortuorio. El cristal del mismo en la parte superior se cubrió de vapor, al abrir la caja para tratar de limpiarlo un fétido olor lleno el aire. El señor cura ordeno que llevaran el cuerpo al interior del templo, para oficiar una misa y salvar su alma. A como pudieron llevaron la caja funeraria, ahora no importo el lodazal, la comitiva pasaba por la calle arrastrando la argamasa tras de si, hasta la escalinata de la iglesia. Presurosos, cada uno tomo su lugar y algunos mayores fungieron como monaguillos, había que cubrir los roles de la misa. Restos de un líquido nauseabundo escurrían desde la caja, mezcla de carne, sangre y burbujas. Por más doliente que se fuera, los concurrentes se apartaban cada vez mas del féretro, en donde Ismael reposaba mas solo que nunca. El hedor era tal que el cura se vio en la necesidad de suprimir partes de la celebración, para darle celeridad al acto.

Tomo a los padres y a la viuda, aconsejándoles sepultar en este momento a Ismael, a medianoche, pues el cuerpo no podía resistir unas horas. Mandaron llamar al velador del panteón municipal, el que se encontraba dormido en una de las bancas de la plaza, ebrio como quien duerme en el interior de una barrica. A regañadientes abrió el oxidado enrejado, arrimo una palas a los mas adelantados y se alejo sin rumbo, a seguir tan embriagante sueño. Pues hay estaban todos, incluido el presidente municipal, a quien los dolientes no paraban de decirle lo bueno que fue el muchacho, que quizás Dios se lo llevo para que custodiara su reino. Mientras, los varones hacían un pozo en la superficie para depositar los restos. Cuando iban a darle sepultura, el cajón se les desplomo, a mas de uno el líquido les escurría por las manos y el cura los envió a lavarse con agua bendita de inmediato. A como les dio a entender la razón cubrieron el cuerpo, con palas, manos, pies, presurosos todos arrojaban carretadas de arena, lodo, tierra y residuos de flores de tumbas aledañas.

A la hora de buscar culpable –por que estas muertes trágicas necesitan un culpable–, los ojos de todos se postraron hacía el naranjo: él había sido el causante de todo, en venganza por la felicidad de Ismael. Fue Eleuterio quien toma la batuta en este linchamiento ecológico, embriagado de licor y de odio agarro una de las palas e incito a la multitud a tomar las armas, cuchillos, hachas, sierras y hasta tenedores fueron útiles para tal crimen. Camino a la plaza fueron interceptados por el Doctor Luis de la Mora, quien detuvo a la muchedumbre de golpe. Don Nemesio, con lagrimas de ira en su rostro lo encaro, levanto su navaja Victorinox y trato de apuñalarlo, cosa que no pudo hacer por que Efrén lo contuvo. El médico dijo que este acto era tan trágico como la muerte de Ismael, quien había muerto a causa del golpe que recibió al caer, desnucándolo mortalmente.

La turba no tardo en poner sobre la mesa diversos peros: la sangre, la putrefacción tan repentina, el olor a naranja podrida, todas señales de que el árbol tenía todo que ver en el deceso. Alfredo el tendero dijo, bajo juramento de decir verdad, que observo como una de las ramas se deslizo desde la copa, como serpiente, abriendo la boca de Ismael para que entrara el veneno hasta su lengua. Benjamín, el talabartero, besando la cruz, admitió que eso era verdad, pensó que era una sombra y no tomo importancia al hecho. Así, la catarsis fue total, todos habían visto algo raro en el naranjo, desde antes, desde que Ismael llego al pueblo y comenzó a cortejar a las jóvenes: seguro se puso celoso de que Ismael dejara semilla en este jardín y por eso lo mato, si, lo enveneno- se escucho a una anciana decir.

Para pronto ya estaban cercenando la piel, mutilando las ramas, deshojándolas a fuerza de tirones; los restos se arrumbaban contra la pared del kiosco, que iluminaba esta dantesca escena. Don Nemesio y sus hijos se ensañaban, hasta con las raíces acabaron, trayéndolas a la superficie con gruesas cuerdas, que amarraron a la camioneta de uno de ellos para extraerlas. Esto se realizo hasta el amanecer, el alba como testigo de esta venganza sin igual. Cuando el último de los vestigios quedo desenterrado por completo, un camión “de volteo” se adentra a la plaza. El tronco, el ramal, así como las raíces fueron introducidas como cargamento. Hasta colmarlo, el camión se acerco al foso dejado en medio de la jardinera, en clara señal de que “todo” debía de ser desterrado la plaza. Los que estaban al pie del camión se acercaron a levantar las pocas hojas que quedaron esparcidas y el camión no salió de ahí hasta que recibió la orden de Don Nemesio: es suficiente.

Días después se reunió la Junta Municipal, para decidir la forma en que cubrirían el hueco dejado por el naranjo. Al poco rato de discutir el asunto llegaron a la conclusión de que lo conveniente sería construir una “Santa Cruz”, para honrar la memoria de Ismael, quien trabajaba en de albañil, además de que se justificaba por la cantidad de pobladores que se dedicaban a este oficio, duro como el que más. Hasta la fecha nadie ha vuelto a invocar al naranjo y cuando alguien cae en la tentación de mencionar la plaza con eso nombre, una mueca de desaprobación bastan para parar de golpe la terminación de dicha palabra, tan así que decimos genéricamente “el árbol de naranjas”, en lugar de “el naranjo”.

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Nathalie2611's picture

Que mala suerte la del novio y que árbol más cruel…Es muy interesante tu historia, algo larga pero buena…me gustó mucho

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