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EL VUELO 515
A la hora de despegar el Jumbo de la PAN AM’S, el gigantesco avión estaba medio vacío. Desplegó el “New York Times”, dispuesto a entretener las horas de vuelo con la lectura pero su mente no estaba en lo que leía. Instintivamente se llevó la mano detrás de la oreja izquierda. Aquella diminuta cicatriz era lo único que se le notaba y se congratulaba por ello. Indudablemente, le habían hecho un trabajo de cirugía plástica de artesanía.
Un buen fajo habría pagado Don Nícola por la operación y tampoco le resultó barata la nueva documentación, ni la Clínica del Distrito Federal de Ciudad de Méjico, pero había valido la pena. Sin duda, El Padrino napolitano debía necesitarlo mucho para haberse gastado tanta pasta, sobre todo cuando tuvo que pagar por aquel trabajo especial para sacarlo de la prisión federal de Arizona. Sabía que tarde o temprano tendría que devolver el favor y el dinero. No tardó en enterarse de cómo tenía que pagar el favor.
Ahora parecía diez años más joven y mucho más atractivo que antes de operarse, y anteriormente, ya tenía un cartel especial entre las féminas pese a haber cumplido los cuarenta y un años. Ahora podía pasar tranquilamente por un hombre de treinta años, pelo negro con ayuda del frasco que disimulaba las canas, ojos verdes de tupidas pestañas, metro ochenta y cinco de estatura, delgado y bien vestido semejaba un ejecutivo de alto rango de una multinacional. También le gustaba su nuevo nombre… Paul Hennesy. Sonaba bien. Don Nícola sabía hacer las cosas.
El silbido de los reactores al ponerse en marcha le apartó de sus pensamientos. Separó los ojos del periódico oyendo el rugido in crescendo de los motores y el primer deslizamiento del aparato al ponerse en movimiento.
Los cuatro asientos de su lado estaban ya ocupados por un matrimonio de cierta edad con dos muchachas que parecían hermanas. Enfrascado en sus pensamientos recordó vagamente que había tenido que levantarse para permitirles ocupar sus asientos.
A su lado la más joven de las hijas, de rostro angelical e inmensos ojos azules, lucía una melena rubia cayéndole sobre los hombros hasta casi taparle las hermosas tetas. La otra hermana, con una melena trigueña de fuego y los mismos ojos azules de su hermana, tetas prominentes y caderas bien definidas, lucía unas piernas primorosas e imaginó unos muslos magníficos encerrando un coño exquisito al que de buena gana le metería la tranca hasta las bolas.
Lo miró sonriendo amablemente y él correspondió a su sonrisa mientras pensaba en que no le costaría gran esfuerzo convencerla para que se despojara de las braguitas y separara los muslos para metérsela hasta la matriz. Desvió la mirada, enfrascándose de nuevo en la lectura del periódico.
Las luces interiores del avión aumentaron de intensidad cuando el aparato se estabilizó en su techo de vuelo y la azafata les advirtió a los pasajeros que podían desabrocharse el cinturón e inclinar los asientos si lo deseaban. Paul Hennesy hizo lo primero pero no lo segundo. Mientras aparentaba leer con atención, su mente repasaba una y otra vez
los pasos a seguir para dar cumplida cuenta del contrato por el que le pagaban una cifra millonaria en dólares aunque tuviera que devolverle a Don Nícola parte de aquel dinero le quedaría suficiente para no tener que preocuparse más en toda su vida.
No era un trabajo fácil. Eliminar al mandatario de una nación nunca lo era. Todavía recordaba la cara de extrañeza del individuo cuando lo comunicó que a él no le interesaba saber quien era el mandante. Sabía que su trabajo era parte del pago del favor hecho por Don Nícola. Lo único que le interesaba era el nombre de la persona a la que tenía que eliminar y cuando lo supo, de inmediato subió su precio al doble de su tarifa. Aunque la cifra era astronómica el hombre asintió sin vacilar, pagándole incluso por adelantado los cincuenta mil dólares que calculó necesarios para llevar el contrato a buen término.
Tampoco era aquel el primer trabajo que realizaba fuera de los Estados Unidos. El mundo estaba lleno de gente ambiciosa dispuesta a pagar lo que se le pidiera con tal de conseguir el poder político. Él no era, como decía el psiquiatra de la prisión de Arizona, un asesino psicópata, ni mataba por el gusto de matar como se desprendía de los informes de aquel mentecato. Su trabajo era el mismo que el de cualquier otro alto ejecutivo empresarial, mejor pagado, sin duda, pero acorde con el peligro que corría su vida.
Dudaba entre alquilar un coche en París o tomar otro vuelo hasta Liechtenstein. Si se decidía por emprender otro vuelo pasaría toda la noche sin dormir, excepto lo que pudiera amodorrarse durante los vuelos y estaría en malas condiciones para razonar y trabajar eficientemente.
Necesitaba recopilar cuanta información pudiera encontrar sobre el personaje para confeccionar un amplio dossier. Era fundamental conocerlo a fondo. Dormiría aquella noche tranquilamente y recogería en París cuanta información lograra encontrar sobre el personaje. No se fiaba poco ni mucho de la que pudiera encontrar en la prensa nacional española. Conocía la cantidad de patrañas y tergiversaciones de la prensa socialista, no sólo en España si no en cuantos países gobernaba ese sistema político.
Necesitaba recoger en Vigo el rifle suizo SIG SG 550 con visor de infrarrojos Eissa LP7. Rifle que le permitiría incluso disparar de noche sin fogonazo que delatara su posición. Conocía el rifle y estaba acostumbrado a su manejo. Rápido de montar y desmontar con cargador del veinte proyectiles de cabeza hueca mortales de necesidad.
Su amigo Valentín Chávez, el capitán del mercante panameño “Libertad”, se había encargo de traerlo hasta el puerto de la ciudad norteña española, previo pago de 1.500 $. Llegaría al puerto el día 17 de Octubre por lo tanto le quedaban 25 días para preparar el magnicidio hasta en el más mínimo detalle.
Su vecina de asiento, la muchacha con carita de querubín y larga melena rubia, le comentó tontamente:
-- Están sirviendo la cena.
-- Eso parece – contestó en tono displicente, sin ganas de pegar la hebra con aquella mocosa, colocando su asiento en posición vertical.
Cenó en silencio, oyendo la cháchara insustancial de las dos hermanas. Después del café le pidió un whisky a la azafata saboreándolo despacio aunque la calidad del licor dejaba bastante que desear. Finalmente, después que la azafata recogiera los servios, recostó el asiento y siguió leyendo el periódico aunque su mente seguía inmersa en el trabajo a realizar.
Las luces del Jumbo fueron amortiguándose a la par que los pasajeros se iban amodorrando. También el sentía que le pesaban los párpados. Abrió perezosamente los ojos al sentir apoyarse levemente sobre su hombro izquierdo la cabeza de la niña sentada a su lado. La miró de soslayo, sin moverse, se había quedado dormida pese a la excitación que demostró durante las primeras horas de vuelo. También dormían la pelirroja y sus padres.
Cerró nuevamente los ojos, todavía le quedaban horas de viaje y debía dormir tanto como pudiera. Se quedó dormido sin darse cuenta de que el “New York Times” caía sobre la cabeza de la jovencita, recostada casi contra su pecho.
Avezado al peligro, teniendo que cumplir uno de los contratos más arriesgados de su vida en un país extranjero, su reloj biológico había desarrollado una especie de sexto sentido que le advertía, incluso dormido, de la proximidad de que algo lo amenazaba.
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Se despertó de repente abriendo los ojos de par en par. No sabía cuanto tiempo había dormido y miró el reloj. Las 2:40 a.m.
No tuvo conciencia clara de qué lo había despertado tan de repente. Era una impresión extraña la que sentía y no percibía a qué achacarla, pero la inquietud le resultaba familiar; la misma que experimentaba cuando le acechaba alguna amenaza.
Con los ojos entornados comprobó que todas las luces del avión estaban en penumbra, el pasillo vacío, los pasajeros dormían o dormitaban acunados por el monótono zumbido de los reactores.
Sostenía todavía entre los dedos el New York Times que reposaba, al igual que sus brazos, sobre la espalda de la muchacha dormida sobre su regazo. Bajó la mirada hacia ella. Sólo acertó a verle un mechón de la rubia cabellera bajo las hojas desplegadas del periódico.
La pelirroja hermana mayor, apoyaba la cabeza sobre el hombro de la madre que a su vez descansaba la suya en la de su hija. El padre, con el asiento completamente extendido, había girado el rostro hacia la mampara de babor. Emitía de cuando en cuando un ligero ronquido. Posiblemente era el pasajero que más profunda y plácidamente dormía. Hechas estas constataciones la sensación de peligro desapareció.
Volvió a cerrar los ojos pensando que le apetecería tomarse un whisky. Decidió que podía esperar y tomárselo en el aeropuerto durante la media hora de espera. Esas esperas entre vuelo y vuelo que tan profundamente le molestaban y, en ese momento decidió que, en ésta ocasión, quizá fuera mejor no salir de avión.
Cerró los ojos nuevamente. Comenzaba a amodorrarse cuando sintió la mano de la niña moverse sobre su entrepierna y los dedos tocar la carne de su ingle. Sin abrir los ojos se preguntó ¿Cómo ha podido llegar hasta ahí sin bajarme la cremallera? ¿Se había despertado al bajársela? Indudablemente.
Permaneció inmóvil con los ojos cerrados, imaginando lo que aquella pequeña Mesalina deseaba averiguar. Tenía que reconocer que procedía con suma cautela, tanta que casi pasaba desapercibida. La misma postura que había adoptado para ir resbalando desde su hombro hasta su regazo tan paulatina y suavemente, denotaban unas dotes de actriz consumada.
Sus dedos no se habían movido desde la primavera vez que tocaron su carne, pero era indudable que para llegar con la mano hasta allí por fuerza había tenido que bajar la cremallera buscando algo. No tuvo duda alguna que la mano fue la que le despertó y la notó moviéndose tan imperceptiblemente que de haber estado dormido ni se hubiera dado cuenta; parecía una pluma posándose suavemente sobre la piel.
¿Qué busca ahora? – se preguntó – y no tardó en comprenderlo… la abertura del slip.
Los dedos se detuvieron sobre el miembro en reposo, dándose cuenta de que se lo recorrían con la yema de los dedos en toda su extensión. La dejó hacer intentado controlar la erección pero, a renglón seguido, toda la mano se introdujo por la abertura como si, de repente, hubiera decidido olvidar la prudencia con que hasta entonces había procedido.
Actuaba de forma harto más rápida, quizá debido a la excitación que ella misma se provocaba. Involuntariamente el miembro se dilató sobre la mano intrusa que intentó abarcarlo como si fuera el rabo de una escoba tirando de él hacia fuera intentado sacarlo por la abertura del slip. Lo consiguió sin gran esfuerzo porque la erección estaba a medio camino de su máxima rigidez. Sintió su aliento sobre el glande. La chica se detuvo quizá esperando a que el miembro alcanzara la cúspide de su vigor. Supo lo que seguiría después. Con los ojos entornados comprobó una vez más que la pelirroja hermana parecía dormir plácidamente.
No se sorprendió cuando los húmedos labios rodearon el glande. El calor y la humedad de la boca femenina hizo palpitar de nuevo su verga. Ella siguió engulléndolo despacio hasta que la punta del pene tocó la epiglotis y retrocedió aspirándolo con fuerza pasándole la lengua por el frenillo.
La felación resultaba un prodigio de sabiduría, lenta, calida, húmeda y deliciosa en grado sumo. ¡Joder con la chica! – se dijo – ¡Para que te fíes de las caritas de querubín! Ni una profesional lo hace mejor. Estuvo a punto de reírse, porque la situación le pareció cómica por inesperada.
Por fuerza la muchacha tenía que saber que no estaba dormido y que la sentía con la misma intensidad con que ella lo sentía a él.
Se lo confirmó casi de repente la otra mano de la niña cogiendo la suya. Se dejó dominar notando que la llevaba bajo el periódico a su cintura entre la falda y la carne. Tocó la suavidad firme y aterciopelada del vientre. Pasó los dedos bajo el elástico de las braguitas alcanzando el suave y escaso bello púbico. Los muslos femeninos se movieron, separándose lentamente para permitirle alcanzarle de lleno la vulva congestionada e introdujo el dedo medio hasta rozar el ya excitado clítoris. Al acariciarlo en lento vaivén durante unos segundos la chica se estremeció agarrando con la otra mano la base del grueso y rígido miembro al tiempo que su boca lo tragaba casi entero.
Tuvo que contenerse cuando ella aumentó el vaivén de su cabeza y oyó sus leves gemidos bajo el periódico. Por un momento temió que pudiera despertar a su hermana pero entre las pestañas puedo observar que seguía durmiendo plácidamente con los labios ligeramente entreabiertos.
Eyaculó un potente chorro de semen y la sintió boquear en arcadas temiendo que le manchara los pantalones si lo escupía, pero no fue así. Tragó el primer borbotón y todos los que siguieron sin ningún problema. No lo soltó hasta que comprendió que había finalizado la eyaculación, pero ni entonces se lo quitó de la boca.
Siguió masajeándole el clítoris hasta que los espasmos y gemidos de la muchacha lo obligaron a sujetarla ante el temor de que comenzara a patalear. Sintió en su mano la viscosa secreción del orgasmo femenino, denso y abundante y la laxitud de la jovencita cuando cesaron sus estremecimientos.
La muchacha intentó impedirle que retirara la mano de su sexo, pero no lo consiguió. Cuando se convenció de que la función se había acabado, volvió a meterle el miembro dentro del pantalón cerrando la cremallera. Apartó el periódico levantando el cuerpo poco a poco hasta colocar su cabeza nuevamente en su hombro. La oyó susurrarle a oído:
-- Quiero que me folles en el lavabo. Ahora están todos dormidos. Te espero allí ¿Me oyes?
Abrió un ojo para mirarla. Tenía los suyos brillantes de deseo. La lengua húmeda y puntiaguda de un color rosado intenso asomaba por entre los labios moviéndose lentamente de una comisura a la otra. Aquella carita de querubín de cabellos dorados y ojos celeste era una fruta demasiado apetitosa para desperdiciarla.
Con la rubia cabeza apoyada en su hombro la húmeda lengua de la muchacha le mordisqueaba el lóbulo y la lengua lo acariciaba, mientras su mano, bajo el periódico, le manoseaba la verga sobre la tela del pantalón hasta llevarlo de nuevo a su máxima rigidez.
Se dijo que era una lástima desaprovechar la ocasión de follarse a una jovencita tan bien hecha y bonita como la que tenía al lado. Su pequeño coñito era una delicia que había explorado con detenimiento y su vagina, estrecha y suave, le daría el desconocido placer de follarse a una virgencita.
La miró de reojo, señalándole el reloj de pulsera. Faltaba poco más de una hora para el aterrizaje.
--Sobra tiempo – le susurró ella mordisqueándole de nuevo el lóbulo – te espero dentro de cinco minutos en el lavabo.
Admiró las curvas de su juvenil cuerpo al caminar por el pasillo en dirección al servicio. Estaba cachondísima y era una estupidez no aprovechar aquella oportunidad de follar a una virgencita tan hermosa. En toda su vida volvería a presentársele la oportunidad de follarse a una doncellita como aquella.
Volvió a mirar a los familiares de la chica. Seguían tanto o más dormidos que media hora antes. Se levantó, dirigiéndose silenciosamente hacia el fondo del aparato. Pasó detrás de la primera puerta cerrándola suavemente. De los tres departamentos el último tenía la luz encendida. Abrió la puerta. La muchacha estaba fumando apoya en el mueble del lavabo.
Se miraron en silencio durante unos segundos. Ella tiró el cigarrillo en la taza del water al acercársele. La rubia cabecita apenas le llegaba al botón inferior de su chaqueta. Se pegó a él como una lapa poniéndose de puntillas para que la besara mientras se urgía en bajarle la cremallera de pantalón hurgando en el interior oprimiendo con fuerza su erección. Lo dejó casi en cueros en dos segundos, con los `pantalones y el slip arrugados sobre los zapatos.
Tuvo que agacharse levantándola por las prietas nalgas juveniles. Separó los muslos abarcándolo por las caderas y supo que se había quitado las bragas. Creyó por un momento que era demasiado grande para ella, pero estaba tan húmeda que la penetró sin excesivo esfuerzo o eso le pareció aunque ella exclamó quejosa:
--¡¡Waouuu!!
Runruneó con los ojos entornados por el placer al sentirse invadida y apretó las nalgas contra la erección para engullirla por completo. La sentó sobre el lavabo comenzando a bombearla con fuertes golpes de cadera y la oyó murmurar:
-- Húndela más, húndela toda, toda…
Le oprimió las nalgas con fuerza atrayéndolo contra los escasos rizos de su pubis, La verga se hundió en ella hasta la raíz. Los vellos púbicos se entremezclaron y los talones de la niña presionaron sobre su espalda al tiempo que inclinaba su cuerpo hacia atrás hasta tropezar su espalda con el espejo llevando hacia delante las caderas con el ansia feroz de su incontenible deseo.
A cada embestida gemía de placer y cada vez con mayor intensidad. Tuvo que advertirle que no gritara porque acabarían oyéndola, pero su frenesí aumentaba inconscientemente a cada segundo. Él perdió a su vez el control. Le arrancó la blusa y el sostén dejando los jóvenes pechos al descubierto para mamarlos con furia desatada. Notaba la fuerte presión que la juvenil vagina ejercía sobre su verga y el clímax inminente de la muchacha la hizo bramar perdida ya la noción de la realidad. Barritaba a cada embestida y tuvo que frenar sus aullidos tapándole la boca con las manos, pero ni aún así conseguía hacerla callar.
Sintió que se le acercaba un orgasmo brutal. Los gritos de la muchacha iban en aumento y acabó apretándole la garganta con las manos para sofocarlos. Sintió su propio orgasmo de forma muy diferente a como estaba acostumbrado. Una sensación completamente nueva y exquisita le invadió, quizá porque, según creía, estaba desflorando a una virgencita por primera vez en su vida.
La sintió convulsionarse y arañarle las mejillas cuando los borbotones de semen la inundaron abundantemente. Creyó que su mutuas convulsiones eran consecuencia de haber alcanzo el clímax al unísono. Perdido el sentido de la realidad mientras eyaculaba ferozmente, siguió apretando la garganta femenina sin apercibirse de la fuerza de sus dedos. Respiraba a bocanadas con los ojos cerrados, las aletas de la nariz dilatadas por el intenso placer y no oyó los golpes dados en la puerta hasta los últimos espasmos del descomunal orgasmo.
Abrió los ojos sobresaltado por los golpes y los gritos que proferían al otro lado de la puerta. Soltó a la niña que cayó como un trapo sobre un costado, encima del largo mando del agua que surgió a chorro salpicándole el cuerpo.
Estaba cerrando la cremallera del pantalón cuando la puerta se abrió de golpe y se encontró ante el uniformado sobrecargo y otro tripulante que no reconoció. Tras ellos un grupo de pasajeros miraban horrorizados el desmadejado cuerpo de la muchacha, sin bragas, la faldilla en la cintura y la lengua asomando levemente entre los labios.
Los dos oficiales reaccionaron al unísono y se abalanzaron sobre el pasajero, pero sus cuerpos quedaron encajonados en la jamba impidiéndose uno al otro cruzar la puerta. La reacción del pasajero fue fulminante. Un furibundo puñetazo alcanzó en la sien al sobrecargo enviándolo sin sentido contra el grupo de personas que recularon hasta la mampara de estribor. Casi sin transición el segundo puñetazo, de una potencia descomunal, lo hubiera recibido el otro oficial en la nariz de no haber agachado la cabeza, pero aún así trastabilló tres o cuatro pasos hacia atrás y se derrumbó como un fardo.
Paul Hannesy cerró la puerta de golpe, cuando ya tres o cuatro hombres del pasaje, intentaban acorralarlo de nuevo. Pasó el cerrojo interior, aunque sabía que la llave maestra del sobrecargo podría abrirla en cuanto recobrara el conocimiento. Sacudió el puño izquierdo. Le dolía terriblemente la mano a consecuencia del golpe contra el hueso frontal del segundo piloto. Se daba cuenta que estaba en una situación crítica encerrado en una ratonera sin posible escapatoria y sin armas.
--¡Maldita zorra! – exclamó al mirar a la jovencita al tiempo que la levantaba para evitar que el agua saltara del lavabo al suelo.
No comprendía cómo pudo estrangularla. No había intentado matarla, sino que dejara de gritar como una posesa. Le tomó el pulso y creyó notar que latía débilmente aunque no estaba seguro si era el pulso de la niña o los latidos de su propio corazón y le pellizcó el sexo esperando notar alguna reacción por parte de la jovencita.
Mirando el sexo desnudo tuvo un extraño deseo y se maldijo por su incontinencia, recordando que esa incontinencia y la venganza de otra mujer lo habían llevado a la prisión federal de Arizona. Claro que aquella ya no podría delatar a nadie. La había abierto en canal cuando logró encontrarla. Otra insensatez que habría pagado muy caro pues le costó que lo trasladaran al corredor de la muerte.
Al mirar de nuevo a la niña le pareció notar un leve parpadeo y se quedó mirándola fijamente; los ojos azules parecían guasearse de su apurada situación. “Esta furcia – se dijo – me está tomando el pelo. No es posible que esté muerta” Volvió a acariciarle el sexo imaginando que aquello la haría reaccionar. Estaba tan caliente y húmeda como al penetrarla por primera vez
No podía apartar los ojos de los mórbidos mulos ni del juvenil sexo casi imberbe. Extrañamente notó que estaba en erección de nuevo y tuvo la idea de que lo que necesitaba aquella desmayada jovencita era un buen polvo para salir de su desmayo. Volvió a penetrarla furiosamente, oprimiendo su boca contra la de ella, notando su lengua, húmeda y tibia como al principio. Le insufló aire en la boca con toda la fuerza de sus pulmones al tiempo que la sostenía con una mano en la nuca y la otra en las nalgas mientras la bombeaba furiosamente.
Siguió insuflando aire mientras se desbordaba en un tercer orgasmo con los labios pegados a los de la niña en un furioso intento por volverla a la vida. Sólo al finalizar su tercera eyaculación se dio cuenta de que tendía un cadáver entre las manos con la tráquea aplastada por la fuerza de sus dedos.
De pronto se dio cuenta de que el avión iniciaba el descenso para el aterrizaje. Su mente trabajaba febrilmente para encontrar la forma de escapar de aquella encerrona.
Pasaron diez minutos antes de sentir el patinazo de las ruedas sobre el asfalto, la inversión de los reactores y la detención final de Jumbo de la Pan Am’s. Salió del cadáver de la niña y se giró hacia la puerta, apoyándose con la espalda para impedir la entrada. Ni siquiera oyó el disparo porque el proyectil le destrozó la nuca.
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El arte que usa como instrumento la palabra se hace llamar literatura, asi pues mis queridos, ancianos, poeticos, intelectualoides, serios, caballerosos, honorables, cultos, erudítos, sabios, petimetres y por sobre todas las cosas insolentes, que usan este foro como medio de comunicación...no se sientan agredidos por el anterior relato erotico pues esto tambien es literatura, asi es, ¿se dan cuenta?, la literatura no es un conjunto de versos como ustedes pretendian, la literatura no les sirve unica y exclusivamente para autoglorificarse por el enorme caudal de conocimiento muerto que almacenan en su cabezas...no
Esto tambien es literatura, y quizas si lo examinan cuidadosamente puedan efectuar citas sobre algunos de los parrafos más entretenidos...
Y al autor del relato le puede decir que no me extraña que escriba estas cosas, nueve meses en el mar, rodeado de hombres, a veces sudorosos, a veces muy pulcros, y que escuchan a los Village people en el cuarto de maquinas, pues...es una combinación muy explosiva.
Y gracias también por tu aguda critica.
Abundando en este sentido que comentas baste recordar a los clísicos eróticos, tal como Petrarca, Aretino, Bocaccio sin olvidarnos por supuesto de nuestros clásicos del Siglo de Oro que tampoco eran mancos a la hota de escribir erotísmo e incluso pornografí.
Un cordial saludo.
Fantástico relato que devoré con saciedad.
No sé si combinaste elementos o ingredientes de buen gusto. Era hermoso, era excitante era...
Pero es como matar una erección en pleno auje.
Ese abuso, esa violación de una adolescente muerta a la que se agrede físicamente partiéndole la tráquea...
Pero no deja de ser un relato que me abrió los ojos y las emociones al límite.
Te felicito, Fray!
"La felicidad es efímera e ilusoria, suaves aleteos de mariposa"
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