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By animalson - Posted on 31 July 2007

Acoso imaginario
Cuentos de Nadas

Bien, el hecho es que me han dado unos cuantos símbolos y un trozo de papel en blanco. Mi tarea de aquí en más es combinar estos símbolos entre sí para lograr que usted los lleve hasta su mente, en donde su imaginación se encargará de darles una forma mucho más vistosa y colorida. De acuerdo, hagamos la prueba.

Por ahora todo lo que tenemos es, absolutamente nada. Sí, nada de nada. Seguramente todos tendremos una idea parecida de lo que es la nada. Bueno, si cierra los ojos y los vuelve a abrir se encontrará mirando hacia un infinito negro; sin olores ni sonidos, con una temperatura que podría definirse como “ausencia de temperatura”. Ni frío ni calor, ni siquiera templado. Sin nada que mirar ni tocar. A grandes rasgos esto sería la nada. Cierre nuevamente los ojos, y ábralos ahora para encontrarse con un cuerpo en medio de esta nada. Todavía no podemos decir que se trate de un personaje, ya que no tiene voz, forma, historia, menos aún vida. Es un cuerpo en medio de la nada. Vamos a otorgarle algunos rasgos principales, y su imaginación se encargará del resto. Es un hombre fornido, digamos de unos dos metros de altura. Sí señor, un gran hombre con unos enormes músculos y una cabecita pequeña y calva. Lleva puestos unos lentes para ver de lejos, que se sostienen sobre su deforme y gran nariz. Tiene bigotes frondosos y arreglados, y lo más peculiar de todo es la ausencia de orejas en su cabeza. Imaginen que va vestido de pantalones cortos, remera informal y calza un par de sandalias. Más o menos éste es Rufus. Apuesto a que ya puede dibujarlo.

Antes de despertar a Rufus, creémosle un sitio donde aterrizar para que no enloquezca en esa nada infinita. Echemos algunos leños más a la imaginación y hagamos esto un poco más rápido. Un nuevo pestañear y henos aquí parados. Es una pequeña y acogedora cabaña, más pequeña que acogedora. En una de sus cuatro paredes de troncos hay dos ventanas, y entre éstas una puerta. Si miráramos por las ventanas, veríamos un hermoso paisaje nocturno cubierto de nieve y bosques. Y sentiríamos mucho frío de no ser por el fuerte calor que irradia el hogar en la pared opuesta. Algunos adornos simples, y una mecedora en medio de la habitación, forman todo el mobiliario visible. Ahora coloquemos cuidadosamente a Rufus en la mecedora. Cuando despierte y le demos libre albedrío, él recordará que es un leñador descansando en su puestito de las montañas, esperando a que mejore el clima. Pero antes de esto vamos a darle unas ropas abrigadas, colgadas en un perchero, y un par de botas junto a la puerta.

Ahora sí, todo listo parar que esto comience. Unos últimos ajustes por aquí y…

Rufus abre los ojos, en escasos instantes recupera la conciencia y recuerda donde está. Un rápido vistazo por la ventana le informa que el clima no es ni mucho menos mejor de lo que debería. –¡Placate, placate!- resuenan las sandalias mientras da un par de vueltas por la cabaña con rostro pensativo. Se le ocurre que si el clima no mejora pronto deberá partir de regreso al pueblo en busca de provisiones. Y sin más rodeos, vuelve a sentarse en la mecedora quedándose profundamente dormido.

Uhmmm, esto pinta aburrido. Hagamos las cosas más interesantes.

De repente, un súbito golpe seco sobre el techo de tejas de la cabaña hace que Rufus salte de la silla, alertando todos sus sentidos. Con los ojos abiertos como búho, se acerca lentamente hacia una de las ventanas empañadas.

Recordamos aquí que Rufus carece de orejas, aunque no así de oídos, con los cuales oye perfectamente todo lo que acontece.

Si el pobre hubiese sabido lo que le esperaba al limpiar el vidrio empañado, créanme que no lo hubiera limpiado. Afirman algunos, que los seres humanos temen a lo desconocido. Pues no es de sorprender entonces el horror que Rufus sintió en este momento, cuando una criatura de dudosa procedencia, le observaba con algo parecido a unos ojos desde el otro lado del cristal. También es sabido que diferentes personas reaccionan de diferentes maneras al miedo, pero Rufus reaccionó empuñando con ambas manos su hacha de doble filo. La informe criatura de color gris oscuro chorreaba fluidos hediondos de diferentes aberturas de su cuerpo -quizá estratégicamente colocadas-, y Rufus correaba miedo de sus glándulas sudoríparas. En un sagaz acto de destrozo, el ser reventó el cristal compenetrándose en la cabaña; mientras el leñador, en un sagaz acto de supervivencia incrustó su hacha en el piso, no sin antes haber cortado en el camino un par de tentáculos de su supuesto atacante. Se oyó entonces un chillido demoníaco de altos decibeles, cuando la criatura abría una gran abertura a modo de boca, y emanaba líquidos espesos por toda la habitación. Fue entonces que, ante el lamento de su víctima, Rufus se decidió a escapar valientemente brincando fuera de la cabaña.

El frío era, sin dudas, lo que menos le preocupaba al leñador, que bajaba escandaloso la montaña corriendo hábilmente por entre los tupidos bosques. Con su hacha bien agarrada y los pies descalzos se decidió a no mirar atrás por nada en el mundo. Un poco más tarde, ya llegando a la carretera local, su desesperación cedió lentamente lugar a su razón, y se dio cuenta de que nada lo perseguía. Entonces aminoró la marcha caminando por el asfalto rodeado de enormes robles, cuando unos metros más allá divisó un automóvil atravesado en medio de la ruta. Estaba en marcha y con las luces encendidas, y la puerta del conductor abierta de par en par, pero no parecía haber nadie dentro. Escudriñó entre la oscuridad de los monumentales árboles que apretujaban la carretera por ambos lados, pero no pudo hallar al propietario del vehículo. Sin pensarlo dos veces, cerró la puerta y pisó a fondo el acelerador rumbo al pueblo. Mientras conducía tembloroso, el taciturno camino le parecía mucho más espantoso que de costumbre, y sin dudas dos o tres veces más largo. Echó una súplica al dios de los combustibles, y miró entonces al marcador de gasolina. Nunca hubiera imaginado sentir tanto alivio al ver una flechita indicar “Medio”.

Aparecieron las primeras casitas al costado de la ruta, y pocos kilómetros más tarde ya estaba dentro del pueblo. Sin soltar el Hacha estacionó con la delicadeza de un mastodonte y corrió hacia su hogar. Su impotencia resurgió al no encontrar a su familia allí, pero se desesperó totalmente al comprobar que tampoco estaban en casa sus vecinos ni toda la manzana entera. No intentó imaginar, para no caer desmayado, que lo mismo había ocurrido con todo el poblado. Mientras caminaba por una fina línea que dividía la cordura de la locura, se sentó en un cordón e intentó hacer uso del sentido común. Y cuando estuvo a punto de lograrlo, fue interrumpido por un zumbido diabólico que doblaba a la esquina en dirección a él. Antes de arrepentirse, levantó la cabeza para observar como hordas de entes –similares al de la cabaña- se arrastraban malolientes acercándose. Solo una persona en esa exacta situación hubiera podido llegar tan rápido al automóvil como Rufus lo hizo.

Gira la llave, mientras mira por el espejo retrovisor como algo, que seguramente representa una amenaza para su vida, se avecina estrepitoso a sus espaldas. El motor se enciende. En un solo movimiento pisa el embrague, coloca la primera marcha, acelera a fondo, y suelta el embrague para salir despedido hacia atrás y enterarse que había colocado la reversa. Los monstruos están ahora casi en la cola del automóvil. Con los nervios de alguien que hace la cola para la montaña rusa, realiza lo siguiente en este exacto orden: pisa el freno y el acelerador juntos intentando atravesar el piso, calza la primera marcha como solo un hombre desesperado lo podría lograr sin pisar el embrague, y por último suelta el freno. Nótese que estos movimientos se realizaron en menor tiempo del que usted tardó en leerlos. Las cubiertas traseras chirrían en el asfalto y el automóvil avanza conforme a su potencia y no a la presión que Rufus ejecuta sobre el acelerador; aunque es probable que la fuerza de voluntad que ejercía el hombre en ese momento, le haya sumado un par de caballos de fuerza al motor del vehículo. Uno de los monstruos se engancha con un tentáculo del paragolpes trasero mientras todo esto sucede. A corta distancia las revoluciones del motor le indican que debe subir una marcha y así lo hace. Antes de que se le ocurra mirar hacia atrás, escucha el estruendo del vidrio trasero al estallar, por donde la alimaña intenta colarse. Ya en una toma heroica, blande con la mano derecha el hacha que descansa en el asiento del acompañante, y la precipita hacia lo que bien podría ser la cabeza del bicho. Ésta revienta en fluidos viscosos que empapan el interior del automóvil, y la criatura cae rodando hacia la calle junto con el hacha protectora. Rufus coloca la tercer y última marcha que ya pedía a gritos el motor. Sin la más remota idea de hacia dónde ir, gira el volante bruscamente llegando a una esquina, pero olvida antes aminorar un poco la marcha. Describe entonces una curva demasiado abierta y un robusto sauce detiene su andar al impactar contra la puerta del acompañante.

Minutos más tarde recupera la conciencia, para encontrarse con que por los huecos donde antes de chocar había vidrios, entraban ahora los babosos y horrorosos seres. Atrapado bajo la columna de dirección retorcida, Rufus pierde las últimas fuerzas y se resigna a lo inevitable.

Pongamos en pausa este pequeño universo. Pobre Rufus en que lío se metió, o lo metimos. Pese a que podríamos crearle el más descabellado de los finales al leñador, no es mi intención por el momento –y espero que tampoco la suya-. Esta sería una idea sensata…

Entonces, en un último intento de esperanza, Rufus cierra los ojos y trata de no olvidar a ningún dios –inclusive a los mitológicos-, y les arroja sus plegarias. Y para su sorpresa y calma, y a pesar de que ya estaba despierto, vuelve a levantar sus párpados a modo de unos enormes ojos universales. Bañado en sudor se descubre sentado nuevamente en el primer escenario de esta historia. Vuelve a pestañar para confirmar los hechos, y respira hondo al asegurarse que todo había sido un sueño. Allí se encontraba sentado en su acogedora cabaña a la espera del amaine de la tormenta. La paz lo abrazó y todo volvió a la normalidad.

¡Vaya! veo que con estos simples símbolos se puede lograr mucho más de lo que imagine en un principio, y espero que usted también haya sentido la desventura de éste hombre. Aunque…

Luego de ver todo en su lugar, y de que sus piernas dejaran de temblar, el leñador se acerca a la ventana para registrar el clima. Al instante le vienen imágenes aterradoras de su pesadilla. Así que con poca convicción se decide a limpiar el cristal empañado con su mano. No habría otra situación semejante que llevara a un ser humano a gesticular con su cara de la manera que Rufus lo logró en ese momento. El horror y el asombro le chorreaban por sus arrugas. Pudo divisar ante él tras la ventana, magnas nebulosas, estrellas y planetas cubriendo toda la negrura del universo. Pues naufragaba en su cabaña flotando en la ingravidez del vasto e infinito espacio.

: :a n i m a l S o n ::

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