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El despido


By machupichu - Posted on 11 febrero 2009


Cristal regresaba a su  pubertad en un viaje instantáneo de añoranza. En ese momento estaba en  la sala de mecanografía a las 8 de mañana martilleando su “Olivetti línea 88”. Era una máquina dura, resistente y rápida.

Era horrible escuchar el sonido de sus compañeros que tocaban al ritmo vertiginoso de 280 p.p. una extraña balada desagradable de martillo punzante, que taladraba los tímpanos más resistentes. Todo ello  acompañado por las frecuentes perdidas de nervios  generadas por los atascos y los parones, que inundaban  los folios plagados  de errores tipográficos.

Oía a las otras máquinas detenerse bruscamente al engancharse  varias varillas a la vez. Era normal que ocurriera eso  cuando  las teclas  eran pisadas a la vez por las manos inexpertas de los  debutantes mecanógrafos, que no habían aprendido a levantar los dedos a tiempo  y se quejaban de que sus máquinas iban mal, excusa oportuna para salvar el momento de la avería. Luego escuchaba nerviosa y con una grave pérdida de concentración las repetitivas reprimendas del profesor a los alumnos que no cuidaban de sus máquinas con tacto.

-Mierda, he escrito de nuevo mal el abecedario.
 Los abecedarios estaban bien claros en la pantalla de la sala y sin embargo Cristal siempre se comía alguna letra.

abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz     abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz     abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz

Al revisar su hoja y contabilizar las faltas descontando 10 pulsaciones por cada error, salía con cara de pocos amigos de la sala. ¿Cuándo sería capaz de controlar sus dedos? Detestaba que le sudaran, que perdiera la concentración pensando que otros iban más rápido que ella,  necesitaba escribir con seguridad, quería llegar a ser una buena secretaria.

Cristal sonrió al recordarse en el preciso instante en el que soñaba con ser una eficaz administrativa. Luego la vida le abrió caminos más seductores. En su época adolescente había sido una mujer llena de complejos y con una autoestima baja, nada que ver con la bella mujer segura y decida en la que se había transformado.

Trabajaba en una sala de sexo. Una centralita telefónica en la que recibía todo el turno laboral llamadas de hombres calientes que querían ser seducidos y excitados. Se reía mucho cuando accedían desde las webs  ya que al pinchar sobre los videos de muchachas estupendas escuchaba su voz aumentar su lascividad y perversión Ponía un video y los tenía el máximo tiempo enganchados en las páginas  de previo pago sexual.

Su voz dulce y melosa, los encantaba. Había descubierto el enorme potencial de su magia seductora, ellos perdían el sentido por sus palabras pronunciadas con lentitud y acogimiento. No había nada a lo que ella se negara. Era una mujer complaciente, solícita a servir una fantasía a placer. No era el trabajo que esperó ejercer, pero al menos la mantenía activa y le proporcionaba muchísimo aprendizaje sobre sus estudios sobre los hombres.

Nunca quedaba con ningún cliente, era una norma de la casa. Era la chica de la “línea erótica” más solicitada. Pasaba 8 horas al teléfono rotando turnos de tarde, mañana, noche sin que sintiera la necesidad de conocer a aquellos hombres.

Un día fue despedida sin motivos. La envidia de las otras chicas le había creado un conflicto con su jefa . Era preferible despedirla a tener un motín  dentro de su oficina. Era la chica que más ganaba y eso las desesperaba.

Esa noche Cristal caminó enérgicamente hacia su casa, su rabia sonaba con firmeza sobre el asfalto silencioso. Se notaba su mal humor en sus zancadas y paso repiqueteante. Sonaba como aquellas máquinas de escribir que eran aporreadas por dedos sin habilidad. Le hubiera gustado quemar la oficina con todas sus compañeras dentro. Pero la vida es así, algunas veces ser demasiado sobresaliente conlleva problemas.

-Hola, me han despedido.
-¿Lo celebramos? Tranquila Cristal no era un buen trabajo- le respondió Sergio para animarla-
-¿Celebrarlo? Ya sé que no era un buen trabajo. Era una mierda de trabajo. Pero nos salvaba cada mes. ¿Ahora qué será de nosotros? Tu sueldo es...
-Vale, relájate, haré más horas extras- replicó él exaltado y con gana de terminar la discusión-
-No puedo, estoy herida, las odio- Soltó Cristal arrebatada por la ira que sentía apoderarse de ella-
-Cristal beberemos una copa de vino del que te gusta, pasaremos una fantástica noche de sexo. Llevamos mucho tiempo fingiendo que todo va bien. En el fondo deseaba que se acabara ese maldito teléfono erótico. Ya no me eras capaz de disfrutar del sexo conmigo. Tenías la cabeza llena de sexo con otros. Volverás a ser mía.
-¡Oh Sergio, cuánto lo siento! Sí, ha sido lo mejor, volveré a ser la misma.
-Lo serás y seremos de nuevo felices.

Tomaron un sencillo vino, “Lambrusco” rosado marca asequible y se fueron a la cama a ver la tele. Vieron unos episodios de C.S.I Miami y cansados apagaron la luz. Cristal metió sus nalgas en las caderas de él, buscando como siempre la suave caricia de sus cuerpos.

La danza erótica había comenzado. Siguió moviendo el culo, frotándolo circularmente sobre el sexo de Sergio. A los pocos minutos pudo sentir la fortaleza de su miembro crecer. Fueron quitándose la ropa,  acariciando sus cuerpos con la piel y el  deseo del contacto sensual de sus zonas erógenas.

Imaginaron todas las sensaciones dibujándolas sobre la piel receptiva. Sergio la masajeó desde los hombros hasta los pies con su pene erecto. Recorrió todas sus curvas subiendo la temperatura  y las ganas de ella por su destreza sensual.

Luego la montó sin más. Quería que ella sufriera su dureza. Abrió sus piernas y flexionó sus rodillas aplastándolas contra su pecho. La tomó con fuerza y sin darle un respiro la hizo jadear de dolor por una penetración tan profunda sin  previa preparación.

Fueron minutos duros, interminables en los que Sergio esperaba que ella se resistiera y lo alejara. Pero no lo hizo, consentía todos sus embistes con pasión enamoradiza.

Se corrió dentro a un ritmo frenético. Aquel encuentro estaba resultando muy egoísta, sólo disfrutaba él. Al terminar, la miró a los ojos, sabia que estaba insatisfecha y dolorida. Arrepentido por su monólogo sexual, la besó con un gran cariño.

Se incorporó aún con su polla erizada y sacó del armario un nuevo juguete erótico. Se trataba de un huevo redondo. Lo encendió, puso una posición moderada y lo acopló dentro de la vagina de Cristal.

Las sensaciones que ella percibió se notaron al instante. Saltaba, jadeaba, gritaba todo tipo de mensajes de querer morir, de que no parara. Sergio se reía, quiso hacer más intenso ese momento y ayudó con su boca a que su clítoris también disfrutara de la gran fiesta.

-¡Voy a morir de tanto placer, Sergio! ¡Pero no te detengas! ¡sigue!-vociferaba con una voz sensual y voluptuosa Cristal-
-No lo haré, quiero que esto dure durante horas.

Tras media hora de placer sin límites, Sergio creyó oportuno sacar el huevo mágico de la vagina. Pudo notar sus múltiples contracciones y su rugosidad vaginal. Tenía ganas de volverla a poseer, pero esta vez el ritmo sería muy lento. Todas las ramificaciones de su vagina estaban excitadísimas, lo sentiría como jamás lo había sentido.

Eligió su postura predilecta. Cristal yacía tumbada boca arriba. Él levantaba sus piernas y las acogía entre sus vigorosos brazos llevándolas hacia sus glúteos.

-Quiero que me aprietes y no sueltes eh?- le ordenó con voz militar-
-A tus órdenes, tu mandas.

La fue penetrando lentamente moviendo sus caderas con ganas. Cristal comenzó a gritar de placer. Era un baile nuevo, la idea era hacerla disfrutar al máximo y contenerse. Salía y se volvía a meter hasta el fondo con parsimonia y rotación singular. Tanto la hacia disfrutar que hubo momentos que le tuvo que tapar la boca para calmar sus alaridos de placer.

Pasaron jugando y dándose lo mejor de sí mismos toda la noche. A la mañana siguiente, una extraña energía les envolvía. Estaban más enamorados que nunca. Felices y relajados desayunaron compartiendo una renovada vitalidad que les hacia afrontar las dificultades de un nuevo día de manera diferente.

-¿Cómo te sientes hoy princesa?- Le preguntó mirándola profundamente a los ojos-
-Como una diosa, voy a encontrar un buen trabajo.
-Lo harás, brillas con una sensualidad que no había visto nunca.
-Será que me quieres, Sergio y me ves así.
-Será que te quiero-rió él-y que quiero que seas feliz.

Fin

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