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Virus


By Nelo - Posted on 15 marzo 2009


Virus

Copyright 2007, By Nelo

Elisa suspiró entrecortadamente al descubrir a Daniel en la puerta de la Facultad. No podía perder aquella oportunidad, pero debía ser discreta o delataría su entusiasmo. El joven, aprovechando uno de los descansos programados, fumaba con deleite mientras perdía la mirada entre los árboles del parque. Ella salía para airear su cabeza, después de casi una hora y media de verborrea lingüística y buenas recomendaciones para sus alumnos. Sabía que su clase era soporífera, y lo asumía con humildad y buen humor.
–¡Daniel!... A ti te quería ver –fingió sorpresa.
–Vaya –se interesó el muchacho-. ¿Qué puede querer la profesora de literatura de uno de sus peores alumnos?... ¿Acaso va a darme un sermón? –preguntó, con cierto sarcasmo.
–No, no es eso. Se trata algo menos pragmático –aclaró ella, sonriendo. Y tutéame, te lo ruego.
–Dime entonces –se alegró Daniel. Muy pocas veces había hablado con su profesora, una mujer atractiva que rondaba los cuarenta y alguno pero con un aire juvenil en el vestir y en su forma de comportarse que la hacía pasar por una alumna más fuera del edificio. A ello contribuía ese día su coleta negra azabache, sujeta en una cinta de colores vivos, sus ibicencas rojas y su vestido holgado de lino sobre sus vaqueros desgastados.
–Me dijo Ana que eres un especialista en informática.
–Bueno, tanto como eso...
–No seas modesto, que sé de buena tinta que lo tuyo son los ordenadores. Lo que ignoro es por qué te metiste en Filología.
–Bueno, es una historia muy larga... Pero no me apetece hablar de ello ahora.
–No te preocupes. No quiero agobiarte. Se trata de un problema que tengo con mi pc.
Daniel frunció el ceño, y centró en ella toda su atención.
–Dispara –adoptó una postura más cómoda.

Elisa le explicó el asunto: de vez en cuando, le desaparecía una carpeta del disco, o se cambiaban de ubicación los documentos. “Con toda probabilidad, se trata de un nuevo virus”, dedujo el muchacho. Y sólo alguien con conocimientos específicos y el software adecuado podía solucionárselo. Eso o llevarlo a una tienda especializada, donde seguro le clavarían cincuenta euros sólo por formatearle el disco duro y recargarle el sistema operativo.

–Tendrás copia de seguridad –inquirió él, con suficiencia.
–Sí. Lo malo es que me viene mal gastarme dinero este mes, y además hay algunos archivos que guardo en una partición que me gustaría conservar –suspiró ella, apesadumbrada.
–No te preocupes, yo puedo acercarme esta tarde y echarle un vistazo. Pero no te garantizo nada.
–¿Claro! –exclamó ella, jubilosa-. ¿A cambio de un refresco, o un café?
–Por supuesto. Aunque –dudó- si me echaras un cable con las notas te lo agradecería...
–Eso es otro tema. Tú ponte las pilas un poco más en clase y ya veremos. Aunque seguro que algo se podrá hacer –le guiñó un ojo.
–Lo intentaré, te lo prometo –asintió él, con la boca pequeña.

Quedaron a las ocho. Ella le apuntó su dirección en la mano y regresó agradecida a dar su próxima clase. Daniel se quedó mirando embobado sus caderas mientras marchaba. Caminaba ágil, decidida, al compás de su respiración, dejando tras de sí ese aroma tan especial a limón y canela que desprendía su cuerpo, sinuoso y firme. No era muy alta, apenas superaba el metro sesenta, pero a fe del joven sus proporciones rozaban la perfección.
Daniel se agachó, apagó la colilla en el suelo y se dirigió a la biblioteca. Apreció que le sudaban las manos. Estaba algo nervioso.

II

Eran las nueve en punto cuando el timbre del telefonillo anunció la llegada del muchacho. Se había retrasado casi una hora.
–¿Sí?
–¿Elisa?
–¿Dani?... Creía que ya no venías.
–Sí, verás, tuve que pasar antes por un sitio... –trató de excusarse.
–Vamos, sube; es el quinto piso. Pero te advierto que la finca es muy antigua y no tiene ascensor. Te espero en la puerta.

–¡Uf! –suspiró el joven, al alcanzar el rellano-. Creía que no iba a llegar nunca –jadeo entrecortadamente, recolocando su bolsa de CD´S y lápices USB llenos de prácticos programas de reparación que llevaba al hombro.
–Perdona que te reciba así, en batín y pantuflas, pero es que pensaba que ya no ibas a venir y me acabo de pegar una ducha. Pasa, te sientas en la salita y me cambio en un momento.
–No te preocupes, estoy acostumbrado: tengo dos hermanas –le dijo. Y se lanzó a darle dos besos en las mejillas, como lo hubiera hecho con cualquier amiga.
Así, sin maquillaje y a medio vestir, le resultaba, si cabe, todavía más atractiva. Pero trató de disimularlo desviando su mirada hacia el interior de la vivienda, decorada con múltiples velos de colores sobre los escasos muebles, casi todos de IKEA. Las paredes estaban inundadas de pequeños espejos con formas geométricas variadas, de estilo oriental. Se apreciaba un fuerte olor a incienso. La luz, proveniente de una sola bombilla en el interior de una lámpara de papel, era tenue. Sonaba música de jazz, tras la tersa voz de la joven cantante Nora Jones. Sin duda, el ambiente era cálido y sugerente.
–Tienes una casa muy bonita. No me la imaginaba así... rollo sesentero.
La profesora se recogió el pelo con una goma.
–Algo desastrada... pero limpia. Y es rollo setentero, más bien. Aunque la música es reciente –sonrió.
Daniel sintió un leve escalofrío en la espalda, como si la situación escapara de su control.
–¿Y el pc? –preguntó inquieto.
–¡Qué prisas! …En la habitación. Es por allí –señaló hacia el pasillo-. Al final, a la derecha. Si quieres, ves encendiendo el ordenador que ahora voy yo. Por cierto, ¿te apetece tomar algo?
–Una cerveza bien fría, si tienes.
–Claro. Marchando.

III

El ordenador arrancó sin ningún problema.
Tras verificar las características del sistema, Daniel insertó un disco con un potente antivirus y comenzó a revisar todas las unidades de almacenamiento. Entonces llegó Elisa, envuelta en una perniciosa nube de un humo denso y blanquecino.
–Siento la tardanza. Toma tu cerveza. ¿Quieres un vaso?
–No, gracias... Eso –señaló el joven, incrédulo- ¿es un porro!
–Marihuana, y de la mejor. La cultivo yo misma, en la terraza ¿Quieres? –le ofreció una calada.
Los ojos de ella, marrón claro con reflejos dorados, brillaban intensamente.
–No, gracias. Prefiero estar lúcido o puedo equivocarme fatalmente a la hora de borrar archivos.
–Claro –sonrió ella, entornando peligrosamente la mirada.
Lo cierto es que Daniel jamás había fumado hierba. Y la proximidad del humo le incomodaba. No así la de Eli, a quien la bata, al inclinarse, se le había abierto ligeramente mostrando su piel rosada y la comisura de sus senos.
El joven no pudo evitar perder sus ojos en la perversa oscuridad que emanaba del interior de la bata. Ella se percató al instante, pero no cambió de posición ni cerró la abertura.
Daniel, ruborizado, regresó su atención a la pantalla del ordenador.
–Por cierto... he visto unos archivos de video que podríamos eliminar del disco, porque ocupan mucho espacio. ¿Te parece bien, o deseas salvar alguno?
–A ver… Lo cierto es que ya no me acuerdo de qué son. ¿Puedes abrir uno de ellos, el fest1, por ejemplo? –le indicó, luego acercó un taburete y se sentó junto a él, frente a la pantalla del pc.
El muchacho percibió el roce de su pierna con la de ella. Era inevitale, dado el ínfimo espacio. También sus brazos se tocaban al menor movimiento.
El video se abrió en una ventana nueva. De pronto, apareció en un primer plano una mujer desnuda, enjabonando lascivamente su voluptuoso cuerpo en la ducha. Daniel tragó saliva, y su rostro enrojeció. Ella lo miró de soslayo, tratando de valorar su expresión. El muchacho sudaba: parecía muy nervioso. Los músculos de su tórax, remarcados levemente en la camiseta negra de algodón, se expandían y comprimían con celeridad.
Se dispuso a cerrar la ventana, pero ella frenó sus intenciones, cubriendo con su mano la de él.
–Espera un segundo.
A continuación, apareció un hombre en escena. Iba también desnudo, su cuerpo era exuberante, como el de ella. Su miembro, fláccido, era enorme y se contoneaba de izquierda a derecha golpeando en sus fuertes muslos al caminar. Entró en la ducha sorprendiendo a la mujer con un fuerte abrazo por la espalda. El agua caía sin cesar sobre sus cuerpos, fundidos en uno. Las manos del hombre se cerraron suavemente sobre los pechos de la mujer. Mientras los acariciaba, masajeando los pezones con sumo cuidado, ella contoneaba sus nalgas en torno a su pene, ya erecto.
–¿Sorprendido? –preguntó la profesora.
–Bueno, un poco –También el pene del joven había despertado, ganando espacio en sus vaqueros ajustados con cierta dificultad.
Elisa se percató de ello, y sonrió levemente.
–¿Acaso a las mujeres no puede gustarnos el porno? Porque a ti, por lo que veo, te está poniendo mucho el video –señaló hacia la entrepierna del muchacho. Después, acercó la mano a sus pantalones y deslizó suavemente la yema de un dedo por toda la longitud del pene. Daniel se echó ligeramente hacia atrás. El vaquero se tensó aún más. Ella sintió cómo comenzaban a humedecérsele los labios bajo las braguitas de encaje.

III

Daniel, ya enervado, perdiendo de pronto toda la timidez, abrió con ambas manos la bata de ella y descubrió sus pechos, pequeños pero turgentes como melocotones, y lanzó su boca contra los pezones, endurecidos, que fue besando y recorriendo con su lengua alternativamente. Ella, gimiendo de placer, sujetó al muchacho por la nuca y se le sentó encima, con las piernas abiertas y desnudas, ubicando su vulva mojada sobre el miembro eréctil, y empezó a frotarse en él con ligeros vaivenes, mientras él seguía lamiendo sus pechos.
Las manos del joven fueron resbalando por el interior de la bata, por la piel tibia de la joven maestra, hasta alcanzar sus nalgas, que sujetaron con fuerza.
Ella se derramó sobre sus nimias braguitas, antes de quitárselas, de extraer el pene del muchacho de la prisión de los pantalones e introducírselo con una mano en su sexo, vibrante y completamente empapado. Los jugos que resbalaban por sus muslos se entremezclaban con el sudor de sus cuerpos, acalorados. Sólo gemían, suspiraban, se comían a besos y pequeños mordiscos indoloros en el cuello, las orejas, la boca.
La profesora alcanzó el éxtasis de nuevo apenas transcurridos un par de minutos, justo cuando entraba por su puerta de atrás un dedo de Daniel, acompasando las embestidas de su miembro bajo el clítoris. Sintió cómo una especie de corriente eléctrica recorría su espalda, y pequeñas sacudidas espasmódicas. Acto seguido, el muchacho derramó un torrente de semen en su interior, incapaz ya de controlar más su excitación.
Los dos quedaron abrazados, atrapados... tratando de recuperar el ritmo normal del latido de sus corazones.
Momentos después, ella le daba la espalda, apoyando sus brazos sobre la mesa y elevando las nalgas por encima de su cabeza, invitándole a penetrarla en dicha postura aleteando los glúteos. Sus labios verticales, abiertos y húmedos, rogaban la presencia inmediata de su pene. Pero antes llegó la lengua del muchacho, desinhibida y rápida, que recorrió con vehemencia cada centímetro de piel rasurada y cada oscuro abismo al que se hallaba enfrentado. La nueva erección no se hizo esperar. Cuando se hubo cansado de saborear los efluvios metálicos que emanaban sin cesar del cuerpo de la joven maestra, se incorporó y la penetró con suavidad, acelerando poco a poco el ritmo de las embestidas. Los jadeos de ella eran música para sus oídos. Esta vez guardaría unos minutos para el otro orificio, donde había introducido el dedo pulgar, con intención de dilatarlo.

De madrugada, Daniel se sentía extraño. La había percibido siempre tan distante… Y sin embargo ahora estaban juntos, abrazados en la cama como amantes, disfrutando de suaves caricias y tibios besos. ¿Estaría enamorándose?...

Horas más tarde, en el baño de la Facultad, Daniel observaba preocupado, mientras orinaba, las pequeñas manchas rojas que rodeaban su pene. Un joven curioso, que orinaba a su vera, se inclinó con descaro hacia él y señaló, con cierto sarcasmo en el tono de su voz:
–¿Tú también eres informático, verdad?
–Sí –respondió tímidamente.
–No te preocupes, no es grave. Luego te apuntaré las pastillas que debes tomar. En un par de días, como nuevo.
Y aunque en ese mismo instante se desvanecieron algunos de los sueños y fantasías más hermosas de Daniel, por algún oscuro motivo no se sorprendió.

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machupichu's picture

Me gustó la descripción de todos los detalles salvo los incipientemente sexuales. (Anda escaso para mi gusto)

Un gran escrito que cuida como díría el entorno.

Mi próximo escrito irá sobre "preservativos" creo que es hora de poner freno a el sexo sin barreras.

La terminación muy cómica y teatral, un escarmiento del destino.

Un placer leerte y apunto tu novela, para el verano la leeré y volveré para decirte que me pareció.

Muas!

Maite

"La felicidad es efímera e ilusoria, suaves aleteos de mariposa"

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