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Me decidí una noche
Eran cerca de las 10 de la noche, Adriana regresaba a su casa después de una cita a ciegas que de nuevo no había resultado. El hombre en cuestión no era lo que esperaba. No había sucedido esa magia que se siente al instante de la presentación. Siempre ocurría lo mismo, se hacia ilusiones con la gente y luego al conocerla personalmente la decepcionaban Se expresaban tan bien a través de las palabras escritas que luego no había percha ni argumento que sostuvieran tanto artificio fatuo.
Llevaba puesta una ropa interior muy insinuante; sujetador y bragas de tul rojo adornados de flores ostentosas que transparentaban toda su intimidad. Para la ocasión se había arreglado el bello púbico recortándolo al mínimo, retocando con esmero la abertura vaginal para hacerla más apetecible si llegaba el caso. Y ahora todo su trabajo para conquistar a su desconocido se quedaba desaprovechada por la individualidad de su cuerpo sin pareja. De nuevo se encaminaba la soledad de su habitación, una página o película de videos pornográficos y un masturbador a pilas para aliviar su deseo insatisfecho. Mejor sola que con un necio se decía, que no sabría valorarla.
Era preferible el desenfreno solitario a ser de alguien que no deseaba. No le valía el consuelo del sexo si la persona no la incitaba a la práctica. Fue caminando cabizbaja hacia su casa imaginando la fantasía que utilizaría esa noche para calmarse y justo en un semáforo se encontró inesperadamente con una cara conocida. Su mente comenzó a analizar las facciones de aquel desconocido, intentaba hallar la conexión de ese físico con el archivo de imágenes de su cerebro, sin duda le era familiar el atractivo joven del coche que estaba frente a ella, además también notó que parecía reconocerla. Pero no pudo. Fue él el que bajó la ventanilla y la llamó por su nombre:
-Adriana ¿Eres tú? -le preguntó algo alterado.
-Sí, me llamo así ¿De qué nos conocemos?- le contestó ella trémula por la sensación de vértigo que fue invadiéndola.
-De la infancia, sube, quiero hablar contigo- le ofreció él con una sonrisa de oreja a oreja.
-No se si debo, pero vale, me resultas familiar- se subió al coche antes de que el semáforo cambiara de color.
-No puedo creerlo, después de tantos años encontrarte y así, estoy maravillado.
-Perdona ¿Tuvimos algo en el pasado? -le preguntó algo molesta.- No consigo identificarte bien y me estás asustando.
-Fuiste mi primer amor, soy Fausto, aquel niño al que solías contar lo que querías ser de mayor, nada parecida a tu madre, yo siempre te escuché con atención, esperando la oportunidad de pode declarar mi gran amor.
-Vaya, sí, Fausto...¿En el instituto verdad? Te recuerdo, entonces eras muy feo.
-Las cosas cambian Adriana, cuéntame, ¿que es de tu vida?
-¿Vas a llevarme a tu casa?
-Pues...¿quieres ir a mi casa?
-Necesito ir a la casa de alguien. Me arreglé para una cita sexual que necesito como el agua y todo se estropeó. El tipo era un cartón siniestro que no me trasmitía más que las mentiras que había ideado para conquistarme y poder follar una noche.
-Adriana me desmontas la vida, me...
-¡Llévame contigo y déjame que sueñe un segundo lejos de mi vida!
-Tranquila yo te haré olvidar todo lo que no quieres recordar.
Fausto enfiló su potente vehículo a velocidad moderada sin poder comprender el alcance de aquel sueño que estaba viviendo. Toda una vida deseando a la mujer de su adolescencia y de repente, ella aparecía y le pedía su calor.
Subieron a la zona residencial algo alejada del núcleo urbano. Una preciosa urbanización de bungalows adosados, El coche se detuvo en la zona de garajes. Adriana no supo que número era, ya que entraron en la cochera. Fausto cerró la puerta de acceso al túnel del garaje comunitario y subieron por las escaleras estrechas que conducían a la primera planta.
-¿Qué quieres tomar Adriana?
-Por favor, pon música y si tienes algo de cava o bebida llena de burbujas, pónmela.
-Hecho, guardo una botella siempre en la nevera para ocasiones especiales.
Fue directo a la cocina metió la botella de cava en una cubitera espaciosa, introdujo todo el hielo que halló en el congelador y lo transportó en un carrito de bebidas hacia el salón. Descorchó la botella y sirvió dos copas. Sobre la mesa de centro había una suculenta caja de bombones. Adriana se alegró, tenía a su disposición los ingredientes necesarios que necesitaba para elevar su temperatura erótica.
Hablaron durante una hora de aquellos escasos recuerdos que ambos conservaban de su adolescencia. Desenmascarando en ellos las heridas que ambos pudieron causarse. Adriana indagó con ganas sobre ellos, analizando cada palabra, hallando un amor que no esperaba que se había mantenido perenne en el corazón de Fausto. Impresionada por no haberse dado cuenta a tiempo, de que aquel hombre tan servicial era un enamorado sin valor de manifestar un amor tan grande, se rió de su destino. Había amado tanto a hombres vacíos durante su vida, que valoraba con seriedad a los hombres sinceros que son capaces de amar sin esperanza de conseguir a la que tanto anhelan.
-Fausto, te pido perdón, no debí venir...
-Tranquila, no te diste cuenta porque no era un hombre entonces deseable, no me quería ¿sabes? Por eso nunca me viste como yo a ti.
-No merezco estar aquí, debo irme.
-No, ahora que al fin te tengo te doy a hacer sentir todo mi amor, aunque sólo sea esta noche.
La miró con una profundidad de ser omnipotente. Ella quedó paralizada por el influjo de la magia. Y poco a poco se enlazaron en un beso de tornillo, lengua sobre lengua devorando cada sentimiento que los conectaba a un nuevo momento de voluptuosidad.
La ropa fue cayendo. Los cuerpos sudorosos se dieron fricción. El cava los había atrapado en una nube de risas donde el pudor no existía.
-Quisiera probar algo que siempre quise hacer. Quién mejor que tú para entregar tanta pasión. ¿Me dejas hacer?
-Tuyo soy, Adriana, haz conmigo lo que quieras...
Adriana fijó la mirada directa a los ojos, juguetona. Besó sus labios y fue descendiendo por su pecho. Fausto estaba sentado en un amplio sofá de cuero rojo. Cuando llegó a su zona erógena se encontró con un pene que emergía del sueño. Fue creciendo de manera desorbitada provocando una sensación de sorpresa deseada e ella. Un buen tamaño que la haría disfrutar de una noche especial.
Cogió su pene con una mano y con su boca lo lubricó con saliva. Quería que notara el jugo caliente de su boca que usó a modo de deslizante para poder agitar con más suavidad su miembro. Los ojos de Adriana estaban clavados en los de él estudiando sus emociones y sensaciones. Su respiración comenzaba a agitarse. Iba bien. Chupó, rotó su lengua por le glande humedeciéndolo con dulzura y fue bajando hacia el obturado recto. Besó su zona anal y metió la punta de su lengua en el interior. Su mano continuaba agitando delicadamente su pene que estaba tieso como un cactus en el desierto. Continuó penetrando hacia la zona oscura de su obturación provocando un placer inigualable a Fausto, que jamás había una sensación de evasión tan voluptuosa.
Ella quería compensarle tanto amor y años de resignación y soledad.
Mojó su dedo corazón y cuando su oclusión se relajó, lo metió agitándolo en busca de su próstata. Su boca había regresado a la labor de relamer su pene erecto. Fausto jadeaba, sudaba y contenía ese inminente orgasmo para que aquello no acabara nunca.
-Adriana súbete y termina la faena.
-Ahora mismo.
Le puso el condón con maestría y quitándose sus bragas rojas se dejó caer sobre aquella polla repleta de energía. Estaba tan excitada que el líquido vaginal resbaló por toda su polla antes de meterte por completo en el interior.
Fausto apretó con sus manos sus nalgas duras y volvieron a besarse con ternura.
-Cabalga como una Amazonas experta.
-Verás que bien lo hago, es mi postura preferida.
Comenzó a mover sus caderas apoyando el peso de su cuerpo sobre sus brazos que se sujetaban en el respaldo del sofá. Apoyada sobre la punta de sus pies metía y sacaba la enérgica polla creando sensaciones de placer inmensas para los dos. No quiso que la penetración profunda le restara placer, así que mantuvo un ritmo lento, a media incursión unos diez minutos. Cuando su vagina comenzó a exigirle choque contra el cuello del útero se dejó caer sobre la polla, que desapareció por completo en su humedad rojiza.
Su cuerpo se agitó vigorosamente para alcanzar la meta. Los dos devorados por la necesitad de satisfacerse, se entregaron a un ritmo agitado, pletórico que les conduciría sin dudar, a la orgiástica aventura de alcanzar unos segundos de liberación emocional sublime.
Fue Adriana la que llegó primero. Fausto pensaba en ese momento en cosas negativas de su vida para poder retrasar su evacuación seminal. Necesitaba sentir que ella explotaba para poder derramarse. Fueron escasos los segundos los que los separaron del apoteósico instante de placer lujurioso.
-Ha sido el primer orgasmo que siento con una polla.
-Pues si que has tenido amantes rápidos.
-jajajajajajajajajajja... Si yo te contara.
-Menos mal que aprendí a pensar para no ser como ellos. Te quiero Adriana, me has hecho más feliz que un recién agraciado del premio gordo.
-Y tú a mi, Fausto.
Adriana salió de su cuerpo, le quitó el condón repleto de líquido seminal y lo limpió con a con una toallita de higiene infantil para evitar que su picha se quedara pegada por la viscosidad del semen.
Luego se dejó caer a su lado, agotada. Percibió que sus ojos se cerraban y ambos se durmieron sentados en el sofá abandonándose al sueño angelical que llega tras alcanzar el feliz liberador orgasmo.
Fin

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